LAS EXCUSAS NO BASTAN
“Hay despedidas que duran toda la vida”
“Las paralelas también se tocan”. J. Laguna
Para A., desde allí donde nunca fuimos.
Dejé ese libro porque quería regresar. Siempre se quiere volver a los lugares que nos han sido gratos. Al fin al cabo, estamos hechos de pasado, o bien de un presente en continua destrucción. Ella era mi paraíso, y está claro que los paraísos lo son porque desde el principio, nunca han sido. Poner ese libro sobre su escritorio, segundos antes de que chasqueara los dedos y me dijera que había perdido cinco años de su vida junto a un hombre que no prometía nada, que nada tenía qué envidiarle un barrista que conoce todos los cantos animadores de su equipo, fue mi forma de permanecer y oponerme, sumisamente claro, a lo que no entendía.
Salí de allí con la dignidad de quien no tiene nada. Cabría usar el símil manido del paria que atraviesa los muros con un pequeño atajo de panes y agua para enfrentarse al desierto. Bajé las escaleras conteniendo las lágrimas, cerrando con vigor los ojos para no hacerme un amasijo de miseria, una pasta que se escurre goteando de escalón en escalón. Su mamá estaba en la cocina, me vio descender con el gesto del derrotado; ella ya sabía, las mamás lo saben todo. “Váyase y no vuelva” me dijo con ternura, “Su problema es que ha sido un idiota, y a las mujeres hay que odiarlas para que lo valoren”, caminó conmigo hasta la puerta sosteniéndome todo el tiempo del brazo como si temiera fuera a desplomarme en medio de la sala. “¡Ojalá pudiera, señora Nora! “¡Ojalá pudiera!”.
Parado en el jardín frente a su puerta café, lloré con tal fuerza que desperté la lástima de la vecina que solía arrojar gatos desde el cuarto piso de su casa. Gatos que Ella y yo recogíamos para cuidar y después regalar a los niños del barrio en una feria de jugueteos y ternuras de cachorros despeinados. La vecina me ofreció un vaso de agua, me preguntó con insistencia si estaba bien, no le respondí nada. Me fui con las manos en los bolsillos, suponiendo que así daría más lástima en caso de que Ella me mirara la por la ventana. Lástima que esperaba la hiciera correr tras de mí y pedirme perdón y decirme que me amaba y que no quería quedarse sola. Caminé despacio, contando los pasos, pero nunca me alcanzó.
En el trayecto a mi casa desee tener el poder para hacer que el bus cayera del puente. Que destrozado en medio de la avenida, alguien tomara mi teléfono celular y viendo el primer número de mi lista de contactos, la llamara para decirle que había muerto. Imaginaba las palabras: “¿Aló? ¿Sí? El dueño de este teléfono tuvo un accidente y desafortunadamente falleció. ¿Puede usted venir a la calle…?”. Con lo años entendí que no era más que esa otra cara de la soberbia que es la conmiseración de sí mismo. Intentar que el otro valore lo perdido: justicia divina. Ninguno de los incontables buses que abordé luego de ese día se desplomaron, no morí en accidentes de tránsito, ni por mi mano como quise hacerlo en algún momento estúpidamente.
Luego, seguimos viéndonos sin que pidiera disculpas por sus chasquidos humillantes, sin que me dijera otra vez que me amaba, ni tampoco una sola vez que no me amaba. Los días se nos habían hecho una constante evasión de preguntas incómodas. En ese momento, ya suponía eso que la señora Nora sabía el día que me fui para regresar más vacío: que ella estaba con alguien más, que me había dejado para estar con alguien que sí tenía futuro. Un él que sí podía invitarla a pasear a un balneario de tierra caliente, o llevarla a ver una película con un tarro grande de maíz, darle regalos cada mes, mientras yo no tenía para ir a la universidad y solía decirle a los conductores que me llevaran por la mitad del pasaje.
No pretendo hacer un recuento de mis carencias, ni poner mi pobreza como razón del abandono; la única razón evidente era mi falta de iniciativa, mi sueño anodino de un día escribir una novela que me hiciera famoso y vivir de leer y escribir, lo que hacía de mí un ser abúlico, perezoso y conformista con mi situación precaria. No escribía sino de forma esporádica historias cifradas que hablaban de lo triste y miserable que me sentía frente al mundo. Llenaba páginas de quejas y tergiversaciones de mis autores favoritos, no pensando nunca en construir una obra que me hiciera merecedor del fracaso que me adjudicaba como por designio de un hado funesto que se ensañaba conmigo. No terminaba nada, mi escritura era siempre un intento de un intento que sólo quedaba en frases a medias y personajes al borde del suicidio, sin tener siquiera la decencia de un dios solitario para llevarles la mano al cuello, o darles el empujón que los hiciera un cliché del cliché literario. Hay en la soledad del abandonado una fuerza que lo empuja a permanecer sentado, a esperar que el mundo le devuelva lo que otro le quitó; al bueno le pasan cosas buenas, y si mi amor es sincero un día algo/alguien me recompensará, pensamos.
Las puertas se cerraron para mí, ya no era mi casa su casa, ni mi cama su cama. Ya no podía, por más que lo deseara, dejar una nota en su espejo explicándole lo mucho que la amaba, o deseándole un buen día en el trabajo que Ella sí tenía. Cuando me dijo que tenía un novio que ya no era yo, hui de su lado con la frente en alto y el corazón gacho por la dolorosa certeza de que nunca más estaríamos juntos. Me equivocaba. Mi frente no iba tan alta como pensé, sí mi certeza.
