MARTINA EN SEPIA

 

¿Quién era Martina? Martina siempre fue un recuerdo más largo de lo que pude soportar. Hoy sigue siendo lo mismo. Sólo que su rostro ahora no punza tanto en medio de los ojos ni su sonrisa tanto en medio del corazón; ya no. Creo que al fin olvidé cómo lucía. Aunque si cierro bien los ojos y aprieto con fuerza, así, mire, creo que puedo ver el marco de su pelo negro y sus bucles que le hacían la cara más blanca y la boca más roja. Pero más allá de eso, nada. Es que no puedo, sigo cerrando y entre más fuerte cierro, más parece que se la tragara la oscuridad que llevamos dentro. Véame ahora, a mí ya me tragó completico. Me dejó este rezago de consciencia sólo para que me acordara que ya olvidé todo. Me dejó el tormento de creer que recuerdo algo que no puedo asir como una imagen. Como Martina, de la que olvidé por completo el rostro, pero tengo clarito el nombre: Martina Carbonell. ¡Qué desgracia!

Todas las historias comienzan igual. Para qué desgastarnos en organizaciones cuentísticas. ¿Así se dice? Bueno, qué más da. Vea usted, Martina nunca fue nada. Parecía una sombra de esas que lanzan murmullos en el patio cuando la noche ya está bien madura y levantarse es un crimen contra el resuello de las gallinas. Pero termina uno buscando las pantuflas bajo la cama, saliendo a mirar con un solo ojo para cerciorarse que ese murmullo lo hizo el viento que choca contra el mundo que no se queda quieto. ¿Me entiende? Martina me dejó una carta y eso fue lo más tangible que tuve de ella. Bueno, también su cuerpo que era suave y blanco, y esa sensación de arena movediza que era adentrarse en ella.

La carta estaba en un lenguaje que ella inventó, en el que escribía siempre y del que nunca me dio pistas. No pude nunca entenderlo, a pesar de que revisé todas las libretas que cargaba buscando una seña que me permitiera descifrar el mensaje que me dio antes de lanzarse por el balcón cuando la hizo retrato mi amigo Esteban. Ella dijo: «Siendo inmortal, volar no será difícil». Se lanzó con los brazos abiertos mientras Esteban y yo nos reíamos, porque esperábamos que le salieran unas alas blancas y levantara vuelo igual a como aparecía en el cuadro del que aún no se secaba el óleo. Yo no podía parar de reír: sostenía la carta en una mano y me agarraba la barriga con la otra. Pero no, no voló. Se estrelló contra el suelo con tanto estruendo que hasta el cuadro cayó del taburete. Ahí sí que se nos pasmó la mariguana y la risa se hizo una cara larga, una carrera al balcón. Abajo, el tumulto rodeaba el amasijo en el que no pude reconocer la figura de pincelada larga que tenía Martina. Luego Esteban se soltó en una carcajada que lo tumbó al suelo mientras se sostenía de los barrotes de la baranda. Yo lo seguí. Entre lágrimas y risotadas, Esteban se arrastró por el suelo y trajo el cuadro que también lanzó por el balcón, para sorpresa de los curiosos allá abajo. Reímos unos minutos más, hasta que las lágrimas de la tristeza risueña se confundieron con las de la certeza de la muerte. Entonces lloramos abrazados y nos preguntábamos el uno al otro: «¿Por qué?», sin que ninguno de los dos saliera del círculo indagatorio del que no obtuvimos respuesta.

Como una revelación, la carta que sostenía aún en mi mano fue una luz en medio de la oscuridad. Esteban me la rapó de las manos, rasgó el sobre blanco apresurándose a sacar la hoja amarillenta en la que Martina había garabateado sus signos extraños. Él frunció el ceño, le dio vuelta a la hoja intentando encontrarle el derecho a los garabatos, ladeando la cabeza y aguzando los ojos sin ver nada más que signos en tinta púrpura. Me miró a los ojos; le devolví la mirada con la misma parafernalia con la que él había mirado la carta. Quedamos igual de confundidos. Fui corriendo a su bolso donde sabía que guardaba las libretas, esas que le vendí a usted hace años y que usted sí pudo descifrar, o al menos eso le hizo creer a todo el mundo. Porque algo de lo que usted dice que dijo ella, no me convence del todo. Pero nosotros dos, no pudimos encontrar nada más que signos igualitos, también en tinta púrpura. Ahí fue cuando Esteban dijo esa frase que usted también hizo famosa: «Monche, a Martina se le confundió el abismo y no se llevó ni las alas». Luego, como usted ya sabe, yo me reí otra vez y dejé caer la libreta al piso. Tuve, sin embargo, la precaución de meterme la carta entre la piel y la camisa, riéndome como poseso y señalando el sitio donde había caído la languidez de su cuerpo humanísimo.

