LAS EXCUSAS NO BASTAN

 

“Hay despedidas que duran toda la vida”

Las paralelas también se tocan”. J. Laguna

Para A., desde allí donde nunca fuimos.

Dejé ese libro porque quería regresar. Siempre se quiere volver a los lugares que nos han sido gratos. Al fin al cabo, estamos hechos de pasado, o bien de un presente en continua destrucción. Ella era mi paraíso, y está claro que los paraísos lo son porque desde el principio, nunca han sido. Poner ese libro sobre su escritorio, segundos antes de que chasqueara los dedos y me dijera que había perdido cinco años de su vida junto a un hombre que no prometía nada, que nada tenía qué envidiarle un barrista que conoce todos los cantos animadores de su equipo, fue mi forma de permanecer y oponerme, sumisamente claro, a lo que no entendía.

Salí de allí con la dignidad de quien no tiene nada. Cabría usar el símil manido del paria que atraviesa los muros con un pequeño atajo de panes y agua para enfrentarse al desierto. Bajé las escaleras conteniendo las lágrimas, cerrando con vigor los ojos para no hacerme un amasijo de miseria, una pasta que se escurre goteando de escalón en escalón. Su mamá estaba en la cocina, me vio descender con el gesto del derrotado; ella ya sabía, las mamás lo saben todo. “Váyase y no vuelva” me dijo con ternura, “Su problema es que ha sido un idiota, y a las mujeres hay que odiarlas para que lo valoren”, caminó conmigo hasta la puerta sosteniéndome todo el tiempo del brazo como si temiera fuera a desplomarme en medio de la sala. “¡Ojalá pudiera, señora Nora! “¡Ojalá pudiera!”.

Parado en el jardín frente a su puerta café, lloré con tal fuerza que desperté la lástima de la vecina que solía arrojar gatos desde el cuarto piso de su casa. Gatos que Ella y yo recogíamos para cuidar y después regalar a los niños del barrio en una feria de jugueteos y ternuras de cachorros despeinados. La vecina me ofreció un vaso de agua, me preguntó con insistencia si estaba bien, no le respondí nada. Me fui con las manos en los bolsillos, suponiendo que así daría más lástima en caso de que Ella me mirara la por la ventana. Lástima que esperaba la hiciera correr tras de mí y pedirme perdón y decirme que me amaba y que no quería quedarse sola. Caminé despacio, contando los pasos, pero nunca me alcanzó.

En el trayecto a mi casa desee tener el poder para hacer que el bus cayera del puente. Que destrozado en medio de la avenida, alguien tomara mi teléfono celular y viendo el primer número de mi lista de contactos, la llamara para decirle que había muerto. Imaginaba las palabras: “¿Aló? ¿Sí? El dueño de este teléfono tuvo un accidente y desafortunadamente falleció. ¿Puede usted venir a la calle…?”. Con lo años entendí que no era más que esa otra cara de la soberbia que es la conmiseración de sí mismo. Intentar que el otro valore lo perdido: justicia divina. Ninguno de los incontables buses que abordé luego de ese día se desplomaron, no morí en accidentes de tránsito, ni por mi mano como quise hacerlo en algún momento estúpidamente.

Luego, seguimos viéndonos sin que pidiera disculpas por sus chasquidos humillantes, sin que me dijera otra vez que me amaba, ni tampoco una sola vez que no me amaba. Los días se nos habían hecho una constante evasión de preguntas incómodas. En ese momento, ya suponía eso que la señora Nora sabía el día que me fui para regresar más vacío: que ella estaba con alguien más, que me había dejado para estar con alguien que sí tenía futuro. Un él que sí podía invitarla a pasear a un balneario de tierra caliente, o llevarla a ver una película con un tarro grande de maíz, darle regalos cada mes, mientras yo no tenía para ir a la universidad y solía decirle a los conductores que me llevaran por la mitad del pasaje.

