El Lastre Del Libro Maldito

Viena, Austria 1913, por los pasillos del museo del palacio Hofburg, un miserable estudiante de arte deambula. Lo hace seguido, en especial, cuando el frío le impide vender sus pequeñas acuarelas con las que se gana la vida. Algo le llama especialmente la atención, una serie de reliquias, “las insignias de los Hasburgo”, entre ellas está la “lanza de Longinos”, la cual observa con especial atención. Aún cuando hay varias en el mundo, esta podría decirse es la que más aceptación tiene.

El joven vagabundo Adolf Hitler, conoce la historia de su poder. Ha pertenecido a los más poderosos: en la edad media fue de Arturo y sus caballeros, también de Carlomagno en el siglo IX, durante 47 campañas victoriosas, quien murió luego de dejarla caer accidentalmente. Dio el poder a 5 monarcas sajones y luego a Federico Barbarroja quien conquistó Italia y obligó al papa a exiliarse. Quien la posea tiene un extraordinario poder para hacer el bien o el mal.

Como no vamos a hablar de la “Lanza Santa”, terminaremos diciendo que lo que fascinaba a Hitler no era el carácter cristiano detrás de ella, sino la tradición ocultista medieval que se le vinculaba. La sacralidad de los objetos no se debe a su bondad sino al poder misterioso y terrible conferido por la leyenda.

No es novedad que todo el nazismo tenía connotaciones ocultistas. Que sus principales dirigentes Himmler, Hess, Rosenberg eran asiduos asistentes de la Sociedad Thule. Eran interesados y estudiosos de objetos bíblicos y doctrinas budistas. Con lo que intentaban unificar Europa bajo la idea de la pureza de raza, y encontrar los lugares de origen como la Atlantida.

Pero como tampoco vamos a hablar de Hitler ni sus compañeros, no profundizaremos en un tema tan profundizado a lo largo de la historia. Todo lo anterior es un preámbulo, que a primera vista sería incongruente, con el matiz tan serio, serísimo que ha tomado este pseudoblog. Ya dirán ustedes, si siguieron leyendo, que me puse con misticismos y esoterismos baratos, que el próximo post, lo menos que podemos esperar, es toda una disertación sobre alectomancia y el modo correcto de poner los maíces sobre las letras para que el gallo no nos vaya a joder el futuro.

Pues no, atendiendo a mi espíritu académico y amante de los libros, les hablaré de algunos “libros malditos”. Redondeemos un poco esto ¿por qué hablar de Hitler y Libros malditos? Principalmente, por su obsesión con lo oscuro y con sociedades secretas. Es que así cueste creerlo, ninguna sociedad secreta es tan secreta, ni tiene cimientos en lo mágico o lo incognoscible. Los masones, los Rosacruz, el Priorato y todas las cosas tan afectas a Dan Brown, son producto de uno de estos llamados libros malditos, y de únos (no tiene tilde, pero me gustó por lo criollo que suena) desocupados faltos de afecto.

La mayoría de estas sociedades están sobre una historia repetitiva y fácil: un personaje viaja a un lugar lejano (Egipto o el Tíbet) habla con personas muy sabias (lamas, mahatmas), lee unos pergaminos que revelan una verdad trascendental para la humanidad, cuya difusión es perniciosa para la misma, así que crean una sociedad para velar por mantenerla oculta.

Empecemos con “Las estancias de Dazan”, un famoso libro de ocultismo y fundamento de La Doctrina Secreta fundada por Madame Blatvasky, que aún siendo un plagio de libros hinduistas, afirma que la humanidad proviene de la luna. Originalmente, el libro estaba escrito en un idioma oculto, el senzar, se encuentra en la biblioteca de la Hermandad Blanca en algún lugar secreto y olvidado del Tíbet. Como supondrán no es fácil llegar hasta allí, pero Blatvasky (un mujer que al final de su vida tocaba subirla a los barcos con grúa, gracias a su adicción a los huevos anegados en mantequilla) leía el libro telepáticamente y se comunicaba con Mahatmas mediante notas que ellos dejaban caer a su escritorio, casualmente con una caligrafía idéntica a la suya.

La teosofía fundada por Blatvasky dice que las razas son reflejo de distintos estadios evolutivos, bueno como sabrán, los europeos son lo más (arios), y los africanos y polinesios, junto a japoneses y mongoles, lo menos; o mejor, mutaciones de los arios o descendientes de Atlantes. Los escritos de esta señora, eran los libros de cabecera de un miserable estudiante de arte llamado Hitler (ahí está la relación), esta señora fue capaz de convencer a personajes ilustres como Edison (el inventor) y regar por toda Europa el fanatismo que desembocó en todo un movimiento esotérico que aún se mantiene.

El Priorato de Sión se fundó en 1099 sobre unas fuertes bases teóricas halladas en unos pergaminos escritos, aproximadamente, en 1950. No, no me equivoqué. Pierre Plantard, activista judío que reclamaba para sí el trono de Francia y Philippe de Chérisey, marqués venido a menos y actor de televisión, inventaron/copiaron unos pergaminos codificados encontrados en Rennes-le-Château, nadie ha visto los “originales”. Algo similar pasó con los Rosacruz, fundados en 1407 por el misterioso caballero Christian Rosenkreutz después de durar un tiempo en Tierra Santa estudiando con maestros misteriosos. Lo cierto, es que fue una broma del teólogo Johann Valentin Andreae, y los primeros Rosacruces, en el siglo XVII, fueron personas con aires luteranos.

Masón, rosacruz, vegetariano, antiviviseccionista y defensor de los derechos de las mujeres, su nombre, Wescott, está ligado al manuscrito cifrado que originó La Orden Hermética del Amanecer Dorado (los mismos rosacruz, pero con otro libro). El libro The Magical System of The Golden dawn tenía rituales que se convirtieron en ceremonias de iniciación y se usó como catapulta del más reconocido ocultista occidental y la sociedad ocultista europea más importante.

Para terminar este extenso y fofo post, hablemos del Malleus Malleficarum, escrito por inquisidores dominicos Jacob Sprenger y Heinrich Krämer, consta de 500 páginas y tuvo 29 ediciones. El tema básico son brujas voladoras, comedoras de niños, convocadoras de viento, flama y granizo. Krämer utilizó el nombre del teológo Sprenger para dar más crédito a su obra, así como la bula de Inocencio VIII. Y como sabía que necesitaba un aval de la Universidad de Colonia, falsificó un acta donde 7 profesores aprobaban el contenido del libro, el desenlace, ya lo conocen.

Quise una conclusión buenísima, con cierto sentido filosofico, pero después de 1100 palabras nos quedamos, ustedes y yo, sin ganas.

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