Kafka abriendo la puerta (Dos clases de verdad)

Hay una fascinación extraña en todo lo que venga del tísico de Praga. La mayor parte de la literatura moderna, ha sido influenciada por el acertijo que alberga Kafka. Hace poco leía en no recuerdo donde, que alguien se dio a la tarea de hacer un estudio sobre la insignificancia de su obra, sobre lo anodino de cada una de sus narraciones. Decía que todo en Kafka lo era, sólo por el laberinto de palabras, por los muros que pone al sentido, los abismos infranqueables que abría entre cada frase y el misticismo que acompañaba su religión. Cada uno es libre de perder el tiempo como mejor le convenga y no es mi tarea atacar o avalar el trabajo del primer detractor que le conozco.

Yo, soy del lado del común. Soy de los que creen que sin él, la literatura de hoy sería otra cosa. Lo cotidiano, no habría tomado la dimensión de mundo sobre los hombros de un nuevo atlante, quien volviendo cansado de la espalda, sabe que es hora de pagar las cuentas, de contarle algo a la esposa, de planchar la camisa, embetunar los zapatos, dejar la basura en la portería y esperar que esta noche, el tiempo sí alcance para tener soñar siquiera algo cortito.

Una puerta cerrada se empuja, se golpea, se empuja, se golpea… al final, la desesperanza y todo como al principio. Bastaba sólo con halarla, se abría para fuera dice alguien, que puede ser un mensajero, un soldado, un simple asistente… ese es Kafka. Sí, lo sé, eso es es “Ante la ley”, pero cambié guardias por puertas.

“Cada hombre lleva en sí una habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando todo a nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado”.

Ahora sí, vamos a lo que nos convoca. Un apartado de los Cuadernos en Octava, lo anterior también es de ahí.

DOS CLASES DE VERDAD

4 de febrero. Largo tiempo en cama, insomne, tomo conciencia de la lucha.

En un mundo de mentira, la mentira no es expulsada del mundo ni siquiera por medio de su opuesto, pero sí por medio de un mundo de verdad.

El dolor es el elemento positivo de este mundo, más bien el único vínculo entre este mundo y lo positivo en sí.

5 de febrero. Buena mañana, imposible recordarlo todo.

La destrucción de este mundo sería tarea nuestra sólo si: primero, este mundo fuese malo, es decir, opuesto a nuestro espíritu; segundo, si estuviésemos en condiciones de destruirlo. La primera cosa nos parece precisa, pero la segunda no podemos realizarla. No podemos destruir este mundo porque no lo hemos construido como algo fijo de por sí, sino que nos perdimos dentro. Más aún, este mundo es nuestro extravío, y como tal él es, en sí mismo, una entidad indestructible, o mejor: cualquier cosa se puede destruir con llevarla hasta el fin, sin renuncias, donde cabe advertir, por otra parte, que aun llevarla hasta el fin no puede ser más que consecuencia de la distracción, pero siempre en el ámbito del mundo mismo.

Existen, para nosotros, dos clases de verdades, las representadas por el árbol de la ciencia y por el árbol de la vida. La verdad de quien obra y la verdad de quien descansa. En la primera el bien se distingue del mal, la segunda no es más que el bien mismo, e ignora tanto el bien como el mal. La primera verdad se nos concede realmente, la segunda podemos intuirla tan sólo. Este es el aspecto triste de la cosa. Pero el alegre es que la primera verdad pertenece al instante fugaz, la segunda a la eternidad, por lo que la primera acaba por extinguirse en el fulgor de la segunda.

Cuaderno Octavo. Cuaderno cuarto.

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