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EL FARO  

28 octubre 2014

Jaime tampoco sabía cómo era el rostro de ella, y allí, en la cama, a su lado, le vino a la mente el rostro de Luisa del tiempo en que estuvieron enamorados; y no ese, el de ya, que se confundía en su memoria. Era bueno que fuera ella quien pronunciara primero el olvido. Siempre fue ella quien pronunció primero todo, empujándolo a un silencio frustrado e impotente. Sin embargo, en medio de la oscuridad de su habitación, agradeció sin palabras verse liberado de evidenciar la distancia insondable y la tristeza de saberse, al fin, lejos e imposibles.

Llevaban más de media hora, eso calculó Jaime, recostados con la ropa puesta uno junto al otro. La oscuridad apenas revuelta por la frase de Luisa:

—No veo tu rostro. Intento recordar ahora cómo es tu rostro, pero lo olvidé.

Jaime sentía con su codo el vaivén de su respiración. Podía construir la imagen de la posición de Luisa: el cuerpo distendido, las piernas levemente abiertas, sus brazos quietos a los costados. Le parecía que miraba el techo, pero ¡cómo saberlo! Quizás tenía los ojos cerrados, ansiando un movimiento que ella no se atrevía a dar y que él creía era mejor no ejecutar.

Sabía que no sería rechazado. Era una tontería suponer que una mujer a quien le hizo el amor por cinco años, con quien compartió la cama y el baño; que se presentó de improviso a su apartamento cuando el amor era más ceniza que rescoldo; que le pidió recostarse juntos en una habitación oscura, se negara a repetir la mecánica de dos cuerpos acostumbrados y olvidados, acostumbrados de nuevo y vueltos a olvidar.

Quería, sí, era cierto; más por la urgencia del recuerdo que por algo nacido al verla después de tantos años con el cuerpo hecho otro y el corazón, quería creer, igual.

Aún tenía claro el tacto de sus senos; la textura suave y tibia de su sexo cediendo a los embates de su cadera; la humedad profusa y los labios atrapados entre los dientes, en ese gesto tan común en las mujeres y que en ninguna de ellas vio como lo recordaba en Luisa.

Cerró los ojos.

Luisa se movió a su lado. La cama lanzó un gemido cuando ella se puso de costado. Su mano recorrió el rostro de Jaime, siguiendo las líneas de su mentón, las arrugas junto a la boca, la nariz.

—Los hombres deben tener la nariz grande —dijo agarrándosela entre las puntas los dedos.

—Decías que te gustaba mi nariz.

—Un mito tonto, pero que tú haces verdadero, que en ti se confirma.

Casi recordó su sonrisa.

—¿Quieres que me desnude? —preguntó Luisa como quien pregunta por el clima.

Sí, quería; pero no respondió.

El colchón se sumió por el peso de ella poniéndose de pie. Sus ojos acostumbrados a la oscuridad y un haz de luz de calle que se colaba por intersticio de las cortinas, hacían menos densa la penumbra dentro de la habitación. Luisa se paró frente a la cama. Se quitó la ropa como lo hacía en el tiempo en que vivieron juntos, la segunda vez que regresó. No buscaba ser sensual ni caricaturizar su acto con adornos de bailarina de burdel. Se desnudaba como si fuera a dormir, con la parsimonia de quien duda de si hace o no lo correcto.

Jaime vio el fulgor de su piel blanca irse haciendo más completo conforme se libraba de la ropa. Su rostro era difuso en comparación con el resto de su cuerpo, vívido en la oscuridad y embellecido, le parecía, por el tiempo y la edad. Cinco años habían pasado desde la última vez que la viera desnuda. Cinco años en los que padeció su ausencia de faro: yéndose y regresando; iluminando y oscureciendo su vida. Tenían, ambos, treintaiocho años y se sentían solos y viejos.

Cuando estuvo desnuda por completo, Luisa se quedó quieta con los brazos descolgados a los costados, de frente a él, dejándolo que la mirara. Disfrutaba sentirse deseada y la avidez de unos ojos. Su exhibición, recordaba, ponía a Jaime ansioso de tocarla, de besarla, de penetrarla. Desde la cama, Jaime recorrió su cuerpo meticulosamente con la mirada. Se detuvo más tiempo en sus senos, hermosos y turgentes como siempre. La imagen del pubis recientemente rasurado lo inquietó, lo hizo sentir tonto e indigno; lo entristeció de pasado.

Ella regresó a la cama. Se arrodilló. Acarició el pecho de Jaime quien seguía sin moverse. Bajó la mano hasta su pene, por encima de su pantalón de dril.

—¿Necesitas que haga algo? Para, pues… está muerto.

—Tienes razón, está muerto. Sí, quiero que te vayas —dijo Jaime pensando en su pubis convenientemente depilado y en la segunda vez que lo abandonó.

Se levantó y encendió la luz.

EL CARPINTERO Y EL MÁRTIR

27 octubre 2014

El domingo, a medio día, Clemente regresó a casa de Humberto llevando una maleta roja vacía. Al abrir, el carpintero no se sorprendió de verlo aunque no lo esperaba.

—¿La casita es fija?

—Sí.

—¿Y la plata? —Clemente le entregó la maleta.

—No hay de qué preocuparse, Beto —lo llamaba así cuando le mentía— el patrón es serio.

—No es que desconfíe… pero ya sabe, es mejor asegurarse —Humberto recibió la maleta y la puso sobre la mesa de trabajo, encima de la puerta que estaba enmasillando.

—Este barrio me trae muchos recuerdos.

Unos niños jugaban al fútbol frente a la casa. Los arcos eran dos piedras y el balón tenía la marca de una empresa de cerveza en cada parche. Clemente se quedó mirando el juego. Se emocionó cuando uno de los niños, flaco y con los tenis rotos, amagó al arquero y anotó un gol.

—¡Bien, pelao! —gritó. El niño no lo escuchó por el barullo de la celebración.

Entró.

—De joven yo era muy bueno en eso. Una vez hasta me buscó un tipo para que jugara en su equipo. Me pagaba veinte mil por partido, en esa época eso aún era un platal —sacudió el aserrín de una silla de cuero sintético que no recordaba de quién era ni para qué se la habían entregado. —pero ya ve…

—¿Y entonces? —dijo Clemente sentándose en la silla.

—¿Un tintico? —fue a la cocina, un espacio minúsculo y estrecho que podía verse desde la silla.

—Bueno, gracias —Clemente oyó el chasquido del encendedor y luego el tintineo de la olleta sobre el fogón cuando el agua hirvió.

—Entonces nada, me apasioné por esto —señaló en desorden de palos, puntillas y herramientas regadas por todo el taller.

Clemente pasó la mirada por el taller.

El espacio, destinado originalmente a un garaje, era pequeño. Junto al portón estaba la mesa donde descansaba recostada una puerta remendada en partes con masilla y con la pintura blanca descascarada. Sobre ella se veía el recipiente, una botella de gaseosa cortada a la mitad, lleno de la pasta café hasta la mitad. La espátula plástica, metida en el tarro, sobresalía por arriba. Un taladro, dos martillos y un cepillo para pulir, descansaban en desorden sobre un banco a las patas de la mesa. Gran parte del garaje era ocupado por la sierra, arrinconada contra la pared. Clemente imaginó lo incómodo que sería cortar cualquier cosa ahí. El resto de herramientas: un berbiquí, una lijadora manual y varias cajas de puntillas, estorbaban los espacios reducidos para caminar.

—No sirve. Se me dañó hace unos meses —dijo Humberto al salir de la cocina y notar la mirada de Clemente. Llevaba dos pocillos en la mano. Le entregó uno a su amigo.

—La vez pasada no estaba —Clemente sorbió ruidoso. —Está caliente —se estremeció.

—La había llevado a que la revisaran. Sople. Pero ahora no tengo plata y el arreglo está caro. Eso me tiene quieto. Sin sierra no se hace nada y, lo que se puede hacer, toma mucho tiempo —bebió— y la gente quiere todo para ya. —el café estaba aguado y sin azúcar. Sintió vergüenza con Clemente.

—Bueno, con lo de ahorita, va a tener para comprarse tres sierras y otras máquinas.

—Lo que me preocupa, ya mismo, es el arriendo…. debo dos meses. Doña Ludivia me ha tenido paciencia, pero… yo la entiendo…

—¿Y cuánto es?

—Un millón —respondió Humberto sumándole trescientos, necesitaba mercar.

Clemente metió la mano al bolsillo de su jean y sacó un fajo de billetes. Los contó con los ojos.

