El Árbol de la vida

Adán supo que había llegado el momento, mordió  la manzana que Eva le ofreciera con tanto juego previo, y vio al fin el verdadero rostro de Dios. Vomitó esperando alejar el espanto; huyó, nunca regresó. De hijo en hijo fue viendo de vez en vez al cielo, algo añoraba, algo que supuso sería le ignorancia de ese Dios farsante, de ese paraíso de ojos y corazones cerrados y ciegos. En sus hijos que mataban corderos y degollaban cabras, se sintió al fin a imagen y semejanza de su Dios. Se tranquilizó, quiso regresar… ya era tarde, el paraíso inmutable se hizo de humo en la luz.

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