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Al Capone en La Habana

17 abril 2014

Originalmente publicado en DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA:

Capone 1

                                    Al Capone en los Jardines de la Tropical, La Habana

Mi Zuppa Inglese era el mejor de L’abana. Hasta a Al Capone le gustó…

Yo no le estaba haciendo caso a Rubildo Espino, ni me interesaba saber que era un zupa-lo-que-fuera. El anciano hablaba de su trabajo como repostero en el Hotel Sevilla. «El más caro de Cuba en aquel entonces». Sin embargo, cuando escuché el nombre de Al Capone solté los patines que estaba engrasando. Me volví todo oídos y corrí a la entrada del comedor al patio.

¿Dice usted que Caracortada estuvo aquí? Pregunté interesado, el viejo ni me miró.

Mi madre si lo hizo. Movió la cabeza de un lado al otro. Eso bastó. Di un paso atrás, para ni ser…

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EL ESCRITOR MÁS GRANDE DE TODA LA HISTORIA, POR SIEMPRE Y PARA SIEMPRE

13 abril 2014

¿Ha pensado alguna vez en qué pasaría si de alguna manera, fuera de este mundo, obviamente, supiera que su sueño más grande de toda la vida se hará realidad? Claramente no hablo de un trasegar de años y vicisitudes para conseguirlo; no, hablo de magia, intervención divina, llámelo como quiera, pero de algo que no necesita esfuerzo de ningún tipo, no más del que ya ha hecho a favor del sueño que se le cumplirá, sueño evidentemente roto desde que fue concebido como tal. He pensado mucho en eso, ¿sabe?, en los sueños, no en que se hagan realidad de sopetón; en los sueños, en la posibilidad de luchar por algo que se sabe imposible. Muchas personas viven queriendo conseguir algo. El tamaño o la inviabilidad de lo que pretenden, no importa. Algunos tienen sueños simples, a la medida de sus carencias y de lo que conocen del mundo: conseguir una casa, para aquellos que viven como nómadas por un sistema económico y laboral tirano con los que no tuvieron oportunidades; un amor eterno, duradero, para aquellos cuya niñez estuvo plagada de espacios en blanco, de ausencias y de rechazos, y crecieron forjándose una imagen equivocada de lo que era la compañía, otro que se asume que se quedará a nuestro lado por el hecho fortuito de que lo necesitamos, como si necesitar bastara para mantenerlo junto a ti, como si necesitar bastara para que no lloviera, ¿me entiende?

Sueños hay de todos los tamaños y tristezas, sueños torcidos o demasiado acordes con el mundo que nos tocó: tener un carro, una casa, veintisiete pares de zapatos, son sueños rectos; tener una novia de doce años cuando tenemos cuarenta, tener el dinero suficiente para vivir borracho o desaparecer de la faz de la tierra a todos los judíos, son sueños torcidos. Lo recto o lo torcido no refieren exclusivamente a que sean bueno o malo sueños. ¿Podría usted, con todo lo que sabe del comportamiento y de la psique humana, juzgar de malo un sueño? Claro, podría usted asegurarme, rebatirme muy fácil, con el argumento de que un sueño malo es aquel que atenta contra los otros y quiebra la frágil y solapada estructura de lo moral. Yo, como hombre sensato y educado que soy, aceptaría su argumento sin ahondar más en el tema, porque sí, tendría usted razón en que lo que importa, todas las veces, será preservar; la sociedad avanza, avanzar, al parecer, significa preservarlo todo hasta la indignidad. Esta es la sociedad de la obsesión porque nada termine, lo es porque el hombre contemporáneo es extrañamente opuesto a nuestra condición finita y efímera , porque vivimos en la negación absoluta, incapaces de asimilar que los finales son inherentes a seres inevitablemente destinados a la muerte.

Quizás la muerte sea eso donde la esquizofrenia de la negación se vea mejor. La ciencia cada día descubre una nueva manera de tenernos más tiempo con vida. Hace unos días leí que ya es posible imprimir, una palabra muy artificial ciertamente, órganos de un sustituto sintético de células humanas, que resisten el doble del tiempo que los órganos naturales: durabilidad y calidad, dos palabras opuestas a la sociedad de consumo, pero que al parecer, cuando se trata de mantenernos alejados de la muerte, se hacen la mejor estrategia publicitaria. Eso de los órganos que le digo es cierto, no crea que falseo mis palabras para aparentar que mis razonamientos tienen consistencia.

Retomemos la idea de los sueños torcidos y los sueños rectos, eso es lo que me importa explicar. Íbamos en que una contra moral a favor de la taxación  entre bueno y malo es completamente factible. Usted, como hombre inteligente que es, encontraría cientos de argumentos que apoyarían la idea de que sí, existen sueños malos a los que las personas, algunas, poquísimas veces en proporción al gran número de hombres que habitan esta tierra, se abocan para conseguirlos. En este punto, puestos sus argumentos sobre la conversación, yo tendría, obligadamente, que lanzar otro argumento. Solo eso mantiene viva la dialéctica y estamos en la sociedad donde todo debe mantenerse vivo y por ende, se hace necesario atizar la discusión. Mi contra es, disculpe usted, un tanto idealista, si es que cabe la palabra. No quiero posar de soñador, de optimista, mi condición actual no me lo permite, ya sabe usted, pero no hay otro modo de llamarla; mi contraataque es una simpleza, si se piensa desde lo pragmático; una fantasmagoría, si se piensa desde lo metafísico; y una imposibilidad si se piensa desde lo real, desde la vida… mejor, desde el estar vivo como ser con órganos naturales y razón… yo diría que no hay nada malo ni nada bueno si se atraviesa al sueño con la felicidad.

¿Quiere usted ser feliz, doctor? ¿Qué cree usted que necesita para ser feliz? Perdóneme que construya mi discurso desde un montón de preguntas, pero creo que solo así es posible entender algo. La gente ya no se pregunta nada, viven con el asombro domesticado por la velocidad de las cosa, atentos a la velocidad que alcanzan las cosas cuando caen y no a la velocidad con que conseguiríamos ponerlas de nuevo en su lugar. No se preocupe, todas mis preguntas son retóricas, sé, de sobra, que en su papel, responder preguntas a un hombre como yo sería irse en contra de su ética que le impide, como a las máquinas, sentir empatía por las ideas torcidas de un hombre al que las circunstancias han marginado de la buena sociedad. Un loco, eso soy para usted, un suicida que no entiende lo bueno ni lo malo, y como loco que soy, responder preguntas, fraternizar conmigo, caer en la conmiseración es jugar al loco también, es rebajarse al nivel del pathos que usted intenta erradicar de mi cabeza, para que funcione bien otra vez, y no crujan mis engranajes alterando el silencio de un mundo impasible y mudo. Debe usted, doctor, ser completa, rectamente ético.

Si me disperso es porque se me hace necesario. No crea que se debe a la disfuncionalidad que usted presupone en mí por mis actos previos. Pero así como me disperso, retomo. Así que téngame paciencia y confíe en mi discurso. Me disculpo, otra vez. Solo son buenas o malas las cosas, incluidos los sueños, al nivel de lo moral, es decir, medidos con la vara hostigadora de las normas, de la ley, que establecen los hombres para brindarse seguridad, una tranquilidad frágil que requiere una constante vigilancia.  En ese plano están los argumentos que usted diría, en el plano de lo moral. No fue en vano que preguntara por su felicidad ni por lo que creía necesario para conseguirla, ni tampoco que reafirmara su ética médica, una idea un tanto distorsionada en los gremios que la convierten en normatividad cuando lo ético, a mi parecer, es otra cosa, algo distinto a la regularización de los actos. La ética médica es un modo correcto de actuar a favor de ejercicio bueno de la medicina, es decir, es una moral constreñida por los límites de un saber que exige una sucesión de pasos, que si se siguen bien, conseguirán llegar a un término concomitante con el bienestar del otro, el paciente. La ética profesional, médica, jurídica o educativa, dista mucho de la ética en su sentido prístino. Para no alargarme más en disertaciones sosas, le diré, de manera puntual, que en lo ético no hay lugar para lo bueno ni lo malo.

No abra usted los ojos así, no se desvíe de la ética, déjeme terminar. No hay lugar para lo bueno ni para lo malo porque lo ético parte de los principios, y los principios, personales e intransferibles, no siempre son considerados como acordes con la norma. ¿Sabe por qué?, porque los principios, como la palabra indica, son el punto desde el que arranca el acto humano para procurarse realizar su sueño y con eso, ser feliz.

Si me permite, le haré un ejemplo:

Imaginemos un hombre que ha tenido la mala fortuna de nacer con un deseo en oposición absoluta al mundo. Un hombre al que el mundo, de dejar fluir su deseo, lo condenaría al aislamiento o a la reeducación. Ese hombre es un condenado, siempre, aún cuando no deje fluir su deseo. La reeducación en ese hombre sería imposible, porque el deseo siempre es más brioso que cualquier cerco de palabras y castigos que se le levanten a manera de contención. Este hombre marginado sueña con una niña de doce años, se excita cuando cruza por las escuelas en las horas en las que las niñas salen de clases con las medias del uniforme caídas sobre los tobillos, con las faldas plisadas ondeantes al viento travieso y con sus bocas vírgenes de todo pecado, bocas que profieren palabras igualmente vírgenes de la contaminación de la perversión mundana. Porque siempre hay algo de angelical en las niñas y eso le parece terriblemente excitante al hombre que imaginamos.

Este hombre va los domingos a los parques, busca una silla que le permita una visión panóptica de todo el entorno donde juegan los niños en desatención porfiada de sus padres. Este hombre se sienta, lleva un libro, una chaqueta grande, mira a las niñas correr, subirse a los juegos, deslizarse por los toboganes o mecerse en los columpios con la desatención al pudor propia de sus mentes inocentes de pecado. Ese hombre siente que su pene, convenientemente librado de la presión del calzoncillo, convenientemente móvil dentro del pantalón deportivo que lleva, comienza a endurecerse, a crecer hasta el punto que cree que, si no hace algo, va a reventarle en la cara dejando un reguero de sangre y piel por toda la silla, el prado verde y su propio cuerpo. Se pone la chaqueta a manera de cobija, toma su pene con una mano firme y se masturba un cortísimo minuto, pues solo para eso le da la excitación producida por las imágenes de unas piernas blancas y endebles, de los cabellos recogidos en dos colas altas, del vestido de boleros que se trepa descaradamente sobre las nalgas de las niñas que usan calzoncitos de frutas o animalitos de caricatura. Para eso le alcanza el ensueño de esas bocas pequeñitas y apretadas que imagina rodeándole el glande, de rodillas, mientras él acaricia un pecho sin pechos. Un escaso minuto porque ese sería el tiempo que resistiría si llegase a tener a una de esas niñas dispuesta para la penetración, dispuesta con su cuerpo, lampiño y puro.

