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Por amor a Mary

10 agosto 2014

La sala de paredes blancas. Frente al sillón de cuero negro, una fotografía inmensa: una pareja, hombre y mujer, se abrazaban contra un fondo de atardecer playero.

—No seremos la primera pareja que atienda —dice Mary.

La fotografía cambia: dos hombres se besaban en medio de las calles de una ciudad de pantallas y luces estridentes.

—Hay muy buenas referencias —continua Mary sin mirarlo. Hojea una revista.

Julio tamborilea con los pies —primero uno, luego el otro— sobre el suelo de baldosín blanco. Entrelaza las manos. Mira al suelo.

—¿Recuerdas a Carolina?

—¿La prima de tu tía? —levanta la cabeza. Sí recuerda a Carolina y a Mary en las anteriores veces; fracasos. A Mary la ama.

—No, esa no. La Carolina que vivió con nosotros hasta los veinte.  

—La que se metió con tu hermano.

—Sí, esa. Ella dijo que el señor es bueno. ¿La viste la semana pasada que fue? Está regia, hermosa y feliz —continuó sin esperar respuesta. —Ella me contó que todo es muy fácil, que casi ni se siente y las cosas resultan bien. ¿Trajiste las piedras? —mira hacia el costado de Julio, a sus manos entrelazadas.

Julio ve la fotografía cambiar: dos mujeres corren por entre un campo de margaritas amarillas. Las mariposas azules y lilas revolotean muy cerca de sus cuerpos.

—¿Cuántas eran?

—Cinco… azules con visos tornasolados.

—No, perdón, las olvidé.

—¿Y si las olvidaste para qué preguntas que cuántas eran? —cierra la revista y la pone sobre la mesa enana de centro. Agarra otra. —No sé qué digas tú o qué creas. No sé si, de pronto, es que la idiota soy yo… pero eso no tiene ningún sentido, Julio. Es una estupidez que preguntes cosas que no tienen sentido. ¿Qué opinas tú?

—Que es idiota olvidarlas, no preguntar cuántas eran —se levanta de la silla. Va hasta la ventana. En la acera un hombre pasea a su cerlín llevándolo de apéndice azul que cuelga sano bajo su mentón izquierdo. Es aún un bebé, no alcanza a medir ni dos metros —Cuando yo era joven paseábamos perros, así uno conseguía citas.

—¿A qué viene ese comentario tan idiota? En ti no se puede confiar ni para traer unas piedras. Aún así dices que me amas, que estás conmigo, que bla, bla, bla. ¡Ni unas piedras, Julio! —su tono es limpio, impersonal; aún cuando sube la voz.

—Ya solo nos queda apostar al milagro —Julio va hasta la fotografía, ya no hay dos mujeres sino una pareja de Lintores que rodean sus extremidades posteriores con sus orejas largas. —«A través de los mundos» —lee Julio en voz alta.

—¿Me escuchas, Julio?

—Claro, mi amor, te escucho. Siempre te escucho, no puedo hacer más. Aunque quizás te escuche mal, como siempre, como todo lo que hago —Julio sigue mirando la fotografía, le intriga saber qué aparecerá —Mary, ¿de dónde son los Lintores?

—No sé, creo que de alguna parte entre alguna parte y otra parte cerca de otra parte a algunas partes de distancia —responde con desinterés pasando la hoja de la revista.

—Eso creí —vuelve a sentarse. —¿A qué hora dijo que nos atendía?

—En quince minutos.

—Ya vamos diecisiete —inventa.

—Las cosas buenas toman tiempo, Kar’ama no transformó el mundo en siete días.

—Dios, ¿recuerdas a Dios? Luego de que llegaran ellos todos olvidaron a Dios.

—Ellos traían la verdad, Julio. Nos mostraron al dios verdadero, no a ese dios insípido que inventaron los hombres. ¿Estás dudando del tiempo? El tiempo lo ha hecho todo.

