LA RUTINA

«A esa hora de la mañana, todo se disponía de tal modo que si hubiera existido una mano divina que organizara su mundo, no lo hubiese dejado tan cómodo para sus fantasmas. Luego, llegada la noche, las cosas se venían abajo tal cual se organizaban en la mañana: una a una, dándose su espacio y su turno, caían, quedando desparramadas por el suelo corriendo lentas en dirección al desagüe. La rutina era la rutina; el derrumbe era el derrumbe.»

De  Todos  éramos ella, J. Ballartín.

 

Te descuelgas lentamente de la cama. Has aprendido, a fuerza de esoterismo, que más vale tomarse unos momentos para contemplar la oscuridad del cuarto en el amanecer. Aún no hay sol, nunca hay sol esa hora. Pasas las manos atrás de tu cabeza esperando que los ojos se acostumbren a la penumbra, crees que ver te permitirá anticipar el de costado de la cama donde el recuerdo ha puesto esa mañana el abismo.

Te asomas a la derecha, nada; miras a la izquierda… y ahí está ese zapato que tantas veces has escondido en el clóset pero que, por razones extrañas, siempre aparece estorbando por toda la casa. Bajas por la derecha. El piso está frío, lo sientes hacerse un animal que trepa por los pies, las piernas, sube y endurece tus pezones: te frotas para calentarlos, duele. «Todos tenemos un quizás», piensas muy rápido buscando las pantuflas de garra de oso que habías olvidado que él te las dio. Lo recuerdas ahí, sin encontrarlas, justo cuando creías haberte librado esa mañana del recuerdo inquisidor. Fallas.

Vuelves a la cama y cierras los ojos; fallas de nuevo, esta vez mejor. Ayer le decías a tu maestro que lo mejor de todo era que ya no encontrabas un recuerdo nuevo, que el pasado parecía tan gastado al fin, que no importaba si lo extrañabas o no, porque los momentos se habían hecho vomitivos de tanto darles vueltas en la boca, de tanto regurgitarlos para saborearlos, masticarlos con las muelas de atrás. Pero ahí está él dándote una palmadita en las nalgas mientras te da el primer beso del día. Subiendo sus manos por tu cadera para dar inicio a ese juego que él inventó por fetiche y que tú seguiste por el placer de vencerlo y fingirte como poco predecible. «Tienes las rojas de amarrar a los lados», lo oyes susurrar en tu oído como cuando dormían juntos y te preguntaba, siempre, todas las mañanas: «¿Ya te dije hoy que me encantas?». Tú sonreías, te separabas de él y le respondías: «Son las negras de encaje», y luego, todo el tiempo que pasaban juntos, lo veías mirar con avidez cada que te sentabas, cada que te agachabas, para corroborar que le mentías; porque sí, era verdad, eras predecible y adivinaba. Lo extraño, piensas ahora, es que fuera eso lo primero que recordaste de él. Bajas tu mano y tocas tu cadera, recorres la tira de tu ropa interior hacia dentro y sonríes otra vez, usas las rojas de amarrar a los costados.

No te incomoda tanto el pasado como la certeza de un futuro que ya no es ni será. Es que el desamor no duele por los recuerdos, sino por las promesas que desaparecen y dan lugar al vacío, a la tristeza y a la soledad. Imaginas a Dios acurrucado en un rincón de una nada negra y espesa —si es que acaso tuviera rincones la nada— llorando, sin que nadie lo consuele, porque todos lo han olvidado. Y ves que te dice: «Un día, un hombre me citó en su casa. Un hombre desesperado que ya lo había intentado todo sin conseguir sacarse del corazón una sensación destructiva que sólo él, quien le infringió el daño y yo, conocíamos. Me senté en el sofá mucho tiempo antes de decidirme a presentármele; lo vi crecer, enamorarse, perder, enamorarse, llorar porque le dolía el recuerdo y volver a perder porque eso del corazón no lo dejaba ser con libertad, no lo dejaba vivir. Cuando al fin decidí manifestármele para que me viera, me dijo que había tardado mucho y se ahorcó. No pude intervenir, nunca puedo intervenir; el libre albedrío es una cláusula que me ata de manos la divinidad. Murió lento, tranquilo; se le amorataron los labios y se le reventaron los ojos. Él fue el último que de verdad me necesitó y le fallé». Dios se equivoca, tú también sabías y tampoco pudiste ayudarlo.