Quizás movida por el pasado, por los años juntos y los buenos recuerdos, no se alejó de mí ni yo de ella. No pude tomar la decisión que quizás la hubiese puesto a mi lado de nuevo. Sabía que me amaba así no me lo dijera, sabía que la amaba así le quitara fuerza al sentimiento diciéndoselo todos los días. No fui lo suficientemente inteligente para buscar un trabajo, para abandonarla a su decisión y esperar que acorralada por sus miedos, entendiera que un amor sincero da más apoyo que el de la novedad del aparecido. Siempre estar para alguien paradójicamente te condena a la quietud de la soledad; la certeza suele aquietar los pasos y la duda mantener en carrera perpetua. Le faltaron dudas a su amor, me sobraron atenciones a su ego. Fui el perfecto actor del teatro del pedestal.
Pasaron los años sin que regresara a su casa, el libro seguía allí y cuando las peleas constantes adquirían la forma del rompimiento “definitivo”, le decía que me lo entregara para no tener que verla más. Mentía, mentí las muchas veces que le grité que no merecía mis lágrimas, ni la ansiedad de los fines de semana dando vueltas en la cama mientras ella se daba al cuerpo del “aparecido”, como terminé llamándolo por no pronunciar su nombre. Mentía cuando le decía que salía con alguien pretendiendo que los celos la hicieran desistir de sus decisiones. La verdad era que pasaba los días evadiéndome de mí, bebía a diario, fumaba 40 cigarrillos sentado en la cocina de mi casa sin salir a ninguna parte. Me expulsaron de la universidad por exceso de ausencias, como si la ausencia pudiera contarse para hacerla punitiva. Bajé el peso que gané en su casa y lloraba tanto, que terminé por hacer propio el decir de las adolescentes de que ya no me quedaban lágrimas ni sollozos.
Tres años después de que todo “terminara” conseguí un trabajo de calificador en un colegio de niños ricos. Iba todos los días con traje y corbata, intercalando día de por medio la misma ropa, hasta que recibí el primer pago y pude ampliar los vestidos que colgaban de puntillas en las paredes de mi cuarto. Nos veíamos todos los días, ya tenia para invitarla a comer, a cine, regalarle la ropa que siempre quise darle. La relación lentamente se hizo lo de antes, nos saludábamos como en los tiempos que estuvimos juntos, nos tomábamos de la mano y en el colegio suponían que era mi novia. Nosotros sabíamos que no era así, ella seguía con el “aparecido” y yo enamorado de ella. No preguntaba nada, prefería la mentira que hacía más dolorosas sus continuas desapariciones por días, especialmente las tardes de jueves o el fin de semana entero. Nuestra relación se había hecho un pendular entre vas y regresas, regresas y te vas, casi tan patológico como mi satisfacción de tenerla a medias y la ansiedad de no saberla nunca.
Una tarde, que recuerdo soleada aun cuando sé lo escasas que son en esta cuidad, la escuché decirme otra vez que me amaba. Tenia la cuchara larga rebosante de helado a medio camino entre el vaso y su boca, lo dijo con la naturalidad de quien nunca dejó de pronunciarlo: “¿Sabes? Sí te amo, mucho”, lanzó un beso hacia mí que entendí como la reivindicación de mi constancia. “Las cosas van a cambiar, dame tiempo. Lo prometo”, se inclinó sobre la mesa y me besó con ternura en los labios.
Por días el tiempo regresó cinco años: íbamos siempre juntos, salíamos, no volvió a desparecer los fines de semana. Esperaba, daba el tiempo que me había pedido mientras mi mundo se llenaba de esperanza y de luz. Trabajaba con entusiasmo, sonreía a los estudiantes de primaria, a los que luego de un año calificando, ya les daba clase.
A las cuatro de la tarde del 12 de febrero de 2008, llamé desde mi oficina a su casa. Estaba preocupado pues los las dos últimas semanas la había sentido extraña: era esquiva, sentía fingido su buen trato. Sospechaba que seguía con el “aparecido” pero creía en sus palabras de amor y sus promesas determinadas por el tiempo, así que sin preguntarle nada seguía siendo paciente. Sin embargo ya no podía más, necesitaba una respuesta. Cuando contestó su actitud era la misma, le pregunté y con rabia en la voz me dijo: “Estoy embarazada”. No podía serlo de mí, llevábamos meses sin contacto sexual pleno, no la penetraba a pesar de que sí habíamos estado “jugando” seguido en mi casa. No respondí nada, estuve parado con el teléfono pegado a la oreja bajo la mirada atenta de mis compañeros profesores intrigados por mis lágrimas. Buscaba ocultarme inútilmente, cuánto más teatral se hacía mi gesto para esconder, más curiosidad despertaba en todos. No recuerdo bien qué le dije cuando al fin pude hablar, quizá recriminé sus mentiras, abogué a mi amor y sus promesas, le diría que jugó conmigo de forma rastrera; de lo que sí estoy seguro es de que no la maltraté, ni la ataque con intención de lastimarla. Colgué, recogí mis cosas, salí y caminé por el parque que estaba junto al colegio, hasta que fue tan tarde que ya no veía ni mis pies.