—No, sólo me dio nostalgia del Dios que murió por tercera vez en la historia. ¿Sabías que por el siglo…

—… Julio, no tengo ganas de oír tus clases de historia, en serio, qué pereza tanta bobada y cosa muerta quitándonos tiempo.

—Ok, perdón. ¿Y las piedras?

—Ya. Ya me las mandan por el teléfono. Menos mal se me ocurrió empacar el itinerante, si no, perderíamos la cita. ¿Tú sabes cuánto se esforzó Karin para que no la dieran? No me quiero imaginar lo que tuvo que hacer. Esto es exclusivo, Julio, no todos pueden venir…

—… Y carísimo —la interrumpe sin mirarla. Ella sigue pasando sus hojas fingiendo no haberlo oído.

Julio se escurre sobre el sofá de cuero. Cruza los brazos atrás de su cabeza. Se pone a mirar el techo. Cierra los ojos. El ruido del itinerante imprimiendo las piedras lo hace mirar a Mary. Mary se apura. Pone las manos por el sitio en donde en pocos segundos se abrirá la boquilla que dejará caer las piedras recién hechas. Mary tiene 79 años y Julio piensa en esa época cuando la gente envejecía y se moría porque le tocaba y no de aburrimiento. «Setenta y nueve lozanos y adolescentes años», piensa.

—Es hermosa —susurra— ¿Cuántos años tenías cuando nos conocimos Mary? —Julio sabe la respuesta.

—Tenía veintidós. ¿Hasta eso olvidaste? —termina de recoger la última piedra. El itinerante da las gracias.

—¿No estás cansada? —salta con la mirada por las líneas grises que cruzan el techo. Imagina que es un escalador aferrado a las líneas para no caer al precipicio del sofá negro.

—¿Cansada de qué? —guarda las piedras y por primera vez desde que esperan, lo mira.

—De que nos amemos.

—El tiempo todo lo puede.

—Sí… hasta permitir que no nos amemos. Yo no te quiero amar, pero te amo. No es justo.

—«Lo justo es solo el valor que da el deseo al tiempo» —cita Mary  con solemnidad.

De una puerta blanca, imperceptible en medio del blanco de la sala, aparece una mujer vestida muy a la moda como para que sea un uniforme de trabajo. La mujer se acerca a Mary y le tiende la mano a modo de saludo.

—Soy yo —dice.

—¿Usted quién? —pregunta Mary.

—No le pasan los años —dice Julio tranquilo. Se pone de pie y le sonríe.

—Ahora es más fácil fingirlos. Antes se fingían, ahora se viven en retroceso —dice la mujer y mira a Julio buscando en su actitud algún gesto que le permita intuir los recuerdos, su error. Pero Julio finge bien.  

Mary se pone de pie como un resorte, le da la mano y se inclina insinuando una venia de la que se arrepiente.

—Mary —dice Mary.

—Hola Mary —dice la mujer sonriendo.

Atraviesan la puerta y frente a ellos se abre un salón blanco sin ningún mueble. Un salón tan largo que casi podría suponerse la existencia de un horizonte inalcanzable a los ojos.

—¡Qué reluciente! —dice Julio entrecerrando los ojos.

—Es muy sencillo —dice la mujer — solo deben decir que sí.

—¡Sí! —dice Mary.

Julio duda, mira a la mujer que ha sido su esposa durante los últimos 50 años. Recuerda todas las veces que se ha enamorado de ella. «¿Cómo será ahora?», se pregunta en silencio.

—¡Sí! —dice Julio.

El blanco lo llena todo. Se extiende como un manto caliente que les cae encima.

Mary entra al salón de clases. Julio es su profesor. Ella tiene 22 años, él una edad indeterminada entre 88 y 145 años. Julio se enamora de Mary, Mary de él. Es inevitable.

Se casan. No pueden tener hijos. El hastío. Las peleas que son siempre culpa de él y cuando no, Mary dice que también son su culpa.