No pretendo hacer un recuento de mis carencias, ni poner mi pobreza como razón del abandono; la única razón evidente era mi falta de iniciativa, mi sueño anodino de un día escribir una novela que me hiciera famoso y vivir de leer y escribir, lo que hacía de mí un ser abúlico, perezoso y conformista con mi situación precaria. No escribía sino de forma esporádica historias cifradas que hablaban de lo triste y miserable que me sentía frente al mundo. Llenaba páginas de quejas y tergiversaciones de mis autores favoritos, no pensando nunca en construir una obra que me hiciera merecedor del fracaso que me adjudicaba como por designio de un hado funesto que se ensañaba conmigo. No terminaba nada, mi escritura era siempre un intento de un intento que sólo quedaba en frases a medias y personajes al borde del suicidio, sin tener siquiera la decencia de un dios solitario para llevarles la mano al cuello, o darles el empujón que los hiciera un cliché del cliché literario. Hay en la soledad del abandonado una fuerza que lo empuja a permanecer sentado, a esperar que el mundo le devuelva lo que otro le quitó; al bueno le pasan cosas buenas, y si mi amor es sincero un día algo/alguien me recompensará, pensamos.

Las puertas se cerraron para mí, ya no era mi casa su casa, ni mi cama su cama. Ya no podía, por más que lo deseara, dejar una nota en su espejo explicándole lo mucho que la amaba, o deseándole un buen día en el trabajo que Ella sí tenía. Cuando me dijo que tenía un novio que ya no era yo, hui de su lado con la frente en alto y el corazón gacho por la dolorosa certeza de que nunca más estaríamos juntos. Me equivocaba. Mi frente no iba tan alta como pensé, sí mi certeza.

Quizás movida por el pasado, por los años juntos y los buenos recuerdos, no se alejó de mí ni yo de ella. No pude tomar la decisión que quizás la hubiese puesto a mi lado de nuevo. Sabía que me amaba así no me lo dijera, sabía que la amaba así le quitara fuerza al sentimiento diciéndoselo todos los días. No fui lo suficientemente inteligente para buscar un trabajo, para abandonarla a su decisión y esperar que acorralada por sus miedos, entendiera que un amor sincero da más apoyo que el de la novedad del aparecido. Siempre estar para alguien paradójicamente te condena a la quietud de la soledad; la certeza suele aquietar los pasos y la duda mantener en carrera perpetua. Le faltaron dudas a su amor, me sobraron atenciones a su ego. Fui el perfecto actor del teatro del pedestal.

Pasaron los años sin que regresara a su casa, el libro seguía allí y cuando las peleas constantes adquirían la forma del rompimiento “definitivo”, le decía que me lo entregara para no tener que verla más. Mentía, mentí las muchas veces que le grité que no merecía mis lágrimas, ni la ansiedad de los fines de semana dando vueltas en la cama mientras ella se daba al cuerpo del “aparecido”, como terminé llamándolo por no pronunciar su nombre. Mentía cuando le decía que salía con alguien pretendiendo que los celos la hicieran desistir de sus decisiones. La verdad era que pasaba los días evadiéndome de mí, bebía a diario, fumaba 40 cigarrillos sentado en la cocina de mi casa sin salir a ninguna parte. Me expulsaron de la universidad por exceso de ausencias, como si la ausencia pudiera contarse para hacerla punitiva. Bajé el peso que gané en su casa y lloraba tanto, que terminé por hacer propio el decir de las adolescentes de que ya no me quedaban lágrimas ni sollozos.

Tres años después de que todo “terminara” conseguí un trabajo de calificador en un colegio de niños ricos. Iba todos los días con traje y corbata, intercalando día de por medio la misma ropa, hasta que recibí el primer pago y pude ampliar los vestidos que colgaban de puntillas en las paredes de mi cuarto. Nos veíamos todos los días, ya tenia para invitarla a comer, a cine, regalarle la ropa que siempre quise darle. La relación lentamente se hizo lo de antes, nos saludábamos como en los tiempos que estuvimos juntos, nos tomábamos de la mano y en el colegio suponían que era mi novia. Nosotros sabíamos que no era así, ella seguía con el “aparecido” y yo enamorado de ella. No preguntaba nada, prefería la mentira que hacía más dolorosas sus continuas desapariciones por días, especialmente las tardes de jueves o el fin de semana entero. Nuestra relación se había hecho un pendular entre vas y regresas, regresas y te vas, casi tan patológico como mi satisfacción de tenerla a medias y la ansiedad de no saberla nunca.

