El último terminará sobre el tejado

Cuando tenía 10 años, vi como mataban a alguien en la esquina de la cuadra, ahí frente a la panadería. EL frisbee quedó a medio camino entre mi mano y la de Joaquim, quien se distrajo por el ruido de la carrera del hombrecito con un revólver en la mano, que huía de otro más grande, conocido como “El ratón” y que tenía una casa de mármol, con gárgolas grises en medio de una cuadra de casas apiñadas, pequeñas y humildes. El hombrecito cayó, nosotros lo vimos intentar levantarse y tropezar de nuevo con una patada que le vino de sorpresa partiéndole dos dientes que volaron amarillentos hasta los pies de Jairo, quien miraba como buscando tragarse con las ojos y la boca abierta, el arma cromada del hombrecillo que había caído junto a las “Peras” recién salidas del horno. Nadie supo qué hacer, mejor, nadie quiso hacer nada.

No fue extraño. Las personas, aunque miraban atentas, no se movían ni para esconderse, ni para ayudar. Días antes, el barrio había sido testigo de una mujer desnuda que huía de la casa del ratón. Llegó a la tienda frente a nuestra casa. Corrió dentro y gritó “¡María me van a matar!”. María era mi tía, dueña desde antes de que yo naciera, de un negocio de “líchigo”. Jairo, Joaquím y yo, al oír el alboroto fuimos hasta la puerta del negocio y casi caemos de frente cuando “El ratón”, sin camiseta y en calzoncillos, cruzó con la MiniUZI en la mano, gritando “no te me escondás, puta”, lo repetía alternando con “Doña María, vos sabés que yo todo bien, pero decíme ¿Dónde se metió? ¡Dónde!”. Mi tía, asustada sólo repetía, como si no supiera más “Aquí no, Ferney. Aquí no”. Pasó atrás del mostrador, miró, buscó, volvió a mirar sin ver que la mujer, a la que aún no veíamos la cara, se trepaba como un gato al tejado de zinc que cubría las mesas donde se jugaba ajedrez y dominó. Con el cañón en la frente, pálido y la voz entrecortada, Don Luis, el de la cigarrería, señaló para arriba y titubeó “ahí”. Apoyó en la cadera, movió el cañón de la cabeza de Don Luis y disparó para arriba, haciendo círculos y formas de espiral hacia el tejado de Zinc, sin darnos tiempo de siquiera meternos bajo la mesa. Cuando ya solo sonaba el chasquido del arma sin balas, salió, dejó un fajo de billetes sobre el mostrador de mi tía y dijo: “Para que recojan esa mierda”.

Las cabezas se asomaron temerosas. Arriba, un jadeo acompañaba el goteo espeso de la sangre que manchaba las mesas y al alfil de un tablero. Joaquím, codeó a Jairo, y yo que no alcancé a esconderme, los vi salir y buscar a al “Ratón” con la mirada. Mi tía, entró gritando por una ambulancia, con las manos en la cabeza, dijo: “¡Eliza, Eliza, me mataron a Eliza! Jairo se puso blanco y ayudó a los hombres borrachos que ya buscaban mesas y escaleras para bajar el cuerpo aún jadeante de mí tia Eliza, mamá de Jairo, a la que ya le habíamos visto la cara en pleno y escupiendo sangre. Murió ahí mismo, antes de que la ambulancia siquiera se anunciara con su sirena.

Que estaban en un trío, oíamos a la gente decir, que el otro tipo estaba mejor dotado que el “Ratón” y que la vieja se había pegado en jadeos de placer al otro, lo que provocó el ego herido. Que la mataron por no saber fingir como todas las mujeres. ¿Y el otro? Se escapó con las bolas al aire.

Cuando “El ratón” levantó el arma, mientras se disculpaba con el panadero que también le pedía que ahí no, le dijo al hombrecillo: “a ver qué tan grande la tenés, malparido”. Pero el disparo sonó antes, el hombrecillo cayó de espaldas con el pie tronchado, agarrándose el pecho y respirando con dificultad. Giramos y vimos a Jairo con el arma en la mano, cromada, untada de azúcar y echando humo.

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4 comentarios en “El último terminará sobre el tejado

  1. No hay parte más sensible en asuntos de egos y heridas que aquella que nos cuelga entre las piernas (quizás sea la academia la que nos explique las razones para que el ego de los hombres se aloje en aquella probóscide que lo mismo sirve para desaguar que para procrear)…

    Interesante el texto, tiene momentos luminosos, centelleantes, otros son hermosos no obstante el dolor que entrañan…

    Saludos desde la fría Bogotá

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