Escribir es dejar de ser escritor y una reflexión de para qué aún estamos jóvenes.

Hace un corto tiempo guardé otro año para la colección. Ya son muchos, decía a los que me preguntaban cuántos cumplía. Aunque definitivamente esté viejo para aprender gimnasia olímpica, ballet, violín clásico o física teórica, hay cosas para las que puedo considerarme un embrión dada la poca experiencia, el limitado tiempo que le dedico, las muchas lecturas que faltan, los otros más maestros de los que no he tenido la oportunidad de aprender nada. Entre ésas variadas cosas, podríamos mencionar trotar en las mañanas, catar empanadas, recorrer enciclopedias y poder responder (de memoria) cuándo fue la batalla de Waterloo o quién era el Pacificador Morillo. Si bien, son actividades de poca importancia para la vida, a no ser que lo tuyo sea el egotismo, hay una que entraría en la costalada de lo que aún me permiten los años, la única a la que he aprendido a guardarle la paciencia, no por gusto sino por invalidez: la escritura.

La formación que he recibido, así como la lectura insistente, han hecho de mí una persona que escribe a pesar de sí mismo, o de los demás, que al fin al cabo serán los que pueden quejarse. No considero que lo haga genial, pero me preocupo por hacerlo al límite de mis capacidades. Me atrevería a decir, que de todo lo que sé hacer en la vida, lo que mejor que hago es escribir; eso les dará una idea de mi fracaso como futbolista, amante, amigo, ecologista y ser humano.

Un amigo, en un encuentro después de algunos años, me habló de Vila-Matas y su Doctor Pasavento o El Viaje Vertical, me contó de Robert Walser, de quien había tenido ocasión de leer una par de relatos, de la obsesión del español por la desaparición, la desesperación, el alcohol y la lluvia en Barcelona. El día del onomástico, otros amigos que son pareja, me regalaron con dos dedicatorias relativas a mis obsesiones propias, Dublinescas, de Enrique Vila-Matas. Arranqué a leer por curiosidad, en la mitad seguía por compromiso de libro regalado, y terminé sintiendo pena por Riba, su sueño y su soledad.

Confieso que la lectura se me hizo tediosa, quieta y aburrida, en mi defensa diré que acababa de terminar Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Murakami, que tiene una prosa veloz y llena de giros de tuerca, además de mágica y que me hace pensar en cuentos de hadas, aunque no sé por qué. El cansancio vencía, hasta la página 180-200 creía haber perdido dos semanas de mi vida, pero de ahí en adelante todo fue ascenso, emoción y melancolía. Entendí las páginas que había dejado atrás, su sentido, la necesidad de la reflexión insidiosa y la inacción propia del editor retirado.

No contaré nada. Primero, porque no sé mucho de teoría literaria y aún le tengo miedo al ridículo monumental, soy un tipo de pequeños ridículos como bailar Aserejé o La macarena en una fiesta con amigos; y segundo, porque mi criterio en libros no tiene el respeto que amerita sugerir leer tal o cual libro, sólo lo hago con personas cercanas de quienes intuyo gustos. La verdadera razón por la que actualizo esta vaina, que sigue sin ser nada a pesar del esfuerzo, es por un escrito de Vila-Matas que me encontré por primera vez en un video y luego en un blog que no recuerdo. Tiene que ver con eso que les decía más arriba, con las cosas para las que espero tener tiempo.

ESCRIBIR ES DEJAR DE SER ESCRITOR, es una reflexión hecha por Vila-Matas con la intención de dar solución a la pregunta del por qué escribir y qué es ser escritor. Ya vendrán cansados de toda mi retahíla insulsa, pero si llegaron hasta aquí, leyéndome a mí que no soy nadie, no pierdan el impulso y lean algo que sí vale la pena. Ahora sí, lo que importa, para todos aquellos que, como yo, no entienden por qué el afán de perder el tiempo haciendo cosas que nadie lee.

ESCRIBIR ES DEJAR DE SER ESCRITOR
por Enrique Vila-Matas

Muchas veces me he visto obligado a contestar a la pregunta de por qué escribo Al principio, cuando era muy joven y tímido, utilizaba la breve respuesta que daba André Gide a esa pregunta y contestaba: «Escribo para que me lean.»

Si bien es cierto que escribo para que me lean, con el tiempo he aprendido a completar con otras verdades mi sincera respuesta a la pregunta de por qué escribo. Ahora, cuando me hacen la inefable pregunta, explico que me hice escritor porque 1) quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana, 2) porque vi a Mastroianni en La noche de Antonioni; en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener

Casarse con una Jeanne Moreau no es fácil, tampoco lo es ser realmente un escritor. Por aquellos días, yo tenía una vaga idea de que no era sencillo ni una cosa ni la otra, pero no sabia hasta qué punto eran dos cosas muy complicadas, sobre todo la de ser escritor

Yo vi La noche y empecé a adorar la imagen pública de esos seres a los que llamaban escritores. Me gustaron, en un primer momento, Boris Vian, Albert Camus, Scott Fitzgerald y André Malraux. Los cuatro por su fotogenia, no por lo que hubieran escrito. Cuando mi padre me preguntó qué carrera pensaba estudiar -é1 tenía la callada ilusión de que yo quisiera ser abogado-, le dije que pensaba ser como Malraux. Recuerdo la cara de estupor de mi padre, y también recuerdo lo que entonces me dijo: «Ser Malraux no es una carrera, eso no se estudia en la universidad.»

