FUE SÁBADO OTRA VEZ

 

 

Durante los últimos quince años había ido todos los sábados a casa de Daniel para ver una película y hacer el amor. Un amor apasionado y violento que le dejaba marcas azuladas en el cuerpo, que le daba tanta tranquilidad y distensión como se la daría a cualquiera otra una caminata por el parque o una tarde en el gimnasio. Cada que se disponía a entablar una relación, tomaba todas las consideraciones necesarias para informar al nuevo amor de que tenía todos los sábados copados por el resto de su vida. No esperaba dar explicaciones, simplemente informaba y si no eran aceptadas sus condiciones daba por terminado cualquier intento de avanzar. En los quince años sostuvo tres relaciones más o menos estables de más de seis meses, en promedio. Tuvo cuatro amantes casuales que no exigían respuestas y otros dos que se fueron cuando no soportaron que desapareciera el sábado al mediodía y apareciera el domingo en la mañana. Era inflexible con eso. Frecuentemente tuvo que decirles, con el dolor del corazón, que las condiciones estaban fijadas desde el principio y no iban a cambiar, que si no les parecía, bien podían buscarse una mujer que sí estuviera para ellos. Intentaba ser la mejor novia, amante o lo que fuera el resto de la semana, pero no el sábado; ese día la costumbre se aparecía y obnubilaba cualquier visión del mundo que la hiciera desistir.

Sufrió cuando perdió a tal o a cual hombre, pero pasaba rápido. Sufrió cuando Andrés le dijo que estaba enferma, que su vida no era más que un compendio de ayeres forzados de mala manera a ser presentes: «un presente sin mañana, porque estás muerta en la rutina». Ella lloró porque sabía que él tenía razón. Lloró porque luego de Daniel, Andrés fue el hombre que más cerca estuvo de reunir eso que a ella le significaba el amor. Andrés fue el hombre que más se pareció a Daniel. Daniel que seguía siendo Daniel, al contrario de ella que se iba refundiendo hasta el punto de no recordar cómo se llamaba luego de sentir que un hombre cualquiera se salía de su cuerpo: quedaba desnuda con los brazos muertos a los costados, sudorosa de él, mirando el techo de una habitación que no se parecía a la de Daniel, con la atención fija en la sensación de su sexo dilatado y con la certeza apabullante de que algo moría en los jadeos y en ese orgasmo tímido e imperceptible que sólo la hacía añorar con más vehemencia el sábado.

Al principio creyó que lo que moría era el amor. La sensación de vértigo y ausencia que le dejaban metida en el pecho, no podría ser otra cosa sino el agónico último suspiro de Daniel. Entonces llegaba el sábado, la rutina del beso frío en la puerta, de escoger entre muchas películas cuál verían ese día. Ella se quitaba los zapatos de tacón, se halaba los senos hacia arriba del escote, pasaba su lengua con suavidad por sus labios para cerciorarse de que su boca aún estuviera bien dibujada; se recostaba de medio lado sacando bien las nalgas para que la tanga sobresaliera por encima del pantalón y esperaba a Daniel que giraba después de meter el disco en el reproductor. Esperaba sus ojos ansiosos sobre la línea de tela que adornaba su cadera. Él venía caminando de rodillas por la cama, metía su dedo índice en la tira, le daba un beso en la espalda y halaba de la tira hacia arriba. Eva la sentía separar sus labios húmedos, la sentían tallarle en el clítoris y gemía un poco. Daniel se recostaba a su lado, le daba un golpecito en la mejilla y le susurraba al oído que ella era su perrita. «Eres mi perrita», le decía.

Poco a poco se iban quedando desnudos: primero el brasier sin quitarle la blusa, el pantalón y las medias; su camisa, el cinturón, el pantalón. No sabía cómo terminaba ninguna película. Se quedaban dormidos. A la madrugada, cuando aún estaba oscuro, ella lo despertaba con la boca, se pegaba a su cuerpo y buscaba que él se metiese otra vez en ella y podía decir, si alguien se lo hubiese preguntado, que esa era su definición de la felicidad. A la mañana le dolía el cuerpo, le dolían los pezones, el cuero cabelludo, el ano y el sexo. Olía tanto a él, que no se bañaba hasta el lunes. Cada que entraba al baño, separaba un poco las piernas para que el olor le recreara de nuevo su cuerpo sobre el suyo, su cuerpo dentro del suyo y los orgasmos fabulosos que sólo él sabía darle de tanta maneras y con tantas partes de él, que cada que estaba con alguien más, sólo sentía una especie de ternura de lástima viéndolos esforzarse y contenerse para que ella siquiera incrementara sus gemidos.