—Aquí hay como seiscientos. Cuente. —le entregó los billetes.

Humberto dejó el pocillo sobre la sierra y contó.

—Seiscientos cincuenta —dijo.

—Deme cincuenta y quédese con los seiscientos. Eso le sirve para tramar a doña… ¿cómo es que se llama?

—Ludivia.

—Eso, a Ludivia. En un adelanto. Se lo descuento cuando haga el trabajo y le pague todo completo.

Humberto tomó el pocillo y metió los billetes en el bolsillo derecho de su overol. Miró a Clemente. Había cambiado mucho desde el tiempo en que trabajaron juntos en la obra de la 106; él como electricista y Humberto poniendo clósets. Vestía ropa cara, zapatos de cuero  y dos cadenas gruesas de oro en el cuello relucían por entre los botones abiertos de la camisa.

—¿Va bien en eso? —preguntó Humberto.

—¿En qué?

—En lo que usted hace.

—Sí, muy bien. Tiene sus cositas, sus gallos; pero si uno hace las cosas calladito y es fiel, todo va bien. Eso es lo importante: ser fiel. Fallar se pasa, a veces, pero voltearse no.

—Clemente, ¿quiere que sea sincero con usted? Yo nunca he disparado, ni siquiera una escopeta de esas de balines.

—Yo sé, Beto, yo sé. Aquí la vaina es que yo quiero ayudarlo a que mejore las cosas. Las oportunidades hay que agarrarlas. Eso, disparar, es menos complicado de lo que parece. Lo importante es la actitud y yo sé que usted la tiene. Como en la tienda, ¿recuerda?, ese día me di cuenta que usted sí tenía con qué.

—Estaba borracho y mal. Envenenado con la vida. Carolina se había ido y no me dejaba ver a Jessica. Eso fue como un desfogue, un escape… pobre tipo… luego supe que tenía hijos y todo; la policía dijo que había sido en defensa propia. No recuerdo mucho, pero estoy muy seguro de que yo estuve toreando hasta que el man se salió y se me vino encima a romperme —se quedó mirando el culo del pocillo por entre el agua teñida y se pasó la mano libre por la cabeza. —Estaba borracho y mal, eso no es tener actitud.

—Si quiere compramos una mediecita y unas cervezas, para que entré en calor, y llamamos a la Carolina a que lo puteé. Usted solo apunta y aprieta el gatillo, Beto, el resto pasa y ya.

—Estamos arreglando las cosas con Caro. Aunque sin plata da como lo mismo. Yo quiero darles buena vida, ser un papá para Jessica… usted sabe, yo sí sé qué es no tener un papá ahí al lado para que lo ajuicie. Uno crece jodido, dañado y la caga mucho porque nadie nunca supo ponerle mano dura. Uno crece como un guevón: la caga con viejas, con maricadas de amigos y el papá es necesario. Quiero que la niña me tenga siempre para lo que quiera, tanto para corregirla como para quererla. ¿Usted la conoce?

—No.

—Es muy linda. Le mostraría una foto pero Carolina me rompió la última que tenía. No he podido tomarle otra. Todos los sábados, sagradamente, me voy para allá y me las llevo a las dos así sea a caminar por ahí, a comprarles un paquete de papas, lo que alcance. Es que antes sí la cagaba y la cagaba y como un marica, a pesar de las oportunidades, la seguía cagando.

—No se dé palo. Vea que Dios siempre salva. Con este trabajito, va a tener para montar bien el taller en la nueva casa.

—Cómprese la media a ver… o una botella, eso media no da un brinco. ¿Ya terminó? Venga le recibo el pocillo.

—Camine vamos.

Humberto dudó, pero salieron juntos de la casa. Subieron por la calle polvorienta esquivando a los niños del partido.

—Pude ser millonario jugando fútbol y voy y me meto de carpintero. ¡Mucho marica! Era muy bueno, no se imagina. ¿Y sabe qué es lo peor?, que me hice carpintero de puro amor, como si el amor diera plata. Creo que lo traía en la sangre. Mi mamá me contó que dizque mi papá también le jalaba a los palos. Era ebanista.

—¿Eso es diferente a ser carpintero?

—Los ebanistas son mejores. Uno de carpintero se queda lijando tablas y clavando puntillas. Armamos rectos, es decir, muebles de línea recta. ¿Ha visto esas camas que tiene la cabecera adornada con arabescos y puntas redondas y bonitas?

—Sí, las camas viejas. Las de ahora no son así.

—Eso lo hace un ebanista. Talla con un formón y redondea los palos en el torno. Me doy mañas con el torno, pero tallar sí se me hace muy hijueputa. Esos son artistas, uno un mero clava puntillas.

La fatiga de ir caminando por la pendiente, y hablando al mismo tiempo, hizo que se callaran. Se sentaron, arriba, después de dos cuadras, en unas sillas plásticas frente a una mesa plástica amarilla, bajo el alero de la casa donde estaba la tienda.

—Dos Águilas, don Carlos —gritó Humberto. —Medio de cigarrillos y una empanada. ¿No hay problema? —preguntó a Clemente.

—Fresco, Beto…

—Ah, no… espere que yo tengo con qué pagar —se tocó el bolsillo.

—No, no, yo invito. Déjeme animarlo para el trabajo.

El tendero, un hombre alto que de joven debió ser guapo, dejó las cervezas sobre la mesa. Las botellas estaban húmedas.

—¡Salud! —Clemente levantó la botella —por el futuro.

—Por el futuro —repitió Humberto y dio un sorbo largo, casi un cuarto de botella. Encendió un cigarrillo.

—¿Qué tal todo don Humberto? —preguntó el tendero dejando el plato con la empanada en la mesa.

—Bien, Carlitos. Mire, un amigo —Carlos tendió la mano a Clemente luego de secarla con una toalla pequeña que siempre llevaba doblada en el hombro.

—Mucho gusto —dijo apretando con fuerza.

—Yo espero que no se olvide de mí —dijo Carlos a Humberto desafiante.

—No, no… ¿cómo se le ocurre? ¿Cuánto es que va la cuenta?

—Espéreme.

Carlos regresó con un cuaderno sucio, de esquinas arrugadas. Pasó las hojas, se detuvo y recorrió la lista con el dedo sumando en la cabeza.

—Ciento veinte —le sumó veinte a la cuenta, como solía hacer con todo al que le fiaba.

Humberto se levantó para sacar la plata.

—Don Carlos, meta esa cuenta en esta y ahorita arreglamos —dijo Clemente.

Humberto se sentó, no estaba para dignidades.

—Gracias, viejo.

—Déjese de maricadas, hombre. Ya le dije: la idea es ayudarlo, Beto.

La tarde vino sin que se dieran cuenta. Un montón de botellas vacías se veían apiladas en la mesa junto a una botella de aguardiente a la mitad. Una taza plástica con cascos exprimidos de limón, separaba las copas plásticas. Los amigos, ya borrachos, habían pasado seis horas hablando del pasado y soñando con el futuro.

—Creo que se nos fue la mano en lo de la motivación —Clemente se pasó la por la cara y sacudió la cabeza.

—¿A qué hora es que toca hacer eso?

—A las cinco.

—¿¡De la tarde?!

—No, de la mañana.

—¿Qué hora es?

Clemente sacó el celular y cerrando un ojo, miró la pantalla.

—Seis y ocho.

—¡Don Carlos, la cuenta!

—Doscientos —dijo Carlos desde el mostrador luego de sumar veinte a la cuenta, como hacía siempre con los clientes borrachos.

—Va incluida la deuda, ¿cierto?

—Sí, patrón.

Clemente pagó.

Descendieron caminando con cuidado. La calle tenía huecos y piedras con las que tropezaban, más por la oscuridad que por la borrachera.

—¿Se va a quedar? Ahí tengo un colchón.

—No, Humberto, tengo que ir a recoger la herramienta para mañana. No se le olvide llevar la maleta. ¿Aquí dónde se consigue un puto taxi?

—Toca bajar, aquí no suben porque los roban. Vamos, lo acompaño, son seis cuadras.

—Lleve la maleta y nos vemos a las tres y media en el puente de la 146. Allá le entrego lo necesario. Tenemos un taxi para que nos recoja después del trabajo. Está ahí esperando, frente a la casa del tipo.

El resto del camino lo hicieron en silencio. Clemente subió al taxi y desde adentro, con un gesto, le recordó a Humberto la hora. Él afirmó con la cabeza.