Mis días volvieron a la rutina. A las 5 A.M. salía de casa, trabajaba de 7 a 4, para terminar hasta las 8 de la noche leyendo en un café en el centro de la cuidad. Los sábados iba a centro comerciales, compraba ropa y libros, veía alguna película de estreno y regresaba. Los domingos abordaba un bus y leía yendo del norte hasta el sur y regresaba, así todo el día hasta que llegaba la noche. Con los pocos amigos que tuve en la universidad, no habíamos vuelto a vernos desde la época de mi claustro depresivo. Ellos tenían sus novias, nuevos amigos y no me atrevía a llamarlos por no sumarle a mi fama de “nube negra”, nuevas experiencias que me hicieran ahora el idiota burlado. No conocí mujeres, trabajaba sólo con hombres por filosofía institucional.
El libro se me había hecho tan insignificante que sin darme cuenta, había comprado otra copia. La extrañaba mucho, a veces la llamaba para saber cómo estaba, para saber si todo iba bien o si necesitaba algo. En varias oportunidades me decía que también me extrañaba, que se sentía sola y asustada. Intentaba animarla, hacerla ver que después todo sería maravilloso, que un hijo, suponía yo, cambiaba la forma de enfrentarse a la vida. Ella me agradecía y colgábamos como viejos amigos. Seguía amándola como el primer día que la vi cuando teníamos 15 años y celebrábamos mi cumpleaños en la casa de una amiga en común. Recordaba sus labios adolescentes presionados por su dedo pulgar en un gesto de inseguridad y ansiedad, el pelo teñido de rubio y los ojos color avellana que no imaginé pudieran un día mirarme con amor. Todo era recuerdo, el amor era una sucesión de recuerdos bonitos apilados inestablemente. Como buen abandonado, me esforzaba por limitar al máximo mis movimientos evitando así que ese amor se viniera abajo.
No pregunté en los meses de su embarazo por él, imaginaba que era un buen tipo y cuidaría bien de Ella. No le guardaba rencor, ni a él ni al bebé que esperaban, ni siquiera a ella a la que sí consideraba culpable de cierta forma extremadamente humana. Más bien sentía algo parecido a la envidia. Ella fue la única mujer, aún hoy puedo aseverarlo, con la que habría tenido un bebé que fuera una niña. Siempre quise tener una hija que me amara sin condiciones, que no mediara su amor por lo que yo era o por lo que podía hacer por ella, sino que me amara por el hecho casual de ser su papá. La vida no es justa, la justicia no existe; alguien más vivía mi sueño adulto, mi espalda no era lo suficientemente ancha para atreverme siquiera a pretender su lugar.
La niña nació un 18 de septiembre, era sábado y yo leía una novela que no recuerdo tomándome una cerveza. Llamé a su casa y su hermano me dijo que estaba en la clínica. El domingo pude hablar con ella: todo había salido bien, la niña estaba perfecta. Me alegré por ella y le desee lo mejor. No la volví a llamar por varios meses.
La distancia parecía aumentar el amor, luchaba conmigo mismo para no correr a su casa y decirle que no importaba nada del pasado, que la amaba y cuidaría de ambas si regresaba conmigo. Cuando volvimos a hablar, intenté insinuarle mi propuesta, Ella la entendió dejando en el ambiente una duda que me hacía tener una esperanza otra vez. Otra vez fue una esperanza truncada cuando me enteré que seguía con él, y yo sólo era importante cuando los días se le hacían frustrantes o faltaba un viejo amor que la conociera bien para fungir de buena muleta cuando todo se venía abajo, especialmente en cuestiones laborales.
Regresé a su casa tiempo después con la excusa del recoger el libro olvidado. Quería verla, abrazarla y olerla otra vez. Cuando toqué a su puerta, la señora Nora abrió y me dijo que ella estaba en el trabajo. Atrás, en medio de la sala, la niña de piel blanca intentaba salirse del caminador. “¡Se va a caer!“, levanté la voz. La señora Nora corrió y la trajo en brazos. Era una niña de pelo abundante, con aretes de oro y la belleza que tenía Ella a la misma edad. La niña, que se llama como siempre conjeturamos llamar una hija nuestra, me miró, me sonrío, abrió y cerró su mano hacia mí. Yo le agarré la mano pequeñita de dedos frágiles y le devolví la sonrisa mientras le decía que era muy preciosa y le acariciaba con mi mano libre la mejilla suavecita. La señora Nora sabía que yo iba por el libro, así que se dio la vuelta y de encima del comedor trajo ese libro que llevaba cinco años en esa casa. La bebé asió mi dedo índice y me sonrío otra vez. El corazón se me hizo un nudo y contuve las ganas de llorar. Igual creo se notaron en mis ojos, que se aguaron de a poco conforme la niña pequeñita vestida de rosa sostenía mi dedo como si no quisiera que me fuera. Le acaricié la cara otra vez, le dije: “Un gusto conocerte, Isabella”. Di las gracias, me solté de ella y le sonreí esforzándome por no irme como la última vez. Me fui, sin tener excusa para regresar, con las manos en los bolsillos y el libro bajo el brazo. Esta vez no esperaba que nadie corriera tras de mí.
Escritores, filias y nobles oficios.
Los que saben de griegos dicen que allí la vida era algo más que placentera. Especialmente para los hombres: guerreros, políticos o filósofos. Su tarea a corto plazo era cumplir con su fin dentro y a beneficio de la sociedad, a plazo trascendente, preocuparse por un telos en ese mundo que no podía contarse en pasos o amaneceres.
La vida edénica dejaba tiempo para todo, particularmente para pensar el porqué del mundo al que quizá los griegos dieron respuesta en varios aspectos, pero en otros se quedaron en la mera especulación argumentada.