Ese sábado se sentó en su cama con el bolso en el regazo. Estuvo ahí sin hacer nada cerca de cinco minutos. La noche anterior, luego de dos meses de verlo, hizo el amor por primera vez con Camilo. En el café al que fueron, Eva le explicó su situación de los sábados. Camilo la miró desde atrás de su cigarrillo y sonrió de medio lado. Se reclinó en el sofá y pidió dos cervezas más sin decirle nada. Estuvo en silencio hasta que el mesero puso las dos botellas sobre la mesa. Camilo empezó a tararear la canción que sonaba, una canción sin letra de la que seguía exactas las notas con la garganta. Una canción triste que a Eva le hizo imaginar, sin razón alguna, a Camilo recostado en la cama fumando y mirando fijo un techo que se parecía mucho, en color y forma, al de la habitación de Daniel.

―Se llama My foolish heart ―dijo y siguió tarareando. ―Es de Bill Evans, un pianista de jazz ―continúo al no recibir respuesta. Caló su cigarrillo.

―Sé quién es Bill Evans. Y no, no es de él, él sólo la interpreta.

 ―Mmm… es lo malo de salir con mujeres inteligentes: el alarde se hace estupidez. Y sí, estás en lo cierto, no la compuso él. Sólo quería compaginar la interpretación con la historia que tiene de fondo. Es que lo hace magistral.

―No sé quién la compuso, sólo sé que no fue Evans.

―La compuso Victor Young, un tipo de Chicago. La compuso para una mujer que amaba a otro. Otro, que como siempre pasa, no la amaba a ella. Young sí la amaba, mucho. Hasta le prometió cortarse las manos si ella regresaba.

―¡Qué estupidez!, ¿por qué una mujer aceptaría una propuesta tan tonta? Ahí está la razón de que lo amara: era débil y tonto.

―Sí, supongo. A veces olvido que a las mujeres les gustan los superhéroes y los machos bien machos, no los tipos que escriben canciones o poemas y prometen cortarse las manos. Estaba enamorado, ¡el pobre Victor! ―dijo con tono sarcástico arrastrando mucho las vocales tomando la botella. Dio un sorbo, la dejó sobre la mesa y cruzó las piernas reclinándose en el espaldar de nuevo. Caló el cigarrillo, soltando el humo despacio mirando las volutas que se difuminaban.

―Lo mismo daría si fumaras ―hizo gesto de comillas― un cigarrillo de chocolate. No te haría ver más interesante y menso, sexi.

―Al menos admites que soy interesante. ¿Y si fumo así? ¿Tampoco? ―bajó una ceja entrecerrando el ojo izquierdo y adoptando una pose de galán de cine.

―Ese gesto ya era de Bogart y ni a él lo hacía ver sexi. ¿Cómo crees que tú…?

―… tienes razón, no soy sexi. Al menos no con ropa.

―Sin ella, menos. No tienes un cuerpo que se diga precisamente trabajado y firme. Las barrigas no son lo mío.

―Lástima. Tu cuerpo, aunque tampoco esté trabajado y también tenga barriga, da para un rato de carrera. Pero no te preocupes, el sexo no es mi fin último. Si pasa, pasa; si no, al menos tendré para quererte nuestras charlas de músicos enamorados y estúpidos… también la certeza de que te podré llamar los viernes para acompañarnos. Los viernes solamente, ¿cierto? ―descruzó las piernas y aplastó el cigarrillo en el cenicero. Encendió otro.

―Un hombre que no quiere sexo… ―rió tapándose la boca―. Me imagino. Si te dijera ya que fuéramos a mi apartamento, que tengo unas botas hasta la mitad del muslo y un conjunto de ropa interior de encaje negro y cintas rojas que aguarda en mi cajón para ser rasgado con deseo, imagino que me dirías que no.

―¿Tú qué crees?

―Dime tú.

―Bueno, te digo. Prometo ser sincero, pero dime ¿tú qué crees?

―Que te tendría pagando la cuenta y arrastrándome a un taxi preguntando ansioso por cuál es mi dirección.

―Te equivocas ―sonrió otra vez de medio lado― ya sé dónde vives. Ahora te digo yo: si te dijera que vamos ya y te compro unas botas hasta mitad del muslo y un conjunto de ropa interior rojo con cintas negras que te pondrás en el baño de un bar al que te llevaría a bailar, sólo por el placer de saber qué usas y que luego, cuando cierre el bar, te llevaría a tu apartamento, te daría un beso en la boca y me iría sin pedirte entrar, ¿qué dirías?

―Que mientes.

―Puede ser.

―¡Vamos!

―¿Adónde?

―Por las botas y la ropa interior y a bailar. Me los pongo en el baño, te dejo ver que sí la uso y me dejas frente a mi edificio sin pedirme entrar.

―Aún no termino mi cerveza ―pidió otras dos― y tengo ganas de tomar más. Pero… si quieres te doy la plata y me sorprendes. Yo te espero, te llevo a bailar. Tú me pedirás que suba, yo no tendré que decir nada. Te lo aseguro.

―Eres una niña.