La chaqueta hiede un poco, no es la primera vez que la usa para tal fin. Además, por más que lo ha intentado, por miedo a ser descubierto y acusado, nunca, desde que descubrió su deprimente deseo, ha podido dejar de ir todos los domingos al parque. El hombre se limpia como mejor puede el semen abundante, se apresura para huir, sintiéndose terriblemente mal, terriblemente culpable. Llega a su casa y llora. Se promete no volverlo a hacer. Imagina que tiene una hija y un pervertido, como lo es él, así lo cree, se masturba mirándola, la viola… y entonces llora más, le pide a Dios, porque solo Él es capaz de comprender la magnitud de su infierno y de su culpa, porque es Él fuente de todo castigo, de toda culpa, fuente de toda salvación, le suplica que le quite eso tan malo del corazón porque ya no puede, le pide que, por favor, lo haga un hombre normal. Sin embargo, al otro día, vuelve a cruzar frente a la escuela más cercana con las manos entre los bolsillos y fumándose un cigarrillo, mientras se acaricia los testículos con la mano libre y sueña que esa mano es la mano que carga esa lonchera rosada de un unicornio feliz. Sin embargo, el domingo siguiente se le vuelve a ver en el parque atreviéndose al fin a ofrecer un helado a una niñita que se ha alejado lo suficiente de su madre para ser una presa fácil…

¿Cuál creería usted, doctor, que es el sueño de ese hombre? ¿Violar a una niña? ¿Enamorarla? ¿Pagarse una putica pueril ya que la sociedad de consumo le ofrece esa posibilidad? ¿Adoptar una huérfana y adiestrarla, para la resolución de su deseo, con artimañas derivadas de la psicología del abandono y sus carencias afectivas de huérfana?, le sería fácil, ¿no cree? No, doctor, el sueño de ese hombre es ser normal, cosa aparentemente fácil y de la que la gente normal huye constantemente pretendiendo ser diferente y original. Pero él no quiere ser normal por él mismo, lo quiere porque es parte de una sociedad, de una cultura de las que no se puede abstraer y por eso lo empujan al sufrimiento; y nadie, por más «pervertido» que sea, quiere sufrir. Todos, hasta ese pobre hombre de mi ejemplo, queremos ser felices.

Y entonces, ¿cómo sería feliz ese hombre, doctor? Es sencillo: resolviendo su deseo sin culpas, sin deberle a nadie, sin que ese deseo atente contra la moral-madre-sobreprotectora, es evidente que Dios nunca se le aparecerá para quitarle eso del corazón y hacerlo el hombre normal que sueña con ser. Ahí es donde aparece Lo Ético. ¿De qué talante son los principios de ese hombre? ¿Están sus principios de acuerdo con la sociedad? ¿O para la sociedad no es màs que un hombre enfermo carente de principios? ¿Recuerda usted que le dije que es de los principios de donde parte todo para ser feliz? Este hombre sabe dónde está su felicidad. Nunca, por más reeducación que reciba, va a anularse su deseo. Eso lo sabe usted de sobra, por su profesión. Los hombres como él están condenado, desde adentro, desde afuera, desde todos los flancos posibles. Y si ese hombre, consiguiera violar a esa niña a la que le ofrece el helado, acceder carnalmente a ella, sería encarcelado, y en países más conscientes de la estupidez de la reeducación y del castigo, de lo imposible que es contener ese deseo, sería asesinado en el interés de preservar la vida. Ese hombre que se masturba y no viola a la niña, o quizás sí, eso no lo sabremos, es ético, pero no moral. Espero me haya entendido, es necesario para lo que viene.

Aquí es donde comienza mi historia, ya casi al final, esa que supongo es la que quiere oír, esa que ha estado esperando aguantando con paciencia mi circunloquio. Si ha revisado, como sé lo habrá hecho, mi historia clínica, sabrá que no soy un violador, ni un pedófilo, menos un pederasta. Mi deseo sexual es totalmente moral. Me gustan las mujeres en edad legal y las niñas me son solo eso: niñas, en donde el deseo no aparece. Sin embargo, también yo tengo un sueño, uno que se parece un poco al del hombre hipotético pero por distintas razones, uno que he tenido desde que abrí mi primer libro a la edad de cinco años y vi cómo el mundo inventado era mi posibilidad de ser feliz. Lo era porque escribir me permitía destruir el mundo y rearmarlo a mi antojo. Sublimé, sé que sabe qué significa esa palabra, mi deseo, no moral, de destruirlo todo en la realidad, mi imposibilidad humana de rearmarlo todo a mi antojo. Lo sublimé como si mi hombre hipotético tuviera orgasmos pintando niñas al óleo, o inventando melodías pedófilas que solapan su deseo y su irrealización. Lo sublimé en un montón de hojas que apilo en libretas dentro de la biblioteca de mi casa, esa casa de la que ustedes me sacaron por considerar, desde su visión de lo correcto, que estaba enfermo y era un peligro para mí mismo.

Uno escribe, necesariamente, para ser leído. No sabe usted todo lo que he sacrificado por escribir, solo porque escribiendo era el cincuenta por ciento de ser feliz, el otro cincuenta era que alguien me leyera y considerara que lo que hago era útil, que comunicaba algo importante. Mi sueño, doctor, mi sueño torcido, según todo lo que he dicho, era ser el escritor más grande de toda la historia, un intérprete de mi época, un profeta de las advenedizas. Cuando perdía cada concurso al que me presentaba, cuando las editoriales devolvían mis novelas con la lacónica nota que suele acompañar el rechazo, sufría, estaba triste, culpable, por haberlo abandonado todo por mis principios. También yo clamaba a Dios como el hombre de mi ejemplo. Y no crea usted, no es por falta de talento ni exceso de convencimiento, pues soy un excelente escritor. Usted ha de haber leído algún cuento mío, si es que es un psiquiatra profesional, y no me dejará mentir. No crea que es soberbia injustificada… la experiencia, mis lecturas abundantes, el modo disciplinado con el que construyo mis historias, con el que escribo, me permiten considerarme un excelente escritor sin atisbo de convencimiento estúpido. Sé que soy bueno, del mismo modo que un carpintero anciano sabe que su mesa no puede ser otra cosa sino hermosa, perfecta… lo sé, doctor, lo sé.

Al contrario de mi hombre imaginado que nunca recibió respuesta de Dios, a mí sí Dios se me apareció. Era un hombre tan común, tan igual a cualquiera, hecho a nuestra imagen y semejanza, que creí que se había metido en la casa un ladrón con delirio místico que buscaba convencerme de entregarle todo haciéndose pasar por Dios. Tan normal que no le creí cuando me llamó por mi nombre y me ofreció concederme el deseo que mi corazón pedía.

Me dijo:

«¿Por qué me llamas? ¿Qué quieres de mí?»

Y yo, luego de convencerme de que ya que no tenía opción, nada perdía con creerle que sí, que era Dios. Le dije:

«Quiero ser el escritor más grande de toda la historia del mundo, por siempre y para siempre».

Y él, Dios, movió sus manos y un resplandor blanco que se tornaba en partes azul chispeante, lo llenó todo: mi casa entera, mis ojos, mi corazón. Pude ver que su cuerpo se hacía de luz, una sombra blanca, e iba desapareciendo despacio como el vaho exhalado sobre un vidrio, mientras decía que para que mi sueño se cumpliera, ahora que él me había tenido en cuenta haciéndome un elegido, debía morir justo en esta edad… o si no, la sucesión de acontecimientos que desembocarían en convertirme en el escritor más grande de toda la historia, por siempre y para siempre, no se darían. Y cuando ya no era más que una voz que venía de todas partes, me dijo que él no podía matarme, porque no podía intervenir en mi albedrío.

Mi error, doctor, el único que cometí, fue ser un inepto para acabar conmigo, un mal aprendiz de asesino. Fui un idiota para suicidarme. Si hubiese tenido la destreza para cortarme las venas, ya estaría en marcha mi transformación del hombre insignificante que ve, al escritor más grande de la historia… y no estaría aquí, enseñando la vergüenza de estas vendas en mis muñecas que apaciguan el rozar de las correas con las que me amarraron sus enfermeros a la silla. Estas vendas que son un recordatorio de la moral, de la ley, de lo bueno que se opone, como en el caso del pedófilo, a cumplir mi sueño y ser feliz. No estaría intentando convencerlo de que soy un hombre perfectamente sano que solo quiere lo que siempre ha soñado.

Mi deseo es como el del hombre del ejemplo, y es su deber, ahora que entiende todo, ahora que se lo he contado y le he explicado todo, dejar que me mate. Es su deber sacarse de la cabeza que soy un vulgar suicida, dejar de verme como un loco y no impedir más que sea feliz. Déjeme ser feliz, doctor, se lo suplico… no interfiera en el plan de Dios. Al final, si lo piensa bien, mi muerte traería beneficios a este mundo, tan necesitado de la verdad que contiene cada una de las palabras que he escrito a lo largo de una vida en el ejercicio inútil de la escritura sin lectores. Ayúdeme, doctor, se lo suplico.

MARCO Y UN HOMBRE SOLO QUE SUEÑA CON EL MAR

5 marzo 2014

Dios era entonces una máscara vacía. Nosotros solo queríamos un rincón seco para pasar la noche, Dios nunca nos sirvió de trapeador de rincones. Por eso, los que valían de algo, asentían y recibían en su corazón al dios que se les mencionara. Luego se volvían y apuñalaban al recién llegado, quien aún no sabía qué suelo no podían pisar.

Marco era un hombre grande, pasaba el día con el torso desnudo. Bajo su piel podían verse perfectos cada uno de los músculos bullendo como quistes dejados allí por una animal alienígena. Verlo era pensar en esas láminas de los libros en las que aparece un hombre despellejado y en el que se pueden seguir las junturas y las escisiones de los montículos fibrosos. En Marco, todo parecía a punto reventar. Trabajaba en la construcción de un ala de la cárcel que, en los 12 años que pasé allá, nunca se terminó. Se decía que se construía en el día y en la noche se destruía a golpes de maceta, para dar esperanza y la ilusión de movimiento a los presos. La idea de guardias como Penélopes era romántica, como de un mundo en el que aún pasaban cosas bellas, no de ese.

Pero estábamos muy cansados para ver si era cierto.

Muy nostálgicos para mirar alrededor; era más fácil mirar más allá del mar, donde estaba lo que recodábamos como importante: una mujer que ya no pensaba en nosotros, un hijo que seguía el camino de migas que le dejamos con la ausencia, un mamá que se moría de tristeza porque no podía vernos e imaginaba que estábamos muertos pero la mataba la zozobra. Estábamos tan lejos, que por eso Marco era casi la forma de la esperanza. Una esperanza vuelta al revés, con lo sanguinolento para afuera y lo suave para adentro. A marco no le importaba nada. Hablaba un idioma que nadie conocía y parecía muy tonto como para aprender retazos de los balbuceos con los que intentábamos comunicarnos. Éramos de tantos sitios, que la cárcel era el lugar del no-lugar, del no-ser, del NO. Y esa bestia musculosa comía por tres sin tener diarrea, frecuente entre los demás, no se enfermaba nunca. Picaba piedras, armaba ladrillos con estiércol y barro, sin soltar un jadeo, sin sudar una gota a pesar del calor sofocante. Cuando bajaba el sol, se echaba en cualquier parte como una mula exhausta. Ninguno se atrevía decirle nada; primero porque no hubiera entendido, también porque le temían sin saber si alguna vez habría herido a alguien. Él era el miedo. Él era el fuerte, el alfa que no le interesaba serlo.

