LA ÚLTIMA ESPERA

 

 

Serían las 11 de la mañana cuando Julia, cansada de esperar, se retiró de la ventana. A esa hora, por lo general, ya había desayunado, puesto las ollas sobre el fogón y se había sentado en la mesita de la cocina escuchando su emisora mientras llenaba el crucigrama de dos páginas que traía el periódico; y que a diario completaba bien entradas las dos. Pero hoy no. Blas no apareció a las 8 como era costumbre, y la dejó sumida en un desorden de vida que a ella se la pareció mucho a esa juventud con la que soñó cuando era joven.

Caminó hasta la cocina asegurándose de que la cortina estuviera descorrida lo suficiente para poder vigilar el camino de piedra por el que todas las mañanas veía llegar a Blas con su sonrisa eterna, su uniforme azul de colegial y su bolso de tres metros de largo. Agarró la olla por el asa girando la cabeza para no perder de vista la ventana. Buscó la cebolla, vertió el aceite dentro y puso la pequeña olla al fogón. Volvió a mirar. Nada. Unos gajos cortados de afán y una taza de arroz lista para cuando la casa se inundara con el olor de la cebolla sofrita que la hacía sentir en compañía, y que siempre le recordaba esa única vez que su mamá le enseñó a hacer algo de modo correcto en la vida. Luego murió, ella era muy niña, solo le quedó el borboteo del aceite y el chasquido del arroz apaciguando el dorado de las cebollas. Volvió a la ventana y repasó una vez más: un perro cruzaba con afán, el sol, la calle solitaria.

—Hasta el perro tiene adónde ir —dijo en voz alta.

Regresó a la cocina para añadir el arroz, pero la imagen de la cebolla hecha hilachas de carbón que nadaban en un aceite negro se le metió en el recuerdo empujándola a un llanto silencioso al borde de la estufa que no apagó. Permaneció ahí, colgada del asa de la olla, viendo cómo todo se desintegraba y la humareda bloqueaba la vista a la ventana. Unos segundos más, se decía, un minuto más. Hasta que ya no supo cuánto tiempo pasó.

Encendió el radio: ya no se enteró de qué pasó en el mundo esa mañana ni llenó el crucigrama que Blas traía a diario con el periódico. Arrastró una butaca junto a la puerta y estuvo ahí mirando por la ventana la ciudad quieta de su barrio residencial, con tanta atención, que no sintió hambre pero sí una preocupación sincera por la suerte de su cartero que, para esa hora, cumplía 5 horas de retraso.

No descorría y volvía a cerrar la cortina, sino que estuvo con la mirada clavada en las aceras que se extendían a cada extremo de su casa. Nadie cruzaba, ningún vecino se asomaba para al menos esforzarse en el atrevimiento de preguntar por el periódico o las cartas, disimulando que lo que en verdad extrañaba era al hombre que todas las mañanas le preguntaba por cómo pasó la noche señora Julia, cómo va el resfriado, ya huele primavera su jardín, un cafecito nada más porque aún me queda mucho por caminar, señalándole el bolso largo que cargaba con el cuerpo ladeado por el peso.  Ella se quejaba porque tenía el derecho. Se quejaba sonriente y le servía en la taza más grande un café calentísimo que Blas se tomaba a soplo y sorbo, y que le daba el tiempo suficiente para compartirle los añicos de los años. Cuando el café se terminaba, Julia traía un pedazo de pan o una rodaja de torta que había preparado la noche anterior mintiéndole que era el último trozo. El resto descansaba sobre el mesón. Cuando Blas se iba, la desmigajaba para echársela a los canarios o a las palomas siempre numerosas y hambrientas.

La calle vacía. El perro con su mismo afán cruzaba de regreso.

Serían las 5 de la tarde cuando Julia, cansada de esperar, buscó su chal, el bolso y las llaves y salió sin saber muy bien hacia dónde ir. Cruzó el camino de piedra y pasó el cerrojo de la verja asegurándola con el candado que usaba cuando se iba a tardar mucho. De pie en el andén, miró a cada lado de la avenida; sabía que Blas llegaba por el sur, así que echándose el chal sobre los hombros, se encaminó hacia allí.

Apenas si alcanzó a dar unos 10 pasos cuando imaginó que Blas podría llegar desde el norte; quizás a eso se debía el retraso: emprendió el camino al contrario para darle un poco de variedad a los muchos años llegando desde el sur. Regresó. Cruzó frente a su casa y unos pasos más allá, se detuvo otra vez. La vecina, a la que no conocía ni de nombre, miraba también por la ventana. Desde dentro de su casa, la llamó con la mano. Julia, abrió la verja y se adentró por un camino de piedra igualito al suyo que atravesaba un jardín de plantas menos cuidadas. La puerta se abrió antes de que ella alcanzara a tocar. Un canto de pájaros le llegó desde dentro y una señora, de más o menos su edad, hizo a un lado una butaca y la invitó a pasar.

—Hoy no vino Blas —le dijo.

Julia asintió y echó una mirada alrededor: la casa era igual a la suya.

—¿Un café, señora Julia? No se asuste, Blas me ha hablado de usted.

Ella soltó una afirmación tímida.

—Mucho gusto, Rosario. —le tendió una mano de dedos torcidos que Julia apretó con suavidad pensando en el jardín.

Rosario fue a la cocina y con esfuerzo puso una jarrita de aluminio en el fogón. Una pila de periódicos crecía en una esquina junto a la nevera.

—Los colecciono por las recetas. Las recorto y las pego aquí. Es más por desidia que por plan de cocina. Ya no puedo agarrar ni un cuchillo. Blas me regaló unas tijeras de mango amplio, si no, tampoco ni recortar podría. Mire.

Julia agarró un álbum y empezó a hojear sin prestar atención a las recetas, pero sí a los bordes mordidos de los recortes sobre el cartón negro. Pasó dos veces el álbum completo mirando también los negros limpios donde pronto irían más recetas. Escuchó el golpe del aluminio contra la estufa y se apresuró a ayudarla a llenar las tazas. Ella no se lo permitió; llenó una taza hasta el borde y la otra hasta la mitad.

—Esta es la suya. La mía bajita porque no quiero regarla por toda la sala. ¿Un pedacito de torta?, es de vainilla y pasas.

Fueron juntas a la sala, cada una con su taza y dos pedazos de torta en un plato pequeño. Fuera había oscurecido y el barrullo de la gente regresando a sus casas les llegó hasta sus sillas. Rosario había cerrado otra vez la cortina por la que también estuvo esperando todo el día la llegada de Blas o a que cruzara alguna persona que le diera razón del correo.

Escucharon el chirrido de la verja y unos pasos que ambas —acostumbradas a esperar, la una a las 8 y la otra a las 8:20— reconocieron de inmediato. Por debajo de la puerta, se deslizaron el crucigrama y la receta que venía con el periódico de ese día.

Blas, renunció a la mañana siguiente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s