El AMOR ES UN NIÑO MUERTO

 

NOCHE

La luz del televisor encendido ilumina con timidez la habitación de paredes blancas, María Alejandra se ha recostado de medio lado para dar alivio a su espalda cansada. A tres días de cumplir siete meses de embarazo, se acaricia la barriga y piensa, como cada noche, en el futuro y en la esperanza que supone llegará al mundo con un pan debajo del brazo. Está sola. No únicamente en la habitación, está sola. Su mano va y viene, el bebé se mueve, da patadas hacia fuera que remueven la piel y dejan la marca de unos pies pequeñitos. Son las once y el sueño no llega. Aparecen los créditos de la última novela de la noche. Cierra los ojos y con la luz intermitente del televisor, sueña que tiene un delantal blanco y se para frente a un mesón a cortar cebollas, tomates y carne en tiras; con el último corte, se hiere un dedo. Ve como el minúsculo goteo mancha exageradamente el delantal de sangre hasta que se hace completamente rojo, húmedo y pesado. En esa cocina no está embarazada. Son las 11:15, María Alejandra se hunde en su sueño rodeada de una luz irisada que es el policromado del fin de emisión.

A la misma hora, sentado en el comedor de su casa, Hildebrando hace sonar el plato con el choque del tenedor, hace sonar sus dientes con el choque del tenedor, pero a Celina ya no le importa, ya no dice nada. Sentada frente a él, sólo mira absorta la turbulencia de su sopa producto del desdén de su cuchara. Llevan pocos años casados. Antes se desgastaba en reprimendas y molestias, levantaba la cabeza y fruncía el ceño, lo miraba con los ojos entrecerrados y él se detenía y sonreía complacido. Hoy sólo es el silencio, la distancia y el silencio. Los ruidos siguen iguales, la incomodidad la misma, lo que cambió es el sitio donde Celina tiene la cabeza. Con la cuchara a medio camino entre el plato y su boca, Celina piensa en los meses que precedieron este momento y siente ganas de llorar, pero respira profundo, abre grandes los ojos y contiene las lágrimas. No quiere a Hildebrando consolándola. No necesita sus palabras vacías y sus esfuerzos que no resuelven nada. Pero hablar de inutilidad no lo ayudará, porque él no entiende qué es ser mamá de un hijo muerto. De un hijo, que unos meses atrás, Hildebrando mató mientras ella —estúpidamente, se dice cada noche— permanecía apacible en la inconsciencia del sueño.

Silencio.

Celina mete la cuchara en su boca, la mano libre descansa con la palma abierta sobre la mesa de vidrio. Cree ver a Hilde, como le dice de cariño, intentar sonreírle, ella hace como que no lo ve. Responder la sonrisa significaría aceptar ser cómplices y ver que la culpabilidad se disipa y juntos pueden contarse a la hora de la comida los días, los ladrillos y las paladas, las lejías y los traperos, los recibos y el mercado. Para después hacer el amor con suavidad o con furor, para morderse, tocarse y dormir desnudos abrasados por el trópico en media noche. No lo mira. Revuelve la sopa, se levanta y la riega en el lavaplatos. Hilde se entristece y hace esfuerzos por no reclamarle. ¿Cómo estás?, le pregunta. Ella, como si no escuchara, lava el plato, seca el plato, cuelga el plato, tuerce el cuerpo, gira la cabeza, apaga la luz, dice buenas noches. Va al cuarto de los dos, se desnuda y se acuesta. Hilde no se mueve. Enciende un cigarrillo y fuma en la oscuridad con los dos codos sobre la mesa y el plato lleno en el medio, los ojos puestos en el mar más allá de su ventana y piensa en su hijo muerto, en lo que significa ser papá de un hijo muerto. Pero por encima de todo, piensa en su esposa, que debe estar llorando con la espalda vuelta hacia la puerta y la cara viendo la pared azul como el cielo. Son las doce de la noche, Hilde no va a la cama, sabe que ella aún llora y no quiere sumergirse en la impotencia. Mañana todo cambiará, mañana algo resolveré, se dice, como se viene diciendo las últimas noches antes de ver que ya clarea la mañana y no pudo dormir junto a la mujer que ama.

DÍA 1

A las tres cincuenta de la mañana, en la habitación oscura y sin que importe cómo se apagó el televisor. María Alejandra despierta y se molesta con el tiempo por los diez minutos de sueño que perderá. Cierra los ojos y las imágenes del sueño que hasta ahora no recordaba vuelven entrecortadas. Piensa que dormirá hasta las cuatro y media y no hasta las cuatro como todos los días. Las imágenes del sueño se hacen más claras y se ve llegando a la cocina, sin el delantal puesto y embarazada. Al ponerse el delantal la barriga desaparece. Se siente más liviana. Corta los tomates, de fondo hay aplausos y sirenas, como si una multitud aplaudiera a una ambulancia que cruza. Corta las cebollas y una luz intensa le pega de lleno en la cara, ¡Corte!, dice un hombre al que no puede ver pero sí escuchar. Cuando la carne está sobre la mesa, ya no hay sirenas, cámaras ni aplausos. Esta sola frente a la masa sanguinolenta con el cuchillo en la mano que desliza con fuerza para sacar tiras del filete. Con el último tajo del cuchillo se corta el dedo pulgar: ¡Auch! Se mete el dedo en la boca degustando el sabor metálico de su sangre mezclada con la de la res. Desde sus senos hasta su pubis, el delantal se cubre de sangre, se hace pesado y tibio. Con el dedo en la boca, piensa que debería buscar una “curita” para dejar de sangrar. Son las cuatro cuarenta, para María Alejandra ya está tarde y sigue sin despertar.

Diez minutos después del sueño de María Alejandra, Hilde aplasta el último cigarrillo en una cáscara de naranja. En medio de diecinueve iguales a ella, la colilla aún humea, sin que él pretenda apagarla del todo. Aspirar ese humo moribundo es un aliciente para la hora que pasará metido en un bus de camino a la obra. Bañarse con apuro es algo que olvidó cómo hacer. No desayuna. No usa otra ropa. El overol gris, las botas y el casco amarillo bajo el brazo, y a las 5 está parado en la avenida polvorienta a la espera del primer bus que inicia el recorrido pocos metros antes de su casa. Sólo lo acompañan su impotencia y el mar, el mar que escucha a lo lejos y esa hora de oscuridad se le parece a un monstruo de brea al que alguien ató del otro continente y que lucha briosamente por liberarse para arrastrarlo a un lugar donde sólo es el olvido y el pasado. El pasado donde su esposa no llora y sí le habla. El ruido del motor cercano lo saca del ensueño, estira la mano y hace la parada. Paga, cruza la registradora, pone el casco en el suelo y acomodado en la silla recuesta la cabeza en la ventana y cruza los brazos. Mira por última vez a su alrededor: un asiento vacío, todos los asientos vacíos; la muerte es un asiento vacío. Cierra los ojos y se adormece librado del silencio y de las lágrimas.

El tiempo se mueve media hora en el futuro. A las 5:30 María Alejandra ya está a la espera del bus. Está parada con las piernas juntas, los brazos cruzados sobre su bolso, vestida con pantalón negro, blusa azul y chaqueta gris grande y abultada; unas botas negras que le llegan abajo de la rodilla se hacen grises por la suciedad. El bus frena, se ha hecho rutina para el conductor y para ella esperarse a la misma hora. Al subir, la señora de todas las mañanas le sonríe y ve al obrero de overol gris dormir recostado en la ventana.

La cabeza de Hilde golpea contra la ventana, María Alejandra se ha sentado unas sillas más atrás, él no despierta: sueña. Sueña que hay una babosa negra y gigantesca con collar de perro. Está atada a un cadena que se difuma entre las nubes. Intenta ver, pero luego la imagen se mueve con brusquedad como si él fuera montado en un caballo de carrusel, puede sentir entre sus piernas la dureza de la pasta, pero no ver la cabeza ni las crines, y ahora es el mar. Un mar lleno de conchas como estrellas sobre un cielo que se retrae y regresa, como si estuviera atado a un mundo distante más allá de las nubes oscuras.

Otro día de trabajo empieza para ambos.

