La importancia de haberse llamado Ernesto

Sabato (1)Anoche fue inevitable que mi cabeza fuera de nuevo a Lezama. La estatua de Ceres me recordó a Martín, al Greco y a Alejandra caminando desde atrás para construir un encuentro de esos que, dada su magnitud, cuesta tanto elaborar cuando pretendes ser un dios minúsculo. Esos momentos que en Sabato se entendían tan naturales que todos hemos esperado el día en que una Alejandra se prenda fuego frente al la tristeza que se nos metió en el alma.

Todo siempre será una premonición, decía Sabato y yo lo parafraseo groseramente, porque no quiero ir a los libros y repasarlos para hacer decentes mis recuerdos. Aunque en este caso, la premonición se había hecho espera. Todos comentamos que Sabato moría este año, además la vida parece haberle cumplido sus deseos de vivir dos mil años, o no morirse sin antes aprender de qué va la vida. Sus deseos que siempre fueron una condena.

No puedo hablar más que del Sabato que conocí gracias a un amigo que supo guiarme por lo mejor que he leído en mi vida. Un Sabato de papel, de recuerdos y de anécdotas. Como aquella vez que el editor de Común Presencia me contaba haberlo entrevistado mientras el escritor padecía un dolor de muelas. U otros tantos que me decían haberlo visto, haberlo saludado, haber comido en su casa. Y yo sólo podía emocionarme con esa atención estúpida que suelo prestar a los detalles. Pensaba en que esa mano, que también yo estrechaba, había estrechado la del viejo cascarrabias. Una emoción pueril en todo caso.

Y fue sólo mi culpa, o culpa del hado al que siempre es fácil adjudicarle lo bueno como lo malo, el haber visto en Sabato el yo que hubiese sido de haber nacido en 1911 en una patria que no es esta que me tocó en suerte. Claro, todo esto relativo al deseo, o a esa forma de deseo imposible que es la esperanza. 

No hubo otro escritor al que fuera tantas veces cuando me sentí perdido. Ninguno otro acompañó la Tristeza que fue mi modus vivendi durante tantos años. A nadie he citado tanto de memoria cuando fue necesario decir algo que salvara a alguien un poco del tedio y la desesperanza.

Lo leí mucho. Escribí en sus libros como lo hiciera Marcelo o R con letra pequeñita al borde de la página. Y muchas veces me vi garabateando, con palos sobre tierra, el nombre de Mi Alejandra y siendo tan pusilánime, enamorado y cándido como lo fue Martin. Me faltó irme al sur luego de que Mi Alejandra también hiciera algo similar a bañarse en gasolina y encenderse como una antorcha de miseria. 

Aún, si un día me encuentran por la calle, podrán escucharme recitar el cuento del Dragónprincesa, las disertaciones del Dr. Gandulfo y la historia de ése que se trepó desnudo a un farol, sólo para mirar desde arriba, que vendía chorizos,y que nos recordó que el Danubio nunca ha sido azul.

Al fin al cabo, para mí nunca existió esa carne que compuso a la persona de Sabato. Ese cuerpo que fue más cuerpo por su depresión y la muerte de su hijo. Para mí, sólo estuvo ese Sabato cansado de la luz, al que se le aparecía un alterego siniestro para incitarlo a la oscuridad. Ese Sabato que no cabía en el ego, que fue Fernando, Alejandra, Martín y sobre todo Bruno, de quien sepan de una vez saqué este nombre que me sirve de velo y de resguardo. No hubo otro. Yo no lo entrevisté con dolor de muela. No me paré furtivamente a su lado para salir junto a él en una foto. No le di la mano. Sin embargo, sé que fui parte de su cometido. Me dijo lo que tuvo que decirme como un abuelo al que se escucha, dándole a entender que no se la hace caso. 

Y como no quiero decir cosas ridículas o manidas de la muerte, sólo diré para terminar, que ahora yo caminaré junto a algún amigo y hablaremos a veces y callaremos otras más, como cuando se nos ha muerto alguien muy querido.

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