―Lástima. Perdí mi capa y la competencia masculina por meterme en el mayor número de mujeres, no es lo mío. Soy una niña con pene y barba. Una lesbiana con mucha testosterona. Tengo poco interés en hacer alarde de mi condición de macho fuerte y peludo. Ya sé, es imposible enamorarse de mí, me falta aprender a desplegar las plumas y a pavonearme danzando y rascando la tierra. ―Caló el cigarrillo y soltó la ceniza encima de las otras colillas―. No tengamos sexo, podrías enamorarte de mí cuando veas dónde sí me interesa fungir de macho. Tómame como tu amigo gay, acompáñame, salgamos y vetemos los encuentros carnales. Vamos juntos a comprar ropa, si quieres. Te daré mi opinión sincera. Sé un poco de moda. Sé maquilar y peinar, hace algunos años hice unos cursos de peluquería.

―Ja, ja, ja, ja… eres toda una mujercita. ¡Acepto!, empecemos ya. Vamos por las botas y por la ropa interior. Las usaré con alguien más.

―Pero pagas tú.

―Hecho. Pago yo pero tú me asesoras como mi amiga.

Tomaron otras tres cervezas cada uno. Camilo le habló de su trabajo y le comentaba historias extrañas acerca de cada canción que sonaba. Eva reía. Le causaba gracia su pose de sabelotodo y ternura esa soberbia que él se esforzaba en vano por disimular. Le pareció un hombre extremadamente inteligente, no entendió por qué no lo había notado antes a pesar de que habían salido ya varias veces. Ella adjudicaba su descuido a que se veían siempre los viernes, día en que su cabeza estaba en Daniel y en que su cuerpo bullía de ganas por él. Esa noche, por primera vez en quince años, no se pregunto con tristeza dónde estaría Daniel ni con quién.

Salieron. Comieron un perro caliente barato de pie en la avenida. Sostenían los vasos plásticos con coca-cola en la mano y daban mordiscos hablando y riendo. Subieron juntos a un taxi y en frente del edificio de Eva, ella lo invitó a subir. Él dijo que no, que el sexo todo lo dañaba y que quería mantener la relación estrictamente en gay-mujer sola y en austeridad carnal.

―Tengo unas botas y un juego de ropa interior sin usar, no te mentí.

―Sólo si te pones una falda.

Se puso la falda, la ropa interior que más le gustaba a Daniel ―mintió no estaban sin usar― e hicieron el amor.

Eva no supo cómo, pero esa noche no extrañó a Daniel. Camilo jugaba con ella, la acariciaba, la besaba y le hablaba sin quitarse ni quitarle la ropa. Pasaba sus manos por sus piernas mientras ella estaba de pie, hasta arriba, hasta sus nalgas y las agarraba con firme besándole el ombligo y la parte superior de pubis o por encima de la tanga. Se ponía de pie y apretaba su cuerpo contra el de ella susurrándole al oído, con la voz gruesa y cálida, palabras que eran una mezcla soez de ternura y vituperios. Así como la llamaba «puta fácil» y le exigía hacer expresa su tarifa por determinado «servicio», también le hablaba de lo rápido que podría enamorarse de una mujer como ella: inteligente, sensual, obediente y hermosa. «¿Me obedecerás?», le preguntaba. Eva decía que no, pero luego él le recordaba que sólo le exigiría obediencia en la cama, que más allá de eso, podría hacer y ser lo que quisiera. Eva respondía entonces que sí, lo repetía y Camilo la tomaba fuerte del cuello  y la besaba con toda la boca y le lengua, las amígdalas y las vísceras. Nunca antes, con ningún hombre, Eva se sintió tan de alguien como esa noche cuando Camilo le recordó que el tiempo no era nada, que perder años siendo un estúpido del corazón y por amor, era lo mismo que perderlos en un orgullo doloroso que hacía sentir equivocado todos los días a quien optaba por eso; equivocado, culposo y triste. Camilo, antes de irse en la mañana, le dijo que era libre de hacer lo que quisiera, que esa noche no representaba ningún compromiso, pero que estaba seguro de que ese día ella no iría a ver a Daniel.

―Tengo tus orgasmos y tus jadeos de garantía…

… y se fue besándola con dulzura y lanzándole un puñado de billetes sobre el cuerpo desnudo que ella recogió divertida y guardó en el cajón de la mesita. Se bañó cuando Camilo se fue. Vistiéndose, vio en el espejo las marcas azuladas que Camilo le dejara. Terminó de vestirse, tomo el bolso dispuesta a salir pero se sentó en la cama donde estuvo más de cinco minutos sin hacer nada. Sacó su teléfono celular y marcó.

―¿Aló? ¡Hola!

―¡Eva, qué sorpresa!

―¿Nos vemos?

―Claro, si quieres ven, compramos algo de comer… helado con queso, puede ser y vemos una película.

― Camilo, películas no, por favor. ¿De qué color es tu techo?

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