Hipócrates, griego y médico importante (el juramento médico lleva su nombre) propuso la Teoría Humoral, que en resumidas cuentas definía los tipos posibles de temperamentos y personalidades. La teoría aseveraba que los rasgos de carácter estaban determinados por fluidos corporales: la sangre con el entusiasmo, la bilis negra con la melancolía, la bilis amarilla con la ira y la flema con la apatía. Lo que haría del ser humano una especie de calamar hidráulico que sentía a través de vejigas reguladoras e inundaciones controladas. Esta teoría perduró por siglos llegando hasta la edad media y declinando a comienzos del XIX. Sólo hasta la transición al XX se consolidaron nuevas teorías con respecto a la personalidad.
Dentro de los cambios de teorías una de las más importantes fue de origen literario. El libro de Stevenson: Dr Jekill y Mr Hyde, hizo tambalear la confianza que se tenía en la conciencia y en la solidez de la conducta humana. La obra expone las contradicciones presentes en toda persona, haciendo de la psique un ente escindido en bueno y malo.
De igual manera, Freud con su personalidad tripartita fue el tercer gran golpe para el prepotencia de la condición humana (el primero, el sol como centro del universo; el segundo, el antecedente evolutivo en el mono) y consolidó una forma de entender la conducta humana concomitante con la naturaleza inicua que generalmente le acompaña. Tanto Freud como Stevenson elucidaron la otra cara, esa que la ilustración tanto se preocupó por evadir poniendo todo en mano de una racionalidad apabullante, que terminaría por desembocar en el cientificismo y la cosificación del hombre, pero es tema de otro día.
Y como no todo puede ser pobre elucubración, me voy de lleno con el interés de este post. De los personajes conocemos su lado público y ya que a todo el mundo le gusta el chisme, Proust hizo una obra grandísima contando chismes, voy a contarles comportamientos extraños de esos que por su trabajo han merecido nuestra admiración.
Empecemos con el escritor que le dio tanta madera para hoguera a Walt Disney: Hans Christian Andersen, de quien se sabe era hipocondríaco y lo afligían pesadillas. Solía llevar consigo una soga, para que en caso de incendio en el hotel que se hospedaba, pudiera escapar por la ventana.
No es secreta la pederastia de Charles Lutwig de Dodgson o Lewis Carrol, este diácono de la iglesia católica que solía cortejar y retratar a Alice Liddel (menor de edad), quien era hija del decano de la Facultad Cristiana donde Lewis se desempeñaba como bibliotecario. Alice es la musa de su obra más conocida.
Durante un paseo en barco con la familia Liddel, Lewis improvisó un cuento: “Alices Adventures Under Gruond”, que sería de las primeras versiones de su Opus Magna. Los papás n0 vieron con agrado el gesto dulce y rompieron relaciones con el bibliotecario.
Pero Alice fue la más conocida, mas no la única. Doce años después conoce a Gertrude Chattaway, para quien escribe “La caza de Snark”, un poema que describe ”con humor infinito, el viaje imposible de una tripulación improbable, para hallar a una criatura inconcebible” (clic para leer Snark).
Adquiere fama como fotógrafo, casi todas las fotos de niñas disfrazadas o desnudas. Siete años después enseña lógica en el Colegio Femenino de Oxford donde conoce a Isa Bowman, musa de “Silvia y Bruno” una novela en dos volúmenes. Se dice que era un hombre encantador: ángel y demonio. Terminando su vida, abandona la literatura y predica en congregaciones infantiles. Nunca se le probó que mantuviera relaciones carnales con las niñas. Su sano pasatiempo de fotografía impúberes desnudas, en épocas actuales, le daría unos cuantos años de cárcel e incluso la muerte.
Charles Darwin, padre del evolucionismo, padecía trastorno obsesivo-compulsivo caracterizado por ideas recurrentes y rituales absurdos que no pueden controlarse. Era un hombre de lógica, así que antes de casarse con su prima Emma, escribió una listas de pros y contras.
En su diario en el apartado ”Marry” escribió ” Niños (si dios quiere): Constante compañía. Se interesan por uno. Objetos para amor y juego. En todo caso, mejores que un perro. Compañía: Alguien que cuide de la casa. Conversación familiar (chit-chat) y buena música. Benefician la salud. Se es forzado a visitar y recibir amistades, lo que es una terrible pérdida de tiempo. Los niños son compañía, sin ellos, se puede ir donde quiera.” Increíblemente, terminó casándose.
Charles Dickens, luego de morir su esposa Catherine, sostuvo una relación con Mary la hermana de su esposa, quien moriría en sus brazos, y luego con Georgiana otra de las hermanas.
Sigmund Freud podría haber basado todas sus reflexiones alrededor del comportamiento sexual en sí mismo, puesto que de niño parece haber sufrido de constantes abusos sexuales. Tenía un miedo irracional al número 62 y a los helechos, además de estar obsesionado con el número 23 y el 28.
Víctor Hugo tuvo una vida familiar tormentosa y no era un buen padre. Su hija Adele perdió la razón y desarrolló un amor obsesivo por un militar que no le correspondió. Lo acosó por años, mendigó en las calles y murió como una mendiga loca.
El padre de la literatura moderna y creador del Ulysses, James Joyce, mostraba un caso clínico de coprofilia, documentado en cartas enviadas a su esposa Nora. A Joyce le excitaba verla defecar. (Clic para ver una carta, tomada de erroreshistoricos.com).
Herman Melville gustaba de las mujeres extrañas. Su primera esposa fue Fayaway, una aborigen de las Islas Marquesas que practicaba el canibalismo.