A veces cantaba con su voz profunda de bajo. Cantaba canciones que recordaban una cuna puesta junto al fuego, pero no para calentarla sino para emocionarse en la esperanza de que se incendiara. Disfrutaba hacer de payaso para los guardias, más parecía un mono capuchino de esos que visten de portero de hotel y bailan entre gruñidos y chillidos al son de una caja. Un capuchino con máscara de niño. Una máscara por la que sí cabían los dedos, que se podía tomar y hacerla propia. Bailaba al son de sus propios golpes sobre el suelo, al son de su pecho que soltaba un retumbe acompasado de tambor milenario al choque con sus manos. Y los guardias reían, algunos presos le seguían con las palmas y el mar sonaba cerca, sin que ninguno pudiera corroborar que, efectivamente, era el mar.

Marco era todo el olvido que no podíamos ser. Solo aprendemos de qué tamaño es la memoria cuando nos vamos quedando sin nada que almacenar.

Después de un año en ese sitio, bien podía uno quedarse ciego y aún así no tropezar nunca con nada. Era posible describir con total detalle las caras de los que había allá, sin conseguir describir la cara propia. Teníamos prohibidos los espejos, el agua que bebíamos era tan oscura que no daba reflejo y nos la daban en tubos plásticos sellados en la boca. Nunca había sido consciente de lo dañino que es no poder verse nunca, de lo angustiante que es la certeza de que te estás olvidando de ti mismo; que ya no puedes decir siquiera de qué color tenías los ojos, porque decir marrón era como decir manzana, perro o ballena, cosas de las que tampoco teníamos certeza y de las que cada uno se aferraba a su recuerdo para explicar cómo es que era todo antes de la cárcel. Y entonces, los perros sólo eran negros, sabían hablar y caminaban rengos porque les estorbaba una quinta pata… y los que podíamos, decíamos que sí, porque quizás sí, así eran los perros o los rasgos de nuestras caras. Era improbable, cuando la desesperación aumentaba, encontrar alguien que te dibujar las facciones; el idioma era tan único que daba igual oír un finas, o un Soktozyza o un riagniam.  Somos tan frágiles, tan nada sin el otro, tan cobardes, que nos era común enfrascarnos en conversaciones hechas de ruidos, asentimientos y atenciones dedicadas a palabras que no significaban nada para ninguno de los hablantes.

—Ritayhan, sotinaj prejtian.

—Âxin propordie iniamgian, ¿azurra lia juantiam

—Nirtiäns, nien.

—Bobbiean, töenthia.

Quisiera poder transcribirles un idioma verdadero, para jugar con la posibilidad de que de verdad se decía algo, pero algo me dice que en verdad nadie decía nada y se iban inventando las palabras por la entonación y las mímicas del otro, creando el mundo que no se parecía a nada, y que no importaba que fuera así. Todos, como ya dije, estábamos tan tristes para algo, que las palabras eran meros remedos de la necesidad de no estar tan solos. No teníamos siquiera la gracia de Marco para actuar una burla de sí mismos, no teníamos las ganas para divertirnos en medio de esa cárcel que no tenía qué envidiarle a la imagen de la muerte, que tendría alguien demasiado comprometido con su culpa y su absurdo.

Sabíamos que nunca saldríamos de ahí. La abulia era tal para con la libertad, que recordar era la manera más digna de esperar el porvenir. Perderse en el pasado, en el recuerdo cada vez más confuso de lo de antes, recorrer unas calles que no tenían nada de similar a estas calles, porque la imaginación las enredaba con sitios en los que lo más seguro es que nunca hubiéramos estado, o que se confundían con sitios por donde ambulaban minotauros, ángeles, quimeras, sin que nos extrañara un sátiro repiqueteando sus cascos sobre un suelo de oro y mármol.

Y allá llegamos solos, cada uno de nosotros palpó el asiento junto al suyo, para descubrir que nadie más viajaba en el avión turbulento en el que  nos trajeron con los ojos vendados y en completo silencio… como debe ser para monstruos como nosotros. No importa, ya no recuerdo, qué fue lo que hice para merecer haber pasado tanto tiempo encerrado. Ha de haber sido algo terrible, pero no importa, dejó de importar un día cualquiera, de repente, como una vela que se apaga.  Estoy seguro de que así mismo fue para todos, era más importante buscarse en lo bueno, en lo que fue la felicidad, que en lo atroz y la culpa. Nos bastaba con lo inane de los días, con lo impalpable del entorno, con esa nada que existía consumiéndonos con voracidad, para soñar con una feliz que nos ayudara a no ser solo vértigo. El vértigo que también son las ganas de  saltar, la necesidad de lanzarse y dejarse destrozar por el remolino de tedio, para no ser ni pensar y no estar solo y no recordar. Aún así, para algunos, lo imaginado en la añoranza era más fuerte; así como, para muchos, quizás porque atrás no había nada, fue más fácil irse, estar locos. Y allí, estar locos no era más que otra forma de estar, tan válida como la de nosotros: los soñadores.

Marco también hacía parte de ese sueño construido a fuerza de nostalgia. También él sabía hacernos de ancla, una que se podía toca, que no era mera ensoñación. Desde afuera, se podría aseverar que estaba loco y por más que pienso, no me es posible imaginarlo de sentado a este lado del mundo, en la iglesia junto a mí, llevando sus hijos al colegio o viendo una película en el cine. De este lado del mundo, Marco no sería más que un hombre al que es necesario recluir por el bien de todos, de la sociedad que excluye lo diferente para poder construir la fantasmagoría de que todos somos iguales. Y sí, tal vez lo somos, pero solo en la imposibilidad social de ser otra cosa. Allí Marco era el único cuerdo, el tuerto en tierra de ciegos, el hombre que todos queríamos ser solo para ser algo y oponernos con dignidad a la desaparición en la nostalgia. Las circunstancias no hacen al hombre, Marco nació para ser el mejor de todos en la prisión. Un demonio cuya ausencia enfriaría el infierno.

Marco era toda la esperanza que nos quedaba, toda la certeza de que sí seguíamos vivos.

Desconozco qué habrá sido de él. Lo más seguro es que siga allá. De allá nadie se va. A excepción de mí, que me fui para contar que existe un lugar donde decir que viven fantasmas, es dotar de mucha materia a los seres que despiertan y mueren allá. Me fui para poder hablar de Marco, de mí que no sé bien quién soy ni recuerdo cómo me llamo o qué hago aquí ni por qué, para contarle al único que querría escucharme, en una iglesia siempre a las seis hasta que me quedara sin palabras o hablara en un idioma que solo Él y yo entenderíamos.

Me sirvieron muchas cosas para el escape, la más importante fue Marco, obviamente. No porque hiciera algo por mí: porque me haya alzado sobre sus hombros anchos para que franqueara los muros, que eran tan altos que lamían el cielo y el sol amanecía en ellos antes que en el resto del mundo. O porque haya, de algún modo mágico, logrado entenderlo para inventar una estrategia en la que él se iba sobre los guardias, contra los muros, para romperlos  y yo poder lanzarme al mar al fin: nadar, nadar, nadar y soñar con una orilla en medio de la fatiga y sus brazadas desesperadas. No. Marco nunca me dirigió siquiera sus monerías. Marco nunca me pidió parte de mi ración pestilente de cualquiercosa que comíamos, ni se acostó a mi lado buscando mi calor. Marco solo fue él, con su indiferencia de siempre, con su alegría de siempre, con su esperanza y felicidad  de siempre que yo necesitaba abstraerme en él.

¡Ah, el mar!, el mar que sigue sonando sin que lo veamos.

Este rincón que olvidó Dios y en el que ya sobra.

La textura ambigua de la libertad.

Marco tan feliz y yo que soy él. El silencio de los días.

Esta cárcel sola.

El mar que sabe cómo luzco y me lo niega, que suena como sueño que suena; el mar que es como me cuento que es todo siguiendo sus murmullos, porque aquí ya nada es nada y así está bien.

Marco y la desmesura de la esperanza.

Sigue amaneciendo en mí antes que en el resto del mundo y así está bien, muy bien.

Muy bien.

UN NUEVO MITO

2 marzo 2014

1

¿Cuánto de una vida es necesario para contar la vida? Dependerá de la vida, dirán los versados en lo relativo y su tibieza. O de cuán importante sea lo vivido, aquellos que solo tienen ojos para el triunfo. O de si estamos aquí, o más allá, o quizás un poco movidos a la izquierda de sí mismos; pero a estos últimos, a los metafísicos, no se les puede creer nada. Por ejemplo, yo estoy aquí, más allá hay otros, y a la izquierda de mí misma hay una sombra. Una sombra, que obviamente, se desprende de mí, que yo proyecto. Este podría ser cualquier lugar: una calle, la acera concurrida, un café un domingo soleado donde me siento a hablar conmigo y con mi sombra de los peligros de una epifanía luminosa. Devastadora, la oigo que me dice. Es obvio, ella es una sombra. Tal vez eso no sería tanto problema: ser una sombra y la epifanía, digo; el verdadero problema para mi sombra, según veo, es más que depende de mí y depender de mí es trágico. Más que trágico, cabría decir melodramático. Las mujeres solemos confundir la tragedia con el drama.

Y no, no hablo de griegos.

Antes de explicar el drama que representa para mi sombra la certeza de que solo vive de mi buen —o mal— ánimo, es necesario explicar el mito, es decir, hacer cosmogonía de la sombra, antropogonía de su dueña y proyección de ese lazo que nos mantiene coexistiendo, condicionadas, sometidas. Si bien es cierto que ella depende de mí y mis subidas y mis bajadas, yo dependo de cuán oscura se torne o cuánto se aclare y diluya sin desaparecer completa; eso no, nunca. Si se oscurece al punto de hacerse casi tangible, me pesa, me duele la espalda, no puedo respirar y no quiero moverme; si se aclara hasta casi la desaparición, me acosa tal angustia y soledad que creo no poder seguir viviendo sin ella, me aquieto en algo parecido a la muerte.

Hay días en que no sé si el dolor en las espalda por su pesadez, valen la exigencia de no estar sola. Me es imposible no recurrir a la idea, triste de por sí, fracasada, tonta, de que un día construí una joroba agobiada por la ligereza de ir por ahí viviendo tan porque sí, pudiendo darle un sentido al por ahí y una respuesta al sinsentido. Cabe aclarar, por si las suspicacias, que no hubo intención voluntaria de su presencia, que la idea de la joroba es solo eso, una idea. Cabe aclarar, de igual manera, que de no ser por ella, no sabría cómo contar mi vida ni tampoco valdría la pena abocarse a la tarea insulsa de contar una vida que carece de sombra.