La mañana ya se ha metido completa en la cocina, una olleta borbotea y Celina se baña apresuradamente. La vida sigue, se dice mientras busca el jabón que Hilde nunca deja en su lugar. El tiempo todo lo cura, se dice viendo el jabón puesto en el lavamanos y con pelos hirsutos pegados. ¡Ojalá se muera!, grita saliendo de la ducha. Agarra el jabón y con rabia comienza la tarea, resbalosa y frustrante, de quitar pelo por pelo y lanzarlos al desagüe de la ducha. Así son los hombres, así son. La rabia no pasa. Antes también era igual. La rabia no pasa. Antes no le decía nada, los quitaba callada o se bañaba con el jabón sin depilar, sólo para terminar rápido de bañarse y volver con el niño que se quedaba solo en la cuna. Pero hoy ni cuna ni bebé. Ahora tiene tiempo de sobra. La rabia se convierte en lágrimas, en frustración y en un jabón que se aplasta con violencia contra los azulejos. Sale. Prepara un café vestida sólo con el trapo de bajar las ollas, el agua escurre de su cuerpo y a la luz del sol parece un pez recién llegado a la tierra. Al igual que Hilde, ella también usa el uniforme de trabajo: un vestido azul oscuro, medias veladas color piel y unos zapatos negros de un material indefinido; en lugar del delantal blanco, se echa encima un saco de hilo con tres botones que nunca abrocha.

En el trabajo ya nadie le habla, al llegar suple el saco con el delantal que tiene casi el mismo largo de la falda. Mete los audífonos en sus orejas, pasa el trapero y friega los baños del colegio sin hablar. Almuerza sola en el parque cercano, fuma un cigarrillo, se toma un café y pasa otra vez el trapero y refriega los mismos baños. Del pasado, muchas compañeras recuerdan su nombre, recuerdan el babyshower, a Edison y su ataúd diminuto. Edison que es el hijo que Hilde encontró muerto cuando apenas iba a cumplir un mes de llegado al mundo. Celina también recuerda a Hilde hecho un muñeco de cera y de agua, sentado al borde de la cama esperando que ella despertara, para decirle que Edison estaba muerto. Que él lo escuchó llorar y apenas abrió los ojos, se tapó la cara con la sábana y volvió a dormir. No lo ayudé. No hice nada, le dijo él sentado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos y llorando sin consuelo. Ella lo escuchó recitar lo mismo por días como si se tratara de una letanía que lo regresaría a la vida. Antes de caer al silencio, ella le respondió que lo perdonaba… pero no era cierto. Él debió nunca decirle, así al menos Hilde sería su bastón y no su yugo.

Hilde entra al baño portátil ubicado en una esquina lejana de la obra de construcción. Sabe que en su trabajo no puede ser débil y por eso se esconde. Sentado en la tapa cerrada de la taza, llora mientras sus compañeros, viendo desde fuera y contando los minutos, conjeturan una diarrea dolorosa. Aún no sabe qué puede hacer para que las cosas sean como antes, para librarse de las noches solitarias sentado a la mesa, para traer a su esposa perdida. ¡Que podía hacer! Dice en voz alta y suspira con las palmas de las manos pegadas a las sienes. ¡Qué puedo hacer! Suspira otra vez. Se levanta despacio, suelta el agua que gira limpia en el plástico azul, pero que él no ve porque la tapa está cerrada. Al salir a sus compañeros les basta mirarlo para saber que no era el estómago sino el recuerdo. Regresa a trabajar sin mirar a los demás, quienes se ponen a trabajar al tiempo que suena la puerta, para que él no sepa que estaban esperando extrañados su salida.

Camina el largo espacio que separa los baños de su sitio de trabajo, trepa por un andamio y se afianza en la superficie inestable de una columna que un día soportará el techo que abrigará una familia como lo fue la suya. Pasa los ojos por la estructura recordando qué debe hacer, recién se percata de que su memoria falla y rara vez recuerda el lugar de sus próximos pasos. Algo tenía que nivelar, algunas marcas debía hacer para poner luego los muros que servirán de división. Busca en los bolsillos traseros del overol el lápiz, al mirarlo la punta está rota, quizás fue al sentarse, piensa. Mira fijo la punta inexistente del lápiz, e inexplicablemente una tristeza infinita arrasa con todo a su alrededor, el horizonte y el edificio inacabado desaparecen, se siente perdido y solo en medio de un sitio que no tiene puntos de referencia. Con el lápiz asido en la mano cerrada, se sienta al borde del abismo que pende desde la columna sin piso. Doce metros más abajo, un montón de arena se hace requerimiento, invitación a la zambullida. Pero no salta, no hay vértigo, no tiene miedo; sin eso los saltos no valen la pena. Algo talla en su pecho, le punza a la atura de la clavícula, hasta ahora no lo había sentido. Mete la mano en el bolsillo delantero y encuentra un bisturí desechable. Sonríe, se siente estúpido y tranquilo. Recorre con cuidado los minutos previos y mueve la cabeza de forma horizontal sin borrar la sonrisa de la boca. Necesita salirse de ahí, salvarse y salvarla, ese es su deber, reflexiona. Afila la punta del lápiz. La madera hojaldrada se lanza sobre el montón de arena. La punta negra aparece y se afina con cada movimiento de su mano. El trabajo manual siempre le ha ayudado cuando necesita respuestas, por eso se hizo obrero, por eso y la pobreza; quizás fue que con el tiempo aprendió a justificar su profesión con las epifanías que le llegaban picando el suelo o apilando ladrillos. Cuando el lápiz está filoso lo recuesta sobre el overol, y a pesar de sus manos inmensas, es suave al momento de limpiar la punta girándola para que el grafito de sobra no distorsione líneas que necesita claras. Vuelve y traza líneas tan perfectas que se podría creer fueron hechas con una regla de cuatro metros. Aunque la respuesta no llegó, el edificio inacabado y el horizonte de mar y sol, sí.

De un lado para el otro, con la pesadez de su bebé casi sietemesino, María Alejandra renueva el suministro de hilos, carretes y agujas para que las costureras no se levanten de su sitio y pierdan tiempo que luego hará falta para cumplir los topes de producción. Hoy trabajará hasta las 6 de la tarde. En la mañana, todavía sin entender cómo, se le hizo tarde. Llegó 15 minutos luego de la hora de entrada y su jefe, siguiendo el reglamento impuesto por las directivas, le dijo que tenía quedarse medía hora más duplicando el tiempo de retraso.

El día pasa más rápido de lo que espera, a la 6 de la tarde aún la luz no se ha ido del todo. Es la hora pico en la ciudad, que aunque pequeña, parece haber traído personas de sitos remotos para que pueblen las calles y dar la ilusión del movimiento y la laboriosidad de un panal. En la avenida muchas personas esperan transporte, unos estiran sin éxito la mano a taxis siempre ocupados, y otros hacen muecas al ver los buses llenos a pesar del poco espacio que los separa del inicio de la ruta. María Alejandra no se preocupa, su bus siempre trae sillas vacías. El mismo conductor de la mañana se estaciona sin que ella haya hecho la parada, por entre los vidrios delanteros le sonríe. Ella pisa el primer escalón y ve que sentado, esta vez con los ojos abiertos y la cabeza recostada en la ventana, viaja el obrero de todos los días.

Hilde piensa en el sueño de la mañana, pero es interrumpido por la barriga de María Alejandra que cruza con trabajo la registradora. Recuerda a Celina vestida con ropa holgada, una banda en el cabello, sin maquillaje y una barriga grandísima y desparramada. Sonríe. Se pega bien contra las latas del bus para dar espacio e insinuarle a María Alejandra sentarse a su lado. El gesto no pasa desapercibido y ella se sienta a su lado.

En el reflejo de la ventana, Hilde mira insistente la protuberancia oculta por la chaqueta grande y el pelo que permanece estático. Le extraña su ropa, hace mucho calor. Media hora después, cuando el bus ya casi termina el recorrido, Él quiere decirle algo. El bus rebosa de gente. Cambian de sillas por petición de Hilde, a quien ella mira por primera vez a pesar de llevar rato sentados uno junto al otro. «¿Cuánto tienes?», dice él. «Siete meses». «También tengo un hijo… tenía, digo». «¿Qué pasó?» «Nada.» «¿Y por qué tenías?» «Murió». «Lo siento.» «No importa.» «Sí.» «No.» «¿Tu esposa?» «Triste… triste.»

Suspiran

Protegida por Hilde del estropicio de la multitud, María Alejandra mira por la ventana y pronto solo puede ver sus ojos mirándola desde más allá de la realidad distorsionada por la velocidad del bus. Cuando cambió de silla sintió a Hilde musculoso y afable, tanto que creyó intentaría conquistarla. Pero no. Desde su lacónica conversación, él no ha vuelto a decir nada. Debe ser que está muy triste, piensa ella mientras ve en los ojos de más allá el gesto de la lástima. Se agarra la barriga pensando en qué sentiría si muriera su bebé. Sólo imaginarlo trae lágrimas a los ojos.