El autor de “En busca del tiempo perdido”, Marcel Proust, para excitarse sexualmente torturaba ratones y le gustaba escuchar relatos de sacrificio a animales de caza. Viriginia Wolf, mantuvo una relación lésbica con su hermana Vannesa. En una cena ofrecida por su amigo Clive Bell, Wolf conoce a Vita Sacksville-West, con quien entre 1925 y 1929 sostuvo una relación amorosa, ella era casada. Se cree que un trastorno bipolar la llevó al suicidio en el río Ouse.
La idea de la enfermedad como forma propiciadora del arte deriva del pathetic fallacy, una idea romántica arraigada en las época de entre guerras de Europa. Se solía decir que sólo la enfermedad permite al artista tocar sus entrañas y volverse clarividente.
La enfermedad, física o mental, es un paroxismo que aguza la mirada introspectiva afilando la sensibilidad artística, podría ser una de las vertientes. Pero también puede ser que una vida artística haga propenso a la enfermedad, empujando a que la hipersensibilidad febril se convierta en comportamiento extraño, transformando el trabajo artístico en un oficio anormal y perverso.
El suicidio, la creación y la enfermedad mental.
“¡Qué poeta ni qué mierda si me estoy muriendo de hambre!” respondía Gómez Jattin cuando en la calle lo paraban para llamarlo poeta o admirar su obra. Estaba loco, estuvo loco mucho tiempo. Pero no era el único, si leyeron uno de los post anteriores, recordarán que en eso de la locura y la creatividad, nunca se está solo.
Los poetastros, como eran llamados en mi época universitaria, siempre quisieron estar locos. Todos querían pasar por un psiquiatra, psicoanalista o dados los alcances económicos, la psicóloga negra que atendía el consultorio universitario. Cuando se enteraron que en el argot científico se decía que ninguna persona que ambulara las calles podría decirse mentalmente sana, todos padecieron Síndrome de Estudiante de Medicina-psiquiatría. Se tenía trastorno esquizoíde, paranoico, psicótico, etc. Si se contaba con suerte, tan sólo un trastorno bipolar bastaba para crear a partir de la angustia suscitada por la ciclotimia.
La montaña rusa anímica exigía ciertas lecturas: Bukowsky, Mallarmé, Poe, Pavese; y por supuesto Baudelaire, quien junto a Verlaine y Rimbaud, eran el Top de la literatura para tocados. Es a Aristóteles a quien se le adjudica la idea de que las formas más altas de logro humano se asocian con la locura. Cabría ahora preguntar: ¿Qué se entiende por locura y desde qué óptica afirmaba Aristóteles?. La certeza me abandona, pero supondría que en ésas épocas toda creación estaba ceñida a los estados ex-taticos , que por definición, sería estar fuera de sí o loco en el sentido moderno de la palabra.
Estudios han mostrado la estrecha relación entre la creación y la enfermedad mental. La psiquiatría ha tomado el tema en serio, aunque según veo-leo, se limitan al suicidio como prueba máxima de la evasión de la realidad, hacen un largo recorrido por los famosos que han terminado con su vida empujados por accesos de locura.
Pero yo quisiera, en mi romanticismo pacato, creer que va más allá. Los genios lo son no por su posible propensión a la enfermedad, sino que determinadas circunstancias (infancia, salud, abandono) les dan la posibilidad de abstraer el mundo en niveles que los sanos, por desidia, desinterés o comodidad, no lo hacen. Frente a la crisis, la configuración de la psique debe cambiar para buscar el bienestar, y cuando el entorno no es lo suficientemente benéfico, inventar mundos deformando la realidad parece la mejor salida. Todo Arte es deformación ¿qué sentido tendría el Arte si lo que muestra puede ser visto a través de la ventana? El realismo no cala tanto como el surrealismo.
El trastorno mental no es un don sino una aflicción que conlleva tremendo sufrimiento. Valdría preguntarles por la felicidad del poeta a quienes conocieron a Gómez Jattin. Si no creen posible que en un momento de lucidez optó por salir por la “puerta de atrás”, como diría Maupassant, para abreviar su dolor. Del mismo modo como en su momento lo hicieran Hemingway, disparándose en la boca; Virgina Woolf llenándo su abrigo de piedras y lanzándose al río Ouse; Kawabata, asfixiándose con gas; Mishima con el seppukku: Malcom Lowry intoxicado por estupefacientes o Silva, pidiendo un círculo de yodo en el sitio de corazón para no fallar en el disparo.
Algunos científicos creen que la poesía es una droga, familiar supongo de la heroína. Una de las conclusiones del estudio del doctor Jesús de la Gándara realizado con la biografía de 67 poetas, 52 hombres y 15 mujeres (en internet está la referencia bibliográfica, sólo copien y peguen) dice textualmente:
“La poesía es una droga, y por tanto no se debe juguetear con ella, pues si sólo se prueba no se le saca todo el partido posible, pero si se pueden sufrir sus efectos adversos, y si se abusa de ella, si sólo se vive, convive y cohabita con ella, se acaba atrapado en sus redes, adicto y dependiente de ella. A muchos poetas se les nota, tiene tanta intimidad con ella (…) No hablan de otra cosa, no dedican energía a otras cosas, se relacionan sólo con círculos poéticos y así acaban, intoxicados, obsesionados, extenuados, y, a veces, muertos por ella“
Balzac decía: “el suicidio en un poema sublime de la melancolía”
1. Menos es más. Ya sabemos que tus limitaciones son enormes pero no te preocupes; haz de ellas tu mayor virtud y sácales jugo. Es todo cuestión de tener la cara muy dura y un par de huevos. Todo vale mientras digas que ha sido intencionado.