Hoy sé muy bien por qué deseaba ser como Malraux. Porque ese escritor, además de tener una expresión de hombre curtido, se había construido una leyenda de aventurero y de hombre no reñido con la vida, esa vida que yo tenía por delante y a la que no quería renunciar Lo que en esos días yo no sabía era que para ser escritor había que escribir, y además escribir como mínimo muy bien, algo para lo que hay que armarse de valor y, sobre todo, de una paciencia infinita, esa paciencia que supo describir muy bien Oscar Wilde: «Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla.»

Todo esto lo explicó muy bien Truman Capote en su célebre prólogo a Música para camaleones cuando dijo que un día comenzó a escribir sin saber que se había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo: «Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal.»

Así pues, yo en esos días no sabía que para ser escritor había que escribir, y además había que escribir como mínimo muy bien. Pero es que, por no saber, ni sabía que era preciso renunciar a una notable porción de vida si se quería realmente escribir Por no saber, ni sabía que escribir, en la mayoría de los casos, significa entrar a formar parte de una familia de topos que viven en unas galerías interiores trabajando día y noche. Por no saber, ni sabía que iba a acabar siendo escritor, pero un tipo de escritor alejado de la figura de Malraux, pues me esperaban aventuras, pero más del lado de la literatura que de la vida.

Vila-Matas

Pero escribir vale la pena, no conozco nada más atractivo que la actividad de escribir, aunque al mismo tiempo haya que pagar cierto tributo por ese placer. Porque es un placer y es -como decía Danilo Kis- elevación: «La literatura es elevación. No inspiración, les ruego. Elevación. Epifanía joyceana. Es el instante en que se tiene la impresión de que, en toda la nulidad del hombre y de la vida, hay de todos modos unos cuantos momentos privilegiados, que hay que aprovechar. Es un don de Dios o del diablo, poco importa, pero un don supremo.»

Hoy en día, con el auge de la nueva narrativa española, se dan entre nosotros dos tipos de escritores jóvenes, de escritores principiantes: por una parte, están los que no ignoran que se trata de un oficio duro y paciente, un oficio en el que se avanza en tinieblas y le obliga a uno a jugarse la vida, a arriesgar (como decía Michel Leiris) la vida como lo hace un torero; por otra parte, están los que ven en la literatura una carrera y buscan el dinero y la fama como primer objetivo de su trabajo.

No tengo alma de predicador y, además, no quiero desanimar ni a unos ni a otros, de modo que citaré de nuevo a Oscar Wilde, citaré ese consejo que le dio a un joven al que le habían dicho que debía comenzar desde abajo: «No, empieza desde la cumbre y siéntate arriba.» Gabriel Ferrater lo dijo de otra forma: «Un escritor es como un artillero. Está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco más abajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretendo ser como un autor de cuarta fila…»

Un escritor debe tener la máxima ambición y saber que lo importante no es la fama o el ser escritor sino escribir, encadenarse de por vida a un noble pero implacable amo, un amo que no hace concesiones y que a los verdaderos escritores los lleva por el camino de la amargura, como muy bien se aprecia en frases como esta de Marguerite Duras: «Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos.»

Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es hacerse pasar por otro, escribir es dejar de ser escritor o de querer parecerte a Mastroianni para simplemente escribir, escribir lo que escribirías si escribieras. Es algo terrible pero que recomiendo a todo el mundo, porque escribir es corregir la vida -aunque sólo corrijamos una sola coma al día-, es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica (debido a su carácter de horrenda, el tributo que debemos pagar para escribir y renunciar a parte de la vida auténtica no es pues tan duro como podría pensarse) o bien, como decía Italo Svevo, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y, precisamente por ser lo mejor, deberíamos desear que lo hiciera todo el mundo: «Cuando todos comprendan con la claridad con que yo lo hago, todos escribirán. La vida será literaturizada. La mitad de la humanidad se dedicará a leer y a estudiar lo que la otra mitad de la humanidad habrá escrito. Y el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo que será así arrebatado a la horrible vida verdadera. Y si una parte de la humanidad se rebelase y se negase a leer las lucubraciones de los demás, mucho mejor. Cada uno se leería a sí mismo.»

Leyendo a los otros o a nosotros mismos, poco margen veo yo para estallidos bélicos y mucho en cambio para la capacidad de un hombre para respetar los derechos de otro hombre, y viceversa. Nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos. Habría que partir a la búsqueda de ese recogimiento universal. Se me dirá que se trata de una utopía, pero sólo en el futuro todo es posible.

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