Cuando hizo ademán de levantarse, se sorprendió al pensar que la tristeza de la esposa de Hilde pareció no serle tan importante y le abrió espacio entre el tumulto del bus, le preguntó el nombre y la invitó a tomar algo. Ella aceptó. Bajaron. Caminaron juntos y en silencio hasta la chaza instalada en mitad de la playa donde se veían algunos turistas levantando el desorden de su día de sol. Más allá, cuatro cuadras adelante, estaba su casa. Podía verla desde el sitio donde se refrescaban con un jugo que bebían en un vaso plástico. Supuso que el negro la acompañaría hasta la puerta, le diría lo bueno que fue conocerla, charlar con ella. Le recomendaría cuidar al bebé pues él sí sabía qué era tener un hijo muerto, le estiraría la mano y se la apretaría con suavidad. Al final, le pediría el número de teléfono y prometería llamar. Ella, quieta bajo el dintel de su puerta, se cercioraría del buen funcionamiento de su teléfono celular, vería la espalda ancha y el casco amarillo bajo el brazo alejarse, cerraría la puerta tras de sí pensando en el extraño comportamiento: mezcla de tristeza y coqueteo, que le impediría asumir la tarde como un flirteo contundente. María Alejandra tenía razón, todo pasó tal cual lo anticipó, con la única diferencia de que Hilde le susurró unas palabras que ella no entendió cuando la besó en la mejilla al despedirse.

Cuando Hilde regresó caminando a su casa, fue de nuevo el silencio. Celina no dijo nada, no se extrañó por la hora. En la mesa, los cuatro ojos clavados en el piso a través del vidrio y la comida intacta. Algo suena en el fondo, podría ser la noche o también alguna sartén olvidada al fuego; es el murmullo de Celina llorando. Y como ayer cuando él le preguntó y ella no quiso responder, hoy es Hilde quien se hace el que no escucha: hace más ruido con la boca, sorbe, hace chocar el tenedor contra los dientes. No es desinterés o falta de corazón, es miedo, el miedo de quien sabe ha fallado y no tiene qué decir, ni cómo traer los errores a un sitio donde la luz se haga para un perdón mutuo. Callado sale con los cigarrillos en la mano, en el pórtico enciende uno y fuma despacio. La noche es clara, luminosa por una luna redonda que parece un sol de noche, la brisa del mar llega suave.

En medio del humo gris que sube pesado hacia el cielo sin nubes, Hilde piensa en María Alejandra, el jugo, la caminata por la playa, su bebé muerto y el que ella espera. Piensa en Celina que llora dentro y decide que lo mejor es no contar nada. Al entrar de nuevo, las luces están apagadas; en medio de la oscuridad, la mesa sin platos. Hilde se sienta y fuma hasta que el amanecer está próximo. Esa noche, María Alejandra sueña que Hilde le da una «curita» para no desangrarse. Hilde, recostado sobre la mesa, desata el mar que liberado se hace cielo y se lo traga. Todo se hace negro, la oscuridad para ambos.

DÍA 2

La mañana fue clara para María Alejandra, despertó con una sensación extraña metida en el corazón. Algo que se parecía a la felicidad o la tranquilidad flotaba tangible en su casa invadida del día que comienza. Aún está oscuro y recuerda a Hilde y ese secreto inaudible. En el sueño él le da una cura, ahora está segura. ¿Y si fuera él?, se pregunta. ¿Podría quererlo con toda su tristeza, su hijo muerto y su esposa que llora?, se pregunta lavándose los dientes y se lo repite cuando se viste con un pantalón azul, una blusa blanca de canutillos y se echa encima la misma chaqueta abultada de todos los días. Los dos saldrían adelante, cree ella, amaría al bebé que lleva dentro como si fuera el suyo reencarnado. No trabajaría, él se encargaría de los dos. ¡Pero no! No puede contar con él, no puede contar con nadie. Ser pobre no ha sido algo con lo que esté en conflicto. Sus padres fueron más pobres que ella, y si se apega a la lógica generacional, su hijo lo será menos. Esa es la razón de seguir trabajando, esa es la esperanza, ese es el pan del que habla seguido a sus compañeras de la fábrica.

Lleva tiempo sola. Su embarazo tiene poco de idílico: una noche sale de fiesta y a la mañana siguiente ya está embarazada de un compañero de trabajo. Dos días después de contarle, él renunció, le dejo 200.000 pesos, le pidió que lo perdonara, la abrazó y balbuceó una excusa prometiéndole volver pronto. Nunca más contestó su celular, el tono se escuchó invariable, nunca interrumpido por el «aló» de su voz. No lo culpa, no lo odia, cree de sí misma que es más fuerte que el común de las mujeres.

Despertar temprano y alegre hace que llegue muy temprano a esperar el bus. La espera se le hace eterna. Pronto el polvo y el ruido del motor rompen con la ansiedad creciente de pensar que sus relojes estaban fuera de tiempo. De nuevo el conductor se detiene sin que nadie le haya hecho la seña de parada. Ella le sonríe como la tarde anterior por las pequeñas ventanas del copiloto. Al subirse, el destino, la esperanza, la magia, lo bello del mundo, cobra sentido cuando ve que el dormilón de todas las mañanas. El obrero de quien nunca veía la cara, de quien poco de percataba cuando cruzaba la máquina registradora: las casualidades, se dice; pero recuerda a alguien que le dijo que las casualidades no existen, todo está predeterminado para suceder y cada detalle, por más azaroso que parezca, siempre tiene una importancia trascendental para el futuro. Su sonrisa se hace más grande y como una niña caprichosa que contonea su cuerpo para conseguir un favor o un beneficio, camina junto a él y parada ahí carraspea con fuerza. Acerca la barriga y la pone contra los brazos fuertes que se sienten bajo el overol gris, su cuerpo huele a jabón, a limpio y recién levantado. Hilde abre los ojos, la mira somnoliento, estira los brazos y le ofrece una sonrisa apagada. En su cabeza, del mismo modo en que se huele el humo sin ver al fumador, la sensación de una masa que se frotaba contra su brazo permanece intacta. La sensación de una babosa con textura de feto y las iridiscencias de un sueño gestado en un dormir poco profundo. María Alejandra lo mira ansiosa y él, despierto al fin, se acomoda en la silla y le permite sentarse a su lado.

—Llevo días soñando extraño. Debe ser porque no duermo bien… supongo. —dice Hilde mientras mira al piso buscando su casco—. Está el mar, el mar que es una babosa atada con cadenas. —hala el caso y lo mete entre sus tobillos—. la babosa es negra porque es el mar de noche, lo sé por las estrellas que son como conchas pegadas a un cielo-piel viscoso. No sé explicarlo bien. Es como si una animal fuera la noche y el mar al mismo tiempo.

—La noche y el mar…—repite María Alejandra, desviando los ojos al mar que pasaba veloz por la ventana— es bonito, ¿no? Soñar así debe ser bonito. En cambio…

—…No, no lo es tanto. Despierto confuso, no sé bien si me siento mal o bien. Los últimos días he soñado lo mismo. Anoche fue diferente, la babosa me tragó. La desaté, no sé cómo pude soltar la cadena y ya no fue más babosa ni mar, sino sólo el cielo y me tragó, cayó como una hoja de papel negro con puntos brillantes y se echó sobre mí. Después, el poco tiempo que dormí, fue todo oscuro como el final de una película sin créditos —la mira a los ojos e intenta sonreír, pero sólo consigue una mueca extraña que ella no entiende y pasa por alto.

—¿Anoche?, ¿después de vernos? —no espera respuesta y continúa—. Mi sueño también fue diferente. También tengo un sueño recurrente… o eso creo. Me corto un dedo ¿sabes? Y la sangre que sale del dedo me cubre de pies a cabeza. Hay luces y un televisor… no, una cámara. Como un programa en el que cocino con un delantal manchado de sangre ­—María Alejandra se mira la barriga y pone una mano sobre ella, con la otra, se quita mechones de pelo que le caen por la cara. Gira de nuevo hacia Hilde, quien la mira atento con los ojos llenos de venas rojas­—. En el sueño no estoy embarazada —dice con tono de preocupación—­. Es raro. Me diste un cura, me refiero a esas banditas que te pones sobre las heridas, no algo que te quita todos los males —­sonríe—­. Fue luego de verte. Es raro. Pensé en ti hoy al despertar y esperaba cualquier cosa menos encontrarte aquí.

