“Miserable soy. Te violé en la fiesta a la que no fui”

Un juego extraño. No es cuent0, aunque se le parezca, ni poema así algo haya de poético… es para que me digan qué nombre tiene. Va por entregas, hoy en la mañana la primera, en la tarde la segunda y en unos días completa. Ojalá se animen a leerla, y comenten cómo les parece.

      Si tuviera que decir algo, respecto a alguien, sabría tener dos o tres palabras destructivas. Muchas veces no serán las más lúcidas, pero sí las más hirientes. No sería necesario siquiera saber su nombre, los gestos pululan en voces. Pululan. Piojos. Cien marsupiales minúsculos que trepan buscando seis pezones gigantes. Noventa y cuatro que no serán mueca. Los gestos han de ser primos lejanos (dimensión alterna) de los canguros, porque no puedo imaginarlos más que como demonios (de Tasmania) buscando la bolsa ventral de unos ojos amigos. Lástima, los míos detestan las relaciones sociales. Pero, en cambio, adoran ver y ver, para decir y escribir: que nadie se odia tanto como cuando se toma un café hablando con-de alguien que ya no es. Me explico: soy un miserable. Vendería mi espíritu (?) (Principio generador, carácter íntimo, esencia o sustancia de algo —DRAE—) por un minuto de ceguera. Claro ¿me cree acaso tan estúpido? No soy Edipo, ni huevón. Es tan sólo un minuto… y la ceguera es para siempre. ¿Cerrar los ojos? ¡Ceguera, cegUERA, CEGUERA, CE-GUE-RA! No es difícil de entender. Cerrar los ojos es ser un transeúnte cualquiera, yo no soy eso. Cuando rozó alguien en el andén, intento tocar, oler, manosear a la distancia. Aunque no me entienda, para tocar, las manos no son fundamentales. La he acariciado. La acaricio recordando el color de sus tenis el lunes que la vi lejos del lugar donde solemos encontrarnos. Nos encontramos, si. La manoseo cuando recuerdo sus aretes, esos de semillas que tan de moda se pusieron. La veo, si. La violo cuando intento imaginar el color de esa prenda que aleja su piel de la otra prenda que sí veo. Hago lo mismo cuando tomo café, camino, viajo en el bus o me siento junto al árbol por el que no trepan marsupiales desesperados: acaricio, manseo, violo. No, no es usted diferente. Todos son igual, exceptuando el árbol, cuya mueca profunda no es más que un vaivén de hojas y un tronco que hace venías con delicadeza y respeto. Él nada tiene para decir, su silencio es lo  más cercano a ser un ciego.

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