—¿No estás cansada? —pregunta Julio cuando siente el aroma del perfume de Carolina sutil en la presencia de Mary. Carolina tampoco recuerda el tiempo en el que estuvo casada con Julio. Julio sí, siempre lo ha recordado todo, no importa cuántas veces ni con quién entre al salón blanco. Se supone que debe olvidar, pero no sabe por qué siempre lo recuerda y le da miedo decirle a la mujer vestida a la moda que para él no funciona, que siempre recuerda, que todos los intentos siempre fallan.

—Carolina me habló de un lugar buenísimo. No es un terapeuta, pero me dijo que era milagroso para recomponer matrimonios. Y sí, estoy cansada, Julio. Tú no ayudas y yo ya no sé. ¿Te gustaría intentar arreglar lo nuestro?

—Te amo, tú lo sabes.

—¿Entonces vamos?

—Sí, vamos.

—Debemos llevar cinco piedras azules tornasoladas. Ya le pedí a Karin, que sí tiene contactos, que nos ayude con la cita. Es costoso, pero lo vale, el amor lo vale, el tiempo juntos lo vale.

—El tiempo lo vale, tienes razón.  

La sala de paredes blancas. Frente al sillón de cuero negro, una fotografía inmensa: una pareja, hombre y mujer, se abrazaban contra un fondo de atardecer playero.

Mary lee una revista.

«¿Cómo será esta vez?», piensa Julio, tamborilea en el suelo con los pies, entrelaza sus manos, mira al suelo y luego recuerda que como todas las anteriores veces, olvidó traer las piedras azules.

—¿Recuerdas a Carolina? —pregunta Mary

«¡Las putas piedras azules!», se reprende Julio.

«¡Las putas piedras azules!»

—¿La prima de tu tía?

Esta es la décima vez. «El diez es un buen número. La décima es la vencida», se dice Julio esperanzado de que esta vez sí funcione.

 «¡Las putas piedras azules!», piensa.

«¡Las putas piedras azules tienen la culpa»