 ***

A las dos en punto, Humberto estaba saliendo de bañarse. Se tomó un café aguado esperando que eso le quitara la resaca. La cabeza le dolía en la parte de atrás; el mareo y las ganas de vomitar, le impedían pensar con claridad. Se vistió de jean, zapatos tenis blancos, una camisa a cuadros y una chaqueta gruesa de un material impermeable; se caló hasta debajo de las orejas un pasamontañas recogido en las puntas. Tomó la maleta y se la colgó a la espalda, le pareció extraño llevar una maleta vacía.

La madrugada era fría. La neblina acrecentaba el miedo que ya le tenía a las calles de ese barrio. Encendió un cigarrillo y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Inhalaba el humo y lo soltaba sin sacarlo de la boca. Llegó hasta la avenida. Esperó largo rato un taxi, fumó seis cigarrillos.

Al llegar al puente, Clemente ya estaba ahí. Y un taxi con las luces encendidas, se estacionaba a la orilla de la avenida vacía.

—¿Muy mal, Humberto?

—No, eso ahora se me pasa.

—Tiene una cara de mierda.

—No dormí bien… la pensadera. Tengo como susto, pero ya no es hora de devolverse —encendió otro cigarrillo con las manos temblorosas.

—Eso, así me gusta. Esa es la actitud —le palmeó la espalda.

Subieron al taxi. A las cuatro estuvieron frente al edificio del periodista. El conductor redujo la velocidad como si buscara una dirección. Aceleró.

—Ese es el edificio, el man sale a las cinco. Tenga —le entregó un revólver y seis balas.

Humberto abrió el tambor. Comenzó a meter las balas en sus compartimentos oyendo las indicaciones de Clemente, mientras el taxi avanzaba. —Jairo dejará el carro media cuadra adelante. Usted hace la vuelta y Jairo lo espera con el carro prendido. Yo me voy a bajar. Voy a estar ahí cerquita mirando cómo sale todo. Usted súbase y arranquen, yo me busco otro taxi. Nos vemos en el humedal, allá por la Suba con 95. ¿Listo?, Jairo ya sabe. Lleve la maleta, la necesitamos.

—Listo.

El arma le pareció muy pesada y fría. La sopesó con una mano e imaginó el golpe en reversa después del disparo. Tenía que sostenerla con las dos manos. Apuntó al frente agarrando la cacha con firmeza. Temblaba.

—¿Veinte millones y la casa? —preguntó a Clemente.

—Veinte y la casa, Beto —le respondió buscando tranquilizarlo.

La resaca se disipó por completo.

Se paró en la esquina norte del edificio esperando a que el periodista saliera. Era tan famoso que no necesitaba fotografías para reconocerlo, el nombre bastaba. Las razones de que alguien hubiese ordenado su muerte, no le interesaban. Y si Clemente se las hubiese querido decir, él se habría tapado las orejas para cantar una canción. Tenía la maleta vacía en la espalda y el arma pesaba halando su pantalón hacia abajo. Diez minutos antes de las cinco, empuñó el arma y se preparó para disparar.

Cruzó frente a la portería. Cruzó de regreso. Volvió a pasar. A las cinco y cinco, el carro de Juan Manuel Sarrena, periodista de ATP Radio, salió del parqueadero. Humberto se interpuso frente al él y caminó con el arma en las dos manos hasta la ventana del conductor. Disparó cuatro veces y corrió media calle, hasta donde Clemente le había dicho que estaría el taxi, pero no lo encontró.

Las luces de los apartamentos se encendieron con el ruido de los tiros. Los vigilantes con armas en las manos, los que tenían armas, salieron de las porterías y dispararon hacia el lugar por donde Humberto corría. Humberto bajó y subió por calles sin soltar el revólver. No sabía qué hacer, o para dónde correr. Escuchó una patrulla y vio las luces rojas y azules acercarse por todas las calles.

 ***

En el mismo momento en que Humberto escapaba. Clemente, parado sobre la autopista, cuatro calles al oriente de donde el periodista moría, llamó a Ramiro Sorín, capitán de la estación séptima de policía.

—Capitán, buen día. Está hecho. El tipo tiene una maleta roja y está, a lo mucho, unas cinco cuadras alrededor del edificio del periodista.

Escuchó.

—Claro que sé de su profesionalismo. No esperaba menos sino que usted ya estuviera ahí cerca. Le diré al patrón. Esto nos va a dejar a todos bien parados.

Colgó y llamó al patrón.

—Listo… patrón, ahora esperar que la justicia y los noticieros hagan lo suyo. Hemos inventado un mártir que lo pondrá a usted cuatro años más. País de mierda este. —se rió.

Colgó. Tomó un taxi. En su casa durmió toda la tarde.

LOS LIBERTADORES

17 octubre 2014

Mario y yo estudiábamos en el mismo curso, también vivíamos en casas contiguas y nuestras mamás solían tomar café e ir juntas a la iglesia los domingos. Éramos mejores amigos. El papá de Mario llevaba enfermo varios años, lo que hacía de él un niño triste y un tanto retraído, actitud que acoplaba perfecto con mi carácter taciturno y solitario. Doña Carmen, la mamá de Mario, me quería como un hijo. Si bien mi mamá no era afecta a las visitas, sé que también quería a Mario, al ser mi único amigo. Solíamos jugar en el parque, montar bicicleta e ir a la iglesia. Compartíamos la niñez, del mismo modo en que Carmen y mi mamá compartían una banca larga frente al altar.

Debido a la enfermedad del papá Mario, había domingos en los que mamá y yo íbamos solos a misa. Papá no era creyente, prefería quedarse leyendo o viendo fútbol en la televisión. La misa avanzaba común, estaba distraído en el nuevo ventanal multicolor con el que habían reemplazado uno viejo y descolorido. Como Mario y su mamá no fueron ese día, un hombre, sentado a mi lado, me susurró diciéndome que ahí dentro estaba Dios. Lo hizo tan suave, con tanto cuidado de no interrumpir con siseos el sermón del padre que, aún hoy, no estoy totalmente convencido de que haya dicho eso y no algo que se oía similar.

Recuerdo que arrugué los ojos intentado mirar mejor algo que no sabía qué era. Hacía unos segundos el padre se había acercado desde el altar a la cajita empotrada en la pared, guardando ahí lo que a me pareció una bandeja cubierta con un pañuelo beige. Por más que agucé la mirada, que me cambié de lugar a la primera fila, no pude ver más que la cajita cerrada con una llave. Dios, aunque despedía luz y era tan grande como el universo, cabía completo en ese hueco en la pared, opacado su brillo por el pañuelo, quizás, o por algo que bloqueaba las hendijas de la caja. Me reprendí por mi falta de atención. De no haber estado viendo al ventanal, pude haber visto a Dios en directo antes de que el cura lo escondiera. Vencido, al final de la misa, tomé la mano de mi mamá y regresamos a casa caminando despacio, al ritmo de mamá.

A mamá le costaba caminar. Era una mujer gorda de quien se burlaban los niños. Eso la ponía tan triste que nunca iba a reuniones de mi colegio. Rara vez salía de la cama, solo iba al templo los domingos y el resto de la semana la pasaba acostada con el computador sobre una mesita corrigiendo textos. Trabajaba arreglando la ortografía y la redacción de malos escritores para hacerlos pasar por buenos. Cuando volvía del colegio en las tardes, me recostaba a su lado. Como le molestaba el ruido del televisor encendido, decía que le recordaba a la muerte, la escuchaba explicarme las razones de tal o cual coma, lo que hacía una oración idiota, carente de sentido o incompleta; los usos correctos del punto cuando se pretende un ritmo cortado que transmita ansiedad o cuándo un párrafo está bien armado o cuándo está cojo.

—Orto-grafía, significa escribir correcto —repetía mamá como si no la hubiese oído las otras tres mil veces que me lo había dicho.

Me gustaba. No sé si la ortografía, o solo pasar el tiempo así con ella. Su actitud generalmente era irascible y ensimismada. Se sentía mal por su apariencia, sin duda. Solo era buena cuando corregía o estaba en la iglesia, donde conseguía olvidarse de la carne y soñar con el mundo perfecto de lo correcto y del espíritu puro.

Esa mañana, al salir de la iglesia, la gente nos miraba como era costumbre. Unos lo hacían con disimulo, los más abiertamente sorprendido por la forma de moverse de mamá: meciendo su cuerpo a los lados con cada paso, siempre dando la impresión de estar a punto de caer o de que las piernas van a quebrarse de repente bajo el tremendo peso.

—¿A Dios lo encierran, mamá? —pregunté con miedo.

—¿Lo encierran dónde?, no entiendo. —me respondió con el tono de la calle.

