UN ESPEJO DE PARED MAL COLGADO

De regreso a mi casa, en un acceso de rabia, quise escribir. Rasguñé algunas palabras estúpidas y desistí con tranquilidad. Rara vez de las exacerbaciones emocionales nace algo que valga la pena; quizás una carta de amor o una despedida lastimera, pero algo decente, nunca. Además, ya no era una adolescente con el descaro de ufanarse de palabras violentas desprovistas de todo método, no, ya no. Las vísceras se me habían cuadriculado de tanto garabatear letras; sin embargo, seguía sin conseguir algo que alentara los esfuerzos. No quiero aquí suponerme, mostrarme como una escritora sin suerte, como una genio a la que la sociedad ―siempre tan a la caza de lo extraordinario― hubiese olvidado regalar una mirada. Miradas había tenido varias: publiqué un par de relatos en revistas de baja circulación, tenía lectores no amigos que me profesaban cierta fidelidad. A menudo llamaban y preguntaban: «¿Algo nuevo?», les respondía que trabajaba en una novela y en un cuento nuevo, pero la verdad era otra: hacía mucho no podía construir una buena línea, es más, creo que ni una mala línea lograba conseguir. Hasta ese día, en que regresando de esperar a Rodrigo frente a su casa y luego de verlo bajar de un taxi llevando de la mano a una mujer hermosa, sentí otra vez esa furia que me caldeaba el pecho, como cuando tenía 20 años y Andrés apostaba nuestro amor en la cama de tres adolescentes a las que enseñaba filosofía. No dije nada. No fui a enfrentarlo, sólo contuve las lágrimas y me di la vuelta echando a caminar sin rumbo. Dos horas después, sin entender cómo, estaba frente a mi casa con los ojos henchidos de tristeza y de decepción.

De regreso a mi casa, en un acceso de tristeza, quise escribir:

«Algo de lo que nos supera, viene mancillado de amor. El amor, cuando no da fuerza, mata…»

 

…desistí tranquilamente. Me sequé los ojos y me recliné en la silla plástica que junto con una mesa simple, me servían de escritorio. Pasé la mirada por la habitación oscura a esa hora de la tarde. En cada rincón creía verlo con esa forma tan suya de estar sin pronunciar palabra. Recordé ese poema que decía: «… toma mi cabeza, córtame el cuello, ya nada queda de mí después de este amor» y lloré de nuevo, en silencio, sin aspavientos, sólo dejando las lágrimas correr lentas por mi cara; la boca me sabía a sal. Miré con atención a los rincones, porque seguía repasando el poema en mi cabeza: «… en los rincones que nunca ves ni en sueños, búscame. ¡Levántame del suelo!, porque he caído de tus brazos y quiero vivir, vivir, vivir», pero no vi más que un montón de ropa, unas hojas arrugada, la lámpara de pie que él me regalara y la mesita junto a la cama. Fui al rincón, puse recta la espalda contra los dos muros: un hombro por cada pared, traje las rodillas a mi pecho y lloré; ahora sí con aspaviento, con mocos y grititos de estertores cuasiagónicos. Hice lo mismo cuando me enteré de lo de Andrés, sólo que en esa época sabía que pasaría mucho tiempo antes de que tuviera ganas de levantarme. Ahora, para Rodrigo, calculé dos días llorando.

Entender por qué alguien te traiciona, no admite la cavilación metódica ni racional. Se espera mucho del amor porque nos acostumbraron a pensar que es el sentimiento más alto entre todos los sentimientos altos. Cuando somos niños, nadie nos dice que a ninguna persona le importaremos realmente, que los esfuerzos que puedas hacer por otro a quien amas, casi siempre son un lanzar piedras al mar guardando la esperanza ―tonta esperanza, estúpida esperanza, cruel esperanza― de algún día poder recuperarlas del fondo. Nadie nos dijo que el amor verdadero antepone el egoísmo a la entrega. Algo así como simular lanzar las piedras, pero guardándolas en los bolsillos sin que el otro lo note. Así, al final, no se hace necesario pretender recuperar nada, porque no se lanzó nada y todo ese amor no fue más que una farsa por hacer más pesado el Yo, por sentir las piedras entrechocando en los bolsillos y que esa melodía lítica, solace el ego cuando se camina de la mano de quien amas.