 

2

COSMOGONÍA

Según los mitos antiguos, sin importar qué cultura los inventara, todos venimos de algún lugar y a ese lugar regresaremos al dejar de ser. Todos los mitos, sin excepción, aseguran que dejar de ser es volver a ser. Ser mejor o peor, según convenga a la etiología de la cultura y el miedo a lo desconocido —oscuro, inaccesible— provoque en sus miembros. Dejar de ser aquí, es ser allá, movido a la izquierda o a la derecha, o al centro o arriba o abajo, eso no importa. Lo importante es dejar de ser en el regreso. Regresar es no entender qué perdimos. Por eso, solo regresa el que no aprendió nada con su huida, por eso todos los hombres —especie— inventan un «hogar» que los acoja cuando comprendan que su vida —el viaje, Ítaca— [Véase Kavafis] fue carente de aventuras y solo estuvieron ahí porque no sabían dónde más estar y se movieron como una caja llena que arrastra la corriente de un río negro y rebosante de mierda. La mierda espesa, tibia, en la que patalear no significa nada, porque es mejor llenarse de ella y fluir en su contención de caja llena. Es mejor llegar a algún sitio que oponerse, desocupar la caja llena a la deriva que son y quedarse solos. Para más claridad, valdría decirlo así: solo regresa quien tiene miedo de sentirse vacío, no importa a qué mito se acoja o de qué mierda se llene.

Aunque muchas veces lo necesité, no pude encontrar una mierda digna para llenarme. En esa inconformidad descreí de un «hogar». Intenté con la familia porque era fácil, no requería esfuerzos para sentirse plena, completa, satisfecha, rebosante; eran, así sin más. Rápido descubrí que llenarse de lo que es porque solo es, es lo que mismo que fluir con el río. Abandoné a mis padres, al hombre que dijo amarme [de eso hablaré más adelante], a un par de hijos que no recuerdo y al resto de esos que, solo por azar, decían amarme e insuflaban su mierda en mí para «ayudarme» [ayudarlos] a sentirse llenos y rodar tranquilos hacia el «hogar». Reconfortarse en los que te aman porque no pueden dejar de hacerlo, es conformarse con un mito que no admite una vía construida a fuerza propia. ¿Pero hay mito que la admita? [Pero no. Eso es otra pregunta, otra historia para la que no tengo yo].

Intenté también poblar de «casas del ser» mi cabeza, fundirme con los que me precedieron en el tormento de no querer un lugar que diera permiso de ser sin el regreso. Y estaba ahí, encerrada en libros, creyendo que conocer los remolinos, las piedras del río, sus contaminaciones y los monstruos que me esperaban, harían vaciarme y luchar contra lo que me arrastraba, sortear las ambivalencias de la profundidad viscosa, fueran la mejor manera de anular ese sitio —existente o no— al que no quería llegar tan llena de quietud pastosa. ¡Qué confundida estaba! Entre más creía poder anticipar, más pesaba la mierda. Y eso se daba, simplemente, porque la corriente se hace más vertiginosa conforme más te revuelcan las certezas rotas. Es como meter el pie en un hueco que tú misma cavaste. Si no entendieron, ya no sé cómo más explicar. Perdón.

¡Ah, el amor!, todo el ideal de vaciarse en otro e inventar un «hogar» mejor que el que la cultura te designó.

¡Ah, el amor!, que no es más que un nuevo mito en el que caben todos los paraísos inventados, todos los infiernos por padecer, todos los regresos, todos los fluires; el vaciarse y volverse a llenar, compartir la mierda y cargar la ajena, porque no es lo mismo patalear en la mierda que tú misma acumulaste, que regodearse en una olorosa mierda matizada con ideales y palabras lindas; una que no hiede tanto por el hecho fortuito de que la cagó el que amabas y eso la tiñe de renovaciones, dándole la apariencia de movimiento, una fantasmagoría muy contraria con la condición natural de la mierda [Véase Tomas Hobbes. El Leviatán, Cap. XIII] siempre inamovible y espesa.

También en el amor intenté y también en el amor fracasé. El fracaso como una lista de mercado. Cabe aclarar que no fue su culpa, según recuerdo. Él era un hombre bueno, según recuerdo. Que me amaba, según recuerdo. Igual no hay que confiarle demasiadas licencias a lo que se recuerda, porque recordar es siempre inventar e inventar es siempre añorar el engaño para soportar mejor el futuro que ya no será, nunca más. Y si no fue su culpa, el descarte me hace culpable. Ya lo dije antes: abandoné a todos los que por azar me amaban. Pero en él era un poco más complejo: él me amaba sin azar. Me amaba porque habíamos hecho un pacto de promesas en el que nos cuidábamos uno al otro. Tuve dos hijos con él [o fueron tres, o uno], creo que ambos hombres, y entendí tarde que nuestro pacto se cimentaba en que yo cargara su mierda. Es decir, cuando creía vaciarme de mi mierda y patalear al no-lugar, él ponía la suya dentro de mí y otra vez solo quería dejarme llevar al paraíso que su amor, desmedido y dedicado, me inventaba con palabras de un futuro donde podía ser sin regresar. Era fácil, no se podía regresar porque el amor no admite mirar atrás.

[Una aclaración: muchos metafísicos refutarán mi idea del amor como un mañana eterno. Un refutación fácilmente refutable, que sin embargo no refutaré aquí porque ya lo hice en mi ensayo-novela titulado El amor es un niño muero, con bastante claridad.]

Sigamos.

Siendo mi intención de vida vaciarme de mierda para pesar menos y poder ser sin regresar, cargar con la mierda de mi marido iba en contra —de manera violenta— de mi ideal. Y no es posible quedarse junto a una persona incapaz de vaciarse de todo y ser juntos una liviandad. Aunque lo intenté, siempre me acusó de loca cuando le aseveraba, con argumentos bastante convincentes, que debíamos, si acaso queríamos que el amor fuera verdaderamente un medio para la realización de las promesas y del paraíso, desechar esos niños que solo espesaban la mierda y nos obligaban a fluir con el río pestilente de la vida. Matarlos era fácil, pero él no quería. Ahí fue, cuando ciego a mis argumentos y disertaciones, acobardado por la inmensidad que hubiese sido oponernos juntos, vaciarnos juntos, me recluyó aquí donde según recuerdo, solo habitan gentes un poco movidas a la izquierda —derecha, arriba, centro o abajo— de lo que los demás consideran debe ser el centro y la estabilidad.

Comencé a caer desordenadamente al fondo de mí. Debo admitir ahora, ya que el pasado es solo una sucesión de cosas que no existen, que me decepcioné mucho del hombre al que la mierda le olía a flores, que me deprimí tanto, que comencé a hacerme muy pequeña, tanto que la ropa me iba inmensa y temblaba de miedo frente al ruido de la aspiradora.

Uno no alcanza a concebir, antes, lo compleja que puede llegar a ser la tristeza. Cuando creí, y deseé sinceramente, morir amarrada a mi camastro, recibí la visita de la señora de la cama 202, quien por casualidad empujó mi puerta y sorprendida, ansiosa, aterrada histéricamente, me dijo, señalando con el dedo hacia un lugar sobre mi pecho: «¡Qué putas es eso!».

3

ANTROPOGONÍA

Tardé algún tiempo en entender a qué se refería la señora de la 202 con «eso». Llevaba muchos días atada al camastro, porque es asombrosa la estupidez de los psiquiatras y muchas veces tuve que abofetearlos para cerciorarme de que eran seres vivos y no máquinas programadas para repetir, valga la redundancia, maquinalmente frases elaboradas cuya función no pasaba de lo fático [Véase Jakobson, Funciones del lenguaje] y obligaban a la conversación a un circunloquio autista, en el que te ibas enredando al punto de que ya no sabías bien de qué balbuceabas ni para dónde ibas, en el que perdías de vista tu objetivo simple, y totalmente acorde con la realidad, de que no había nada mal en ti, de que no estabas loca. Y al final de lo mecánico, se levantaban de sus sillas, extremadamente ergonómicas, para decirte: «Señora Lina, creo que no hemos avanzado. Déjenos ayudarla unos meses más» Y entonces tenga su cachetada, su arañazo, su escupitajo y la certeza desconsoladora de que sí, en contra de todas las evidencias, eran personas a las que les daba miedo, sangraban, se enrojecían, pero siempre, sin excepción, mantenían la compostura de la ética laboral, que no es más que una moral originada en un montón de mitos en los que se esconden, para negarse que toda acción amerita una reacción, que no hay nada más verdadero y humano que abofetear a quien te abofetea.

¡Ah, el eufemismo! La sublimación como un deus ex machina que les caía aparatoso desde el cielo para solapar su reacción en un discurso cortés y recriminatorio: «Señora Lina, en vista de su comportamiento violento, se ha decidido, por su seguridad y la de los demás internos, que será confinada a su cama con las manos y los pies atados para evitar que se haga daño y al personal de la clínica. Discúlpenos la incomodidad».

Pero el tiempo que estuve confinada «por mi seguridad y la de los internos», poco importa para lo que de verdad importa. Solo tenía que estar quieta, fingir que asimilaba con una sonrisa lo mecánico y ofensivo de ese silencio intermitente que los médicos inventaba y dañaban tan bien. El silencio que ofende más que una bofetada y que es preferido todas las veces que a los metafísicos la realidad se les hace demasiado ya, ahora, aquí cerquita. Imagino que algo de toda esa quietud, apenas rota por alaridos y letanías al otro lado de los muros, se volcó en la aparición de la sombra, que tal como dijo la de la 202, se había posado [Véase El cuervo, Edgar Allan Poe] sobre mí, inexistente a mí. Era difícil ver algo cuando todo era oscuridad, cuando los ojos se movían confundidos dentro de sus órbitas, buscando un lugar donde posar el pie, una ramita de luz para descansar la agitación de ver tanto sin ver. Súmenle a la penumbra la tristeza y la decepción, añádanle cuatro muros sin ventanas, necesarias para paliar la melancolía; agréguenle un poquito, una pizca, de silencio y de mordaza y tendrán la receta perfecta para, como por arte de magia y de cansancio, mirar hacia el único lugar donde quedaba algo para ver, oír, o romper o elaborar, todo depende desde la nada desde que se le mire: dentro, al fondo de mí.

Cerré los ojos.