Me explico:

Mamá tenía distintos tonos, formas de expresarse ceñidas al espacio o a las circunstancias. En casa, bajo las cobijas corrigiendo, su voz era dulce y amorosa, era una mamá en todo el sentido de la palabra. Cuando me explicaba gramática, el tono era claro, con palabras precisas, fluido e inteligente. Si papá estaba cerca, solía hablar como una niña consentida en busca de mimos. Él, que la amaba más de lo que ella suponía, respondía con mimos y cariños. Si acaso mamá dejaba escapar un comentario respecto a su apariencia, cosa que se daba frecuentemente, papá la besaba profundo en la boca y le sonreía como se hace con un niño que causa ternura con sus boberías. Era evidente que la gordura era más trágica para ella que para él. El beso era suficiente para tranquilizarla, para que reafirmara la idea de que él no la dejaría nunca por una flaca. Dentro de la iglesia no era tanto un tono sino una actitud. Ahí casi no hablaba, y toda ella despedía un aura sosegada que transmitía la sensación de estar sentado frente a un mar tranquilo, cuyo murmullo de viento y oleaje reconfortaba. Todo lo contrario sucedía cuando íbamos por la calle. Las miradas hacían que frunciera el ceño, que la cara se le contrajera marcando más las líneas a los lados de la boca y el grosor de la papada. Hablarle mientras caminábamos era una afrenta directa a su coraza. Sólo me atrevía a hacerlo si era absolutamente necesario, como para recordarle comprar algo para el colegio, por ejemplo. Sus respuestas en la calle eran frías y cortantes, cuando no meros asentimientos o negaciones con la cabeza. Nada malo había en su voz, quizás algo de agitación y ahogo por el esfuerzo de caminar; su voz era bonita y femenina.

No hablar en la calle nada tenía que ver con la asfixia, sino con que hablar llamaba la atención más de lo que ya la llamaba su andar, que se parecía al de un elefante cansado de vivir. Ha de haber sido cómico, imagino, ver a una mujer de sus proporciones luchando en cada paso. Mi figura exigua de su mano debía generar todo tipo de comentarios graciosos, haría que los transeúntes, al llegar a casa, amenizaran la cena con chistes del tipo hoy vi a una gorda de la mano con un chamizo, de era tan gorda que la espalda hacía siglo no sabía a quién pertenecía… no soy bueno con chistes de gordas, por obvias razones.

—Solo eso, ¿lo encierran? —respondí.

—¿Dónde? ¿De qué hablas?

—En esa cajita. Un señor me dijo que ahí estaba Dios.

—¿En el sagrario?

—La cajita, no sé cómo se llama.

—Es una metáfora, Manuel, las hostias son Dios, por eso Dios está en el sagrario, porque Dios es la hostia. —dijo y me apretó la mano, un gesto de no preguntar más.

Aunque sabía en ese entonces qué era una metáfora: tu pelo de plata, todos llevamos un espejo de pared mal colgado adentro, etc., no conseguí entender cómo Dios podía ser una masa horneada y hecha hojuela. Una idea muy opuesta a lo que decía el padre, ella misma, de Dios: omnipotente, omnisciente, inmenso como el universo. Asumir a Dios reducido a una hostia era como pretender comprender la grandeza del cielo viéndolo reflejado en una gota de agua, una imagen que se desfigura y se enturbia con el más sutil temblor de los dedos. Todo en la religión era un misterio. Una extrapolación de desconocimientos a símbolos que quieren ayudar a la gente del común a que no cuestione, sino solo crea. La esencia de la fe: cerrar los ojos.

La idea de Dios como una metáfora hecha hostia rondó mi cabeza toda la semana. Entendí a qué se refería, pero eso no hizo que encontrara la concordancia entre lo que decía era Dios y lo que, al parecer, era realmente. Imaginaba a Dios, el hombre con barba blanca, recostado contra una de las tablas ornadas del sagrario. Preso de inmensidad constreñida, quizás marcando las horas en hendiduras en el tablado o tocando una armónica lastimera. Dios, en toda su grandeza, prisionera en una jaula que un mortal corriente destrozaría con un pequeño empellón de la mano. Ahí estaba Dios acicalando su barba con desdén; un león de circo a la espera del próximo espectáculo, para salir y ejercer su majestuosidad ante un público que le teme a su fiereza domeñada por las dinámicas del domador y su látigo. Dios apagaba su brillo celestial para no incomodar el sueño de los santos de yeso. Para no cegar a su público expectante, del mismo modo en que un león solo ruge cuando el látigo se lo indica, haciendo de su fiereza un peligro artificial. No entendía bien si esas imaginaciones de Dios entraban en los límites amplios de la blasfemia, pero sí sabía que entraban perfectas en la idea de Dios como una hostia metaforizada.

El domingo siguiente regresamos a misa. Fuimos con la señora Carmen y con Mario. Nos sentamos en la larga banca, Mario a mi izquierda y ellas dos a mi derecha, tal cual convenimos con Mario. Presté atención a cada cosa que pasaba, esperando el momento en que el cura abriera la caja y sacara la metáfora de Dios. En la semana se me había ocurrido que si ese era Dios, por más metáfora que fuera, no podía ser sordo a nuestras peticiones, las mías y las de Mario. Suponía que solo necesitábamos hablar con él en su prisión, para recibir una respuesta motivada por el tedio de la espera, en la que estaba seguro, se sumía Dios. Para Dios sería un alivio que dos niños le hablaran por las rendijas de la caja. Agradecido de no ser útil solo como metáfora que se partía a la mitad para ser tragada por el cura con un decoroso trago de vino, cumpliría nuestras peticiones, insignificantes para el tamaño de su poder. Luego pensé que le sería más difícil negarse si lo liberáramos de su prisión. Algo como un genio fuera de su botella de quien usaríamos solo dos deseos, porque no necesitábamos más.

En clase había hablado a Mario del Dios prisionero. Él no entendió mucho de metáforas y hostias. Se mostró entusiasmado con el plan que había armado para liberarlo, más con los beneficios que eso nos representaría. Éramos los libertadores de Dios, no era atrevimiento pedirle con humildad que nos ayudara en agradecimiento. Mi plan era complicado, requería valentía para asumir las consecuencias. Lo convencía, a Mario, explicándole que el beneficio sería mayor que el castigo. Seríamos tildados de vándalos, de ladronzuelos, pero la agitación de la acusación se disiparía rápido, en contraste con la permanencia del beneficio. En ese momento, explicando a Mario, aunque se me ocurrió, no eran importantes las medidas que tomara la iglesia para suplir al Dios fugitivo. Es obvio que una iglesia sin Dios es solo un montón de paredes, sillas y estatuas de yeso de gente cualquiera; eso no era nuestro problema. ¡Que la tumben!, le dije a Mario movido por la emoción. Si Dios está en todas partes, no les quedará difícil capturarlo de nuevo, dijo Mario siguiendo una lógica confusa entre mis razonamientos y su fe en lo que sabía de Dios.

Cuando vimos al padre sacar la bandeja con las hostias, codeé a Mario a mi lado. Él debía mantener la vista fija en la llave del sagrario, no perderla para poder abrir luego. Yo me centraba en las hostias, en la posible revelación de Dios y así saber bien qué debíamos sacar de la caja. Teníamos, según mi plan inicial, muy poco tiempo, no lo perderíamos en hostias que no fueran Dios, debíamos liberarlo, solo a él, velozmente. Mario vio que la llave fue puesta sobre la caja luego de que el cura regresara las hostias; yo vi al padre con la hostia en la mano, partirla, comerla, pero nada de un indicio de Dios. Me sentí decepcionado de mi incapacidad de ver a Dios, me faltaba fe, pensé. Eso no me desanimó. Recé con fervor reafirmando mi fe y mi pretensión de liberarlo, algo que creía era la muestra más grande de fe y que, llegado el momento, me abriría los ojos para verlo y salvarlo de su prisión.

Esperamos a que terminara la misa, dimos la paz y recibimos la bendición del Padre. Salimos. Pedimos a nuestras mamás permiso para ir al parque, que quedaba muy cerca de la iglesia y de donde vivíamos. Ellas dijeron que sí, una hora mientras se tomaban un café. Corrimos de regreso a la iglesia. Las puertas seguían abiertas a esas personas que necesitaran un rezo extra. Entramos pegados a la pared, en silencio para no llamar la atención de las tres personas que rezaban con los ojos cerrados y la cabeza inclinada. En el altar no había nadie. Nos escondimos atrás de una columna, pensando cómo resolver el imprevisto de que la caja estaba más alta de lo que suponíamos desde las bancas. Podíamos mover la butaca de terciopelo que estaba cerca al altar, pero eso era arriesgado, inevitablemente seríamos vistos por los que rezaban. A Mario se le ocurrió tomar una estola púrpura de una mesa con copas, ponerla sobre sus antebrazos e ir solemnemente por la butaca. Si éramos vistos, las personas nos verían como monaguillos poniendo orden y no como los integrantes de un grupo por la liberación de Dios. Así lo hizo. Era buen actor. Caminó hasta el altar y regresó para poner la butaca bajo el sagrario. Nadie abrió los ojos ni levantó la cabeza. Corrí hasta él, quien ya había tomado la llave y abierto la caja cuando llegué.