Ejemplos:
¿No tienes vocabulario? Repite palabras hasta el hartazgo. El Mundo es un aburrimiento y tú no eres más que un mero reflejo de un tiempo y un momento.
¿Te cuesta la de Dios escribir frases subordinadas o mínimamente complejas? Perfecto, frases cortas y a correr millas: lo que pasa es que tienes un estilo nervioso, tenso y muy directo: no te andas con tonterías.
¿Careces de la más mínima empatía y tus personajes son más planos que tu iPad? Te cagas en la novela psicológica; tus personajes son iconos de esta sociedad superficial en la que vivimos.
Además ten en cuenta que la mayoría de lectores jóvenes tienen las mismas limitaciones que tú y creen descubrir América (o cualquier escuela literaria) en cada vaso de agua, pues están desesperados por encontrar referentes generacionales fáciles. Así que por fin hallarán a “alguien que habla como ellos, sin pedanterías”, “una voz amiga”, “alguien sincero”.
2. Tú eres tu mejor tema. No te devanes los sesos con tonterías. Tú escribe páginas y páginas sin saber ni de lo que hablas y tus propias carencias intelectuales pondrán de manifiesto los dos o tres temas que te interesan por pura repetición. Eso sí, mete las palabras “muerte”, “fin del Mundo” , “locura” y alguna escena de sexo explícito de vez en cuando para redondear.
3. Hitstoria. Esto es aún más sencillo. El resumen de la historia tiene que ser en un buen estado de facebook, de esos con muchos “me gusta”.
Ejemplos:
“Un chico se droga, folla y come kebabs de madrugada y está muy enfadado con el Mundo porque sus padres le han educado para ser consumista pero no para ser feliz”. (Ojo, la palabra “follar” y alguna queja sobre tus padres atraerán a manadas de malcriados como tú).
“Una chica muy puta pero de gran vida interior y tendente a la bipolaridad se dedica a comer pollas y a hacerse fotos con cara de colocada en los baños de las discotecas porque no encuentra sentido a la vida”. (Buf, buf, “bipolaridad”, nunca tanta idiotez y egoísmo se había justificado en una sola palabra, a tus lectoras más tontas les encantará tu gran empatía).
“Un gordo freak se pasa las noches viendo porno, hablando en chats sobe cine raro y leyendo cómics y libros de Cioran porque es un puto genio incomprendido”. (Toma realismo social: cualquier gordo freak se cree un genio, qué astuto eres).
4. Principio de modernidad. Mete muchas cosas de rabiosa actualidad, aunque no vengan a cuento ni estén justificadas: conversaciones de gmail, nuggetsdel McDonalds, Spotify, Facebook, Blogs, Formspring, sms, la última mierda de Apple, la droga de moda, ese grupejo de música electrónica que viste en directo en el Primavera Sound. Probablemente dentro de unos años dará mucha risa pero para entonces tú ya te habrás forrado, tranquilo.
5. El lenguaje del pueblo. ¿Desde cuándo se supone que un escritor ha de escribir y hablar mejor que el pueblo? ¿A qué fin tanta pedantería? Tú eres un fiel reflejo de la juventud y tienes que hablar igual (de mal) que ellos. Exagera mucho, como si fuera un capítulo de Física o Química y mete jerga de la peor calaña y tacos fuera de lugar. Eso sí, de vez en cuando introduce alguna palabra muy compleja (de las de diccionario) y alguna muy profunda (de las de los poemas). Los anglicismos ahora están muy de moda, what the fuck, aprovéchalo.
Ejemplos:
Se me va mazo la pinza. La otra noche soñé que era un abismo, un fucking agujero de bala en mi cerebelo. (Tu-tu chás! muerte!).
El dolor insondable que supone esta poliédrica vida me toca los cojones. (Toma ya; una palabra compleja, una profunda y un taco en la misma frase, eres grande).
También esto dentro de unos años dará mucha grima leerlo, pero qué coño: los cuarentones se mueren de vergüenza viendo sus fotos de los ochenta y bien que se forró el que puso de moda el pelo cardado y las hombreras gigantes.
Ten en cuenta que los puntos 4 y 5 darán a entender que eres muy joven y actual, por lo tanto, podrás llamar viejo y pasado de moda a cualquier crítico al que se le ocurra poner mal tu obra, acusación que aterroriza al más plantado, y a la vez, hará que muchos carcas pasados que quieran ir de actuales hablen bien de ti. Menudo chollo.
Una Serendipia y Una Perversión
En el siglo XVII, Gottfried Leibniz escribió que las coincidencias no existen. Construyó todo un sistema basado en la predestinación y en la posibilidad de que cada hecho, por pequeño que sea, afecta el transcurso de la vida y se hacer relevante para el futuro; como fichas de dominó que caerán siempre del mismo modo sin importar cuántas vertientes haya. Si conociéramos el futuro sabríamos que cada ínfimo acontecimiento, que cualquier encuentro fugaz con una persona sin importancia, son una premonición.
DOS MITADES DE MAR
Yo tenía una tía que un día, cuando era niña, recogió una concha muy bonita en una playa del mar del norte. A millares de kilómetros de allí, más o menos por la misma época, un niño recogía una concha en una playa australiana.
