Freud e Ironía. Apuntes de su biografía.

Vengo leyendo una biografía hace un tiempo. Me es imposible dejar de citar a Sabato, cuando decía aquello de entender a los que te precedieron en el tormento. Por ahí, más atrás en los posts, hay una referencia a una autobiografía del Philip Roth, junto a una “reflexión”:

Quería escribir sobre un libro que estoy leyendo, recomendarlo para que lo hojearan sin grandes expectativas, no porque le falte carne sino porque es la vida de otro gran escritor. La lectura de biografías, me recuerda mucho a Sabato cuando dice aquello de aprender de los grandes que te precedieron en el tormento…

Freud Aunque en este caso no es la de un escritor, sino la del médico, que como afirma Stefan Sweig: “Sigmund Freud (el hombre) es el ejemplo vívido, de que basta que un hombre tenga el valor de buscar la verdad por encima de todo, para acrecentar la veracidad en todo el universo. Su vida es la lucha por la verdad”… decir más es redundar.

No les contaré nada de la vida. Para eso está Wikipedia. Sólo quería transcribirles algo que habla un poco del Hombre que pudo ser Freud, al menos el que nos han legado los libros. Es conocida la expresión del padre del psicoanálisis, cuando le comentaron que frente a la biblioteca de Berlín, las juventudes nazis estaban quemando sus libros: ” ¡Cuánto ha progresado la Humanidad! En la edad media me hubiesen quemado a mí, ahora se conforman con quemar mis libros”.

Ahora sí, después de tanto preámbulo innecesario, lo que vine a hacer.

Es 1938, Freud tiene cáncer y ha padecido treinta y tantas operaciones que lo dejaron sin maxilar superior y con un agujero en una de sus mejillas. Usa una prótesis que le causa un dolor insoportable. Su “nietecito” llamado Heinerle, ha muerto de tuberculosis unos años antes, pero aún no se recupera de la pérdida, pues como comentó su amigo Robert Hollitscher “fue la única ocasión en la vida de Freud que se supiera haya derramado lágrimas”. Viena ha sido ocupada por los nazis y el mundo entero centra su atención en el médico y su familia. Ernest Jones, su biógrafo y entrañable amigo, ha ido para llevar a la familia entera a Inglaterra. Varios embajadores de distintos países, el mismo Musollini, intervienen ante los nazis para que le permitan salir sin problemas…

Sin embargo, iba a ser el embajador alemán en Francia, el Conde von Welczeck, el que plantearía el tema en forma concluyente a las autoridades alemanas: era esencial tratar bien a una personalidad de la talla de Freud para evitar el escándalo.Al punto, Freud fue invitado a firmar un documento que rezaba así: “Yo, profesor Freud, confirmo por la presente que después del Anschulss (palabra alemana que significa anexión) de Austria al Reich de Alemania, he sido tratado por las autoridades germanas, y particularmente por la Gestapo, con todo el respeto y consideración debidos a mi reputación científica;

Freud y Sophie
Freud y Sophie

que he podido vivir y trabajar en completa libertad, así como proseguir mis actividades en todas las formas que deseara; que recibí pleno apoyo de todos los que tuvieron intervención en este respecto, y que no tengo el más mínimo  motivo de queja.” Tras rubricar sin ningún escrúpulo aquella payasada. Freud preguntó a sus hieráticos interlocutores, con su inmarchitable ironía, si podía añadir esta posdata: “De todo corazón puedo recomendar la Gestapo a cualquier.”

(Ya en Inglaterra) El único calmante que Freud aceptaba (como buen médico era reacio a administrarse drogas a sí mismo), la aspirina, le resultó patéticamente  insuficiente. Él, que tanto años llevaba meditando sobre la muerte, no podía engañarse. Sus fuerzas habían quedado reducidas al mínimo. El 21 de septiembre tuvo lugar esta estremecedora y realista conversación entre médico y enfermo:

—Querido Schur, usted recordará nuestra primera conversación. Usted me prometió que me ayudaría cuando yo ya no pudiera soportar más. Ahora es sólo una tortura y ya no tiene ningún sentido.

Schur, bajó los ojos, apretó la mano de Freud y musitó entre dientes que cumpliría su promesa.

—Gracias —contestó el anciano—. Cuéntele a Ana  (la hija que cuidó de él) nuestra conversación.

Al amanecer del día siguiente, el médico se acercó al lecho del moribundo y le administró una pequeña dosis de morfina. Freud suspiró aliviado y se hundió en un profundo sueño del que ya no despertaría. Expiró poco antes de la media noche del 23 de septiembre de 1939.

Tomado de: “Los revolucionarios del siglo XX. Sigmund Freud” por Ignacio Guzmán Sanguinetti (Busqué por todas partes alguna biografía pero no encontré, a lo mucho esto: Ignacio Guzmán Sanguinetti, gestor cultural y trabajador del INAEM). Ediciones Nájera.

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