Mario temblaba sosteniendo la estola, podría sentir su miedo parado junto a él en la butaca. Mantenía la cara de monaguillo aunque dábamos la espalda a las butacas. Saqué la bandeja, retiré el pañuelo beige y vimos las hostias apiladas. El resto de la caja estaba vacío. Mario y yo nos miramos, él con la estola doblada sobre su antebrazo, yo con la bandeja llena de metáforas en las dos manos. Dios no estaba por ninguna parte. Nos entristecimos, pensamos un momento e igual, más por no saber qué hacer, regresamos llevándonos la bandeja. Salimos de la iglesia sin ser notados. Corrimos al parque y sentados en una banca, hicimos nuestras peticiones a las hostias metáforas de Dios. Nada pasó. El papá de Mario murió dos semanas después y mamá, nunca, ni siquiera bajo las cobijas corrigiendo o con los mimos de papá, se sintió feliz por ser como era.

DE POR QUÉ HAY QUE ODIAR A LAS SOMBRILLAS

10 octubre 2014

Se me ocurre una idea extraña: la dignidad de un anciano se mide por el tamaño de su sombrilla. El bus se detiene, abre sus puertas y un montón de personas mojadas se empujan para entrar; unos lo logran, otros no: ¡qué se le va a hacer, así es la vida!. El aguacero persigue el bus en el que viajo, o quizás, no sea más que un narcisismo paranoico eso de asumir que el aguacero va tras de mí. Igual, dos días seguidos, justo a la hora en que salgo, me parece mucha coincidencia.

Retomo: en la puerta hay tal confusión de cuerpos que me siento, por única vez, feliz de ser un anciano e ir cómodo en mi silla azul; la preferencial para personas como yo: discapacitados. Soy un discapacitado, no importa que en la mañana, antes de salir, me hubiese lavado yo solo los dientes con esa dedicación incisiva que se nos exige de niños. La mayoría de las piezas, no son originales. Mis dientes, como todo hoy en día, también son Made in China. Los imagino viajando entre millares de dientes, con sus pequeños tornillos relucientes, en un container al vaivén de un mar calmo por muchos meses. Un largo viaje desde una fábrica miserable hasta mi boca. Los limpié igual; con seda, crema abundante y un cepillo nuevo. Cada semana compro un cepillo nuevo, hecho en China. Sé de sobra que los dientes no se hacen en China, que hay un proceso de moldeamiento y etc., pero una ventaja de ser un discapacitado por el tiempo es la libertad de proferir sandeces y que se adjudiquen a la senilidad.

Luego de lavar mis dientes, como todos los días y con la insistencia que me faltó de niño, sonreí al espejo. Pude sentirme conforme, la blancura era de comercial de televisión, de pancarta de paradero, pero no fue así. Vi toda ese brillo artificial y solo pude pensar en la muerte, en lo tarde que es para mí esperar no solo dientes, sino un cuerpo completo hecho en China. Estoy seguro de que será posible, y de que para entonces llevaré enterrado unos cincuenta años. He de conformarme con los pequeños privilegios de mi condición de estorbo, me dije, no cavilar sobre lo pesado que se ha hecho el cuerpo o en lo rocosos y abisales que me son los andenes, darme en cuerpo y alma al aprovechamiento de la lástima.

Cada treinta pasos hay un abismo.

Resignarse, dice Juan, re-signarse es trastocar el signo y convertirlo en un nuevo signo más acorde con lo real, con el limitadísimo campo de acción que tengo permitido.

—Si no puede subir andenes, pues no salga y listo —dice Juan cuando me quejo.

Y sí, tiene razón. Aunque no completa, si no salgo, ¿qué más hago?

Ayer también llovió. También las personas se apretujaron en el bus con la ropa mojada y oliendo a perro. Las mujeres lucían sexis, como recién bañadas. Hace años no veo una mujer recién bañada, ¿qué será de las mujeres cuando se bañan? ¿Piensan en lo lindas que se ven envueltas en una toalla? ¿Se entienden como objetos de deseo, remojados y goteantes? No sé, hace mucho no veo una mujer recién bañada. Como la lluvia no se había hecho completa, ayer, subí por la calle 72. No llevo sombrilla por razones de vanidad. Es cierto que podría llevar una pequeña en mi maletín, una que no luzca como un bastón disfrazado de miedo a una gripa. Pero a mi edad, según descubro ahora, las sombrillas minúsculas tienen algo de debilidad infantil, de conformismo con la ambivalencia de los pasos. Y sí, es un prejuicio, un prejuicio tonto y achacoso. Un anciano es débil, nada hay que replicar frente a la contundencia de los añicos. Me gusta, ¿ya lo dije?, permitirme ciertas libertadas de viejo, quejarme con o sin razón, inventar argumentos para cosas tan triviales como lo práctica que resulta una sombrilla cuando llueve y yo creo que llevarla es indigno.

Me miento, a mí solo, con que una sombrilla, pequeña o grande, es indigna de mis dientes blancos, de mi pelo abundante y no todo cano, de mis esfuerzos obsesivos por liberar mi cuerpo de ese mortal olor a viejo. Caminar lento por la calle 72 ayuda a que la estela de mi olor se impregne más en las mujeres que cruzan a mi lado. La humedad de la llovizna, la de ayer, hablo de ayer, afianza el aroma de mi perfume, de mi aftershave, de los productos para el pelo en ellas, quienes, aunque desistan ante mis arrugas, voltean a mirar y dicen, las he oído, ¡qué rico huele! Y yo les sonrío con mis dientes comprados uno a uno, les hago un gesto de caballero como si llevara un sombrero y ellas me sonríen de vuelta y me miran con la dulzura con que sostendrían la mano de un anciano para ayudarlo a subir el andén. Me gusta cuando llueve y voy sentado en mi silla de discapacitado y cuando llueve porque las mujeres me huelen.

Hoy, como ya se intuye por el desorden de personas en las estaciones de parada del bus, lloverá como ayer. El cielo está oscuro y el agua moja la mitad del bus, la mitad de adelante. Quizás, no era que nos persiguiera la lluvia, sino que me esperaba para las sonrisas de las muchachas, para una mano que me ayude a bajar y, treinta pasos después, a subir el andén.

Cuando llegue a mi parada, emprenderé la subida por la calle 72, rumbo a la carrera 11, bajo el aguacero pleno de gotas delgadas o de goterones. Daré pasitos con la espalda encorvada, lentos y medidos arrastrando los pies. Me alcanzará el aguacero grande, el que hace a todos correr, menos a mí porque esto es lo más rápido que me muevo, perdón, diré a las personas exasperadas atrás de mí; quienes al cruzar a mi lado me tropezarán con su cuerpo y me golpearán con las puntas de las sombrillas. Lo mojado que esté será directamente proporcional a los ¡qué rico huele! de las mujeres y quizás, quizás hoy sí, alguna de ellas me mantenga la sonrisa, me tome de la mano y me invite un café. Quizás hoy sí tenga sentido ejercer la lástima, resignar la soledad y la lavada de dientes… solo la ternura con que una mujer sostiene la mano de quien sube un andén y no lleva sombrilla y llueve.

EL LAGO CANTA (III)

7 octubre 2014

III

 

Carlos dormía profundamente a mi lado. Su cuerpo desnudo destilaba un sudor pueril que humedecía mi pecho y del que disfrutaba beber pasando mi dedo por su cuello y chupándomelo con avidez. Me era prácticamente imposible conciliar el sueño cuando aceptaba quedarse a dormir conmigo. Se me iba la noche contemplando su silueta a contraluz, respirando sus efluvios tibios que tenían el olor del pan recién hecho; besaba su cuello, lamía su espalda, lo pegaba a mí esperando que despareciera entre mis manos. Rara vez despertaba. Aun cuando lo tocara la noche entera, seguía oyendo su respiración pausada, sintiendo cómo su cuerpo ofrecía su cuerpo con movimientos facilitadores a mis embates. De repente, con un sobresalto atípico, Carlos quedó sentado en la cama, agitado y confundido.