—¿Y te sirvió?

—¿Que si me sirvió qué?

—La cura ¿Paró la sangre?

—¡Sí, claro! No estoy muy segura de cómo se dan las cosas. Pero sí, la sangre para.

—¿Soy tu salvador? —le dice sonriendo.

—Parece que sí —sonríe. Intenta mirarlo a los ojos, pero finalmente agacha la mirada —Fue después de que saliéramos y eras tú. Ese sueño siempre me deja asustada. Soñarse con sangre no es bueno…

—…Esos son cuentos de abuelas, los sueños no significan nada. Son cosas que uno ve en el día y en la noche se reproducen como un video grabado en casette que se mete al veache.

—Es raro. No nos conocemos. Apenas un día de vernos, una salida y ya sueño que me salvas de morir desangrada. Es raro, ¿no te parece? Algo tendrás que hacer en mi vida. Las causalidades no existen, las cosas no pasan porque sí y los sueños a veces son anuncios del futuro. Quizá hayas sido tú porque te vi esa tarde, pero igual es raro y asusta. —pausa. Silencio prolongado. Piensa que debe preguntar por sus ojos rojos, pero no se atreve, no sabe cuál será su reacción —¿Has llorado? —le pregunta al fin con la misma mueca que tenía ésa de la ventana la tarde anterior. —Digo…. tienes los ojos rojos… lo siento, no es algo que me importe… perdón por preguntar.

—No, no hay problema. No, no he llorado. —contesta él con una tranquilidad tan plana que no puede ser sino impuesta. —Duermo mal y poco, se me olvidan cosas, pero nada de qué preocuparse. Debe estar relacionado con lo de mi hijo, a veces creo que no podré con la tristeza y esa sensación rara que se parece a una incomodidad metida en el estómago, como sentarse mal y no poder cambiar de posición… no sé, algo así.

—Ah… pensé… Llorar ayuda, a veces es bueno liberarse… no sé… gritar muy fuerte o salir a correr. Yo lo hacía antes… cuando podía. Y tu esposa, ¿cómo está ella?

—Está mal, triste… ¿Cómo está el bebé? —la toca suavemente en la pierna mientras sonríe grande mostrando todos sus dientes blancos y perfectos.

—Una noche más viejo. —responde María Alejandra sonriente.

Hilde rió con una carcajada como recién nacida: débil e indefensa. Se sintió incómodo por esa cercanía tan familiar con la que se desenvolvió la conversación. Estaba cansado y somnoliento, por eso habló sin pensar. Contó su sueño a una desconocida, como quien cuenta la novela de la noche a una señora que no pudo verla. Los sueños no significan nada, pero no pueden andarse contando sin premeditar las consecuencias. No es que cambie algo, que el sueño se cumpla o no se cumpla. Es sólo que algo de ese sueño en particular no aparece del todo claro, pensaba mientras las casas, que nunca había visto tan claras, se desdibujaban en el horizonte. María Alejandra ya no decía nada, buscaba la mejor manera de bajar por entre el tumulto que parecía haberse materializado de la nada en todas las sillas y el estrecho pasillo. Las ventanas abiertas. El calor era sofocante.

María Alejandra ve el bus alejarse, mete la mano en el bolsillo interno de la chaqueta, saca el teléfono celular y sonríe. Falta poco para las 6 de la mañana, tiene el tiempo preciso para llegar a la fábrica.

Celina sueña con una mujer que cocina para ella en medio del bullicio de un programa de televisión. Sentada como espectadora, le dan dolores de parto y casi al instante, la sirena de una ambulancia se escucha cercana mientras el público aplaude sonoramente a la cocinera que corta un tomate. Como todos los días cuando abre los ojos Hilde ya se ha ido. No recuerda bien el sueño pero sí la luz de la cámara y a un hombre al que no veía bien decir: ¡Corte! Sentada en la cama no pierde tiempo en rememoraciones y se apresura en su rutina: pone el agua al fuego, se baña sin prestar atención al jabón, se viste de prisa y sale corriendo bajo un sol candente que se pone solitario en cielo.

En el bus de camino al colegio recuerda el sueño, la sensación extraña de soñar, pues no sabe si pasó o no. Tan pronto se acostó quedó dormida, ahí fue cuando vino el sueño o quizás cuando el amanecer estaba próximo, no lo sabe bien. Nunca recuerda. Está segura que de seguir detalle a detalle podría reconstruirlo con total fiabilidad. Sin embargo no lo hace. Sólo piensa en Edison, en los mundos posibles, en las dimensiones alternas —ha oído hablar de ellas—, donde están Hilde ella y su hijo caminando por la playa, golpeando un balón de colores, huyendo de las olas con los pies desnudos. También un mundo donde Hilde no exista. Donde su hijo sea de alguien más, un papá que sí se levantó en la noche e impidió que Edison muriera ¡cuánto lo amaría! Todo es confuso: el amor, el recuerdo, el silencio que ella alimenta, la casa que huele a ambos pero donde ya ninguno de los dos se encuentra. Somos fantasmas que penan en casas distintas, piensa mientras esboza una sonrisa lacrimosa, separados por un evento común que nos arrojó a dimensiones opuestas… lejos uno del otro.

Con el tapabocas, los guantes y el delantal Celina carga un balde de agua sucia con un trapero que parece un estandarte de guerra. Va por los pasillos donde los niños ya corretean de un lado a otro. Es media mañana, la hora del recreo. Ella los ve correr y mirarla con desconfianza. Son niños pequeños, no pasarán de seis años. Se quita el tapabocas porque supone que eso la hace parecer rara. Su hijo nunca vendrá a la escuela. En el espacio destinado al lavadero de trapos y traperos, vacía el agua sucia y estrella con violencia el trapero bajo la llave abierta al máximo. Empuja la puerta del estrecho recinto y llora otra vez. Tiene sed, tiene ganas de dormir para siempre. Ganas de no despertar para cargar ese recuerdo como el primer y único pensamiento del día. La idea de quedarse con la cabeza entre la pileta que sirve de lavadero cruza y es una salida de muerte. Suicidarse. No llorar, no culpar, no extrañar. Asienta firme el trapero tapando el sifón y espera. El agua sube despacio llenando por completo la pileta que tendrá algo más de medio metro. Cuando ya está próximo a rebosar cierra la llave, se arrodilla con cuidado sobre los azulejos mojados y mete la cabeza hasta que siente las hilachas que flotan rozar en sus orejas, su frente toca el fondo frío. La posición es ridícula. Si alguien la viera desde atrás, podría ver sus piernas y sus nalgas como las de un muñeco de feria cortado a la mitad. No respira. No saca la cabeza. Cuando ya es imposible aguantar más la respiración, aspira profundo el agua oscura y su cuerpo la llama hacía arriba. Pero ella resiste. Tiene la idea fija de no separar la frente de los azulejos fríos del fondo. Quizás allá, del otro lado, su hijo la espere para que cuide de él. Quizás esté solo y llore, la necesite.. También te necesito, piensa. Se desvanece poco a poco. Pero no ve túneles, ni escucha voces que la reclaman, no hay tíos, abuelos, ni siquiera está su mamá que debería cargar a Edison en brazos. No hay luz intensa ni un Cristo crucificado; no hay nada. Se desvanece. Unas voces suenan ahogadas, al fin la muerte. Así es como te mueres, sin entender una palabra, sin saber para dónde vas. ¿Y Edison?, pregunta.

Desde atrás siente una mano pequeña que la toma del pelo por la nuca. ¡Edison… tanto tiempo! Alguien, esa manita, la hala hacía arriba y se deja ir porque ahora sí hay que dejarse ir, porque Edison viene al fin por ella. Sale, respira. Un niño de unos ocho años, vestido de uniforme, la sostiene del pelo mientras grita por ayuda. Los demás niños corren de un lado a otro gritando que la señora se cayó en la piscina de los traperos. Un profesor se acerca y le pregunta algo, que lo fuerte de su tos no la deja escuchar. Se agarra el pecho y escupe agua negra. El niño no la suelta y ahora está callado y tiembla. El profesor se dirige al niño, lo tranquiliza y con ternura le abre los dedos uno a uno pidiéndole que espere afuera. Ella tose, escupe, vomita en el piso manchando su falda azul más oscura por la humedad. Está mojada de pies a cabeza. Un tumulto de niños a quienes los profesores buscan aplacar, hacen corrillo a la entrada del cuartito estrecho. Con Celina en brazos, el profesor camina lo más rápido que puede para llevarla en la enfermería. A nadie dirá nada. Cuando le pregunten dirá que no recuerda, que lavaba el trapero y despertó ahogada sujeta del pelo por un niño al que agradece haberle salvado la vida. Las compañeras chismorrearán por los pasillos, pero nunca tendrán certezas.