La policía llegó un segundo después de la frase y la carta escondida. No nos dio tiempo de nada, ni de parar de reír ni de levantar el cuaderno, para que la escena no pareciera una pelea ni el salto un homicidio pasional. Esteban abrió la puerta, pues el golpeteo se había hecho inquisidor. No tengo idea cuánto llevaban tocando, quizás nada: la ley no abusa de la paciencia. Los policías miraron, preguntaron, levantaron todo, la libreta también y a nosotros en un carro patrulla de ésos que son más cómodos que un taxi urbano. En la estación, el teniente Sánchez nos preguntó de todo y nosotros respondimos de todo. Al final, la carta que guardé y las libretas de Martina, se hicieron pruebas “concluyentes” de que todo había sido un suicidio. Se llegó a esa conclusión más por pereza judicial, que por justicia verdadera. A nosotros nos dejaron ir, no encontraron nada que nos hiciera partícipes de la muerte. Salvo el haber estado con ella al momento del suceso, como dijo el juez que concluyó por otorgarnos el privilegio divino de no pasar varios años en la cárcel.

Los periódicos hablaron mucho del suicidio por esa foto que tomó usted y que bautizó con ese nombre rimbombante que nunca me gustó: «Tanatología de la belleza». Ahora que la veo a usted, sentada ahí con todas las canas y tapada en plata por el suicidio de Martina, siento algo parecido a una arcada metafísica. No se ría, que eso existe. Es como la escena donde Antoine Roquentin se sienta en el parque y mira el árbol y todo eso. ¿Leyó ese libro? Bueno, algo así me da cuando usted viene y me pregunta, como si esto fuera una efemérides para un programa de la mañana, que quién era Martina. Y yo, me esfuerzo por recordar quién era y sólo me viene a la cabeza la mancha pálida sin forma de lo que fue su cara, así como la figura emborronada de lo que era su cuerpo; ambas imágenes vistas como a través de un vidrio empañado.

Pero vea usted, que llego a la conclusión de que no es el tiempo ni la edad. De que estar viejo no tiene nada que ver con ese olvido; o que sea culpa de los años que han pasado desde la última vez que la vi, el tener emborronada su sonrisa del corazón y su rostro de en medio de los ojos. Haga el ejercicio conmigo: cierre fuerte los ojos e intente recordar a Esteban, o a su hijo, que lo ve siempre. ¿Lo ve? ¿Puede decirme cuántas pestañas tiene en los ojos? ¿Cuántas líneas surcan sus labios? ¿Cómo le cae el cabello en la frente? ¿Cuántas arrugas se le hacen en las comisuras cuando sonríe? No, verdad. Ahora imagine, yo también tengo los ojos cerrados, imagine a su hijo muerto. Sé que es difícil, pero imagínelo. ¿Se ve como dormidito, verdad? Pero tampoco es posible saber detalles de su fisionomía, sólo un marco de pelo y unas manchas en el lugar de los ojos, la nariz, los labios y el calco de lo que era su sonrisa.

Ahora imagine que usted tomó la foto de su hijo hecho una masita rosada con ropa en medio de la avenida, que sobre él cayó un cuadro que era como la silueta del crimen hecha por un investigador con excesivo dote artístico; y que además, ese investigador le dibujó unas alas a la silueta de un suicidado que saltó desde un balcón. ¡Imagínelo! Párese al lado de su masita rosada de hijo y tómele la foto poética: un muerto sin forma y sobre él las pinceladas que le devuelven la forma perdida contra el pavimento, y para más belleza, unas alas blancas. Ahora compare su recuerdo con la foto que sostiene en sus manos. Compare la mancha difusa de su memoria con la obra de arte de la fotografía en sepia. ¿Ahora me entiende? Ésa es mi arcada metafísica: la imposibilidad de recordar a Martina como era, y tener que recordarla como una obra de arte de la muerte en sepia. Y preguntarme todos los días: ¿Qué decía esa carta que quemé de frustración? ¿Por qué Esteban la pintó como un vaticinio de la inmortalidad de su muerte y del exilio de sus alas? ¿Por qué Martina olvidaría sus alas?

A Martina, sólo la recuerdo en sepia y estrellada contra el pavimento, señora artista.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s