—¡Alguien se ahogó en el lago! —dijo.

 Puso su cabeza en mi dirección y rompió a llorar. Sus ojos no miraban a ninguna parte, lo traje a mí y lo abracé.

—Fue solo una pesadilla —procuré consolarlo. —Una pesadilla, nada más… duerme, corazón —acaricié su pelo húmedo de sudor.

Cuando despertó, no recordaba nada. Dije que no soñó, o al menos no recordaba haberlo hecho ni el abrazo ni el sobresalto. Nos bañamos juntos y fuimos al hotel. En mi paseo diario por la propiedad, miré con mayor atención. Aunque había dejado su despertar en términos de un mal sueño, inconscientemente, quizás, quería encontrar un cuerpo flotando cara abajo en el agua. Caminé por el muelle buscando a lado y lado, quise también dar un rodeo en una de las lanchas, pero desistí al considerar lo irracional y tonto que sería buscar un sueño. Desde ahí, desde el final del muelle, no existían indicios de algo que ameritara creer en una fantasía nocturna. Me olvidé y regresé.

Sin embargo, repasé los libros de registro. Comparé nombres con caras. Faltaban dos huéspedes. Pregunté a Carlos y dijo que mi ausencia, abandonaron el hotel. Llegaron dos más esa misma tarde antes de entregar el turno a Martha, ocuparon las habitaciones de los que se fueron. Con eso cerré la cavilación sobre el sueño, lo más obvio era no dar más vueltas innecesarias. Antes de las ocho, entregué el turno a Martha. Carlos me esperaba frente a la casa pequeña, lo acompañé hasta la verja. Desde la ventana, mamá nos miraba, así que sólo abrí el candado aguantándome las ganas de darle un beso y me quedé un par de minutos viéndolo alejarse por el camino de tierra que, por entre los grandes eucaliptos, conduce a la carretera y de ahí a su casa, que hace años no era la misma del río. Su silueta se difuminó en la oscuridad. Cuando ya no pude verlo más, entré a la casa, subí la comida a mamá, toqué a su puerta y fui a dormir.

Esa noche fui yo quien soñó. Una persona, su silueta mejor, era oscuro y no se podía distinguir si era hombre o mujer, se metía caminando despacio al lago. No expresaba aspaviento o ganas de luchar. Solo caminaba con la mirada fija en el horizonte y desparecía entre el agua, oscura por una noche sin luna. En el sueño, yo permanecía quieto; quería correr tras él o ella, pero mi cuerpo no respondía. Quería gritarle, pero sólo articulaba con la boca sin que sonaran las palabras. Una música como un coro era lo único que se oía dentro del sueño. Desperté agitado, como Carlos la noche anterior. Como él, también yo dije:

—¡Alguien se ahogó en el lago!

Lentamente me libré de las marañas de la somnolencia. Tal vez porque no había nadie que me metiera en sus brazos ayudándome a dormir en ese espacio de tiempo en el que aún no se está despierto del todo, conseguí recordar con claridad, completo, el sueño. Pasé la noche con los ojos abiertos. El palpitar insistente del corazón, me impedía cerrarlos sin sentir de nuevo la impotencia de mi cuerpo y el canto de coro. Si bien es cierto que, en general, no sería preciso llamarlo una pesadilla, el miedo era inconsecuente con las imágenes calmas del lago y de la silueta metiéndose en él; tampoco era especialmente tétrico el canto, sino más bien calmo, pacífico y atrayente. Recordaba que en el sueño persistía esa sensación de tranquilidad que era estar frente al lago en la vida real. Me esforzaba por tranquilizarme. Respiraba profundo queriendo sosegar la ansiedad en el invento de escenas que suponía más cómodas para conciliar el sueño, pero eran invadidas por la silueta avanzando, su muerte y mi impotencia, sobre todo eso, la desesperante certeza de que no podía mandar en mi cuerpo.

Mientras desayunaba con Carlos, la mañana siguiente, le conté lo sucedido como respuesta a su comentario.

—Te ves cansado. ¿Dormiste mal?

Él no le dio importancia, ni siquiera cuando le conté su propia pesadilla.

—Hemos trabajado mucho. No vemos más que el lago y el hotel… me parece normal tener pesadillas… —dijo luego de oírme con atención. Sorbió su café.

Luego contó que cuando era niño soñaba seguido con que el río se desbordaba y arrastraba a su mamá, a su hermana y a él con la furia de su corriente. No entendía, en ese momento, por qué la imagen que más miedo le daba al despertar era la de las cinco gallinas que tenían, flotando patas arriba entre el agua ocre que olía mal.

—Imagino que sería el hambre —sentenció. —De las gallinas vivíamos: de venderlas, de comerlas, de sus huevos. No hay mucho misterio en eso. Los sueños no son nada, de pronto miedos, pero nada más. Hay que cambiar de ambiente, nuestra vida es el lago, esos libros que me pones a leer y el hotel… así no soñamos feo, cambiando de ambiente, digo.

—Entonces tengo miedo de que alguien se mate en el lago, ¿es eso? —dije con sarcasmo.

—Sí, supongo. Andas preocupado por el negocio y por que todo vaya bien… —sonrió— o te quieres matar adentrándote en las aguas como una damisela abandonada —su tono era de narrador de película.

—Contigo, lo más idiota sería pensar en la muerte —apreté su mano por encima de la mesa y le sonreí comiéndome un trozo de pan.

Se sonrojó y devolvió la sonrisa. Se cubrió la boca con la mano y agachó la mirada con timidez, un gesto que me hacían insoportables las ganas de besarlo. Se me arrugó el corazón.

—Eres hermoso —le dije.

—Ya lo sé, ya lo sé —y metió un pedazo de fruta a mi boca.

No estoy seguro de si mamá ya sabía de nosotros. Nos manteníamos ocultos a su catalejo cuanto nos era posible. Éramos muy discretos, no hablábamos en lugares que no fueran el comedor o mi habitación. Sería estúpido aseverar que mamá fuera tan tonta como para no haberlo notado. Podía haberlo visto entrar a la casa de la misma manera en la que lo vio irse. Si lo sabía o no, no dijo nada. Desde que se había encerrado, no cruzamos palabra. Su presencia en la ventana era la única manera en la que veía que seguía viva, también por los platos que levantaba vacíos de frente a su puerta. Me preocupaba, sin embargo, poco lo que pudiera pensar. Si nos ocultábamos era más por respeto, pues sentía, tontamente, que la decepcionaba con mi decisión de amar a Carlos. Es triste decirlo, escribirlo en este momento, más con lo mucho que sé amé a Carlos y con lo que hizo él por mí, pero me avergonzaba de mí, de mi comportamiento. La lucha de lo que debía ser contra lo que era, indefectiblemente terminaba en vergüenza. Muchas veces, luego de hacer el amor, me sentía atrozmente culpable y lloraba en silencio, vuelto de espaldas a mi amor. Él no lo notaba, se dormía fácil. Sus besos, su forma dulce de vivir a mi lado, espantaban la oscuridad y la condena autoinfringida en la culpa, regresándome con ternura al sueño de nuestro amor perfecto.

EL LAGO CANTA

7 octubre 2014

II

 

Cualquier persona supondría que mamá estaba molesta conmigo. Su comportamiento, la forma de hablarme y pegarme no podrían más que propiciar una idea equivocada de nuestra relación. Pero yo, que había sido su botones durante casi toda la vida, la conocía muy bien como para preocuparme o sentirme herido por sus actos o decisiones. Ya era bastante bueno saber que, con su encierro, abandonaba definitivamente su vara metálica, la misma con la que también me golpeaba antes, cuando era niño, y dejaba de mirar a la puerta del hotel o descruzaba los brazos para rascarme, o cuando no le entregaba completos los billetes que me daban por cargar las maletas. Era una vara delgada como la antena de un carro, que se doblaba levemente en la punta por el peso de una esfera de metal macizo del tamaño de una canica mediana. La vara cortaba el aire con un zumbido cuando la descargaba sobre mí, siempre en la nuca.

«¡Zum!», se escuchaba antes y luego era el ardor, el palpitar de la piel inflamándose, una sensación que tardaba lo suficiente en pasar como para no atreverme a errar de nuevo. Entonces me quedaba quieto, los ojos clavados en la puerta, los brazos firmes sobre el pecho, atento a mi trabajo, a lo que debía hacer.

«Tú me obligas a eso, Mateo», decía mamá y yo guardaba silencio; atento a abrir la puerta y a recibir las maletas directo de las manos de los huéspedes.