Escucha que llaman a Hilde. Sí señor Mosquera, un accidente… oye a la enfermera decir. Es mejor que venga por ella… continúa. ¿Imposible? Es importante señor… la enfermera recrimina. Como usted quiera, la tendremos aquí hasta que esté bien para irse sola… algo de decepción en la voz dulzona de la enfermera. No se preocupe, tranquilo, ahora ella está bien, pero creo que no es bueno que pase al teléfono… Adiós… cuelga.

Unas horas después, como lo esperaba, Hilde no llega por ella. Le dice a la enfermera que puede irse sola, que para su esposo no es fácil pedir permiso y que ya se siente mejor. Con ropa que alguien le prestó, Celina sale del colegio acompañada por el profesor que fue en su ayuda quien la lleva en su carro hasta la casa. Entran los dos y él exagera los cuidados y las atenciones que le presta, la acuesta en la cama, le dice que se quedará hasta que Hilde vuelva. No se preocupe, que qué pena. Él insiste una, dos veces más, pero como su novia lo espera y Celina luce recuperada, cede y la deja sola. No sin antes sacar un papel y anotar su número telefónico y dejarlo sobre la mesa por si llegara a necesitar algo.

Son las tres de la tarde y la casa de los dos está silenciosa. Nada. El mundo de los objetos, de las cosas que no tienen más opción que esperar una mirada para regresar a la vida, evade los ojos de Celina y permanece muerto en la habitación. Sólo el polvo materializado por el haz de sol que se mete por la ventana parece moverse recordándole que sigue viva y que no está allí donde quería llegar. La dimensión alterna debe parecerse a esta, pero totalmente quieta. Recostada en la cama, con la cabeza sobre un cojín muy alto regresan las lágrimas. Esta vez no es sólo la ausencia o el recuerdo, es también la frustración y la estupidez. ¿Por qué no cerré la puerta? ¿Por qué no cerré la puerta?, se repite.

No quiere levantarse ni moverse de ese sitio. Busca razones como hace cada noche. Pretende resolver porqués que está segura no tienen respuesta pero a los que se le hace difícil sustraerse. Las ideas fijas y vacías que hacen los días un mismo día que se repite. Ya sólo me queda tu nombre, tu nombre y nada más, piensa… y por más que cierre sus ojos con fuerza la imagen de ese rostro que se parecía a ambos, no aparece. El olvido la aterra y el intento de suicidio termina justificado en la fuerza del recuerdo.

Desde el entierro no regresó al cementerio, está segura que Hilde tampoco. No fue capaz de pararse ahí a llorarlo y ponerle flores mientras bajo la hierba verde y perfecta, su bebé tenía la boca llena de tierra. No podía con la imagen de los gusanos entrando por los pequeños orificios tragándose eso que antes fue su vida. La vida devorada por gusanos blancos y amorfos. Cierra otra vez los ojos. Recoge sus piernas contra el pecho cada vez más ahogada en un llanto silencioso que sigue sin quebrar la quietud de la casa. ¿Recuerdas?, ¿recuerdas?, cree escuchar que le dicen y abre los ojos y mira como debajo del mar la cuna que permanece tal cual desde la noche de la muerte sin que se haya atrevido a mover una sola de sus cosas. Esas cosas que eran él, que aún huelen a él y que antes de dormirse con la luz apagada abraza en silencio bajo las cobijas. ¿Recuerdas?, ¿recuerdas?, parece estarle diciendo ese que fue su hijo por poco tiempo con la voz que tendría de haber tenido voz. Y ella, que ahora no entiende qué es lo que debe recordar, se ahoga en medio de esa maquinaria milenario a la que arroja la muerte de un ser querido. Esa maquinaria que cruje con un sólo fin, ese ruido de ruedas que rechinan poco aceitadas es la presencia del olvido. Un olvido en contradicción, porque el sonido no hace más que taladrar en los vivos, meterse muy profundo para promover la exigencia de recordar creciendo con los años; de aferrarse a un instante, a un olor que permanece, a una sonrisa para tener presente por toda la vida que una vez hubo algo que respiró, que amó y que una vez esas manos pequeñas la tocaron y que todo es mortal y que todo se termina. Eso hago hijo, eso hago, le dice al cuarto, a la cuna y a los objetos que ahora se reaniman para ser parte del séquito del recuerdo y de las punzadas del olvido. Un ser real, que ahora es irreal, sin dejar de ser. Una contradicción, como lo es siempre la muerte de alguien que no debió perder algo que no alcanzó a tener.

Celina se recuesta y llorando se queda dormida. Sueña que la ambulancia del espectáculo de cocina televisivo trae a Edison —como si los dolores y el parto se hubieran dado sin que ella se percatara— con la cara entre sombras y los ojos relucientes como dos estrellas luminosas. Ella sonríe y lo acuna en sus brazos. No le extrañan sus ojos… le parecen hermosos, pero sí le desagrada el olor del trapo gris donde lo envolvieron que está sucio de sangre y arena y que apareció de la nada. Cuando se levanta, la viscosidad de un charco de sangre bajo sus pies descalzos la hace resbalar perdiendo el equilibrio pero sin caer. Levanta los ojos y una mujer se ve en medio de la oscuridad del escenario, tiene su dedo pulgar metido en la boca mientras un río de sangre corre de su delantal a la altura de su sexo. Hilde aparece a su lado sonriente y desnudo; otro hombre pasa un trapeador por el piso ensangrentado sin que el charco se reduzca un milímetro. La mujer que inunda el estudio de sangre es ahora una fotografía de una mujer que se chupa el dedo con gesto pueril. Lo hace mal, trapea mal, piensa Celina mientras gira hacia su Edison de rostro estelar.

Hay una sensación que llega desde el fondo, una sensación que se confunde con el sueño pero que sí es real. Hilde se acerca por el costado derecho, se sienta con cuidado y pone su mano sobre la de ella, lleva rato viéndola soñar sin atreverse a sacarla de allí. Ella vuelve de a poco, se quita el pelo que le cubre la cara y pone sus ojos en Hilde que le sonríe con ternura y la acaricia mientras sostiene su mano entre su manaza izquierda. Es tan cálido y reconfortante que no la retira y permanece de medio lado acostada en la cama. La habitación está oscura, a través de la ventana, el cielo poblado de nubes grises anticipa una lluvia que no caerá. Se incorpora apoyándose en él: se sienta en la cama, estira las piernas y las recoge contra su pecho sin soltarse de Hilde que le sonríe tímidamente.

—Prende la luz —le pide.

Sin levantarse de la cama estira su cuerpo y acciona el interruptor, es lo suficientemente alto para no necesitar sino de sus largos brazos. La habitación se ilumina. Ella se arrodilla, suelta la mano, gira y cierra la cortina que está a la cabecera de la cama. Vuelve a sentarse abrazando sus rodillas y apoyando el mentón en sus piernas apretadas. El vestido cae y deja ver que no hay nada bajo él. Hilde mira sus muslos y la pequeña porción de las nalgas que se ven desde ese lado.

—No tenían ropa interior. Todo se mojó y la enfermera sólo tenía este vestido que era el de cambiarse y devolverse para su casa… tuvo que regresar en uniforme —se apresura a aclarar sin mirarlo a los ojos.

—Te ves bonita. Te veías hermosa mientras dormías… pensé en no despertarte y simplemente mirar, pero no aguanté las ganas de agarrarte la mano. Discúlpame.—le dice obviando los muslos desnudos.

—Gracias…

—¿Qué pasó?

—Nada, resbalé. Cuando desperté estaba ahogada… —le responde con los ojos clavados sus pies desnudos recordando la sensación de la sangre en el sueño. —…y empapada.

—No me digas mentiras. Te conozco y sé que dices mentiras —con ternura, como si le pidiera a un niño confesar sus travesuras.

—Es la verdad. No hay más qué contar, eso pasó.

