Sin nombre

Manuel le acarició las mejillas retirándole el pelo de la cara. Le acarició el cuello sudoroso. Se quedó mirándola e imaginándose que abría los ojos, bostezaba  y le sonreía. Manuel sonrió. Manuel lloró la sonrisa que le quedó empapada. Si hubiese sido una película, una lágrima habría caído en primer plano de su boca. Una lágrima se estrellaría contra su piel blanca despedazándose en gotitas saladas. Una luz deífica le hubiese iluminado el cuerpo y Catalina, hermosa como recién bañada, saldría de sí para darse a él.

Manuel, tanta vida real agobia.

Aunque una lágrima sí cayó sobre la mano de Catalina, no hubo un encuadre genial ni un primer plano luminoso ni una belleza abrumadora ni unos ojos abiertos ni un beso que se cierra en un fundido negro. Manuel se sintió tonto recreando la escena manida del despertar cinematográfico. Una tontería que se le hacía paliativo y que sólo por eso, valía la pena. Volvió a llorar. La abrazó acunando su cabeza entre su pecho. El pelo aún le olía a flores y a pradera verde. La respiró. Dentro de ella pudo sentir la vida moviéndose, su tibieza, el palpitar del corazón y se convenció, a fuerza de esperanza, que despertaría.

Manuel, todos estamos muertos. El problema es asumirlo.

Se hizo fuerte otra vez: respiró hondo, se palmeó las mejillas y secó sus lágrimas. La soltó despacio en la cama arreglándole el pelo sobre la almohada. Salió de la habitación y se escondió detrás de la puerta de la sala de espera, cuidando bien que Salomé lo viera. Miró con un solo ojo, escondido el cuerpo, hacia donde Celeste trenzaba el pelo de la nieta. Salomé lo vio y empezó a reír. Manuel mostró una pierna, luego las manos haciendo garras y rugió como un león disfónico y cansado. Salomé rió otra vez. Ahora Manuel se movía lento hacia la silla, entre más se acercaba a Salomé, el león fiero iba transformándose en un gatito dulce que la niña acarició en la cabeza. Manuel maulló y Salomé rió muy fuerte.

Manuel, todo es culpa de este vientre.

Más temprano, Salomé dijo que había soñado con su mamá y que estaba rara. «¿Rara cómo?», preguntó el abuelo, y ella sólo dijo: «Rara… me abrazaba». Celeste le contó a Manuel y Manuel frunció la boca en un gesto de indiferencia. Levantó a Salomé, le dio un beso largo en la mejilla y maulló otra vez. Salomé tenía cinco años y sobrevivió a esa primera vez que Catalina se la lanzó con todo y panza por las escaleras. Salomé, rió más fuerte.

Manuel, déjame morir.     

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