“Sobre El Valor de La Metáfora”

Perdonaran ustedes la semana ausente, pero el trabajo llamó a la convivencia. Actualizando de nuevo les dejo…

 

SOBRE EL VALOR DE LA METÁFORA. La más importante de las alhajas literarias era, ya para Aristóteles, la metáfora. El primero en advertir esta equivocación fue Gianbattista Vico, quien afirmó que la poesía y el lenguaje son esencialmente idénticos y que la metáfora, lejos de ser un recurso “literario”, constituye el cuerpo principal de todas las lenguas (cf. Scienza Nuova). El hombre habla metafóricamente sin saberlo, más o menos como M. Jourdain hablaba en prosa. En los comienzos, las metáforas debieron de consistir en actos mudos o en actos con cuerpos que tuvieran alguna relación con las ideas que se querían expresar. También eran metáforas los jeroglíficos, los blasones y los emblemas. Hasta la propia palabra figura es ya una figura. Es imposible hablar o escribir sin metáforas y cuando parece que no lo hacemos es porque se han hecho familiares hasta el punto de hacerse invisibles: nadie advierte que nos expresamos figuradamente cuando decimos que “los años corren” o “el valle se inclina”. Basta alterar apenas algunas de las metáforas más habituales para notar hasta qué punto son (eran) audaces: basta tomar la sosegada expresión “los árboles arrojan sombra” y transformarla en su equivalente lógico “los árboles nos tiran con sombra”.
La lingüística contemporánea, confirmando la tesis de Vico, sostiene que la metáfora es consustancial del lenguaje y responde a un profundo instinto del hablante. Pero se equivoca, me parece, cuando sostiene que la metáfora es únicamente expresión de lo afectivo y subjetivo frente al lenguaje lógico u objetivo. La falacia reside en la identificación de lógica y objetividad.
No ya la vida: ni siquiera el universo inerte es lógico, lo que no impide que sea objetivo.
Lo que hace inaplicable el lenguaje literal no es la objetividad sino la ilogicidad del universo. No es, pues, que el lenguaje vivo y metafórico sea un lenguaje puramente subjetivo sino que tiene una objetividad que no es lógica.
Por otra parte, si la doctrina de aquellos lingüistas fuera correcta, no se explicaría cómo el hombre puede usar el lenguaje metafórico para ponerse en contacto con el mundo objetivo. Debemos admitir que, al menos, ha de existir algún elemento de objetividad en la metáfora.
Creo que debemos distinguir entre origen y esencia del lenguaje. El primer campesino romano que empleó la metáfora delirare —salirse del surco— para aludir a un loco, estaba, sin duda, haciendo uso de su imaginación, pero no por eso hay que concluir que su metáfora es enteramente subjetiva, ya que eso equivaldría a datar la locura desde la invención del arado. También se requiere imaginación para descubrir el espacio-tiempo y eso no significa que sea subjetivo.
Cualquier expresión se vuelve lenguaje en la medida —y sólo en la medida— en que es capaz de trascender el sujeto y convertirse en signo de comunicación. La creación o el descubrimiento de tales signos es obra de la imaginación: pero esa imaginación no es arbitraria sino que debe mostrarse apta para aprehender una realidad objetiva. De otro modo no se podría establecer la diferencia que existe entre Dante y un charlatán de la poesía, que amontona seudometáforas. De otro modo no se explicaría por qué los esquizofrénicos y paranoicos no son los mayores promotores del lenguaje.
La metáfora, aunque nacida de un impulso existencial, psicológico, fantástico, tiene un valor ultra-subjetivo, es un intento de aprehensión de la realidad. La metáfora es valiosa precisamente porque no representa en forma literal al objeto, porque se aleja de él. Lo que significa que difiere de él en cierto número de atributos, por debajo de los cuales señala un núcleo común, oculto bajo los atributos diferenciales. Y tanto más lejana es la metáfora, tanto más profundo y oculto es el núcleo común, de donde el poder que tiene el lenguaje metafórico de alcanzar grandes profundidades.
La metáfora es así una tentativa de identificar bajo la diversidad. Ya los griegos se plantearon la hipótesis de una sustancia permanente y primordial por debajo de las cosas: el fuego heraclitiano es la metáfora del universo entero.
Si es así, la metáfora no tiene un valor meramente afectivo o psicológico, ni obra por deslumbramiento: aunque irracionalmente —o, mejor dicho, por su misma irracionalidad— alumbra los estratos más hondos de la realidad. Su valor no es psicológico sino existencial y ontológico. Lejos de ser el lenguaje de la fantasía, aunque sea provocado por ella y por la pasión que en todo ser humano alienta por el misterio, es el genuino lenguaje de la realidad y quizá la sola forma que permite superar el dilema de un lenguaje rígido frente a un mundo infinitamente diverso y a la vez infinitamente idéntico a sí mismo.
La metáfora no es el recurso de un lenguaje literario, ni tampoco es cierto que el lenguaje literario consista en la suma de una expresión desnuda más un ornato cualquiera. Por el contrario, consiste en expresar con estricta justeza un contenido que no puede ser expresado de otra manera. A menos que se prefiera llamar literario a lo falso y vacuo.

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