FLORES MUERTAS

 

El viento llegó desde el atrás de la casa, revoloteó dentro de la sala: subió, bajó y se dispersó llenándolo todo con el aroma de las flores muertas que ese día cumplían dos semanas adornando la cabecera de la cama de Julia. Julia murió mientras dormía. Murió sin darse cuenta, pero no tranquila.

El día de su muerte, Julia preparó el maletín de mano donde llevaría al canario, el café en una estufa ajena, el arroz como le enseñara su madre; escuchó las noticias y completó el crucigrama en un lugar atípico. El mismo crucigrama que, desde que Blas no volvió, compraba en el kiosco de la esquina; siempre un par, dos periódicos, uno para ella y otro para Rosario, a quien la artritis ya le había llegado hasta las rodillas y a duras penas conseguía alcanzar la puerta con gran dificultad. Julia regresaba despacio en medio del silencio de su barrio habitado por ancianos abandonados, atravesaba la verja de su vecina cuyo jardín había mejorado mucho desde la primera vez que lo viera. No le era necesario tocar, pues desde las 8.20 a.m., Rosario estaba esperándola en la ventana con la olleta puesta al fogón y el ruido que hacían los pájaros cuando cantaban.

Julia descubrió pronto que Blas, su cartero, le había hecho un gran favor despareciendo; a ella y a Rosario, quienes desde ese día que él no llegara, se encontraron en esa soledad afanada del que ya no mide las palabras y es más verborrea que persona. En la época del cartero, ella hablaba más de lo que vivía; le hablaba a Blas de una vida que fue porque su vida hacía mucho que ya no era. Eso lo entendió cuando fueron juntas ―Rosario y ella―, por primera vez a misa y lo confirmó, esa otra vez que fueron de compras y al fin tuvo quien le dijera que las faldas de paño iban mejor con blusas de blonda que con las de poliéster limpio que siempre usaba. Se lo dijo Rosario mientras luchaba contra sus manos por subirse la cremallera del pantalón que Julia terminó subiendo por el resto de sus días. «¡Pobre Blas!» decían juntas cuando la tarde caía y recordaban a ese cartero que vestía de colegial y llegaba siempre puntual, cuando hablaban de la vida de hoy que ahora sí vivían y que proliferaba en acontecimientos extrañamente relevantes.

―Se murió Jacinto, Rosario.

―¡Ay!… y con lo lindo que cantaba.

―La que quedó bien achicopalada fue La Mencha. Se la pasa agarrada del palo como mirando con nostalgia por la reja de la jaula.

―Debe estar muy triste. Mañana vamos por otro canario: uno del mismo color, del mismo tamaño y le ponemos el mismo nombre… Eso es lo bueno, que La Mencha ni se dará cuenta.

―¡Eso!, no me gusta verla tan sola.

―Toca ir mañana mismo, antes de que se nos muera de tristeza.

―¡Qué sola se ve! Yo le cantó, pero como si nada. Apenas si mueve la cabeza, me mira, y sigue ahí con el pico clavado en el ayer.

―!Ay, Julia!, los pájaros no saben de eso. Ella sentirá solamente la jaula muy espaciosa y a lo mucho, el frío de no tener otras plumas contra las que se pueda acurrucar

―¿Será?… Mañana vengo temprano y vamos…

Fueron juntas a buscar al canario. No encontraron uno del mismo tamaño ni color; pero igual lo llamaron Jacinto Segundo, guardándose el Segundo para ellas solas y nombrándolo Jacinto, a secas, frente a La Mencha. A pesar del nuevo amor, Julia encontró a La Mencha acostada sobre el periódico al fondo de la jaula con los ojos cerrados y las plumas frías.

―Es que la soledad es muy dura, Rosario…

… y rieron juntas.

Poco después, también murió Jacinto Segundo. Rosario donó una de sus jaulas y dos de sus canarios, para que la casa de Julia no se quedara sin el trinar mañanero que amenizaba el olor del café y las noticias en la radio.

Volviendo del kiosco con los periódicos bajo el brazo, Julia se detuvo como todos los días frente a la casa de Rosario. Ella no estaba en la ventana. Desde la puerta cerrada, Julia pudo sentir el silencio anormal que se le pegaba a la piel provocándole un escalofrío. Tocó con tres golpes suaves; luego con cinco muy fuertes, hasta que terminó gritando desde el jardín el nombre de Rosario sin recibir respuesta. No le quedó más que llamar a la policía, quienes luego de tocar otras muchas veces, rompieron la puerta a patadas.

Julia atravesó la sala corriendo, llegó a la habitación donde hecha un ovillo como de recién nacido, estaba Rosario. La llamó con preocupación, varias veces hasta que ella al fin abrió apenas los ojos y le sonrió: estaba fría y morada. La ambulancia ya estaba en la avenida. La sacaron en camilla, la llevaron al hospital y una vez allí, Rosario la miró y le apretó la mano, Julia devolvió la sonrisa y acarició esa mano nudosa. Entendió ese gesto como una despedida que se negó a asumir.

Le impidieron quedarse en el hospital, entonces regresó a casa de Rosario, despidió a los policías que se habían quedado cuidando la puerta rota. Mandó a reparar los destrozos del afán, se acostó en la cama y se quedó dormida. Cuando despertó aún era de noche. Dio vueltas en la cama, pero vencida por la tristeza, se levantó. Puso la olleta para un café sobre el fogón y el ruido del aluminio repiqueteando sobre los hierros calientes, le recordó el tembleque de las manos de Rosario y su andar lento y azaroso. Salió cuando ya era de día, compró los periódicos de los que Rosario coleccionaba las recetas que recortaba y pegaba en un álbum de fotos y fue al hospital llenando el crucigrama en el taxi mientras escuchaba las noticias en la radio.

El médico le dijo que Rosario no estaba bien, que despertó, preguntó por ella y volvió a dormir. Podía verla. La habitación de paredes blancas olía a alcohol. Se sentó en una silla junto a la cama y vio a su amiga atravesada por cables y tubos sin entender completo para qué servían todos ni por qué tenía tantos. Le dio miedo preguntar. Todo le pareció tan blanco y tan triste que se le ocurrió llevar uno de los canarios escondido bajo la blusa para que su canto acompañara a Rosario. Sabía que no podía, que estaba prohibido, pero ¿qué podrían hacerle de llevarlo?

Al atardecer, salió del hospital sin que Rosario despertara. Compró unas flores de camino a su casa para llevarlas al día siguiente y maquinó un plan para meter el canario sin que lo notaran y darle un poco de vida a la habitación fría y blanca. Al llegar a su casa, puso las flores en agua y las colocó a la cabecera de la cama sobre la mesita, preparó un bolso de mano con comida y una hoja de papel periódico para meter el pajarito y se acostó deprimida.

Esa noche, el teléfono sonó muchas veces, Julia ya nunca más respondería.

Rosario fue enterrada por la caridad de una empresa dedicada a lucrase enterrando ancianos solitarios. Julia, dos semanas después, seguía sin ser encontrada; seguía sola, muerta en su cama. No había quién para sentir el aroma de las flores muertas que se dispersaba por la casa sola.

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