Contraté a un muchacho de dieciocho años para que ocupara mi lugar en la puerta. Era pasmosamente hermoso, con ojos grandes de color avellana y bucles dorados que enmarcaban su rostro de piel lisa y blanca. Hacía bien su trabajo, no tuve necesidad de golpearlo sino solo un par de veces con una vara similar a la de mamá, para que se comportara como debía por el tiempo que estuvo conmigo. Silencioso y sumiso, permanecía quieto, atento a la puerta, diligente a cargar las maletas y honrado entregando los billetes. Esa actitud activó la generosidad en mí; al contrario de como lo hizo mamá, yo le daba a Carlos la mitad de las propinas. Un sueldo francamente prolijo para un joven que creció sin nada, en una casa hecha con latas de cinc en la orilla del río. Carlos era religiosamente perfecto: bello como un ángel, pobre y honrado como una monja de clausura.

Pasó el mes que mamá indicó y los huéspedes iban en aumento. Nunca estábamos vacantes, las reservas tenían tiempos de espera de más de un mes. Fue por esos días cuando noté por primera vez su silueta en la ventana. Como lo hizo mi abuelo cuando se encerró y mamá debió hacerse cargo del hotel, también ella lo miraba todo por el catalejo. Le hice un saludo con la mano desde el pórtico, frente a la puerta del hotel, pero ella se volvió y desapareció en la oscuridad. Al verse descubierta, siempre se retiraba. No me molestaba o me inquietaba su vigilancia, al contrario, veía como positivo su interés por mi trabajo. Llegué a creer que mejoraba de su enfermedad y pronto retomaría su lugar como dueña y jefa. No podía estar más equivocado, pero aún no sabía que ni siquiera me miraba a mí.

Esperé. No quería presionarla o incomodarla con mis deseos de que regresara o incumplir mi promesa de no tocar temas del hotel. Seguía llevando la comida hasta su puerta, tocando con tres golpes suaves y retirándome sin verla o hablar con ella. Pasaron los años, nada cambió. Aunque sabía que estaba siempre con el catalejo en el ojo, apostada en la ventana, dejé de mirar allí. Me gustaba sentirla ahí y varias veces, involuntariamente, deseé oír el zumbido de su vara, que fuera tan larga que consiguiera alcanzarme y así sentir que le importaba cuando erraba; que el ardor y el palpitar de la hinchazón me convencieran de que aún me amaba. Pero ella seguía lejos, silenciosa y ausente. Carlos se convirtió en mi única compañía.

Los años sirvieron para que el hotel se hiciera reconocido como también lo había sido en tiempos de mamá y según oí, en los del abuelo, quien se encargó de publicitarlo y trajo lanchas de motor, lanchas sin motor, remos y cañas de pescar como gancho turístico. Construyó un muelle que se adentraba varios metros en el lago, adornado con faroles de luz mustia en el centro, cuyas luces podían verse como una línea continúa desde la casa pequeña. En la orilla levantó una casucha donde vendía toda clase de artículos para la diversión acuática. Una casucha que cuando mamá fue la encargada, cerró al no confiar en nadie para atenderla. El abuelo fue un pionero y la sociedad respondió bien a sus ideas. Pero ni con todo eso, consiguió abstraerse del hechizo.

Los libros de registro de la época muestran un aumento paulatino en la ocupación del hotel, tanto en los meses de más calor, como en los de frío. Nombres de personas solas que estaban un par de días y luego abandonaban en la noche, para dar espacio a los huéspedes cuyas reservas eran hechas con meses de anticipación. El último libro se interrumpe abruptamente y aparecen letra y números de mamá. De ahí se sigue un bajón en la latencia de ocupación. Pero luego, apenas unos meses después, vuelve el auge característico. Hasta que tomo yo el control y como ellos, empiezo modestamente y acabo con un esplendor similar.

Mi hotel rebosaba de clientes, las reservas se extendían por varios meses. Hubo un voz a voz. Pronto venían personas de todas partes en busca del sosiego que procuraba sentarse a mirar el lago, cuyo paisaje de montañas nevadas y de verdor exuberante, fue por un tiempo el deleite de fotógrafos y ambientalistas. Se dijo del hotel y del lago que eran lo más cercano al paraíso en la tierra. Podía verse hombres y mujeres moviéndose frenéticos por sus playas, tomando fotos, viviendo las vacaciones. Pero después, ya sólo podía vérseles sentados, sus brazos rodeando sus piernas recogidas, absortos en el ruido del viento, en las ondulaciones hipnóticas que hacía sobre las aguas o en el movimiento armónico de las muchas aves que caían en picada, se clavaban con un chapoteo, y sacaban peces lustrosos que lanzaban coletazos desesperados.

Diario, por algo menos de una hora, abandonaba mi lugar de trabajo atrás del recibidor y recorría la propiedad intentado descubrir cuál era la magia secreta que me había llevado a tal auge hotelero. Me iba por el sendero de piedra que comunica el pórtico del hotel con el lago. Al llegar a su orilla, respiraba profundo. El aire era limpio, matizado con tintes clorofílicos, frutales y terrosos. Las aguas, siempre tranquilas, inventaban un ambiente más parecido al de la meditación que al de desborde aventurero, presente en los primeros meses como encargado. Las lanchas oxidadas se mecían, entrechocaban; apenas se alejaban del muelle sin tensionar las cuerdas. Por cada rincón las personas se sentaban solas, miraban por largas horas la superficie reluciente del lago, convirtiéndose en siluetas con la llegada del atardecer y en sombras con la noche. Nadie importunaba a nadie. Cada día igual, con variaciones de rostros o de sombras, de contemplaciones también, pero con la misma sensación narcótica y plana, blanca como la paz, tormentosa como la paz.

Volvía a mi puesto de trabajo. Hablaba de cualquier cosa con Carlos para zafarme del adormecimiento y de esa sensación de tener un espacio en blanco metido en el pecho, que me quedaban luego ver el lago. No conseguía entender cómo ni por qué motivos ya nadie estaba feliz, nadie se divertía, sino todos optaban por lo meditabundo y la quietud. Noté, por primera vez, que los huéspedes, si bien abundantes, ya no venían en grupos sino siempre solos.

Para las noticias

6 octubre 2014

Este es el lugar, José, aquí dejaron tu cuerpo. Te comieron las ratas, o los chulos o no sé, pero te comieron. Y fue tan duro, tan difícil llegar hasta aquí, tan difícil irse solo con la zozobra desencallada para seguir pausados sobre esa pesadilla que es saber que no estás. José, ya empieza a llover. ¿Por qué siempre llueve cuando se habla triste, José? ¿También llovió cuando te trajeron? Estoy segura de que sí. Yo le dije a tu mamá que estabas muerto. Ya sabes cómo son las mamás. Le dije porque no quería que te siguiera esperando. Me creí capaz de cargar con tu ausencia yo sola mientras le ayudaba a rearmar su vida y a ocuparse de Marianita, que se quedó tan sola, José. Marianita te escribió una carta, ya estabas muerto. No le dije, no te preocupes. Aquí la traigo, no es nada importante. Está mal escrita y tiene un dibujo de un papá con su hija, van de la mano. Cuando le pregunté  me dijo que no, que no eras tú, que era un papá genérico, como las pastillas, un papá como cualquiera, con una cara cualquiera y un bigote estándar y una hija que podría o no ser ella. Al fin y al cabo, nunca te había visto, nunca te vio y ya nunca te verá. En las fotos pareces otro, cometí el error de decírselo. Fue sin querer: veíamos esa foto del asado en casa de Maité y me agarró la nostalgia y mirándote dije al aire: es que hasta parece otro. Marianita me quitó la foto y te miró: el bigotito negro y esos sacos de hilo cuello redondo que estuvieron de moda cinco años antes de que los usaras y fuéramos al asado. Te miró, dejó la foto en su sitio y no dijo nada. Luego me preguntó que cómo eras cuando aún eras. No supe qué decirle, tampoco sé cómo eras cuando aún eras. O si en verdad algún día has sido. Ya no sé.