Dentro la oscuridad destellaba con visos tornasolados de pasado, luces que aparecían y se apagaban y tenían el rostro de lo que abandoné, de lo que leí, de lo que amé. Despacio, con paciencia, fui mezclando las luces procurándome una salida a la oscuridad cada vez más negra; las unía para hacer una luz grande como un faro con la que consiguiera iluminarme dentro. Y en ese revolver de destellos, terminé por no saber con seguridad qué rostro era cuál, qué pasado era pasado y cuál era una promesa de amor difuminada por un corazón roto. Un palimpsesto de los añicos y los futuros, en el que no se podía leer nada. Así los días, no sé cuántos, se iluminaron dentro con ese entretejido de centelleos que duraban lo suficiente para estar, pero no lo suficiente para reconocer. Un teatro de sombras sobrepuestas se oponían en luz y, tal como sucedió, iluminaban el objetivo que estaba perdiendo de vista y que ha timoneado todo desde que entendí que no hay mito que soporte este aguacero de pecho [Véase un poema que no recuerdo] que es estar aquí, solo para soñar con estar allá, dejando de ser para ser: regresar no es ser, era mi estandarte, útil para seguir con los ojos puestos en la confusión de luces y sombras idóneas para seguir vaciándome, sin importar cuánto del camino andado desapareciera en el empeño de no fluir con todo.

Lo lejos que estés de ti mismo es la medida de todo, y yo estaba, gracias a la tozudez mecánica de los médicos, más cerca de mí que nunca. La medida de todo era ese haz —instante— que me separaba de mí y que era yo misma obligándome a no desfallecer. Un espacio tan pequeño en el que extrañamente sí cabía un todo apretujado, enredado, pero posible.

Luego del grito de la del 202, con la luz que entró por la puerta siguiendo el cuerpo flaco de la mujer, comencé a sentir la pesadez que antes del señalamiento no sentía. La sombra sentada en mi pecho se hizo tangible justo después de que la mujer rompiera el aire con sus gritos y el sonido rompiera mis tímpanos y me empujara a alzar la cabeza y a no poder ver mucho porque la corporeidad de la sombra estaba atravesada. La respiración se me hizo entrecortada, dificultosa por el peso, no me era posible mover mucho la cabeza hacia los lados porque me lo impedían las correas. Apenas podía ver un fragmento de su cuerpo, el dedo de su mano izquierda señalando y tapándose la boca con la mano libre.  

No sabía cómo contestarle,  no podía más que proferir gemidos porque la mordaza se enterraba mucho impidiéndome mover la luengua. Como tampoco entendí si se refería a mi sombra con «eso», recosté mi cabeza en el camastro pensando que así me sería más fácil respirar. Pero, como era obvio por su peso, proporcional a la tristeza y bajada de ánimo, estuve respirando con vehemencia, expirando con cuidado  para que no me hundiera el pecho hasta el punto de que no consiguiera inflarlo otra vez. Cabe aclarar, ahora que ella hace parte de mi vida, que no sentí sorpresa por su presencia. No sé a qué se debiera mi tranquilidad ante el hecho, ciertamente desconcertante, de una sombra posada en mi pecho. He construido muchas conjeturas; no las contaré aquí, simplemente, porque ninguna de ellas  resuelve la incógnita y sería llover sobre mojado en la mera especulación.

Pasaron más días. Los médicos venía y viéndome tan tranquila, en lo violento, y tan asfixiada, decidieron que ya era  hora de liberarme. Ellos, como si no existiera, no dijeron nada acerca de la sombra que, con las luces encendidas, tenía la forma definida con nitidez. Ahí estaba, aún sentada en mi pecho, mirando atenta los movimientos de los médicos, asintiendo con sus comentarios, siempre de acuerdo con todo. La sombra era mujer, un como fui antes de empequeñecerme tanto, con la textura que tuve recién llegué aquí; el pelo largo que se desprendía de la silueta en hilos negros, acorde con las leyes de la física que rigen el mundo de los que no son sombra, pero solo su pelo tenía cadencia , nada más en su silueta se movía. Como si estuviera desnuda, sin ropas que hicieran arrugas para alcanzar a notarlas. Me desataron. Al incorporarme, la sombra corrió como un gato. a cuatro patas, la cola al aire, y se aferró a mi espalda con manos y piernas, halándome un poco hacia atrás de nuevo. Tuve que sostenerme con los brazos flacos, amainados por la falta de uso, hacer un gran esfuerzo por incorporarme cargándola  a ella y a mí. La tranquilidad de respirar de nuevo, valía su nueva posición. Era de mañana cuando abandoné la celda, que no era celda según dijeron los médicos, sino una habitación de descanso y reflexión. En el pasillo el sol se metía por las ventanas, cortado por la sombra de las rejas que impedían los ímpetus de un suicida decidido.  Caminé el pasillo hacia mi habitación, seguida por tres médicos y dos enfermeros de los más grandes y gordos. Mi sombra era inmune a la luz de las ventanas, a «esa» luz, pero no a la alegría de verme otra vez libre de las manos y de los pies y de lo que fui. Con cada gritito de euforia, con cada sonrisa, la sombra iba perdiendo consistencia , se hacía más clara y de ese modo pesaba menos. La sensación por su liviandad no era de felicidad, era más la que se tiene al recordar de repente, que traías una maleta que ya no traes. Entonces, dejaba de alegrarme: Dejaba los paroxismos y adoptaba un gesto duro, serio como el del arlequín sin maquillaje que está seguro de que todos lo reconocen y decide anticiparse al odio con odio sin razón. Era imposible saber si estaba muy feliz o muy triste, mi cara era un bote de basura recién vaciado. No era mi intención que «eso» que había nacido como muestra «tangible» de mi resolución por no fluir quieta con el río, desapareciera. Pesó lo justo en el equilibrio. Fui a la sala de televisión, allá los demás se entretenían con juegos de mesa y con la voz de un presentador de concurso al que nadie le prestaba atención. Iba expectante de lo que dirían los otros, de cómo certificarían su existencia o de cómo la negarían permitiéndole ser solo para mí. Como secretamente quería que fuera. Sus caras de sorpresa. sus preguntas, me indicaron que también ellos la veían, y aunque quería ejercer mi egoísmo con descaro, me reconfortó saber que no estábamos solas, que era tan real como esa vida de la que me quería evadir.

Nos mantuvimos en silencio por más tiempo. Me esforzaba por que mi ánimo se mantuviera en equilibrio con su peso y su existencia. No la dejaba existir tanto, porque cuando eso pasaba, el dolor en la espalda me postraba en la cama y entonces ella, se posaba en mi pecho impidiéndome respirar.  Si por el contrario se hacía liviana, traslúcida, me invadía una sensación de abandono  y angustia que creía que mi objetivo se desmadejaba, la luz confusa se apagaba y perdía de vista mi cerebro y vivía como si me desconectarán el ser de lo que soy.  Extrañamente, esa sensación de abandono y angustia, aunque me daban algo similar a la tristeza, no retornaban la sombra a su oscuridad y existencia justa. De ese modo entendí que el abandono,. pero más la angustia, distan mucho de lo que llamamos tristeza. La tristeza, parece ser, que no es un estado en el que nos falte algo, es decir, la verdadera tristeza no admite la añoranza de lo que ya no es, sino que es por ella misma, como en un ciclo, como una ouroboros que se muerde la cola, quieta en el mismo lugar. Para la angustia sucede similar, solo que en ella no es un ciclo quieto, sino un ciclo que quiere avanzar, como la rueda de un carro, sin encontrar para dónde ir. Lo importante no es eso, lo importante fue el momento en el que me di cuenta que ya no podía vivir sin ella. Las razones de esa certeza, se vinculan, como ya habrán de intuir, con que esa sombra era al fin la realidad del vaciamiento, el no-fluir del río. Y aunque se me hace difícil verbalizar la seguridad de que en ella al fin podía ser, vacía de mierda, sin regresar, intentaré que nuestra primera charla (la sombra y yo), un domingo soleado sentadas en un café, den claridad al respecto.

4

AGONÍA

La palabra agonía tiene una raíz común con cosmogonía y con antropogonía. Aunque muchos metafísicos se empeñen en aseverar que la verdadera raíz de «agonía», está más del lado del agón griego, que del verbo gignomai que significa «llegar a ser», «devenir», y que es sustantivizado en génos, la forma que nombra los comienzos; yo soy de las que cree que los metafísicos siempre acomodan la etimología al antojo de sus arbitrios. Agón significa lucha, contienda, la lucha que se daba entre dos actores en donde el coro hacía las veces de juez en las representaciones dramáticas griegas. Así la agonía solo sería la lucha desesperada por la vida, otro pataleo por ser en el regreso, que es lo que quiero evadir. En contraposición, una definición más exacta de la agonía sería: los pródromos de la muerte, es decir, eso que está entre la vida y la muerte. Pero siendo aún más exactos, usando una etimología más acorde con la realidad, me atrevo a afirmar que «agonía» se compone de la raíz génos y del prefijo de privación a. A-génos, a-sin, génos-comienzo. Desde tal definición, me es difícil entender quién escribe ahora, en qué lugar de mí esté, si es que sigo estando. Quizás es que ahora vivimos alternándonos y estamos puestas, mi sombra y yo, sobre la A, y el génos solo se haya transformado en una imposibilidad. Me gusta pensar, motivada por la presencia de mi sombra, que en este punto somos una alternancia, una escisión dinámica: me gusta pensar que la sombra es A y yo soy génos, y a veces yo soy A y ella el génos, y que juntas formamos la palabra, alimentándonos mutuamente, alejándonos de la exactitud semántica (neologista en contra de los metafísicos) de «agonía».

Agonía es eso que precede a la muerte. Agonía es el tiempo en el que el cuerpo, cansado de ser, o víctima de una negación por parte de otro, desiste de seguir siendo. La agonía se caracteriza, principalmente, por una dificultad creciente para respirar y por una descarga intestinal que vacía toda la mierda contenida. La agonía sería perfecta para el vaciamiento y el ser sin regresar, si no estuviera viciada de esperanza. Nunca esperamos más que en el espacio de vida en que agonizamos. Nos vaciamos de mierda, pero nos rebosamos de esperanza, que igual es una mierda efervescente de pasado. Lejos de lo que la gente del común asume como definición de la esperanza, la esperanza solo da la impresión borrosa de un futuro. Es decir, la esperanza no nace de la posibilidad de lo que vendrá, sino la certeza apabullante de todo lo que fue, eso a lo que nos aferramos para soñar con que un día se repetirá.

[Cabe aclarar que la esperanza y su aferrarse a lo que fue, no implica una prexistencia real del pasado. Cuando hablo de aferrarse a lo que fue no asevero, necesariamente, que eso haya sido en lo real, pues lo que fue también existe  como un sueño roto, como un deseo que nunca se resolvió , como una posibilidad truncada. Entonces, la esperanza, del modo en el que la explico, también sabe asirse a cada una de las cosas que luchamos, prendimos y que nunca pudimos tener].

Sigamos.

