Fragmento sobre la felicidad

Pienso en que si pudieras hablar, si la mordaza no se te clavara tan profundo en las amígdalas, ya no preguntarías por qué como lo hizo la hermana de la usurera en la novela rusa. Ya sabes el porqué. Me intriga saber qué preguntarías, pero por la forma de mirarme intuyo que no tendrías preguntas sino súplicas o vituperios. Vituperios antes; súplicas después. Quizás una que otra blasfemia expresada, y una imprecación a Dios que no pronunciarías porque es más fácil hacerla letanía en tu mente… y Dios te miraría de soslayo y seguiría escarbándose el ombligo y construyendo universos con su pelusa arquitecta. Nadie es inocente de lo que le corresponde como final. Por eso pedir ayuda divina siempre es inútil; Dios lo sabe y hace expresa su culpa sobre ti en su indiferencia. Con su abulia te recuerda que tu ahora es consecuencia de tu ayer, que esa libertad en forma de libre albedrio lo desresponsabiliza de salvarte. Al fin y al cabo no hizo nada por su hijo unigénito, ¿por qué crees que lo haría por ti que eres una más en su campo florecido de almas que se marchitarán en el anochecer de los tiempos?

Cada que pienso en Dios y su posición cómoda de Nada y Todo absoluto, recuerdo a mi mamá. Reconstruyo la historia que conozco, esa historia a la que yo puse punto final. Me es inevitable no ver que, al igual que tú, su final fue toda su culpa. La inconsciencia de sus actos. Inconsciencia como no-ser-consciente de que cada acto, por ínfimo que fue, la puso frente a mí para que todo terminara. ¿Cómo podemos medir, conscientemente, las consecuencias de cada decisión que tomamos? Imposible. Tendríamos que poseer la facultad de ver el futuro, así sea solamente como una escena estática para poder, al momento de actuar en el presente, quizás anticipar algo. Ver el futuro tampoco es garantía de nada, pero al menos Dios debería ofrecernos esa opción. ¡Tonterías!, esa opción iría en contra de su estrategia de mercado: el libre albedrio y el cielo.

¿Crees que mi mamá esté en el cielo?, ella que sí creía. La imagino abultando la ya sobreocupada diestra de Dios. Acomodándose calladita y tímida en el índice de Dios. Ahí junto a las demás almas que acrecientan la purulencia del uñero de Dios. En catatonia eterna porque tampoco al final, en la muerte, pudo salir de allí. Me paré frente a ella con la jeringa en la mano. Le susurré al oído que la iba a matar y esperé. La luz del televisor encendido le iluminaba los ojos que seguían puestos en un punto indefinido del horizonte de la pared blanca. Quizás era ahí donde ese Dios hermoso, bueno y justo le proyectaba el suicidio de mi papá como una escena de una película snuff a la que estaba atada como un perro a su vómito,. Su mirada que se tenía de rojo y de pólvora ruidosa, el horror de su impotencia de mujer amante. Le repetí, en voz alta, que la iba a matar. Ella no movió sus ojos. Clavé la aguja sin inocular el líquido, la dejé colgando de su vena y le pedí una sola palabra para desistir. Silencio. Nada. La engañé. Si hubiese dicho algo, la habría matado a golpes; porque en su estado, darle golpes no habría sido placentero. Placer, placer. Deseaba no sentir que envenenaba un mueble. Haberle roto la cabeza a batazos o con mis manos limpias, revestía su muerte de trascendencia. Así, como estaba, matarla era como desechar el televisor que ya no enciende. Me senté a su lado e intenté ver lo que ella veía. Me esforcé en el recuerdo, quise hacerlo doloroso, triste; en vano. Sólo conseguí seguir viendo a mi papá como un honorable guerrero vencido. Su apatía, luego de la muerte de su retrasadita-amante-fuente-verdadera-de-placer, era tan magnánima como su decisión de no seguir viviendo en un mundo donde ya no le sería posible el placer verdadero. El placer es la felicidad tan anhelada, Niña Snob. Mi papá tenía toda la razón y todo el deber existencial de no seguir siendo. Ese fue el final que construyó, su final espectacular y demente como lo fueron sus actos. No podía ser de otro modo. Tuvo la osadía de construir su realidad a la medida justa de su felicidad. ¿Por qué no la tendría para destruirla a la medida justa de su tristeza? Se necesita ser muy grande, inmenso, para atreverse a modificar el mundo a favor del egoísmo del placer. Se necesita erigirse como dios para osar afrentar al Dios que nos tocó en suerte y que construye el mundo al antojo de sus caprichos, suprimiendo de él toda posibilidad de ser realmente feliz. La felicidad requiere transgresión. Rasgar el decorado. Destruir con violencia para reconstruir con más sentido del yo y menos del nosotros; ese nosotros que no se ajusta a nadie y degenera en una inconformismo completo y en una infelicidad latente. ¿Cuántas personas realmente felices conoces, Niña Snob? Estoy segura de que si te cortara todos los dedos de las manos y de los pies, aún así podrías contarlas.

Yo también quería ser feliz, Niña Snob. Feliz como mi papá. Y sentada junto a mi mamá-mueble-televisor que ya no enciende, supe qué tenía que hacer. Le acaricié el pelo, saqué mi labial de alguna parte que no recuerdo, maquillé sus labios, arreglé su blusa, halé su falda hacia abajo y la inyecté. Ni muerta cerró los ojos. Cayó de lado sobre el sofá y su pecho dejo de moverse, despacio; sólo eso.    

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