—Ven —le pide con voz cariñosa tomándola otra vez de la mano. Distinto a lo que esperaba, ella no la quita, la pone suave entre las manos grandísimas del negro y lo mira. Sus ojos llorosos llaman lágrimas a los de Hilde, quien agacha la mirada intentando mostrarse más fuerte. —Levántate. Párate aquí —le señala el espacio inmediatamente próximo, frente a sus pies. —Sólo quiero que me abraces, los dos necesitamos un abrazo. Hemos estado muy solos, ¿no crees?…

—…En dimensiones alternas, en mundos opuestos. Quizás haya un lugar donde no estamos muertos. Pero no es aquí, un abrazo no arregla nada.

—No quiero arreglar nada, sólo abrazarte…. te extraño mucho —ya está de pie junto a la cama y tira de ella con poca fuerza sin darle mayores vueltas a la idea de las dimensiones.

Apoyándose en la mano grande se levanta. El vestido prestado cae sobre sus piernas desnudas, se tambalea un poco antes de permanecer pegado a los muslos. En puntas de pies rodea con sus brazos el cuello de Hilde. Él respira profundo y se agacha un poco. Su cabello es suave, piensa cerrando los ojos. El cuerpo de Celina está frío, sus senos le tallan en el abdomen y un olor a agua muerta llega desde su pelo revuelto.

—Quería morirme —jadea dos veces y a la tercera, con el estruendo de una ventana que se rompe, llora. Hilde la abraza fuerte intentando luchar contra sus espasmos: su cuerpo parece el de una convulsa. Cada vez más fuerte la trae hacia su pecho y cada vez más apagado se hace el estruendo de sus lágrimas: la apretaría tanto que al final ya no respiraría y no habría lágrimas, ni dimensiones. —Quería morirme —le repite y vuelve a llorar. Hilde y Celina se fundirían en ese abrazo, así lo piensan cada uno por separado. Ella desde la seguridad de haberlo encontrado y él, desde ese sitio de donde sabe regresa: vuelve del fondo donde ya no será más olvido.

—Ya estás aquí, estoy aquí, no hay por qué morirse… también pensé en matarme, pero no fui capaz, estabas tú, los dos y valía la pena —también ha empezado a llorar sin mucho ruido. Sólo quiere ser fuerte para no derrumbarse con ella, que lo sienta como un bastón, como el amigo que fue hasta que todo pasó y la muerte los transformó en un par de desconocidos. Eso son las dimensiones. Ella se aferra a él como un náufrago a un tronco para soñar con una orilla. —Ya estás aquí, ya estoy aquí —le repite.

—No.. yo no —le dice con la voz ahogada y respirando con dificultad. —Tú no entiendes, no sabes qué es sentir esto, los hombres no saben. Lo tuve en mí por 9 meses, lo esperé, lo imaginé en las noches cuando lo sentía moverse, lo sentí cambiar de sitio como si acomodara su orejita para escucharme mejor… para escucharte y reconocerte como su papá. Ya no puedo recordar su carita Hilde, por más que lo intento no la recuerdo. Tú no sabes, no sabes —el olor del sudor, del overol sucio se le mete en los pulmones y se separa empujándolo con las manos abiertas. Vuelve a la cama y se cruza de brazos y piernas llorando.

—Te amo. Sí entiendo… creo entender. Nunca sentiré como tú pero a mí también me duele… distinto supongo, pero me duele. Te amo —le repite como si esas palabras fueran la clave secreta de una puerta que ya no se abrirá. —Ayúdame a ayudarnos, déjame intentar… no me dejes solo, no puedo más, sin ti todo es más difícil…. Juntos podemos ayudarnos, salir adelante, apoyarnos. Ahora es cuando más nos necesitamos—se ha arrodillado a sus pies, la abraza por las pantorrillas y recuesta su cabeza en sus piernas.

Ella hace ademán de acariciarlo y termina pidiéndole un cigarrillo. Hilde se incorpora, del bolsillo delantero saca el lápiz con la punta achatada, el bisturí y tres cigarrillos aplastados por la falta de empaque. Le tiende uno, guarda su lápiz, su bisturí y el cigarrillo que sobra, mete uno en su boca y con un encendedor desechable que estaba sobre la mesa enciende ambos cigarrillos; primero el de ella que emana humo gris y abundante, y luego el suyo que demora en mostrar una brasa consistente. Los dos fuman sin decir nada. El humo sale por la puerta abierta desde donde se ve la cocina y la mesa solitaria.

—Perdóname —le suplica él con voz apagada. —Si me perdonarás podríamos recomenzar.

—Lo intenté, créeme que lo he intentado. No es fácil. Tienes que darme tiempo, me quiero ir. Quiero ir a Bogotá con mi hermana, estar sola.

—Pero yo te amo, no me dejes,

—Yo no. Ya no. No es posible, no puedo.

—Te amo… Te amo…. Te amo… —camina hacia ella mientras lo sigue repitiendo. Se arrodilla y la abraza otra vez dejando el cigarrillo en el piso.

—Yo no. ¡Aléjate! No me toques, en serio, ¡no me toques!.

—¿Qué puedo hacer? ¡Dime! ¡Háblame!… no me hagas esto —dice lo último en voz muy baja. También él se siente culpable, él sí sabe que es matar un hijo. —Pídeme lo que sea, pero no me dejes por favor —ha empezado a llorar sin importarle la fortaleza que quería aparentar. Se deja caer sobre las piernas desnudas de Celina. Ella siente sus lágrimas calientes correrle por la parte interna de los muslos. No lo toca. Fuma, exhala el humo con fuerza haciendo ruido con la boca.

—¿Puedes devolver el tiempo? —le pregunta con rabia. —¡Tráeme a mi hijo! Hazme la mamá que soy. Así te perdono. Tráelo para que estar despierta tenga sentido, para que no se me vaya la noche llorándolo sino amamantándolo —se toca los senos. —¿Lo puedes hacer? ¿Puedes?, ¡¿puedes?! ¡Respóndeme! ¡¿También ahora te vas a quedar callado como desde que murió?!­ —Hilde se retira de sus piernas, toma el cigarrillo y se para frente a ella con toda la tristeza que puede albergar un cuerpo tan grande. —Y no es sólo que necesite a mi hijo para amarte, lo necesito para estar aquí sin que me duelan los días. Me duelen, ¿sabes? Por eso me quería matar: ¡Ahogada y sin cerrar la puerta porque soy idiota! ¡¿Ves?!, no hay nada para hacer, no puedes arreglar nada. Nunca has podido arreglar nada, siempre callado, ni a dormir ibas porque eres un cobarde que no puede enfrentar el dolor mirándome a los ojos y secándome las lágrimas; preferías quedarte en la mesa fumando. No entiendes, no sabes, nunca sabes…

Hilde mira al piso y escucha cada palabra con atención. Ya no fuma, el cigarrillo se consume entre sus dedos y la brasa cada vez alumbra menos. Celina se levanta, sale de la habitación, la luz de la cocina se enciende y se escucha lejano el chasquido del agua apagando el fuego. Un ajetreo de loza y ollas que se chocan, el grifo abierto y el sonido de la esponja raspando.

Desconcertado y triste, Hilde se sienta en el suelo de la habitación y empieza a afilar el lápiz, la viruta cae sobre las botas sucias de su overol gris. La punta aparece y con fuerza la rompe contra el suelo. Repite el procedimiento de la cuchilla sobre la madera y de romper la punta contra el piso hasta que el lápiz queda por la mitad de su tamaño original. En voz alta se pregunta qué debe hacer, se convence de que sí hará algo, que sí hay algo para hacer, que ella no puede abandonar, pero no sabe qué.

Todo desaparece a su alrededor, sólo el movimiento de la mano permanece: el mismo sitio que no es sitio, la misma sensación de inmensidad vacía que tuvo en la obra. La luz del bombillo pega contra la cuchilla al momento justo de clavarla en la madera. Se detiene con la luz reflejada directo en sus ojos. Se levanta y Celina escucha el portazo desde la cocina. Hilde se ha ido mientras Celina prepara la comida. Cobarde, susurra con la cabeza vuelta a la puerta de la calle y el arroz recién lavado atrapado en sus manos mojadas.

Cerró la puerta lo más fuerte que pudo para que se enterara que salió a resolver algo. Ahora sí será un héroe para ambos, para ella y ese hijo inexistente que late en la casa más que cuando estaba vivo. Avanza a pasos rápidos sobre la hierba y la arena. El ambiente es fresco y húmedo. De su bolsillo saca el papel con el número de María Alejandra, camina varios metros más hasta que encuentra una tienda abierta. Llama, le pide verla cerca al sitio de la tarde anterior. Al principio, ella duda, le dice que son casi las 9 y que está cansada. Le insiste un par de veces y al final accede. Hilde camina ahora despacio. Hasta antes de salirse de la rabia y la prisa, no había sido consciente de que llevaba el bisturí en la mano desde que abandonó su casa. Antes de guardarlo en el bolsillo, lo empuña como un cuchillo muy pequeño y asesta una puñalada a la noche y a su olor de lluvia y de mar.