Una tarde, que recuerdo soleada aun cuando sé lo escasas que son en esta cuidad, la escuché decirme otra vez que me amaba. Tenia la cuchara larga rebosante de helado a medio camino entre el vaso y su boca, lo dijo con la naturalidad de quien nunca dejó de pronunciarlo: “¿Sabes? Sí te amo, mucho”, lanzó un beso hacia mí que entendí como la reivindicación de mi constancia. “Las cosas van a cambiar, dame tiempo. Lo prometo”, se inclinó sobre la mesa y me besó con ternura en los labios.

Por días el tiempo regresó cinco años: íbamos siempre juntos, salíamos, no volvió a desparecer los fines de semana. Esperaba, daba el tiempo que me había pedido mientras mi mundo se llenaba de esperanza y de luz. Trabajaba con entusiasmo, sonreía a los estudiantes de primaria, a los que luego de un año calificando, ya les daba clase.

A las cuatro de la tarde del 12 de febrero de 2008, llamé desde mi oficina a su casa. Estaba preocupado pues los las dos últimas semanas la había sentido extraña: era esquiva, sentía fingido su buen trato. Sospechaba que seguía con el “aparecido” pero creía en sus palabras de amor y sus promesas determinadas por el tiempo, así que sin preguntarle nada seguía siendo paciente. Sin embargo ya no podía más, necesitaba una respuesta. Cuando contestó su actitud era la misma, le pregunté y con rabia en la voz me dijo: “Estoy embarazada”. No podía serlo de mí, llevábamos meses sin contacto sexual pleno, no la penetraba a pesar de que sí habíamos estado “jugando” seguido en mi casa. No respondí nada, estuve parado con el teléfono pegado a la oreja bajo la mirada atenta de mis compañeros profesores intrigados por mis lágrimas. Buscaba ocultarme inútilmente, cuánto más teatral se hacía mi gesto para esconder, más curiosidad despertaba en todos. No recuerdo bien qué le dije cuando al fin pude hablar, quizá recriminé sus mentiras, abogué a mi amor y sus promesas, le diría que jugó conmigo de forma rastrera; de lo que sí estoy seguro es de que no la maltraté, ni la ataque con intención de lastimarla. Colgué, recogí mis cosas, salí y caminé por el parque que estaba junto al colegio, hasta que fue tan tarde que ya no veía ni mis pies.

Mis días volvieron a la rutina. A las 5 A.M. salía de casa, trabajaba de 7 a 4, para terminar hasta las 8 de la noche leyendo en un café en el centro de la cuidad. Los sábados iba a centro comerciales, compraba ropa y libros, veía alguna película de estreno y regresaba. Los domingos abordaba un bus y leía yendo del norte hasta el sur y regresaba, así todo el día hasta que llegaba la noche. Con los pocos amigos que tuve en la universidad, no habíamos vuelto a vernos desde la época de mi claustro depresivo. Ellos tenían sus novias, nuevos amigos y no me atrevía a llamarlos por no sumarle a mi fama de “nube negra”, nuevas experiencias que me hicieran ahora el idiota burlado. No conocí mujeres, trabajaba sólo con hombres por filosofía institucional.

El libro se me había hecho tan insignificante que sin darme cuenta, había comprado otra copia. La extrañaba mucho, a veces la llamaba para saber cómo estaba, para saber si todo iba bien o si necesitaba algo. En varias oportunidades me decía que también me extrañaba, que se sentía sola y asustada. Intentaba animarla, hacerla ver que después todo sería maravilloso, que un hijo, suponía yo, cambiaba la forma de enfrentarse a la vida. Ella me agradecía y colgábamos como viejos amigos. Seguía amándola como el primer día que la vi cuando teníamos 15 años y celebrábamos mi cumpleaños en la casa de una amiga en común. Recordaba sus labios adolescentes presionados por su dedo pulgar en un gesto de inseguridad y ansiedad, el pelo teñido de rubio y los ojos color avellana que no imaginé pudieran un día mirarme con amor. Todo era recuerdo, el amor era una sucesión de recuerdos bonitos apilados inestablemente. Como buen abandonado, me esforzaba por limitar al máximo mis movimientos evitando así que ese amor se viniera abajo.