¿Qué clase de dios tiene atada la divinidad?, sólo un dios inútil como ese que te tocó en suerte. Es que a la espiritualidad también la determina el azar. El dios es una cuestión de geopolítica. No sabes cuánto tiempo ha pasado pero sigue sin haber un sol metiéndose por los resquicios de las cortinas. La cama parece tan blanda, tan fría como una baba pegajosa, como la nada donde Dios llora.

Él te decía gatita. Te decía que si dependiera de él, te cambiaría la arena toda la vida. Lo ves oliendo rico, lo ves vestido con la misma elegancia con la que se ataviaba a diario, lo ves corre tras el bus en el que te acababa de dejar para que fueras a tu casa, correr junto a la ventanilla hasta que se acababa la estación y se detenía contra el borde y movía su mano diciéndote adiós o lanzándote un beso. Como en las películas más clichés. Algo de ese gesto se te parece mucho a la vida: la persona que amas esforzándose por siempre estar en el recuadro de visión del otro, que según decía el maestro, es el instante y lo único que de verdad importa; la persona que amas yendo tras de ti, persiguiendo el instante para no desaparecer, pero quedándose al fin relegado por una barrera que lo supera: la velocidad del bus y el fin de la estación.

Entonces, en ese tiempo, te sentías tan triste pensándolo parado ahí viendo cómo el bus te alejaba de él. Deambulabas con la imaginación el recorrido que debía hacer para llegar a su casa y sentías miedo de que algo malo le pasara. Vivía tan lejos y su barrio era tan peligroso. Ibas preocupada esperando que sonara el teléfono y te dijera: «Llegué, todo bien. ¿Ya te dije hoy que me encantas, gatita?». Sonreías como estúpida al otro lado del teléfono y respondías que no, a pesar de que te lo había dicho unas dos o tres veces a lo largo del día, siempre seguido de la misma pregunta. Un no para que te lo repitiera antes de dormir, un no como un instante que él procuraba mantener vivo para que no se les escurriera entre las hendijas de la vida que llevaban cuando estaban lejos uno del otro. Una pregunta como un mantra. Una respuesta como un mantra que contenía al amor para que no se les escapara y se hiciera un pasado doloroso.

Amanece. El sol frío ya ilumina como un eclipse la ventana de cortinas cerradas. Despiertas temprano para darte tiempo de recordarlo, no puedes mentirte. Escuchas tu corazón romperte el pecho a mil revoluciones por segundo, la pierna derecha golpear insistentemente las sábanas bajo las cobijas como haciendo un beat que acompaña el síncope que te mueve el mundo. Un jazz de la ansiedad. Síncope y sincopa se parecen, no sólo en grafías sino en lo profundo. Una refiere a un desvanecimiento derivado de una arritmia cardiaca, la otra a la estrategia destinada a romper el ritmo en las composiciones musicales y que es usada con mayor frecuencia en el Jazz. No ha de ser en vano la cercanía, por eso nombras a la ansiedad que crece de ese modo: un jazz, porque te invade sin que puedas atravesarla por la consciencia, del mismo modo que la música se mete sin pedir permiso e intensifica el sentimiento latente. Eso es lo que hace bella a la música: es el único arte que no necesita de ti para cumplir su propósito. La ansiedad del extrañamiento, tampoco.

Sientes ganas de llorar, de que él te abrace y huela tu pelo y la pierna se mueve y el corazón retumba en medio del silencio. «Lo malo de la soledad es que hace mucho ruido, gatita». Recuerdas al maestro, al que empezaste a ver luego de que él se fuera, al que te presentó a un dios que no llora en los rincones sino que traes metido en el pecho y corre por tus venas. Cierras los ojos y respiras pausado: inhalas, y un vaho azul entra en tu cuerpo; exhalas, y un vaho oscuro sale de tu boca: lo bueno entra, lo malo sale. «Lo malo de la soledad es que hace mucho ruido, gatita», te dijo llorando por teléfono y tú ya sabías de qué hablaba. Le dijiste que estabas a su lado, que no lo ibas a dejar solo nunca. Lloraste con él porque sabías de qué hablaba. «Por qué la gente es así, gatita? ¿Por qué mi papá?, eso no hacen los papas». Te quedaste en silencio. Nunca supiste qué decir, no podías entenderlo pero sentías su tristeza y su dolor, las sentías porque lo amabas y eso se hace cuando se ama: se tiene compasión. La compasión no es una lástima caritativa, la com-pasión es padecer en el otro.

―¿Ya te dije que me encantas, gatita?

―No ―sonríes entre lágrimas.

―Me encantas, no lo olvides nunca.

―Nunca. Tú a mí, amor.

―¡Oye!, Dios nunca vino. Qué mierda.

Y colgó.

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