Del oficio: precediendo en el tormento

 

He estado alejado no sólo de los blogs sino de la escritura en general. Aun cuando todo se torne en una continua excusa que refuerza la falta de ímpetu, tino o fluidez, debo decir que cada vez escribir en este espacio o en cualquier parte, toma un carácter más insípido, e inútil. Por momentos me sirve Nietzsche y me aboco a la escritura frenética de dos o tres relatos que no terminan de dejar convencidos a ninguno de mis pocos lectores. Siempre escucho que el tiempo que no escribes es para leer obsesivamente. Creo que eso se aplica en Escritores de verdad, para los amateurs todo momento de sequía, siempre es motivo de una angustia proporcional a la falta de palabras.

Los interludios donde las palabras faltan son precedidos por decepciones o frustraciones. Se escucha seguido que los bajones anímicos son más productivos para la imaginación, que lo que hagas tendrá más vísceras, más corazón. Lo cierto es, al menos para mí, que momentos de la adolescencia son propicios para el dolo de todo (piensen en Andrés Caicedo), para ser trascendentales en medio del auto engaño necesario para oponerse al bienestar familiar.

Pero cuando el inútil ejercicio del escritor (con minúscula) tiene un rasgo de mayor importancia, cuando se le ve como el medio ideal de subsistencia, las tristezas que ofrece el mundo, no siempre son cepas de genialidad sino lastres que ralentizan o pozos que estancan. Hay necesidad de estabilidad. Se requiere el tiempo para sentarse y teclear un rato, así nada sirva. También una actividad que ofrezca resultados, ya sean tangibles o monetarios, para espantar del lado la sensación de inutilidad. Una mujer (hombre, perro, oveja, dependiendo género y preferencias) que embeba de entusiasmo las levantadas y sea dispersión.

Será el mismo caso de cuando Kafka ansiaba ser carpintero antes que escritor. Necesitaba lo tangible sobre eso que le representaba tanto, pero devolvía tan poco. La técnica sobre la tecné. La mesa está como muestra de la uña y su golpe, cumple una función práctica; la hoja no es muestra de la imaginación y su esfuerzo; del mismo modo que soporta mis palabras, soporta una lista de mercado, un rayón infantil.

Quería escribir sobre un libro que estoy leyendo, recomendárselos para que lo hojearan sin grandes expectativas, no porque le falte carne sino porque es la vida de otro gran escritor. La lectura de biografías, me recuerda mucho a Sabato cuando dice aquello de aprender de los grandes que te precedieron en el tormento… ahora, cuando volvía a casa de mis clases matutinas (era profesor) y me quitaba el traje nuevo para ponerme la ropa vieja de escribir, la primera vaharada de sopa de tomate Campbell que ponía a calentar en la cocina de mi pequeño piso de Chicago  seguía evocando en mí la expectación de algo inminente, de una consumación casera y reconfortante, vehiculando algo que desde hacía no mucho había aprendido a calificar de “estremecimiento proustiano”.

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3 comentarios en “Del oficio: precediendo en el tormento

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