SEPULTURERO HONORARIO

25 julio 2014

Diariamente, hacia la una de la tarde, llegaba a mi casa después de pasar por el cementerio. La visita era una rutina autoimpuesta, de la que nadie preguntaba, de la que no se pretendían razones más allá de las obvias. Pocos se atreven a preguntar y los que sí, se dan por bien servidos si agacho la cabeza, finjo un gesto de dolor y hago como que contengo las lágrimas. En eso me escudaba. Quería mantener mis motivaciones reales lejos del juzgamiento moral, fácil entre quienes creen conocerte. El cementerio era mi obsesión desde un tiempo antes de que me arrebataran a Mariana. Igual, explicar me habría tomado más energía de la que estaba dispuesta a desperdiciar en gente tonta, convencida de su importancia en la falsa preocupación, en esa forma de la caridad lastimera que es siempre el afán por el luto ajeno.
Antes de caminar el sendero de piedras que conducía a mi puerta, me gustaba detenerme ante la verja. Desde ahí podía verse su habitación: la ventana de la izquierda, mirando de frente a la casa. No quisiera decir que esperaba ver su cara atrás de las cortinas, pero sí, así era. Mariana volvía del colegio al mediodía. Los últimos tres meses antes de su muerte, la encontraba llorando porque me tardaba más de lo normal. Me esperaba angustiada, llorando desesperada, creyendo que quizás yo había muerto, o no sé. Es un sentimiento muy común entre los niños. De niña también yo lloraba cuando mi papá tardaba y debía quedarme sola imaginando miedos donde había sombras, recreando escenas macabras aprendidas de tanto ver la televisión. Sin empujar la verja, levantaba la cabeza, miraba con atención unos minutos. La cortina permanecía quieta, sin siluetas.
Había días en los que me era imposible soportar el silencio. El sonido de las llaves puestas sobre la mesa se magnificaba en el vacío del eco. Podía sentirlo vivo inundando todo, recorriendo cada esquina de la casa, haciendo tangible, con su inmanencia lerda, a la ausencia. Esos días prefería sentarme en el comedor. Prefería pensar en lavar la ropa limpia o en cambiar de lugar los muebles por quinta vez en ese mes mientras oía música con todo el volumen. Sin embargo, sólo entrelazaba mis dedos, dejaba las manos quietas sobre la mesa, pasaba la mirada por los muros limpios en donde antes hubo fotografías de las dos y que por sugerencia médica, tuve que descolgar. Por más que rogué para mantenerlas en su lugar, ante mis aportes a la búsqueda del asesino, los psiquiatras sugirieron —a su manera amenazante— que si no las descolgaba se verían forzados a recluirme en la clínica, por mi bien, enfatizaron. Aunque me callé y descolgué todo, me llevaron aún así por dos meses.
Sé quién mató a mi hija. Lo siento aquí adentro. Lo supe tres meses antes de que él lo hiciera. Haber dejado las fotos en su lugar no habría cambiado mi certeza. Se asume que los objetos guardan dolor. Psicólogos, psiquiatras y demás mercenarios de la soledad, insisten con ahínco en que ante la pérdida, el duelo sólo comienza cuando vacías tu espacio de sombras nocivas. Como si haber regalado su ropa me borrara del corazón la imagen de su vestido azul. Como si descolgar el cuadro que nos pintó papá anulará el tacto de su cuerpo sobre mis piernas y el olor de su pelo en mi nariz. Como si entender que el asesino fue sólo una esquizofrenia momentánea de mi dolor, tal cual la nombraron, regresará el tiempo para que no tuviera que levantarla de su cama hecha un amasijo sanguinolento de piel y huesos. Es muy fácil teorizar sobre el dolor ajeno. Si de la pared de tu oficina cuelga un papel que te acredita como experto en la psique, tienes el todo el derecho para revestirte de indolencia, para asentir maquinalmente y proferir insanias cómodas. Falsamente empáticos, te dicen sin vergüenza que lo que te destruye es muy normal, que no te preocupes, que gritar y romper los vidrios de tu casa o rasgar enceguecida sus notas de ti sobre el escritorio, es sólo una etapa en el largo camino de la aceptación y la feliz resignación. Impasibles como espantapájaros conformes de estar hechos sólo de paja, te acusan de loca, de desequilibrada, con razón, y desvirtúan con nombres extranjeros tu necesidad de verdad y justicia.