No creas que todo fue tal cual termina ahora. Pensé en ti mucho tiempo. Por años te busqué, no es recriminación, es solo para que no creas que fui mala. Te busqué, ¿qué más podía hacer? Te amaba, eso se hace cuando se ama. Marianita te amaba, ella te amaba porque sí, no tenía recuerdos, no tenía memoria. Para ella el pasado era ese lugar en el que un día estuviste y del que se dolía por no poder regresar. Marianita era inmortal, como sólo pueden serlo los niños. Habitaba un tiempo fuera del tiempo donde era imposible dolerse del pasado por memoria propia. Por eso la veíamos a veces llorar con nosotras, llorar de compasión y no de dolor real. A Marianita sólo le dolía que a nosotras nos doliera. A tu mamá y a mí que éramos las únicas que tenías y las únicas que te extrañaban de verdad, de mentiras, porque no había más opción, no sé. Pregúntale a tu mamá, ella debe andar por ahí cerquita. Se murió esperándote. Fue unas noches antes de que los noticieros anunciaran que habías muerto. Había llorado la tarde entera, me dijo que era porque se sentía sola, pero luego entendí que lloraba porque sabía que ya nunca te vería otra vez. Yo también lloraría si me dijeran que ya nunca más veré a Marianita. Tu mamá, lo sé ahora, sabía que ya estaba próxima a morirse. Me dijo que se sentía sola, como pude la abracé, pero era incómodo. Vivíamos las tres juntas, lo que no significa que los lazos se hubiesen estrechado, no creas. Compartir la casa sirvió para que nos odiáramos un poquito más. Teníamos la excusa de que todo era por ti, porque tú no estabas, eso nos daba cierto consuelo y nos llenaba de paciencia. Tu mamá era una hijadeputa. Igual la abracé, qué más podía hacer. Ella también me abrazaba y estoy segura que —si puedes pregúntale— dirá de mí lo que ahora yo te digo de ella. Éramos unas hijasdeputa, una con la otra, una contra la otra.  Marianita se salvaba, era inocente de nuestros dolores que de tanto añejarse en las lágrimas compartidas, se hicieron odios callados e indirectas de pasillo. Yo era una aparecida. La aparecida que te amaba, a la que tú amabas, la mamá de la hija que todos amábamos. ¿Qué más podía hacer? Era mi deber de mujer esperarte, te acepté, te di mi sí cuando me pediste que me casara contigo. Ese sí me comprometía, como quien peina las muñecas, a la espera del príncipe azul: con ridiculez y abnegación. La distancia me enamoró más de ti, por un tiempo. No verte por tantos años me hizo desear tu cuerpo con la premura de lo inexistente. Recuerdo: cuando era niña, mis papás tuvieron que vestir de unicornio el caballo de un vecino, porque yo no paraba de llorar por no poder montar un unicornio; tú eras mi unicornio, y él mi caballo disfrazado. Perdóname. ¿Qué más podía hacer?

Marianita lo quiere.

La noticia de tu muerte nos tomó a las dos por sorpresa. Tu mamá ya había muerto, los dolores se le mezclaron a Marianita, se encerró en esa división de madera que llamaba su rincón, desde afuera la escuché llorar, lo hacía tan suavecito que parecía un gato encima de un árbol muy alto. Pasaron unos días, dos a lo mucho, yo tampoco tengo muy presente cómo iba el tiempo. No puedo negarlo, José, tu muerte fue liberadora. Tu muerte me permitió quitarle el disfraz al hombre que se vestía del animal mitológico en el que te convertiste de tanto oír hablar de ti y nunca tener una prueba verdadera de que aún existieras: como BigFoot. Marianita al fin salió, lucía más tranquila y puedo jurarte que antes de que se escondiera aún no se le formaban los senos, cuando salió, sí. Vio a Manuel de pie en la sala, de pie frente a mí que lo miraba sin verlo. Manuel le preguntó que si estaba mejor, Marianita asintió y dijo que se iba a bañar. Manuel me abrazó y recuerdo que entonces no olía a ti, pero cuando me besó olía a cuando recién despertábamos y la cama estaba caliente de los dos y Marianita aún no existía. Supe entonces que hacía mucho había dejado de quererte, que nunca te amé de verdad, que lo nuestro era una tibieza alimentada por tu desaparición y mi fervor de recuperarte. José, ¿cuánto tiempo fue?, estuvimos juntos menos de un año, luego ya no estabas. ¿Cuánto tiempo pensaste en mí? ¿Cuándo tu mañana dejó de ser importante?.

Me sentí culpable por algo de 10 segundos, el tiempo que duró el beso y el abrazo de Manuel. A toda epifanía la precede una ausencia anegada en tristeza, leí que decía un hombre griego o algo así, y sentada en ese sofá entendí a qué se refería. Manuel aún no era importante. Estábamos tan solas. Tan solas aquí. Vinimos porque allá ya no nos dejaban estar. Ese fue el primer beso que me dio Manuel. Maité se murió, no alcanzó a salir. Me llegó el rumor de que la última vez que la vieron, corría por la plaza con la ropa rasgada y espantaba las palomas que ya habían muerto de miedo con los primeros disparos. Les decía que fueran libres, que volaran, le dispararon desde atrás. La violaron, obvio, con lo bonita que era. Menos mal mis papás los mataron hace tanto, mamá no hubiese aguantado verla moverse entre la fantasía y el delirio con la ropa hecha jirones. A su esposo lo obligaron a ver cómo la violaban. A ella la obligaron a ver cómo a él le cortaban las manos y los pies y le pedían que hiciera flexiones de pecho bajo amenaza de violar a Maité con un palo lleno de puntillas. Alvarito lo hizo, pobre; contó doña Aluvia que ella vio cómo Alvarito se dio la vuelta, como pudo, y se puso sobre el borbotón de sangre que parecía ayudarle a la subida y la bajada. Aluvia dijo que de Maité solo se acuerda que le tenían el fusil en la cabeza y el vestido por la cintura. No miró más, se dio la vuelta y se escondió a llorar como lo hacían todos los que ya ni para entrenar los machetes o las descuartizadas servían. Aluvia tenía como 78 años, tres hijos muertos, dos hijas desaparecidas que decían servían de concubinas a los jefes de algún grupo, de algún bando, de alguna guerra que no se veía porque a nadie le interesaba verla. El esposo de Aluvia estaba muerto, a ella la violaron cuando también era hermosa. Ahí fue cuando tu mamá nos dijo que agarrarámos las cosas, a la niña y fuéramos a la ciudad, para allá iban todos en procesión de burros y carros lujosos.

Y tu mamá se enfermó y lloró más y se murió y Marianita lloró y cuando todavía no se reponía de lo de enterrar a la abuela, saliste con la cara ensangrentada en el noticiero, acostado entre las yerbas secas de un lugar indeterminado de la vasta selva, así dijo la presentadora antes de lanzar los comerciales. Te vimos sentadas en el sofá tomándonos un té de manzanilla para las tristezas de ya no tener ni contra quien pelear o contra quien abrazarnos en fraternidad. Marianita dijo que eras tú, no le creí, cómo si sólo te sabía de fotos de hace años. Cuando te quité la sangre de la cara con la imaginación, te vi con tu bigotito que no usabas cuando desapareciste y con el saco cuello redondo de hilo, desgastado en el cuello. Y claro, eras tú; para Marianita sí estabas fresco en su recuerdo, estabas tan flaco como el día del asado en casa de Maité.

José, vino la procesión de la otra zozobra; espantada la primera, nos quedó el vaivén de la que aparecía con la noticia y la sangre y el recuerdo difuminado, o hecho presente, de tú hace tantos años. ¿Dónde estabas, José? El noticiero no dijo nada. Sólo nos pidió una entrevista en la que me pedían contar las cosas buenas que vivimos juntos, que dijera cómo eras tú de padre y de esposo y que lanzara alguna anécdota graciosa como cuando jugabas fútbol con tus amigos y yo te echaba porras en las gradas, o cuando viajamos y me hiciste reír, o cuando me diste un ramo de rosas para pedirme perdón, o cuando estrellaste el carro de tu papá o vimos las estrellas juntos recostados en la orilla de un lago de aguas ocres y vientos fuertes que ni sabía que existía. No pude. Nada de eso había pasado. De lo que sí pude hablar fue de esa vez en que quise que levantaras a Marianita para que soplara las velas de su quinto cumpleaños y no hubo quién para hacerlo. O esa otra que vi un vestido a juego con los zapatos, en la vitrina de una tiendita del pueblo, y pensé que a ti te gustaría que lo usara para ti, si estuvieras. O esa soledad larga y sostenida a la que se le adicionaba el no saber si estabas muerto o vivo. No dije nada igual. No le dije a la cámara. No me interesaba que me vieran llorando en primer plano porque hace apenas unas horas por las imágenes exclusivas transmitidas por este canal, esta mujer se enteró de que su esposo, desaparecido hace 10 años, está muerto en algún lugar de la frondosa selva tropical.

Y fui, y no estabas. Hasta hoy en que sigues sin estar.

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