Agonizando tenemos esperanza, teniendo esperanza soñamos cono que fue para que vuelva a ser, en resumen. Idea que ajusta perfecto con el regreso para ser,ya que dejamos de ser. La agonía, el momento del estertor, nos empuja a querer regresar. Conscientes de que el tiempo no va para atrás, recurrimos a los paraísos propios del mito que hemos profesado toda la vida, a su promesa. Vamos dejando de ser, tranquilizándonos, en la realidad  de que más allá tendremos otra oportunidad…

[Una oportunidad sin taras. No hay mito que anuncie un más allá en el que tengamos que esforzarnos por conseguir algo, ¿qué clase de paraíso sería ese en el que se nos niega la felicidad o se media por los esfuerzos? Eso no, pues ese sería un paraíso indigno con el mito y su visión totalizante y excluyente y obcecada].

Esa otra oportunidad, ese regresar o al menos su pretensión primera, como ya lo he explicado, es la razón de que me haya vaciado, ahora sí, para no fluir con la corriente del río de heces. Reitero: solo regresa quien no aprendió nada con su huída; añadámosle ahora un colofón: solo regresa quien desvirtúa su fluir presuroso, mejor, quien no reconoce en sí mismo que nunca pudo ser por sí mismo, irse en contra, para sí mismo, y tuvo que ser para algo que estaba lejos de él y a lo que temía y amaba y era el hogar y al mismo tiempo la condena.

La conversación con una sombra, no es precisamente una conversación. No hay en el acto de proferir palabras un entrelazamiento, ruptura ni movimiento hacia un momento en el que sea correcto decir que se construyó algo. Una conversación con una sombra, las pocas veces que es posible, gravita alrededor de lo que llaman, los de afuera: emerger. El lenguaje interno rompe la contención a la que se ve sometido por la vigilancia atenta del cerebro, se libera de la norma y se expande al azar, regándose. Si bien es cierto que la confianza de que sí existía mi sombra, avalada por todos los que se acercaron intentando entablar conversación con ella, me daba  tranquilidad en cuanto a mi salud mental, eso no era suficiente para que por momentos dudara de su estado aquí. Muchos de mis compañeros de la clínica, cuando tropezábamos por los pasillos, nos saludaban amablemente, hubo algunos hombres, zafados, quien es animados por su desnudez aparente, intentaron flirteos a los que mi sombra respondía —en silencio— con movimientos corteses de reclamo. Alguna vez el señor de la 106, me confesó que estaba perdidamente enamorado de «mi amiga», y que si debía amarme para tenerla a ella, así lo haría. Cortésmente, tal le aprendí a mi sombra, rechazamos sus avances. Aunque si hubiera dicho que estaba enamorado de mí, tal vez habría accedido a un encuentro de carácter sexual, solamente, no hay nada en el placer sexual que se oponga al vaciamiento como estilo de vida. Es más, el orgasmo es el vaciamiento por excelencia. Todas esas confirmaciones en la otredad, me llevaron una noche, mientras no me decidía a acostarme de imaginar la asfixia inherente al sueño desde que la sombra estaba conmigo, a por fin atreverme a dirigirle la palabra. Es terriblemente abrumado no encontrar una frase que rompa el hielo cuando debes hablar con alguien —algo— que pasa más tiempo contigo que tú misma. Es sencillo entablar conversación con una persona, un Hola basta para que se active el mecanismo y ruede, despacio o veloz, hacia una indagación mutua. No lo eso, pongamos por ejemplo, entablar conversación con un tumor.

Los días previos a esa noche medité seriamente sobre cuál podía ser mi primera palabra. No supe. Mi atención se centró en el intento de descifrar cuál era el mito que nos era común. Yo era parte del aquí, del mundo real , y ella… bueno, quizás parte del aquí y de aquí —me señalo el corazón y la cabeza—, de mi modo de adentro, nacido en un vértigo por no ser lo que todos iban a ser dejando de ser en el regreso [Véase Cosmogonía, apartado 2 de este texto].  Así, cualquier avance conversacional desde el mito tradicional, era como tener fe en que un avión se elevara desde el fondo de un pozo.

Pensé en mi sombra como mi Adán,  aparecido luego de que separa la oscuridad de la luz en ese confinamiento «por mi bien y por el de los pacientes», y todo lo que fue antes de ese momento, lo que podríamos llamar: mi vida real, fue la invención del universo en el que ella era viable. Imaginemos por un momento que para el mito cristiano existiera un antes, algo como un pregénesis que contara las vicisitudes de un Dios agobiado por el aburrimiento y por su poder infinito, por no saber qué hacer con él. En ese pregénesis, pre-génos, ese dios cavilaría. Se desaburriría, de destiempo en destiempo, forjando un planetita insignificante en una esquina de la nada y viéndolo consumirse como la flama de uan vela puesta muy cerca de la ventana. O tal vez, encendiendo un cometa y soplandolo solo para romper la quietud y poder verlo cruzar repetidas veces. Y así, de cosita en cosita, equivocándose o acertando, consiguiera inventar el lugar que Adán necesitaba, que su nada infinita necesitaba. Creo que la explicación ha quedado clara, ya no se hace necesario dar más razones a por qué consideraba a la sombra, mi Adán.

Entonces, la pregunta inicial, la que activaría la conversación, se desordena tendiendo a lo metafísico. ¿Cómo hablaría Dios con su primer hombre? La biblia da luces sobre eso. Allí se cuenta cómo Dios  habló con él y lo desterró y etc. Pero en ellos era posible el verbo porque compartían un mismo mito, por lo que un pacto [Véase Hobbes, Leviatán, Cap. XIII] era posible., totalmente razonable, además.

Yo me había sentado en la silla, frente al escritorio de madera vieja que tenía en mi celda. cuarto (el uso del pronombre es intencional). Ahí balbuceé letras sobre una hoja a la manera de los publicistas: lluvia de ideas. Per cada una de las frases que se me ocurrían adolecían de mundo real, es decir, de mito tradicional. La Sombra (la mayúscula es intencional), en perfecto equilibrio (des)existencial, abrazada a mis hombros, miraba atenta cada garrapateo de mi lápiz. Negaba con la cabeza añadiendo otra sombra que agrandaba mi sombra proyectada sobre el papel y el escritorio. Frustrada por mi imbecilidad como creadora de todo, quise tener una ventana por la que pudiera ejercer el fracaso, regodearme en lo que abandoné, para así encontrar como en un renglón invisible, la negación irreversible de todo, un punto de partida para nuestro verbo y nuestro pacto. Era obvio que Dios solo pudo hablar con Adán cuando intúyó que tal vez pudo equivocarse al negar esa nada tranquila y aburrida que destruyó para  inventar un mundo a beneficio de su soledad y su descontento con su famélica condición de todopoderoso. ¿De qué sirve el poder cuando nadie más lo padece? ¿Cuando no hay sobre quien ejercerlo? ¿Cuando no podemos deshacernos de él, rotarlo entre todos? [Véase Michel Focuault. Surveiller et Punir: Naissance de la prison]. Un rey sin súbditos no es más que un hombre triste en un castillo. [Véase mi cuento corto: El rey de todo].

Llamé a mi guardia-enfermero, le pedí que me acompañara a dar un paseo por los pasillos vacíos de la clínica, en los que la luz lunar de una sucesión infinita de ventanas, lanzaban su brillo sobre el suelo. Él aceptó. No tenía más adónde ir y era mejor caminar conmigo que seguir solo. Caminamos juntos, mi sombra, el enfermero y yo, con pasitos cortos. Él, unos cuerpos atrás de mí, atento a mi escape aunque no tenía ganas de escapar, al menos no para el mundo de afuera. Me detuve frente a una de las ventanas y miré. Recorrí distriada las luces de los postes que caían en chorro sobre los árboles y la grama verdísima del patio, un verde de campo de fútbol de estadio europeo. Más allá del verdor y la luz blanca, no se veía nada. Los muros altísimos, que casi rozaban las nubes algodonosas arriba en el cielo, anulaban el mundo convirtiéndolo solo en la imposibilidad de los muros, en el límite de nuestra cadena. La sombra se sobresaltó en mi espalda, el temblor de su oscuridad cosquilleaba en mis caderas y en mis hombros. donde sus manos y sus piernas hacían simbiosis con mi cuerpo. Pude ver entonces como vería ella, como si sus ojos fueran mis ojos.

Explicar cómo supe que ya no era yo la que veía sino que era ella, es confuso; aún no hay palabras que signifiquen su abstracción reciente de lo de afuera. Supe así que ella ya tenía un lenguaje para nombrar los objetos de nuestra limitada cotidianidad, pero no lo tenía para lo que la ventana nos ofrecía, a pesar de su estrechez de miras. Su temblor no era de miedo sino una alegre ansiedad, como la que tiene un niño cuando sabe que mañana verá el mar.

 

[Como ya han de saber la mayoría de los que por azar me leen, el lenguaje no es solo el de las palabras o las letras. Es lenguaje también la pintura, la música, la danza, porque el lenguaje no se reduce a lo que las profesoras de colegio explican, no es la facultad humana, netamente humana, de comunicarse y significar el mundo (significar, qué palabra más tramposa). El lenguaje, de un modo más acertado, es ese sistema de signos que entrelazadas significan y comunican. Significan por convención, por consenso, es decir, porque un grupo de personas comparten el significante, más claro: el concepto que representa el signo. La pintura es un lenguaje cuyos signos son las formas, colores, la composición, y quien no comparta lo que esos signos representan, no se podrá comunicar con el pintor, al nivel de su pintura.]

 

Fue una posesión, en el sentido etimológico de la palabra. De pie frente a la ventana, ella fue yo, me tomó en la necesidad de nombrar lo nuevo que se mostraba a nuestros ojos. Y como un niño plagado de asombro, lentamente fui desapareciendo en la necesidad de sentir, de habitar, de existir más allá de mí, que antes de ese instante, solo era una vara con la que ella tanteaba lo que era lo real, sin sentirlo de verdad. Pienso que no lo había hecho antes porque nuestro entorno no era rico en sensaciones. La permanencia en la clínica era una rutina que impedía el entusiasmo por sentir. Algo de afuero motivó en la sombra una fuerza por aniquilarme y yo quería ser destruida. En mi cabeza, que ya no sé a quién representa el pronombre, se sucedieron un sinnúmero de… objetos, imágenes, sonidos, colores, formas, luces y sabores que lo arrasaban todo. Se erigían en medio, con violencia, como un hombre hambriento frente a una mesa servida con manjares. La sombra hablaba un lenguaje que era un todo simultáneo atronador dentro de mí. Un todo que se mezclaba vertiginosamente, un remolino0 que lo halaba todo a su centro… y cuando lo hubo consumido todo en mi interior, hasta mi faro de luz confusa, explotó quebrándose en muchas y minúsculas partes, que inundaron todo dándome una sensación de paz, paz absoluta, con todo lo que de soso tiene lo absoluto.