Unos minutos más tarde se sorprende al percatarse que ya está junto a la chaza que sigue abierta, unos pocos clientes beben cervezas sentados en sillas plásticas y canastas vacías. Pide también una cerveza para él y se sienta sobre la arena húmeda de esa lluvia fina que cae sin que nadie la vea. De cara al mar recuerda la babosa y las estrellas que no ve por lo nublado del cielo. Un viento fuerte aparece de la nada y abre las nubes como si un dios se hubiera compadecido de su necesidad de inmensidad. Él sonríe y sigue con los ojos las nubes que se mueven permitiendo que unas estrellas diminutas renazcan en la oscuridad del cielo. Las conchas, las estrellas son la casa de caracoles espaciales, dice con la confianza de saberse próximo al final del dolor y al regreso definitivo de todo lo que le procura paz: su esposa y su tranquilidad.

María Alejandra tarda mucho y la botella hace rato está vacía. Va a comprar otra. Regresando a su sitio otea el camino por donde supone ella tendría que llegar, duda de si no será mejor ir hasta su casa y venir caminando juntos. Hay muchas personas alrededor y no quiere que nadie lo vea. A lo lejos una sombra azul se contonea, los faldones de un vestido se intuyen en la distancia como también los pasos difíciles de una mujer que usa tacones altos y camina por la arena.

El vestido es del color de la noche, azul medianoche le dice cuando llega y lo ve interesado en su vestido y se le acerca para tocar la tela. Pone la mano a la altura de su cintura redonda por la barriga parada. Es un niño, le dice él y ella, extrañada por la certeza le responde que sí, que es un niño, que ya se lo había dicho la ecografía hecha unos días atrás. Ella prefiere llamarlo bebé hasta que nazca. Los tacones le complican caminar y pero a ella no le importa; era usarlos o sentirse minúscula a su lado. Siempre ha tenido complejos con su estatura y estar junto a un hombre tan alto la hace sentir insegura. Ser bella, esbelta y alta le da confianza y cierta actitud avezada que no tiene cuando viste calzado plano.

Se alejan de la gente y se adentran en lo profundo de la playa, ella bebe un jugo como la tarde anterior y él otra cerveza. Hilde le ofrece su brazo para ayudarla a caminar y le sugiere quitarse los zapatos para que esté más cómoda. Sin prestar atención a la sugerencia, se sostiene de su brazo que le parece más fuerte e imponente que en el recuerdo del bus. Hilde está visiblemente nervioso y mira cada tanto hacia atrás. Han venido hablando del trabajo y del futuro… también quedándose callados como si les hubiera muerto alguien muy querido. A cada nuevo paso, la playa se va haciendo más solitaria. Solo de vez en vez se puede ver la sombra de una persona, tan lejos que no se alcanzan a distinguir si va o si viene. Ahora él la rodea con los brazos usando como excusa su tambaleo evidente. Ella no dice nada y se deja abrazar pensando en la esposa de Hilde y en las razones que lo llevaron a llamarla en la noche, en el nerviosismo y el mirar constante hacia atrás.

Se sientan en unas piedras hasta donde el vaivén de las olas alcanza a llegar. Los pies de Celina se mojan un poco y las botas de Hilde se embarran toda la suela.

—Me gustas —le dice Hilde con la voz cavernosa de quien ha llorado mucho y los ojos puestos en el horizonte, no puede distinguirse donde termina el mar y empieza el cielo, al menos así lo cree él.

—¿Has llorado? —le responde.

—Me voy a separar de mi esposa. Me echa la culpa por la muerte de Edison.

—¿Tu hijo?

—Sí —mira el piso y luego los ojos de María Alejandra que brillan con lástima. —Tienes unos ojos muy bonitos —baja la vista de sus ojos hasta los pies, recorriendo todo su cuerpo, deteniéndose más tiempo en la panza atrás del vestido azul. —Con ese vestido podrías perderte de noche y nunca te encontrarían. Te ves mejor hoy que ayer.

—Debe ser la oscuridad, me veo mejor cuando no me veo mucho —sonríe mostrando sus dientes perfectos. —¿Y cuándo decidiste separarte?

—Anoche, cuando regresé a la casa… sólo pensaba en ti.

—…

—No te quedes callada que me siento incómodo. Dime, ¿te gusto?

—Ehm… no sé, no te conozco. Es complicado en tan poco tiempo… me pareces lindo, tierno… pero no sé si tenga que ver con que estés triste, lo que te da una apariencia indefensa dentro de ese cuerpo tan grande. Pareces un oso de peluche negro, un oso de esos que regalan en la tele, de esos detrás de los que se esconden los hombres y ellas se sorprenden y lo reciben para olerlos.

—Sí he visto esas propagandas —estira las piernas y mete las manos en sus bolsillos. Aprieta el bisturí en su puño cerrado.

—Podría decir que sí me gustas, pero creo que falta tiempo para que ese me gustas incluya todo. Además, casi que acabas de separarte de tu esposa y así las cosas se complican más. No quiero ser la segunda, ni a la que se va cuando lo fijo no funciona. ¿Me entiendes?

—Sí, te entiendo. Pero al menos me vas a dar la oportunidad de intentarlo.

—Está el bebé —se apresura a decir ella a manera de excusa.

—No importa. A mí no me importa. ¿A ti sí?

—No sé, no sé… ¿No hay posibilidad de arreglar algo con tu esposa?

—No sé, es difícil. Tengo una última salida, una última cosa para hacer.

—¿Qué?

—No importa —le sonríe mientras mueve el bisturí y lo acomoda mejor en su puño cerrado. Extiende su mano derecha y le acaricia el pelo sin sacar la izquierda de su bolsillo. La mira directo a los ojos.

—Creo que no está bien —le dice ella con voz suave y apoya su cara contra la mano que la acaricia. —Falta tiempo. Es raro, todo esto es muy raro. No quiero que me hagas daño. ¿Qué va a pasar conmigo si arreglas las cosas con tu esposa? ¿Dónde quedo yo?

—Tú me vas a ayudar en eso.

—¿En qué?

—En arreglar las cosas.

—¡¿Ah?! No entiendo, ¿de qué hablas? —intenta separarse pero Hilde la ha sujetado muy fuerte del pelo y está tan cerca que puede sentir en su propia boca el sabor de la cerveza.

—¿Me podrás perdonar? —le pregunta mirándola con los ojos muy abiertos.

—¿Qué pasa? ¡Suélteme!

—¿Me vas a perdonar?

—¡Suélteme!, me está lastimando —lo empuja con las manos sin resultado. Él es muy fuerte, la sostiene con mucho pelo entre los dedos.

—¡Respóndeme! ¿Me vas a perdonar?

—¿Por qué?… no sé de qué habla. —llora.

—Tranquila, no va a pasar nada.

Le suelta el pelo, le acaricia la mejilla secándole las lágrimas; con la misma mano, le da un puño en las mejillas mojadas. María Alejandra cae de lado sobre la arena mojada. Hilde se le va encima sin sacar aún la otra mano del bolsillo, la pone boca arriba y se sienta sobre ella, mantiene aprisionados sus brazos contra los costados del cuerpo caído; por encima de la barriga, a la altura de su pecho. Su cuerpo es tan grande que alcanza a apretar las piernas, tan fuerte como puede con las suyas. Saca la mano izquierda que empuña el bisturí y lo pone en el cuello expuesto por la otra mano que vuelve a sujetarla del pelo.

Tranquila, le dice, con una suavidad equiparable al miedo y la confusión que ella siente. Grita pidiendo ayuda, pero Hilde la ahoga con un golpe más fuerte que el anterior. Todo su mundo se tiñe de rojo y la sangre caliente baja de su nariz hasta la boca muy abierta. Intenta forcejear, mover las manos, pero el peso es mucho para moverlo sólo con la fuerza de su cuerpo. No puede asentar los pies en el piso, pues Hilde ha bajado para sentarse de tal modo que ella no pueda doblar las rodillas. No, por favor, le suplica con la voz débil. Con violencia él le dice que se calle y se mueve hacia abajo sin soltarle el pelo y cuidándose de no liberarle los brazos. Echa un vistazo a su alrededor y no ve a nadie: la playa es un desierto. Por favor, repite ella quien también intenta mirar a los lados pero no puede porque la mano de Hilde la obliga a mirar al frente.

