SE EDITAN DOS OBRAS DE RUBEM FONSECA: El Cobrador (cuentos) y El Seminarista (su última novela)

Muy liviano, profundamente culto

Rubem Fonseca (1925) es el narrador brasileño más conocido, más premiado y más prolífico de hoy; aparte de las traducciones de su obra a las principales lenguas, ha merecido el aplauso de autores de la talla de Vargas Llosa, Monsivái s, Pynchon. La razón de tal éxito no es difícil de entender: Fonseca escribe libros tan entretenidos que son imposibles de abandonar, mezcla la cultura clásica y la popular con desenvoltura, es divertido, inesperado, tan irreverente que bordea el cinismo, tan violento que sería insoportable si no fuera por los componentes eruditos de sus títulos, en fin, siempre sorprende. No es un logro menor en una carrera que se extiende por 45 años y que presenta, naturalmente, altibajos, pero en la que es manifiesta una personalidad insobornable, inconformista, sin concesiones en la despiadada, cruel, clínica disección de la sociedad en su país.La idea de publicar en forma simultánea dos trabajos de Fonseca, separados por tres décadas, en los géneros en que ha sobresalido -novela y cuento- es excelente, pues permite al lector asistir a la evolución de este prosista o bien comprobar lo opuesto, en la persistencia de las mismas técnicas y la monomanía por episodios truculentos. El seminarista (Tajamar, 2010, 156 páginas, $11.200), su última novela, y El cobrador (Tajamar, 2010, 169 páginas, $11.200), colección de historias que apareció en 1979 y se acaba de reeditar, presentan semejanzas, coincidencias, paralelos inequívocos en el estilo de Fonseca, inconfundible, nervioso, elíptico. Y hay también grandes disparidades, propias del rigor que demanda la crónica breve y de su desarrollo como artífice narrativo, ya que con el correr del tiempo ha tendido a una prosa depurada, seca, carente de adornos.

El cobrador contiene 10 relatos y el que da nombre al volumen nos introduce en un personaje que se repetirá en el resto de la producción de Fonseca: un asesino en serie que se siente con derecho de matar a quien le da la gana, debido a razones que serían plausibles, aunque broten de una mente enferma. Los límites entre normalidad y anormalidad, delincuencia y respetabilidad, son inexistentes. El protagonista no busca el pago de cuentas, ya que piensa que todo el mundo le debe algo: en consecuencia, dispara al dentista que lo atiende o a un potentado, porque “me enferman esos tipos que andan en Mercedes”. El héroe posee características que veremos en todos los actores creados por Fonseca: un apetito sexual insaciable, que lo lleva a relacionarse (habría que decir copular) con una, dos, tres, cuatro, cinco mujeres…

“Mandrake” resulta una intriga policial perfecta. Paulo Mendes, abogado, vive con Berta, quien, aparte de su atractivo, es imbatible en el ajedrez; mientras no ejerce en el foro, Mendes oficia como detective privado y se entiende por igual con el hampa o la policía. Cuando hay varios muertos, se ha bebido sin parar, han desfilado alusiones al cine del pasado, la trama se complica y Fonseca nos ha paseado por Río de Janeiro, el narcotráfico, la corrupción y el caos urbano, surge una repentina pista y el desenlace es digno de Chandler. “Once de Mayo” transcurre en un asilo de ancianos, lugar que se presta especialmente para el pesimismo radical de Fonseca en la paranoia del hablante, quien establece comparaciones irrefutables entre el hogar y un campo de concentración nazi.

El seminarista se lee sin respiro y es una de las ficciones superiores dentro del último período narrativo del escritor, una proeza si se piensa que fue escrita a los 84 años. José es conocido bajo el apodo de Especialista y “el Despachante me dice quién es el cliente, me da las coordenadas y yo hago el trabajo”. Esto consiste en ultimar, mediante pistolas automáticas, a cualquiera que se le mencione. Al llegar a la página 20, han pasado a mejor vida cinco sujetos. Antes de transformarse en sicario, José estudió para sacerdote y gracias a su dominio del latín tenemos citas de Horacio, Séneca, Cicerón; Kirsten, su pareja, traduce del portugués al alemán, lo que nos lleva a Rilke, Pessoa, Blake, sin contar con los pasajes gastronómicos, las referencias musicales, las evocaciones históricas y muchas otras, que otorgan un sabor único a todo lo que escribe Fonseca, asombrosamente liviano, profundamente culto.

El final de El seminarista es demasiado exagerado, porque después de una serie de bárbaros crímenes parece redundante agregar tortura y mutilaciones. Pero un lunar no empaña un texto de calidad y, en conjunto con El cobrador tenemos dos muestras de este notable narrador.

De la Revista de Libros De El Mercurio


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