Pasaron 20 años y el niño creció, vino a Inglaterra y se enamoró de mi tía, con la que se casó. Los años pasaron, tuvieron hijos y, por <<casualidad>>, un buen día guardando cosas y recuperando otras, encontraron las conchas de mar que ambos habían guardado desde que eran niños. Las dos conchas se parecían tanto, que las pusieron de lado y las confrontaron. Con sorpresa vieron que habían recogido dos mitades de una misma concha.
LANGELAAN, George. LOS HECHOS CONDENADOS. Enciclopedia Horizonte. ED. Plaza y Janés. 1972.
De todas las obsesiones que me acompañan, la relacionada con las desviaciones del comportamiento sexual es quizás la que ocupa más espacio de lectura y escritura. Valdría mejor decir que no sólo la desviación sexual, sino todo comportamiento que la sociedad considere fuera de la moral causa en mí una fascinación obsesiva. Fascinación enfocada no a la morbosidad llana, sino a la etiología o patogénesis de la desviación.
CASO 33 COPROLAGNIA/LESBIANISMO
Señorita X. de 26 años de edad. A los 6 años practicaba en sí mi
sma el cunnilingus; después, hasta los 17, la masturbación solitaria en cada oportunidad. Desde entonces, el cunnilingus con diversas amigas, a veces adoptando el papel pasivo y otras el activo, terminando siempre con una eyaculación y, desde hace años, la coprolagnia: su mayor deleite consistía en lamer el ano de sus amantes femeninas y en beber su sangre menstrual. También le entusiasmaba que la azotaran en las nalgas desnudas.
La idea de llevar a cabo la coprolagnia en el cuerpo de un hombre le resultaba repulsiva. Sólo obtenía satisfacción en el cunnilingus practicado por un hombre cuando imaginaba que lo hacía una mujer. Le repugnaba la cópula con hombres.
Sus sueños eróticos eran siempre de naturaleza homosexual y se limitaban a un cunnilingus activo o pasivo. Además de los besos mutuos le encantaba que la mordiesen violentamente, de preferencia el lóbulo de la oreja hasta causar hinchazón o hacerla sangrar.
X. siempre tuvo inclinación por las ocupaciones masculinas y gustaba de encontrarse con hombres como uno más. Desde los 10 hasta los 15 años trabajó en la cervecería de un pariente, vestida cuando le era posible con pantalones y con un delantal de cuero. Era indulgente y de buen carácter, se sentía feliz en su condición homosexual. Fumaba y bebía cerveza. Laringe pequeña femenina, senos mal formados, pies y manos grandes.
VON KRAFFT-EBING, Richard. PSYCHOPATHIA SEXUALIS. Edición en español por Editorial La Máscara. 2000.
Ojalá lo hayan disfrutado.
Los Verdaderos Detectives Salvajes (Quién es quién)
Personalmente, no soy muy adepto al chileno, aunque sólo he leído el libro en mención para esta entrada. Como sé que ustedes sí son lectores asiduos de la obra de chileno, les dejo esto que me encontré por ahí. Espero le sirva para leer o releer.
Guía para saber quién es quién
en Los detectives salvajes
Esta relación ha sido preparada por José Vicente Anaya y Heriberto Yépez. Se agradecería cualquier corrección, adición o sugerencia. Su único afán es promover la mayor comprensión del movimiento infra.
Juan García Madero tiene elementos de Juan Esteban Harrington y de Roberto Bolaño, aunque en la novela se dice que es mexicano y vive con sus tíos, lo que no corresponde a los chilenos.
Arturo Belano es Roberto Bolaño.
Julio César Álamo o “el poeta campesino” es Juan Bañuelos.
Ulises Lima es Mario Santiago.
Cesárea Tinajero está inspirada en Concha Urquiza.
Ernesto San Epifanio es Darío Galicia.
Rafael Barrios es Rubén Medina.
Jacinto Requena es José Peguero.
Felipe Müller es Bruno Montané.
Pancho Rodríguez es Ramón Méndez.
Moctezuma Rodríguez es Cuauhtémoc Méndez.
Angélica Font es Vera Larrosa (Vera ganó el “Premio de Poesía Diana Toscano”; en la novela se dice que Angélica ganó el “Premio de Poesía Laura Damián”).
María Font es Mara Larrosa.
Joaquín Font es Manolo Larrosa (arquitecto, padre de Vera y Mara).
Bárbara Patterson es Jan (amiga de Víctor Zamudio, es de San Diego, California; hija de un importante académico de la UCSD; se casó con Rubén Medina, razón por la que éste emigró a los EEUU y ahora es un Ph.D. y maestro en la Universidad de Wisconsin).
“Piel Divina” es apodo real de Jorge Hernández, actor y performancero. Ahora vive en París.
Laura Jáuregui es Lisa Johnson (fue novia de Bolaño; ahora es prestigiada bióloga, investigadora en la UNAM).
Xóchitl García es Guadalupe Ochoa.
Fabio Ernesto Logiacomo es Jorge Boccanera (poeta argentino que vivió en México, trabajó en la redacción de la revista Plural después de que la dejó Octavio Paz y la tomó Jaime Labastida).
Juis Sebastián Rosado es José Joaquín Blanco.
Amadeo Salvatierra puede ser Rodolfo Zanabria (aunque éste fue pintor y no escritor) y una figura relacionada con el estridentismo.
En la novela: «…uno al que decían el Cojo, un poeta de más de treinta años, un alcohólico…» es Orlando Guillén.
Auxilio Lacouture es Alcira (poeta uruguaya que vivió muchos años en México, se quedó en ciudad universitaria en 1968, encerrada en unos sanitarios, todo el tiempo que los militares tuvieron tomada la Universidad).