La noche es fresca y la arena húmeda. Hilde baja más, pone todo el peso de su cuerpo sobre las pantorrillas y empieza a meter la mano bajo el vestido azul. María Alejandra grita lo más fuerte que puede, pero la voz no le sale, le cuesta reunir oxígeno y su grito es cada vez más débil. Su sueño cobra sentido: el delantal y la sangre, la sangre que siempre es muerte cuando se sueña. Ella cortando tomates y carne. «Me va a matar.» Sólo puede pensar en el bebé que morirá con ella cuando al fin le clave el bisturí en el cuello. Ahora lo sabe: el delantal que la desembarazaba en el sueño era el bebé muerto.

Las manos se mueven frenéticas intentando que el vestido suba sin lograrlo. Tiene que bajar más, él mismo lo sostiene con las piernas apretadas. La luz de la luna proyecta su sombra sobre el faldón, que en el ajetreo se ha cubierto de granos de arena minúsculos, como si no fuera el azar sino una mano consciente la que los hubiera dispuesto formando figuras que a Hilde le parecen estrellas en constelación. El color del vestido hecho a la medida de la noche y del mar oscuro como una babosa negra y resbalosa. Baja más y queda sentado a la altura de los tobillos, María Alejandra cree poder mover las piernas, doblar las rodillas pero el peso sigue siendo demasiado y todos sus esfuerzos son en vano.

Hilde se adentra por debajo, se mueve sobre las piernas como si estas fueran una escalera que lo llevara al fondo. El vestido se desliza hacia arriba con facilidad y aparece la barriga lustrosa, repite el golpe en la cara ensangrentada y clava el bisturí en la parte alta del pubis depilado de María Alejandra. Corta hacia la izquierda con delicadeza, él mismo se asombra del pulso tan firme y la suavidad de su mano grande; corta más, cada vez más profundo hasta que un reguero de agua del color de un río revuelto se vierte sobre la arena mezclándose con la sangre que cayó desde la primera punzada. Rasga la carne con la punta de los dedos hasta que por la abertura aparece la cabeza calva de un bebé con los ojos cerrados. Lo hala con suavidad sosteniéndolo por la cabeza, pronto todo el cuerpecito está fuera atado a su madre por una tripa rosa. Con el mismo bisturí corta el vínculo, el bebé lanza un alarido al instante que se separa del todo de su madre. Toma un puñado de arena y conchas diminutas y las mete en el vientre abierto: la noche salpicada de conchas de mar, una noche roja y sanguinolenta.

Deja el bebé sobre la arena, María Alejandra no mueve un solo músculo. Desde el golpe forcejeó por poco tiempo y después se quedó muy quieta. Hilde se levanta. Baja la larga cremallera del overol, se lo quita, envuelve el bebé que tiene aún los ojos cerrados. Cuando se yergue con él entre los brazos, siente un golpe seco en el costado. María Alejandra con los ojos muy abiertos lanza patadas con una fuerza discordante con sus heridas, su zapato de tacón se le ha clavado en las costillas, sin que se dé cuenta de la herida emprende la carrera dejándola en medio de la playa mojándose el pelo con el vaivén de las olas. La brisa es fresca y no hay barcos ni personas cerca, sólo Hilde haciéndose un punto más pequeño en el horizonte.

NOCHE

Es la una de la mañana y hace apenas una hora Celina pudo conciliar el sueño. La despierta la insistencia de golpes en la puerta. Sin prisa se levanta de la cama, cruza frente a la cocina y la mesa de vidrio sin encender la luz. Busca las llaves y cuando se dispone a desasegurar la puerta, los golpes regresan con más fuerza. Hilde le grita desde el otro lado, dice su nombre y le pide que abra. Su grito es ahogado y doloroso. Se apresura. Al abrir la puerta el peso de Hilde se viene con ella, cae acostado de espalda al suelo en calzoncillo y camiseta, lleva un bulto gris apretado entre los brazos. La sangre de su costado hace un charco pequeño que Celina siente tibio bajo sus pies descalzos. Hilde se sienta respirando con dificultad y se recuesta contra el marco de la puerta abierta. Extiende el bulto gris y ensangrentado hacia ella que sigue sin decir nada y quien lo toma entre sus brazos con descuido. Abre las telas manchadas de sangre y de un líquido ocre que huele fuerte: un bebé duerme plácidamente. Celina se recuesta contra la pared, siente el piso resbaladizo y el vértigo del desconcierto. Perdóname, perdóname… ya hice algo, ve a Hilde decirle ahogado mientras una sonrisa empieza a dibujarse en su cara sucia de sangre y barro.

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5 comentarios en “El AMOR ES UN NIÑO MUERTO

  1. Tu cuento tiene fuerza, ese elipsis que recoge lo esencial y lo demás se lo deja al lector. No puedo sino agradecerte el que lo publiques y lo compartas por la red. Sin embargo, debo decirte que tengo confusiones sobre la atmósfera del cuento: ¿Hacía frío o calor? La descripción de la playa, no es coherente con la descripción y el tamaño de ciudad que haces. No le creí a los diálogos (Podrías acaso seguir trabajándolos). Un obrero de la construcción no habla así.. digamos, no utiliza metáforas sofisticadas al intentar describir una pesadilla. Quizás si Hilde fuese un maestro de Universidad o un tipo de clase media, le creo sin dudarlo. La voz de Céline tampoco me resultó verosímil, habla como maestra de escuela y no como la aseadora que nos presentas. A pesar de que se trasmite al lector el rencor que ella siente por su marido, este rencor queda caricaturizado en la pelea que ella sostiene con Hilde… digamos que te tiras la tensión en una escena realmente patética. Fíjate que el carácter de María Alejandra es introvertido, como la gente del interior (ella además usa chaqueta, botas negras más abajo de la rodilla… no es pinta caribeña). El carácter de céline es precavido y manipulador, como la de un gato jugando con su presa (tienes talento al utilizar el truco de poner en relación a Céline y María Alejandra a través de los sueños). El de Hilde, por su contextura física, su actitud descomplicada, su rol de albañil en la industria de la construcción y su relación con el mar, da la impresión de que es un tipo del caribe, alegre, no instruido y cursi a más no poder. Tal vez por eso no le creo al narrador por como me lo presenta. Si le trabajaras a presentare a ese obrero de otro modo… en fin, es tu decisión.

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    1. Primero, agradecerte tu tan detallado y acertado comentario. Tienes razón en cada una de las cosas que dices. Lo he corregido varias veces y hay cosas que siguen sin acomodar. La historia me gusta y por eso me he dado a la tarea de corregir los errores que han ido apareciendo a medida de las lecturas y relecturas. Agradezco te hayas tomado el tiempo de leer un cuento tan largo y por partes tedioso. Tomaré en cuenta tus anotaciones para hacerle otra corrección. No sé qué tan viable sea cambiar el estrato social de los personajes, pero a veces creo que es también un prejuicio de las personas ilustradas. Conozco muchas personas con poca instrucción académica que construyen metáforas y símiles hermosos, y lo hacen empujados por su vocabulario limitado. Recurren a la comparación, como lo hacen los niños, cuando no encuentran modo de contar. Lo inefable para ellos se hace ejemplo y comparación, metaforización. María Alejandra desde el principio se me ocurrió como un personaje ambivalente entre la costa y el interior, es obvio que usar esa ropa no va con el clima de mar, y quizás eso es lo que genera la confusión del clima en la atmósfera. No la veo, yo por mi parte, usando ropa propia del calor. Lo que me dices de la escena sosa de la pelea, tendré que mirarlo a ver si lo puedo salvar. Pensé muchas veces en quitarla y resumir eso en un párrafo sin diálogos. Pero no he hallado forma de que funcione para lo que desencadena esa pelea.
      Muchas gracias, de nuevo, por tomarte el tiempo. No sé cómo llegaste aquí, pero déjame tu arroba de Twitter o algo, me gustaría contactarte.
      Saludos.

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  2. Me gusto mucho, el tiempo se pasó rápido mientras lo leía. Desde un principio sentía la frustración de hilde, claro que me sorprendió lo que sucedió al final. Muy bueno. Creo haber escogido bien entre los 3 que me diste. Gracias bruno, compraría un libro tuyo.

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