DIOS ES UN HOMBRE COMO CUALQUIER OTRO

 

 A las doce siempre llegaba el espasmo. Las contracciones violentas de algo que le parecía un aborto repentino. Se agarraba la barriga y sudando intentaba encender la lámpara de mesa. Dolía tanto que el esfuerzo le hacía salir lágrimas gruesas y saladas. Ya no dormía lo suficiente e iba por la vida con la certeza de que cada noche algo de ella quedaba diluido en las sábanas: transparente, inocuo; pero tan real como el dolor que la tenía en vigilia; hasta que a las tres, del mismo modo en que llegaba, se iba.

Siempre pensó que estaba destinada a algo más grande que ella. No podía imaginar que la vida fuera solamente esa muerte nocturna y esa repetición diaria. Pasado el dolor, dormía como podía hasta las cinco. Se levantaba, daba de comer a su perrita poodle que le batía la cola, y se bañaba viendo cómo la ciudad seguía dormida, mientras ella ya tenía los ojos muy abiertos por el agua fría. Así, todos los días.

 Antes, cuando los dolores eran muy fuertes, rezaba para que Dios se los quitara. Luego, Dios le demostró que ella no era importante para él y dejó de rezar. Dios le había dicho: me vales mierda. Y ella lloró. Se calmó. Y volvió a llorar. Creía que Dios era una mejor abstracción cultural derivada del miedo. Pero no, era un hombre como cualquier otro.

Vestida, tomaba café sentada en la mesa de la cocina. La perra, satisfecha, se iba a recostar atrás de la puerta mirándola con los ojos de espejo verde que brillaban por la luz opaca del foco encendido. Ella daba sorbos cortos sosteniendo la taza con las dos manos. Se subía la falda del uniforme y regresaba a la habitación para ponerse las medias de liga porque no soportaba la picazón en las nalgas. Fuera, el sol aparecía frío por entre las montañas. Ella salía hacia su trabajo y se subía a un bus repleto de gente. Ese era el mejor momento del día. Buscaba un hombre medianamente guapo, uno joven que vistiera de traje, le encantaban los hombres con corbata que olían bien. Y pasándose disimuladamente, aprovechando su baja estatura, se acomodaba de tal modo que sus nalgas quedarán a la altura de la entrepierna de su hombre de traje. Le sonreía y decía: Perdón, perdón. Y se dejaba caer sobre él. Su falda era tan delgada que no era difícil sentir cómo se iba agrandando el deseo entre el pantalón de su amante casual. Por más que su cara no fuera hermosa, estaba segura que sí lo era su culo, y que apretado entre la falda sin la incomodidad de las medias, se veía más llamativo. Así sentía la dureza que de otro modo le estaba negada.

Iba a cumplir 35 años, era obvio que el tren del amor la había dejado, pero ella no iba a desaprovechar la estación llena de desconocidos. Rara vez algún hombre le decía algo. Ella tenía como certeza sus penes enhiestos para seguirse frotando. Una vez, hasta llegó a subirse con disimulo la falda. Estiraba los brazos haciéndose la que intentaba agarrarse de alguna parte, hasta que sintió en la piel de sus nalgas la textura del pantalón. Vio al hombre, que no pasaba de 25 años, agachar la mirada y mover la mano para tocarle la piel desnuda. Ella lo dejó, hasta que él, cambiándose de mano el maletín, metió suavemente su dedos entre las nalgas dividas por la tanga, y escarbó hasta que encontró una abertura por la que sin compasión, empezó a meter su dedo pulgar. Ese fue el momento más feliz desde que Dios le había dicho que valía mierda. Ese día, atendió tan bien a los clientes del supermercado, que hasta recibió una felicitación de su  jefa que la odiaba. Pero no volvió a pasar. No se atrevía a intentar un movimiento tan audaz. Temía que su cara de orgasmo la delatara. La vez anterior, había sufrido mucho intentando disimular el orgasmo que alcanzó tan pronto sintió ese dedo dentro de ella. Estaba tan mojada que sentía escurrir tibio por su muslo. Por eso prefería un encuentro discreto. Sólo sentirlos erectos y a ella emulando las posiciones de la cópula: levantando el culo, abriendo las nalgas para abrazar el pene de su amante. Hasta que sentía tibio y un olor a amoniaco inundaba el bus.

Antes de sentarse en su silla de la caja del supermercado, pasaba al baño y olía la mancha que había quedado. No era que encontrara en ese gesto placer verdadero, pero le gustaba imaginar la cara del tipo en el momento que lo expulsó. Limpiaba y se sentaba a trabajar toda la tarde. A veces Dios se hacía pasar por un cliente y la miraba con desprecio. Dios le decía: me vales mierda, pasándole los billetes con el valor exacto a pagar. Dios siempre llevaba completo, por eso lo reconocía. Ella hacía como que no lo oía, el desprecio es el mejor castigo a quien ha dejado de amarte, recordaba a su exesposo diciéndole luego de que se enteró de que ella había tenido un encuentro sexual con Dios y que de ahí había nacido ese bebé que se murió antes de cumplir el primer mes. Su esposo la había dejado, odiándola, hasta le escupió la cara, a ella y al bebé que apenas si podía abrir los ojos.

Dios era un hombre como cualquier otro, la odiaba porque la culpaba de haber matado al hijo de los dos que iba a gobernar el mundo. Y sí, era cierto. Ella lo había matado, lo envolvió en las cobijas, hasta la cara, lo apretó con fuerza y se hizo la que iba a dormir. A la mañana siguiente, el bebé estaba morado y muerto. Dios vino y viendo a su hijo muerto, la golpeó en el estómago y le dejó ese aborto chiquito que siempre llegaba a las doce y se iba a las tres. Y fue esa la primera vez que le dijo: me vales mierda. Igual, ella lo castigaba con indiferencia. Estaba segura, ella estaba destina a cosas más grandes.

Las cinco de la tarde, subida en el bus de regreso a su casa, es su segundo momento favorito del día.

 

 

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