No pregunté en los meses de su embarazo por él, imaginaba que era un buen tipo y cuidaría bien de Ella. No le guardaba rencor, ni a él ni al bebé que esperaban, ni siquiera a ella a la que sí consideraba culpable de cierta forma extremadamente humana. Más bien sentía algo parecido a la envidia. Ella fue la única mujer, aún hoy puedo aseverarlo, con la que habría tenido un bebé que fuera una niña. Siempre quise tener una hija que me amara sin condiciones, que no mediara su amor por lo que yo era o por lo que podía hacer por ella, sino que me amara por el hecho casual de ser su papá. La vida no es justa, la justicia no existe; alguien más vivía mi sueño adulto, mi espalda no era lo suficientemente ancha para atreverme siquiera a pretender su lugar.

La niña nació un 18 de septiembre, era sábado y yo leía una novela que no recuerdo tomándome una cerveza. Llamé a su casa y su hermano me dijo que estaba en la clínica. El domingo pude hablar con ella: todo había salido bien, la niña estaba perfecta. Me alegré por ella y le desee lo mejor. No la volví a llamar por varios meses.

La distancia parecía aumentar el amor, luchaba conmigo mismo para no correr a su casa y decirle que no importaba nada del pasado, que la amaba y cuidaría de ambas si regresaba conmigo. Cuando volvimos a hablar, intenté insinuarle mi propuesta, Ella la entendió dejando en el ambiente una duda que me hacía tener una esperanza otra vez. Otra vez fue una esperanza truncada cuando me enteré que seguía con él, y yo sólo era importante cuando los días se le hacían frustrantes o faltaba un viejo amor que la conociera bien para fungir de buena muleta cuando todo se venía abajo, especialmente en cuestiones laborales.

Regresé a su casa tiempo después con la excusa del recoger el libro olvidado. Quería verla, abrazarla y olerla otra vez. Cuando toqué a su puerta, la señora Nora abrió y me dijo que ella estaba en el trabajo. Atrás, en medio de la sala, la niña de piel blanca intentaba salirse del caminador. “¡Se va a caer!“, levanté la voz. La señora Nora corrió y la trajo en brazos. Era una niña de pelo abundante, con aretes de oro y la belleza que tenía Ella a la misma edad. La niña, que se llama como siempre conjeturamos llamar una hija nuestra, me miró, me sonrío, abrió y cerró su mano hacia mí. Yo le agarré la mano pequeñita de dedos frágiles y le devolví la sonrisa mientras le decía que era muy preciosa y le acariciaba con mi mano libre la mejilla suavecita. La señora Nora sabía que yo iba por el libro, así que se dio la vuelta y de encima del comedor trajo ese libro que llevaba cinco años en esa casa. La bebé asió mi dedo índice y me sonrío otra vez. El corazón se me hizo un nudo y contuve las ganas de llorar. Igual creo se notaron en mis ojos, que se aguaron de a poco conforme la niña pequeñita vestida de rosa sostenía mi dedo como si no quisiera que me fuera. Le acaricié la cara otra vez, le dije: “Un gusto conocerte, Isabella”. Di las gracias, me solté de ella y le sonreí esforzándome por no irme como la última vez. Me fui, sin tener excusa para regresar, con las manos en los bolsillos y el libro bajo el brazo. Esta vez no esperaba que nadie corriera tras de mí.

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7 comentarios en “LAS EXCUSAS NO BASTAN

    1. Gracias por los halagos. Hace mucho no actualizo, pero prometo hacerlo pronto. Un saludo y gracias por tu comentario. Así dan ganas de seguir publicando. ;D

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  1. Gracias por venir y tomarte el tiempo de leer, siempre se siente bien encontrar comentarios nuevos. Abre el blog y me dejas tu link, prometo leerte y seguirte. Es difícil decir algo más que gracias cuando te dicen algo de tus frases, así que Gracias, muchas gracias por leerme.

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  2. Llevo algunas semanas leyéndote y me gusta mucho como escribes. Creo que me identifiqué con los primeros párrafos y lo digo con algo de pena, pero de todas formas esta noche el desvelo vale la pena. Algún dia escribiré en un blog y dejaré las notas de facebook 🙂
    Me encantó esa frase: “Un presente en continua destrucción”.

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