Obvio, sólo se piensa el amor cuando se ha roto. Se piensa porque es entre los sentimientos el más alto de los más altos sentimientos, y no es posible levantarse como si nada cuando el murmullo de lo que no fue nos zumba adentro. No es posible caminar tranquilo oyendo el repiqueteo de un espejo de pared mal colgado que choca contra los muros de esa habitación vacía que somos todos; una habitación, que vemos con terror, no ha sido habitada nunca por nadie. Estamos vacíos siempre, solos siempre, y el que «gana», el que traiciona, entendió primero que el truco está en no abrir la puerta, en regodearse en la ausencia y en el llamado insistente que hacen los otros buscando entrar. Lo anterior resume un poco los dos días que permanecí acunada en ese rincón. Esa fue mi cavilación racional y metódica que sirvió para poder ponerme en pies sintiéndome igual de miserable que cuando me senté.

Fui a trabajar porque eso se hace cuando se está vivo, seguir. No hay más opción, no se puede más. La imagen de Rodrigo llevando de la mano a esa mujer dentro de su casa, las palabras que me dijera el jueves en la noche. «Tengo que trabajar todo el fin de semana. Viajaré y no sé si desde allá pueda comunicarme contigo. Te llamo cuando regrese», se repetían con insistencia mientras intentaba explicar a los niños que el adjetivo califica al sustantivo y que eso era realmente importante. Es imposible parar de rumiar, es imposible no pretender que ese darle vueltas a lo mismo, masticar el pasado, posibilite extraer algo en claro. Y somos tan humanos, que buscamos en ese martilleo responder el «¿por qué?» que nos carcome, cuando sabemos ya hace mucho la respuesta pero nos negamos a asumirla, sólo porque nos lastima saber que esa respuesta no se equipara con la intensidad de lo que queremos, de lo que fuimos y entregamos. Nos decimos que no es posible, que él no pudo hacernos eso, que no puede ser porque nosotros lo queremos y hemos sido buenos… pero sí, siempre es así.

De vez en cuando miraba mi teléfono, pero seguía sin aparecer. De vez en cuando miraba atrás, pero seguía sin entender. En la noche de ese lunes, al fin apareció. Había pasado esos tres días planeando mi actitud tranquila y altiva. Había pensado cada palabra que le diría cuando llamara. Construí un guion de teleoperadora anticipando cada una de sus respuestas:

―¡Hola, mi amor!

―Hola ―debía ser fría y distante.

―¿Cómo estás, hermosa?

―Bien ―debía ser fría y distante.

―¿Qué te pasa? Ya voy para tu casa.

―Nada. No vengas, ya lo sé todo.

―¿Saber? ¿De qué hablas? ¿Qué es todo?

―Sé que me eres infiel.

―¡¿Ah?!

―No te preocupes por negarlo, estoy doscientos por ciento segura.  Espero que tengas buena vida. Adiós. ―y colgaba.

Según mi guion, él insistía y el celular repicaba y yo desviaba las llamadas y al final lo apagaba y lloraba otra vez. Luego, él venía a mi casa y lloraba pidiéndome perdón, yo no lo podía mirar a los ojos, lo escuchaba: «Bien, Rodrigo, te perdono. Ahora vete y no me busques màs. Que te vaya bien con esa otra, o todas las otras», le pedía que se fuera. El seguí ahí, insistía, lloraba y yo seguía sentada en la silla plástica con las piernas cruzadas siendo de piedra. «Si no te vas, llamo a la policía. No me interesa nada más contigo. Te quiero mucho, muchísimo, pero así no. Te extrañaré mucho. Adiós, Rodrigo»… y entonces se iba despacio y escribía en un papel que deslizaba bajo la puerta: «Te amo. Soy un estúpido, lo siento. Espero un día puedas perdonarme. Aquí estaré si puedes hacerlo, no te quiero perder» y yo lo veía por la ventana alejarse despacio, mirando de tanto en tanto hacia mí, como queriendo regresar. Entonces, yo sentía que al menos en eso había un triunfo pequeño, un paliativo para esa sensación de haber sido burlada y no poder verme más que como una imbécil.

Pero no llamó. Tocó a mi puerta. Yo leía un libro de Dostoievsky buscando evadir de mi cabeza la insistencia de su recuerdo. Creía que en ese momento, Rodrigo no era más que pasado muerto; suicidado, mejor. Supe que era él, solo él tocaba así. Repasé una vez más el guion, que fuera en persona no cambiaba nada, y abrí la puerta. Traía unos paquetes. Entró como siempre lo hacía, me besó en la boca, me abrazó y me dijo que me había extrañado mucho. Sacó de las bolsas regalos para mí: chocolates, arequipe, helado, una bufanda autóctona que no entendía cómo consiguió si no viajó y otras cosas que en apariencia eran del sitio donde estuvo trabajando.

― Tengo que hablar contigo ―dijo. ―Vamos a comer.

Yo no respondí nada. Mi guion seguía en pie, pero quería saber qué era eso que tenía que hablarme. Salimos, yo en silencio.

