LA DECISIÓN NUNCA ES NUESTRA

Hay tantas y tan variadas historias: tontas, sublimes; sosas o complejas; insípidas o llenas de colores sobre un alguien que se acerca a mirar por una ventana mientras afuera amanece o es el atardecer, o no se sabe bien qué momento del día ―siempre gris y lluvioso― es. Se ve a un ser en medio de la oscuridad. Las sombras no permiten diferenciar si es hombre o mujer, pero por sus pasos lentos y armoniosos se supone a una mujer esbelta o a un hombre demasiado comprometido con su tristeza. Las mujeres tienen andar de hombre triste. Los hombres tristes no se parecen a ningún otro hombre triste. Una mujer no se mueve como ninguna otra mujer.

Algo sostiene en la mano, algo pequeño que no crea sombra y que se sabe está ahí por la fuerza con que es apretado, al frente, entre la mano, en un ángulo de noventa grados como si fuera un tributo al mundo lejano del más allá de la ventana. Algo que pesa mucho aún en su pequeñez; al menos así lo siente a cada paso que empuja la cabeza de la sombra hacia abajo hasta que ―lo intuimos sin verlo― sus ojos anticipan, miden, sopesan el mejor lugar para posar el próximo paso.

Nosotros estamos aquí, junto a eso. Vemos todo como a través de una película que opaca la realidad hasta transformarla en un teatro de sombras. Un teatro mal elaborado al que, si se mira con cuidado, es posible elucidarle las fisuras de su artesanía. Y encendemos un cigarrillo, todos al mismo tiempo, los sabemos por el chasquido multitudinario de cerillos que arden sin iluminar. Aspiramos juntos, exhalamos como si hubiese sido ensayado muchas veces. El tiempo es extraño y cada bocanada ocupa años y nos regresa años, y vamos adelante tan rápido que no vemos nada y atrás tan rápido, que no recordamos nada… Todo es un presente, un presente afuera; una película que no avanza pero sí tiene historia, una historia confusa de alguien que sí llega, o no, hasta la ventana.

Y si todo es sombra, ¿cómo vemos la ventana?

Buena pregunta, nos digo; pero nadie responde porque todos lo sabemos y la pregunta no fue más que una filtración del mundo de afuera. La silueta le pregunta a la oscuridad mientras se mueve lento y deja su pie levantado temiendo un abismo del que no está seguro si existe, o es solo la oscuridad que todo lo confunde, lo mezcla, lo difumina, lo hace inexistente en la zozobra de que quizás sí exista.

Todos asentimos, entendemos de oscuridad y de pasos no dados por la incertidumbre que suena aparatosa, llena de engranajes dentro de engranajes: una maquinaria que ruge con un murmullo que los de allá, afuera, suelen confundir con la angustia de no saber cuál decisión es la correcta.

Hay un grito común del que también hacemos parte. Abrimos la boca juntos, como uno solo, instantes antes de comprobar que el paso hizo desaparecer el abismo. Todos lo vimos, estaba ahí con las fauces abiertas, con la nada completamente tangible en el vértigo. Y no cae. O quizás ya cayó pero no lo recordamos ni lo anticipamos-videntemente. No importa.

La curiosidad nos inquieta. Nos vemos unos a otros desde dentro. No sabemos cuánto tiempo pasó; el otro paso nos saca de nosotros y otro aspaviento inunda las sombras, un «¡oh!» que se hace murmullo, que doblega a la silueta que ahora llora: las lágrimas fulgen como pequeñas estrellas suicidas aburridísimas de colgar del cielo siempre nocturno de sus ojos, suponemos.

Y mira, nos digo, cómo siempre permanece lo que nos duele.

Y mira, nos respondo, cómo sólo son de luz las lágrimas.

Asentimos satisfechos.

Silencio, pedimos con mucho ruido.

La silueta nos mira sin vernos. Sus ojos iluminados como un gato, sus ojos que gotean ―se filtran― luminosos corriendo por sus mejillas negras hasta que no brillan y ya no nos mira sino sopesa otro paso con su nada fija en la ventana.

Ya está cerca.

Sostiene su mano cerrada en ángulo de noventa grados.

El tiempo es extraño. Se acelera como para terminar rápido. El tiempo suprime la sorpresa y los «¡oh!» de admiración, se hacen «¡oh!» de decepción. Muchos pasos, una rapidez ralentizada por parsimonia de la silueta que camina; no va rápido, va con la misma velocidad que se mueve todo aquello que cae.

¿A qué velocidad cae la caída?, nos pregunto. No respondemos.

Pero…

Al borde de la ventana ―de sus talones pende un abismo que ha desaparecido y vuelto a aparecer al capricho del azar― todo se hace luz. Nos encandila. Nos ciega. No vemos más que a un hombre, que no se parece en nada a la silueta, regresar muy rápido apretando entre su mano  el tributo no ofrecido al allá, más allá, de la ventana. Y cae, o quizás solo se recuesta en la cama y llora otra vez porque no pudo dejar libre eso que lo doblegaba a cada paso y que ahora aferra desesperanzado contra su pecho.

La función terminó. Se oscurece nuestro mundo porque hay mucha luz. No entendimos, decimos.

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