 

[No hay forma de explicar la pa. Podríamos abocarnos a muchas comparaciones,a símiles vacuos que no alcanzarían a rozar la esencia del sentimiento. Era como... o como... o quizás como... y dada su futilidad, no entraremos en disertaciones inasibles, en sensaciones inefables. Paz es el estado de anulación y vaciamiento, una nada blanca donde no hay caminos que seguir en ninguna dirección; atrás o adelante, regreso o avance, no importan porque la nada clara, no empieza ni termina. La paz no es nadie, la no es dónde, la paz no es cómo ni es en el mito ni en la destrucción del mismo; la paz es no fluir. La paz es un instante donde todo es estático y nada cruje ni se siente el tiempo corroyendo el mundo].

 

Creo que nos desmayamos. Tenga en cuenta lector, usted que ha llegado hasta aquí, quizás entendiéndolo todo o totalmente sobrecargado, que como dije al inicio de este apartado, no hay forma de estar seguros quien escribe ahora. El pronombre es intencional. Y si he usado primera persona a lo largo de todo, ha sido más porque no es posible inventarlo todo despersonalizando los actos.

Sigamos.

Desperté en mi cama, la respiración entrecortada por el peso de la sombra que en su ansiedad de satisfacer el asombro,se había hecho más corpórea: oscura como el universo, salpicada de lucecita que eran mi yo desperdigado por ella luego de absorberlo todo y arrojarlo todo. Y ella me miraba y yo me veía a mí misma, y a ella, al mismo tiempo, como fuera de mí. Nos veíamos al mismo tiempo. Y ahí estaba su cuerpo, sus ojos marrones mirándome, su pelo corto y revuelto. las líneas de su cara definidas por la luz que se colaba débil por los resquicios de la puerta, sus labios rojos que empalidecían y se abrían procurándose un poco más de oxígeno. Su pecho subía y bajaba, meciéndome. Cuanto más se ahogaba, yo más pesada me hacía. Luego fueron sus ojos que se nublaron como si fueran a llover. Esperé, ansiosa, a que el vaivén de su pecho cesara con mi oscuridad clavada en su cara, mis manos aferradas a sus hombros y mis piernas rodeando sus costillas. Despacio, mis manos fueron abandonando su color de universo como un vaho que se levantan tibio de un suelo mojado, fueron tornándose del color de sus manos, que seguían inmóviles a sus costados sobre el camastro. Pude respirar al fin, sentir frío de mi desnudez, percibir la forma exacta de cada una de las cosas en mi interior, que latían y arrancaba.

Cerró sus ojos con una sonrisa en su boca. Caí en su cuerpo absorbiéndolo para mí y mastiqué con ganas su manzana, esa que ella descolgó del árbol para mí porque sabía que solo esta era la forma de terminar con todo y vivir el mito que inventó para poder fluir anulada en mí.

Dios ha muerto, al fin… y ni siquiera supe su nombre.

POR SI ME CIERRA LA PUERTA

13 febrero 2014

Las manos me huelen a cigarrillo. Las huelo como debe olerse lo importante, pegándolas mucho a mi nariz, aspirando profundo, guardando olor, saboreándolo. Me meto al baño, las lavo meticulosamente siguiendo las indicaciones puestas en la lámina sobre el lavamanos: mojarlas, jabón; froto dorso contra palma, los dedos, debajo de las uñas, enjuago; repito, todas las veces que lo aguado del jabón lo exige. Las huelo mojadas, ya no estoy seguro de si hay cigarrillo o solo es mi nariz que ya no siente olor. Poco a poco, la sensibilidad al olor de tabaco quemado, ha desaparecido. Helena no fuma. Helena siempre me dice que huelo mal, me da la espalda y se va. Me esfuerzo, pero siempre la decepciono. Y la quiero.

Camino tres calles, el dolor de las manos aumenta con el frío. Los bolsillos son insuficientes y aún se siente la humedad, que atraviesa el pantalón. Debí secarlas en ese vaho tibio de la máquina que se activa porque nos presiente. Presentir es anticipar la existencia. Presentir es dolerse antes. Presiento a Helena.

Froto mis manos para calentarlas, las vuelvo a oler, nada.

Un chicle.

Quiero fumar, le doy vueltas a la cajetilla dentro del bolsillo. Es nueva, recién comprada. El encendedor se enreda ansioso. Rasgo el plástico luego de sacar la caja. Saco un cigarrillo, no hay taxis ni buses. La gente camina, a nadie parece importarle las avenidas tan quietas a esta hora de tanto movimiento. Muerdo el filtro, aspiro el cigarrillo apagado. Helena. El encendedor. Helena. El fuego que no toca el tabaco. Helena que no toca el fuego.

Otro chicle.

¿Y los buses?

Quizá si lo sostengo entre los dedos y me finjo fumador, me actúo, alcance a soportar. Como las salamandras hembras que simulan el coito con otras hembras para autoprocrearse. Huelo otra vez mis manos y al fondo, como agazapado entre el jabón, persiste el tabaco.

¡Jueputa, Helena!

—Disculpa, ¿me podrías regalar algo de crema de manos?

La mujer se sobresalta, se relaja rápido y asiente.

—¡Qué raro!

Como no quiero ni sé qué explicar, entonces no digo nada. La crema está fría y huele a rosas. La esparzo recordando la lámina puesta sobre el lavamanos. Sigo todos los pasos, menos el del enjuague.

—Gracias.

La avenida sigue vacía y la gente amaina como un aguacero de sombras barridas por el sol [cursi], me voy quedando solo. Son las siete, todo es como si fueran las doce [el reloj se mueve]. Yo estoy quieto y aprieto el cigarrillo babeado entre los labios. Helena siempre me dice que de no ser por ese olor, sería el hombre perfecto. Cada calada que doy se ha hecho casi una amputación. Hoy solo he fumado veinte, esta es mi segunda caja. Solo se siente, en mi bolsillo, el espacio que dejó el cigarrillo que no me atrevo a encender.

Helena, ¿ves?

Helena, yo te quiero.

No, no he fumado, Helena, no. ¿Hueles? Sí, sí, yo puedo. Y me abraza y otra vez es el frío y la avenida vacía, la gente que sigue desapareciendo y ya son las siete y media.

Lanzó el cigarrillo intacto. Un indigente lo recoge [ladrón, ladrón] y me pide fuego. Le enciendo el cigarrillo y entro en histeria femenina y grito: «Ladrón, ladrón» y muevo las manos desordenadamente y doy saltitos, pero nadie me escucha.

El indigente se aleja divertido, mueve la cabeza, negando, como si yo fuera un loco. Fuma con placer y el humo se confunde con el vaho que los postes de luz iluminan gris.

Helena, ¿ves?

¿Hueles todo lo que hago por ti? [Aspiro, profundo].

La imagino mirando el reloj de números rojos sobre la mesa de noche, pensando en mí. Ayer no pude ir [no lo conseguí], no pude, justo antes de tocar a su puerta, me prendí el cigarrillo y me di la vuelta. Luego la llamé, pero no contestó; luego me llamó, hoy, y me dijo que no sabía que iba a pasar a verla y se durmió temprano, que no me esperaba. Yo no estaba seguro de nada, entonces dije que iba hoy, pero ella ya había cortado [me esperará]. Hoy no me espera, quiero verla. Ahora huelo a rosas y a mujer. Ella prefiere que me coma a mil mujeres pero que no me fume un solo cigarrillo, que cuando haga su revisión olfativa, no haya rastro de cigarrillo.

Creo. [Estoy seguro].

Quizás no.

Pero creo. [Con seguridad, fumo].

Somos tan aparatosos: yo escondiéndome, ella buscándome. Se empina frente a mí, me huele la boca al retirarse luego del beso. Me huele el cuello. Los puños de la camisa. El pecho. Los dedos índice y corazón de la mano izquierda, donde está la mancha amarilla para la que no vale cepillo ni lija, porque siempre está, inmortal. Se da la vuelta, cierra la puerta y yo me quedo ahí, no sé cuánto tiempo, fumándome otro cigarrillo.

¡Puta!

Enciendo otro; quiero, pero no toco otra vez a su puerta. La llamo, ella me habla como si no acabara de cerrarme la puerta en la cara, como si no pasara nada. ¿Cuándo vienes?, me dice. Aquí estoy, le digo. ¿Dónde? Afuera. Sale, abre la puerta, mira sin verme y dice: Tan bobo, no estás. Y como no estoy seguro, digo que iré al día siguiente. Así es ella, si huelo a cigarrillo me hago invisible, es su juego, y yo lo juego para que sepa que me importa y me arrepiento de decepcionarla. [Que se joda].

Lo ocho y no hay buses ni taxis ni gente ni nada. Frío y noche, otro chicle.

Marco su número. El tono de la llamada cesa y es ahora el tono de ocupado. Llamo.

—¡Hola!, ¿cuándo vienes?

—Estoy aquí.

—¿Dónde?

—Afuera.

Uno segundos.

—Tan bobo. Apúrate. Te extraño.

Corta.

Un taxi se detiene. Una mujer baja. Me subo. A Los Monjes, digo. El taxista acelera sin decir nada.

—Puede fumar, si quiere.

No entiendo. Luego sí, tengo otro cigarrillo entre los dedos.

—No, no se preocupe, es por la ansiedad.

Hago gesto de ¡já!, qué tonto usted creyendo que quiero fumar.

—Si no le importa…

Hace gesto de es mi carro y yo sí me voy a fumar un cigarrillo.

Enciende uno y el olor no se sale por la ventana abierta, sino que me persigue y se me pega y le rompe el corazón a Helena.

—Tranquilo, siga, por mí no se preocupe.

Helena, fue el taxista, yo no fumé ni medio hoy, ni una caladita. Te lo juro. Ella cierra la puerta.

Me descubro, no sé cómo, en medio de una calle oscura, parado en la acera, bajo la luz de un poste que hace aparecer una lluvia que no se siente, solo, con el dolor de las manos y el frío, gritándole a un taxi que se aleja.

¡Me jodió!, grito. Pero ya está muy lejos y es seguro que no me oye, es seguro que no me oyó nada.

La calle vacía otra vez, son las nueve, son las diez, las once, y por más que me muevo no llego a ninguna parte.

El celular.

—Tomás, ¿dónde estás? Te he estado esperando.

No estoy seguro de nada [o sí], así que le digo que aquí [estoy aquí, donde siempre].

Son las siete otra vez y mi caja nueva de cigarrillos ya se está acabando. Debo ir por más. Me doy la vuelta, no hay modo de agarrar un taxi, el tráfico es quietud y todos los buses que pasan van repletos y los taxis no paran. Mañana sí voy, hoy ya es tarde. Lanzo el filtro humeante del último cigarrillo de mi caja de veinte, la segunda del día.

Te amo, Helena, pero jódete.

—Un paquete de cigarrillos por favor.

Me doy la vuelta. Salgo. Me huelo las manos, profundo, profundo. Fumo y siguen siendo las siete.

LA ETERNIDAD DE SIEMPRE

6 febrero 2014

Bruno:

Lean un cuento. No olviden sus bien recibidos comentarios.