―Salí con alguien más, el viernes en la noche. Fuimos a mi casa, pero estando ahí con ella, sólo pude pensar en ti. Creí que me gustaba, fuimos novios hace mucho y supuse que aún sentía algo por ella. Luego vi que sólo tenía ganas de regresarle todo el dolor que me causó años atrás, algo así como vengarme por lo mucho que sufrí por su culpa. No te mentiré, tuvimos sexo… pero te juro  por mi mamá que te quiero a ti, que te amo a ti… me equivoqué…

Yo no decía nada.

―… me sentí tan miserable. En vez de vengarme, te hice lo mismo que ella me hizo a mí. Te mentí, te fui infiel… pero te amo, juro que no lo haré de nuevo. No volverá a pasar con nadie, nunca. Perdóname… entiendo si no puedes hacerlo… sólo diré que te adoro. Perdón.

Se le escurrieron las lágrimas y vi que sus ojos estaban rojos e hinchados de llorar. Antes no había reparado en eso, no me atreví a mirarlo hasta ese momento.

―Te amo ―era la primera vez que lo decía. ―Soy un estúpido. Espero puedas perdonarme. No te quiero perder. Perdóname, por favor.

Tomó mi mano por encima de la mesa haciendo antes a un lado los platos que ninguno de los dos había probado. Lloró más y dentro de mí sentí cómo el tiempo iba hacia atrás: allí estaba esa primera vez que nos vimos, esa otra cuando llegó a mi casa con un tarro grande de helado porque le dije que estaba triste; y por encima de todo, ese algo que me hacía sentir que de su mano el mundo no existía, sus abrazos, sus palabras pegadas a mis oídos cuando hacíamos el amor… «un novio es más que alguien que te besa y te penetra, un novio es alguien que te quiere y cuida de ti de todas las maneras posibles» y me fue imposible recordar todas las veces que no cuidó de mí, aunque las había, y muchas; sólo pude recordar las que sí junto a esa forma tan suya de estar sin pronunciar palabra.

Salimos cogidos de la mano y caminando pude escuchar la melodía de las piedras chocando en sus bolsillos y el repiqueteo de mi espejo de pared mal colgado.

Anuncios

4 comentarios en “UN ESPEJO DE PARED MAL COLGADO

  1. Don Veredal, siempre son bienvenidas sus críticas. Le agradezco tomarse el tiempo de leer y además de corregir. Frente a la primera corrección, creo que la voz lo permite, no hay cambio de persona porque es perfectamente viable que la primera persona use una tercera para hablar de sí mismo en un pasado remoto que se pretende dejar atrás. Me sonó tonto hablar de ella misma como una adolescente cuando ya, ella misma lo supone y lo asegura, no lo es. En al segunda, tiene ud. razón; no es consecuente ese te amo en esos momentos y pudo haberlo dicho antes. Pero también, el te amo siempre es un recurso para salvar el amor, y se usa muy seguido. Gracias por leerme, y no se tenga vergüenza, déjele eso a los modestos y los tibios. Un placer que me corrija, sígalo haciendo, por favor.

    Me gusta

  2. Señor Búho, espero poder tener la libertad de dar algunas de mis apreciaciones acerca del cuento. Ahí voy:

    Noté varios errores tipográficos que no vale la pena destacar y otros dos errores, el primero gramatical:

    «(…) Rasguñé algunas palabras estúpidas y desistí con tranquilidad. Rara vez de las exacerbaciones emocionales nace algo que valga la pena; quizás una carta de amor o una despedida lastimera, pero algo decente, nunca. Además, ya no era una adolescente con el descaro de ufanarse de palabras violentas desprovistas de todo método, no, ya no.»

    El cuento está en primera persona y de repente pasa a segunda.

    Y este otro que bien puede ser un error de contexto o, si no, cuando menos y a mi manera de ver, una falla en la composición dramática, no sé:

    «(…) te juro por mi mamá que te quiero a ti, que te amo a ti… me equivoqué…
    (…)―Te amo ―era la primera vez que lo decía. ―Soy un estúpido.»

    Pues sí, es un estúpido, pero ¿era en realidad la primera vez que lo decía?
    Y si se trataba de esa noche, ¿es justificable que “no lo hubiera hecho” antes y sin hacerlo, sin embargo, el cuento esté plagado de drama alrededor de ese amor?

    Finalmente, y como se trataba inicialmente de mi apreciación y no de un trabajo de edición diré que me parece afortunado usar un personaje femenino y en primera persona, es bueno explorar la voz femenina, me gustó éso.

    Espero no sea molesto mi extenso comentario, y pues nada, me avergüenzo al hacerle corrección y crítica porque en cuestiones de composición es usted indudablemente superior a mí, Señor.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s