Lisandro Morales es Lautaro (argentino dueño de la Editorial Extemporáneos, la que publicó Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego).
Vargas Prado es José Donoso Pareja, poeta ecuatoriano, fue editor en la Editorial Extemporáneos).
Roberto Rosas es José Rosas Ribeyro (poeta peruano).
Claudia (de la que habla “Norman Bolzman, en Tel-Aviv”) es Claudia Kerlik (amor romántico imposible de Mario Santiago, que viajó a Israel buscándola. Actualmente Kerlik es catedrática de literatura en la UAM).
José “Zopilote” Colina es José de la Colina.
En la novela dice: «…uno de los pinches ahijados de Ernesto Cardenal» es el poeta nicaragüense Julio Valle, que vivió en México.
Pancracio Montesol es Augusto Monterroso.
Pere Ordóñez se basa en Pere Gimferrer.
Publicado en la revista Replicante (México, nº 9, Año III, noviembre 2006 – enero 2007)
Nota de El Coloquio de los Perros: nuestro redactor José Óscar López apunta que en las páginas 468-469 de Los detectives salvajes (Anagrama, 1998) Arturo Belano se bate en duelo con otro personaje. Cabe la posibilidad de que se trate de Ignacio Echevarría, crítico literario y albacea de Roberto Bolaño
http://www.elcoloquiodelosperros.net/numeroinfra/infguia.htm
El último terminará sobre el tejado
Cuando tenía 10 años, vi como mataban a alguien en la esquina de la cuadra, ahí frente a la panadería. EL frisbee quedó a medio camino entre mi mano y la de Joaquim, quien se distrajo por el ruido de la carrera del hombrecito con un revólver en la mano, que huía de otro más grande, conocido como “El ratón” y que tenía una casa de mármol, con gárgolas grises en medio de una cuadra de casas apiñadas, pequeñas y humildes. El hombrecito cayó, nosotros lo vimos intentar levantarse y tropezar de nuevo con una patada que le vino de sorpresa partiéndole dos dientes que volaron amarillentos hasta los pies de Jairo, quien miraba como buscando tragarse con las ojos y la boca abierta, el arma cromada del hombrecillo que había caído junto a las “Peras” recién salidas del horno. Nadie supo qué hacer, mejor, nadie quiso hacer nada.
No fue extraño. Las personas, aunque miraban atentas, no se movían ni para esconderse, ni para ayudar. Días antes, el barrio había sido testigo de una mujer desnuda que huía de la casa del ratón. Llegó a la tienda frente a nuestra casa. Corrió dentro y gritó “¡María me van a matar!”. María era mi tía, dueña desde antes de que yo naciera, de un negocio de “líchigo”. Jairo, Joaquím y yo, al oír el alboroto fuimos hasta la puerta del negocio y casi caemos de frente cuando “El ratón”, sin camiseta y en calzoncillos, cruzó con la MiniUZI en la mano, gritando “no te me escondás, puta”, lo repetía alternando con “Doña María, vos sabés que yo todo bien, pero decíme ¿Dónde se metió? ¡Dónde!”. Mi tía, asustada sólo repetía, como si no supiera más “Aquí no, Ferney. Aquí no”. Pasó atrás del mostrador, miró, buscó, volvió a mirar sin ver que la mujer, a la que aún no veíamos la cara, se trepaba como un gato al tejado de zinc que cubría las mesas donde se jugaba ajedrez y dominó. Con el cañón en la frente, pálido y la voz entrecortada, Don Luis, el de la cigarrería, señaló para arriba y titubeó “ahí”. Apoyó en la cadera, movió el cañón de la cabeza de Don Luis y disparó para arriba, haciendo círculos y formas de espiral hacia el tejado de Zinc, sin darnos tiempo de siquiera meternos bajo la mesa. Cuando ya solo sonaba el chasquido del arma sin balas, salió, dejó un fajo de billetes sobre el mostrador de mi tía y dijo: “Para que recojan esa mierda”.
Las cabezas se asomaron temerosas. Arriba, un jadeo acompañaba el goteo espeso de la sangre que manchaba las mesas y al alfil de un tablero. Joaquím, codeó a Jairo, y yo que no alcancé a esconderme, los vi salir y buscar a al “Ratón” con la mirada. Mi tía, entró gritando por una ambulancia, con las manos en la cabeza, dijo: “¡Eliza, Eliza, me mataron a Eliza! Jairo se puso blanco y ayudó a los hombres borrachos que ya buscaban mesas y escaleras para bajar el cuerpo aún jadeante de mí tia Eliza, mamá de Jairo, a la que ya le habíamos visto la cara en pleno y escupiendo sangre. Murió ahí mismo, antes de que la ambulancia siquiera se anunciara con su sirena.
Que estaban en un trío, oíamos a la gente decir, que el otro tipo estaba mejor dotado que el “Ratón” y que la vieja se había pegado en jadeos de placer al otro, lo que provocó el ego herido. Que la mataron por no saber fingir como todas las mujeres. ¿Y el otro? Se escapó con las bolas al aire.
Cuando “El ratón” levantó el arma, mientras se disculpaba con el panadero que también le pedía que ahí no, le dijo al hombrecillo: “a ver qué tan grande la tenés, malparido”. Pero el disparo sonó antes, el hombrecillo cayó de espaldas con el pie tronchado, agarrándose el pecho y respirando con dificultad. Giramos y vimos a Jairo con el arma en la mano, cromada, untada de azúcar y echando humo.