Originalmente publicado en electoplasma:

El sonido es constante, no sé de qué lado de la cama proviene, derecha o izquierda. En la ventana, a mi derecha, veo la pared de ladrillo del edificio de enfrente. A mis pies está el viejo televisor, apagado. No sé quién trajo las flores, su color es tan intenso que no puedo verlas por mucho tiempo. El sonido persiste —¿dentro de mí?— como si un diminuto animal devorara mis vísceras al tiempo que lanza un agudo sonido. Hay una puerta abierta, lo sé.

Poco a poco vienen los recuerdos y con ellos el dolor. No puedo controlarlos por lo que todo se vuelve un embrollo que no me permite reconocer qué es qué de todo lo que viene a mi cabeza. Veo un perro pequeño que se recuesta en su regazo. Esa mujer, estoy seguro, fue la mujer de mi vida, digo, es alguien importante. Recuerdo la canción…

Ver original 3.083 palabras más

EL PERRO, LA COMIDA Y EL AMOR

28 enero 2014

La voz se le quebró. Dejó de mirarme

—Y yo…

La voz no le dio. Supe que de seguir ahí, frente a él, se echaría a llorar. No podía soportar la imagen de un hombre llorando, más si es por mi culpa.

—No hables. Ya no tenemos más qué decirnos.

Tomó la cajetilla, con torpeza sacó un cigarrillo que sostuvo entre sus dedos con gesto ausente. Levantó la cabeza hacia donde yo estaba. Como si fuera transparente, sus ojos me atravesaron. Dos lágrimas incompletas le colgaban de las comisuras de los ojos. Sentí que también mi corazón comenzaba a romperse, despacio; incompleto.

—No lo hagas más difícil, mi amor.

Se reclinó sobre el espaldar de la silla, ya las personas nos miraban a pesar de que le había dicho todo en voz muy baja y de que él no había pronunciado palabras. Solo pedazos, insinuaciones de una oración que yo no quería escuchar.

—Diego, así son las cosas. Lo siento.

Pareció asentir, pero no estoy segura.

Desvié mi atención fingiendo mirar un perro que cruzaba, fuera de lugar, entre las mesas del café. Venía olisqueando el suelo, levantando el hocico en dirección a los comensales; suplicando, también. Diego siempre fue un hombre fuerte, no era grande o musculoso, simplemente tenía eso que te hace sentir segura. Su forma de hablar era entera, compacta como un pedazo de hierro. Su gesto siempre orgulloso y altivo, con esa soberbia hermosa que le daba saberse mejor que los demás. Las personas lo respetaban, pocos se atrevían con él, su inteligencia intimidaba. Y en ese momento, me era inevitable ver en el perro un gesto similar al que él se esforzaba por ocultar. Por eso no hablaba, para que no se le cayera lo que era a pedazos.

Un vidrio recién quebrado al que el más leve susurro de la voz, dejaría hecho pedazos por el suelo, pensé.

Acaricié la cabeza del perro con las dos manos. Diego seguía con los ojos puestos más allá de todo. Miró distraído al perro y le puso en el suelo un pedazo de bizcocho que yo no había terminado de comer. El perro lo devoró con avidez, salivando y jadeando con desesperación. Diego sonrío con tristeza.

—Creo que es mejor que me vaya. Espero me entiendas y no me busques más.

Silencio.

Y seguí sentada, no sé por qué.

Solo una vez, unos años atrás, había guardado el mismo silencio. Fue cuando supe que sabía de lo mío con Jonathan. Pensé que no se iba a dar cuenta, no tenía cómo. Jonathan era un compañero de trabajo con el que me metí por venganza. O al menos eso le dije a Diego, quien me creyó. Luego, pensándolo bien, y ante la posibilidad real de perder a Diego, me convencí también yo de eso; ahora me es imposible pensar en Jonathan más allá de como un erro motivado por un juego estúpido de una venganza tan tenue como para agarrarla completa. Quizás sí fue venganza, quizás no, eso no importa.

Cuando cumplí una semana saliendo con Jonathan, ¡solo una semana!, Diego me citó en la tarde para comer. En el restaurante, sentado en la mesa, abrió su maletín y sacó una agenda con hojas blancas.

—Sabes que te amo, ¿cierto?

—Sí, lo sé.

Le respondí queriendo parecer dulce.

Arrancó tres hojas de la agenda, en las que se veían apeñuscados los garrapateos minúsculos de sus letras. Me había escrito una carta, como nunca antes nadie me la había escrito, a la vieja usanza: la fecha en la parte superior, la letra con pluma y un doloroso «mi amor» como encabezado. Doloroso luego, no cuando lo leí.

—Y también sabes que mi amor implica respeto por ti. Y ese respeto, desafortunadamente para algunas personas, está atravesado porque mi mano no sostenga otra mano, porque no bese otra boca… o porque mi corazón funcione siempre a favor del tuyo., ¿cierto?

—Sí, lo sé. Pero no entiendo de qué hablas.

Aparenté enfado. Le dije que él nunca había confiado en mí, que siempre creyó que yo era una perra. Alcé la voz, manoteé.

—Nunca he dicho eso.

Me entregó las hojas.

—Lee, te espero.

Llegando a la segunda página entendí de qué se trataba todo. La primera página era una hermosa carta de amor, en la que me explicaba qué cosas de mí lo habían hecho enamorarse, sin qué no podía vivir de llegar a abandonarlo, cuánto y de qué manera, me había demostrado su amor.

«A veces, no importa nada de eso. El amor se hace un montón de palabras afanadas por la rutina. Y nos parece entonces que ese amor no es más que un compendio de ayeres que necesitan, a fuerza de algo externo, convertirse en un mañana disfrazado de promesas. Eso no está mal, mi amor, eso pasa. Eres libre de enamorarte, de entusiasmarte, de creer que tu futuro puede ser mejor si hay algo nuevo que lo motive. Eres libre de querer a quien tú quieras. Pero hay algo de lo que también eres libre: de romper el corazón.

»Hay momentos donde se hace inevitable. Momentos en los que pones en riesgo todo, y lo mejor es decidir por lo que consideras será mejor para ti. Cuando eso se presenta, vienes —con el respeto implícito de mi amor y del tiempo juntos—, y me dices: ‘Mira, perdóname, quiero estar con alguien más’. Te mentiría si te dijera que decir las cosas antes de que sucedan, blinda contra el dolor de perderte. Me dolería de la misma manera. Pero al menos, tendría la certeza de que más allá de haber mirado hacia otra parte, más allá de querer compartir tu vida con alguien más, más allá del abandono, valoras todo lo que fuimos, te importa que te he amado sin falta, que te he cuidado y me has cuidado; que importan todas esas veces que solo nos tuvimos uno al otro.

»Jugar con el corazón de quien te ha amado, es jugar con la posibilidad del arrepentimiento. Del mismo modo en que un cualquiera se hace importante de repente, también deja de serlo. Y es ahí, cuando te das cuenta que te equivocaste, donde toma sentido ser sincero. Parada sobre la verdad, puedes mirar atrás, arrepentirte y procurar ser entendida y perdonada. Hasta para dañar a otro, se necesita dignidad, y tú la has perdido toda. Aunque sobre en este punto decirlo: sé lo de Jonathan, con más o menos detalles, pero lo sé».

La carta explicaba además cómo lo había sabido y lo triste que mis mentiras lo hacían sentir. Pero Diego no decía nada, comía en silencio mientras yo leía.

«Sabes que te amo. Y si me dices ahora mismo que quieres estar con él, lo entenderé y me haré a un lado.

»Lo prometo».

Ofuscada se lo negué. Le grité que para qué estaba conmigo si no iba a confiar en mí, que él solo quería sacarme verdades con mentiras. Diego, con el gesto triste, soltando los cubiertos sobre su plato, sacó el teléfono del bolsillo, buscó un número y llamó. Puso el altavoz. Cuando oí la voz de Jonathan sentí mucha más rabia, porque creí que había estado revisando mi teléfono celular.

—Cuelga, eso no tienen sentido.

Espero y le preguntó a Jonathan por su novia, él respondió: «Está con usted, Diego».

Quise pelearle por el número y por su atrevimiento y volví a gritar.

—Mi amor, —me dijo —un día me llamaste de ese número para pedirme que no pasara a recogerte porque estabas enferma y tu mamá te recogería.

El resto de la noche, no dijo más mientras yo lo gritaba, lo llamaba loco obsesivo, me arrepentía con lágrimas y manoteos por haberme metido con un tipo tan débil, tan enfermo como Diego.  Impasible, terminó de comer. Salimos del restaurante, en el taxi, también yo me había quedado sin palabras. Mirábamos cada uno por su ventana y el taxi corría veloz por las calles vacías en la madrugada. Diego iba llorando, ocultando sus ojos para que yo no lo viera, pero lo escuchaba.

Al día siguiente, en el trabajo, Jonathan me insinuó que si dejaba a Diego, seguiríamos juntos. Viéndolo entendí el hombre tan simple que era, mi estupidez. Lo dejé y busqué a Diego, lo llamé y él me contestó con dulzura. Le pedí perdón, me perdonó.

Quizás en el instante en el que Diego veía al perro comer, tan callado como esa vez en el restaurante, pensé en la carta y en Jonathan porque su actitud me insinuaba que también esa vez lo sabía. Solo que no podía escribirme una carta amorosa, porque con Manuel aún no pasaba nada. Y tampoco quería dañarlo más diciéndole que me iba con él, no era necesario, con terminar la relación era suficiente. En Manuel veía todo lo que creía perdido en Diego. Pero me engañaba, ahora es claro. Viendo cómo Diego se desmoronaba con mi abandono, recordé todo eso que amaba de él y que no le había dicho antes, esas cosas que Manuel no alcanzaba siquiera a rozar y que como lo decía Diego en su carta pasada, la novedad suele magnificar en el embuste de la conquista.

No podía dejar de verlo. Concentrado en la imagen del perro, sonriendo tristemente y acariciando el lomo del perro.

—Perdóname, Diego. Yo no quería que las cosas fueran así.

No me atrevía a decirle que me había arrepentido, que ya no quería dejarlo.

Al fin me miró, directo a los ojos con sus ojos llorosos. Acarició al perro que movió la cabeza y lo miró agradecido masticando.

—Te deseo lo mejor. Espero seas feliz, Ana María. Siento no haberte sido suficiente.

Se levantó de la silla, se secó los ojos con el dorso de las manos. Caminó unos pasos entre las mesas del café y de repente, le clavó una patada en las costillas al perro que aún no terminaba de masticar. Una patada con tal fuerza, que el café se llenó de un chillido ahogado, y el perro voló unos metros, intentó levantarse, pero la asfixia y el dolor lo tiraron otra vez al suelo.

—Pregúntale si le importa la comida que le di. O si recuerda su nombre, quizás se llame Manuel. Ahora sí, sin duda, somos iguales.

Sonrió llorando y se fue, para siempre.

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