Mi único error fue guardar silencio cuando debí haberlo dicho todo, quizás también dormirme cuando más debí estar despierta. Pero ¿quién me iba a creer? Los sueños son sólo sueños. No tenía pruebas reales. Me era fácil reconocer el espacio del sueño. Había demasiados indicios: las lápidas, las cruces, el cortejo fúnebre que se repetía noche a noche. Las primeras veces, cuando aún no entendía nada, tomé por una pesadilla muy molesta al sueño recurrente. Conforme se repetía, la bruma de lo onírico se disipaba, permitiéndome ver cada vez más claro. Comencé a anotar todo lo que recordaba antes de que saliera por completo de la somnolencia. Escribía en automático en un cuaderno que dejé sobre mi mesa de noche. Horas después leía, extraía imágenes claras y las ponía en limpio en la hoja final del cuaderno. Así fui viendo que me encontraba en el cementerio central, era evidente por la estatua de la parca que adornaba la entrada. Pude leer los rostros de quienes caminaban atrás del ataúd, medir a cálculo el tamaño del cajón. Mi papá era quien lo llevaba, abrazado, él solo sobre sus antebrazos a manera de cuna. Un coro de niños de uniforme escolar cantaban una canción de despedida entre lágrimas. Muchas personas que no recordaba pero sabía había visto antes, cuchicheaban entre asombradas y apesadumbradas. Yo camina junto a papá: los ojos refundidos en el paso siguiente, viendo sin ver, ciega de tristeza.
La noche en que logré armar todo el rompecabezas, tres meses antes de que la mataran, un hombre bajo, vestido de overol ocre me alcanzó en la cabeza de los dolientes. Llevaba en sus manos la pala, caminaba tranquilo. Mi yo del sueño estaba concentrado en rumiar la muerte. Hasta ese momento no lograba confirmar de quién era, pero mantenía la estúpida esperanza de que el tamaño del ataúd no fuera el de Mariana. El hombre, dentro del sueño, todo esto pasó dentro del sueño, dio un salto frente a mí, blandió su pala amenazante. No me sobresalté en la realidad del sueño. Bajó la pala ante mi falta de respuesta. La soltó con un ruido pesado, como si en vez de pala dejara caer al suelo un cuerpo pequeño y hueco. Abrió sus abrazos, me rodeó con ellos acercando su boca a mi oído: «Siempre ha valido la pena el riesgo…» dijo, «… No se imagina, señora, lo bonito que le cuidaré la muertica. La voy a hacer gemir el doble, el triple de lo que gimió cuando la maté». Me sostenía entre sus brazos. A mi alrededor nadie se percataba de lo que pasaba, todos avanzaban en el cortejo mientras yo me esforzaba por gritar, ahogada en su abrazo.
Desperté llorando. Corrí al cuarto de Mariana, ella dormía tranquila. Me senté en su cama, le quité el pelo enredado en el sudor de su frente y la besé en los labios, feliz de que sólo hubiese sido una pesadilla. Bajé hasta la puerta, me aseguré de que todo estuviera cerrado. Coloqué en la aldaba del pasador un candado grande que no recordaba tener, pero que encontré entre algunos juguetes, trastes, herramientas, y regalos que papá le había dado a Mariana sin que los usara nunca. Volví, confiada del candado y mi revisión, me senté en la silla, me quedé viéndola dormir hasta que amaneció y abrió sus ojos y me preguntó que qué hacía y le dije que nada. Ese día no la mandé al colegio. Por una semana estuvimos juntas bajo las cobijas viendo caricaturas y comiendo helado, temerosa de separarme de ella. El sueño parecía al fin desaparecido. Lentamente volvimos a la rutina, olvidé la premonición tomándola por un mal sueño, quizás activado por alguna noticia que no recordaba o por alguna película que pasaron en la televisión mientras dormía. Mariana volvió al colegio y con eso también volvió el sueño, continuando donde había quedado la última vez.
Luego de que lograra soltarme de su abrazo, el hombre de overol clavaba sus ojos amarillos en los míos. «Mirada de lechuza», recuerdo haber escrito en el cuaderno. Como si proyectara desde ellos, en la parte trasera de mi cerebro se recreó el asesinato, tal cual sucedería después. No conseguía, sin embargo, ordenar la sucesión de los hechos con coherencia, no al despertar. Lo único que permaneció nítido fue el movimiento repetido de algo que parecía ser la pala pero que lucía más pequeño y menos pesado. El objeto se estrellaba mecánico en la cabeza de Mariana, animado por una mano desprovista de todo sentimiento, de furia o ansiedad, tan solo como una máquina que hace su trabajo; un troquel, por ejemplo. Le conté a papá. Escéptico como fue siempre, me pidió tranquilizarme, no entrar en histerias innecesarias. Me ofreció, para mi tranquilidad, llevar él mismo a la niña al colegio y recogerla en la tarde. A la mañana siguiente a su ofrecimiento, el cual acepté, inicié la rutina que aún hoy conservo amparada por el tiempo que me liberaba papá. Él vino temprano, la llevó, me llamó para decirme que todo estaba bien. Aproveché para irme al cementerio, caminar durante varias horas y preguntar por los sepultureros, a quienes vi sin reconocer en ninguno al hombre de ojos amarillos. Eran hombres comunes, pobres y amables. Nada en ellos dejaba entrever a un pederasta o a un asesino. Sin embargo volví todas las mañanas, algo no había visto, algo se me escapaba. Llevaba diariamente regalos queriendo así ganarme su confianza: pan, galletas, café, dulces, etc. Pronto me encontré sentada en la bodega de herramientas, charlando con los sepultureros que no preguntaron mis motivos, domeñados como estaban por mi amabilidad. Intentaba escrutar con preguntas casuales sus vidas. Preguntaba por sus hijos, por esposas, mascotas y sueños. Nada estaba fuera de lo normal. Nada indicaba comportamientos distintos al de hombres trabajadores. Regresaba a las doce a mi casa, después de vivir una mañana como sepulturera honoraria, cargando también yo palas y usando, algunas veces, el overol ocre característico.
Mariana me esperaba en la ventana, luego de que papá la dejara en casa y se fuera a la galería, casi todos los días. Apenas si se quedaba sola media hora, tiempo suficiente para que la encontrara llorando angustiada, pues le costaba entender por qué ya no la llevaba al colegio o la esperaba al regreso. Le mentí con que tenía un nuevo trabajo, uno que debía hacer fuera de casa a diferencia del verdadero que hacía en el estudio, en su compañía: yo en el computador, ella a mi lado haciendo sus tareas escolares. Sé que ella sabía la mentira, aunque no tuviera aún las palabras para expresar el sentimiento derivado de su certeza. El sueño se repitió unas noches sí, otras noches no. Ya no me daba tanto miedo. Lo mejor era soñar, así podría encontrar las señas que me faltaban. Quería detenerlo.
Llevé conmigo al cementerio el cuaderno de sueños. Dibujé las facciones de los hombres en él, valiéndome de un talento heredado de papá, aunque con más carencias que talento. Copié bajo sus caras sus nombres, teléfonos, direcciones y algunas señas que, si llegara el caso, me servirían para identificarlos en la oscuridad, previniendo así cualquier evento nefasto, creía. Entonces sí recibí preguntas, las resolví fácil argumentando ser pintora y hacer unos esbozos para una exposición, además les di pequeñas cantidades de dinero por sus trabajos de modelos. El asesino seguía sin revelarse. Dejé de dormir velando el sueño de Mariana. Me sentaba en la silla justo cuando ella dormía y me iba al amanecer, antes de que despertara. No quería asustarla. Las noches corrían en completa quietud, solo alteradas por el murmullo suave de su respiración y por las vueltas de su sueño.
Una noche ya no supe cuántas noches llevaba sentada en la silla. La mañana la usaba para ir al cementerio. En las tardes me esforzaba por trabajar siéndome muy difícil la concentración de tan cansada que estaba. Por momentos, sobre todo anocheciendo, mi cerebro se desconectaba. Lo entendí como un mecanismo de defensa contra el cansancio, siestas involuntarias de no más de cinco o diez minutos cada tres o cuatro hora, de las que salía con asustada para buscar con los ojos muy abiertos a Mariana. El último mes dejé por completo de lado el trabajo, no así las idas al cementerio. Me obsesioné con rastrear pequeñeces que quizás hubiera olvidado en mi toma de notas. Leí con detenimiento las anotaciones del sueño que, por no dormir, ya no tenía. Buscaba entre líneas detalles necesarios para dibujar un retrato fiel del asesino. Todo era inútil.
¡Qué estúpida fui!, ahora puedo decirlo sin vergüenza; ya no hay quien me culpe, más que yo misma. La obsesión se enraizó de tal manera que supuse, cretinamente, que si dormía lo suficiente para alcanzar a soñar nuevo conseguiría ver bien las facciones del hombrecito que buscaba y podría dibujarlas al despertar. Llevé a Mariana a su cama. Le canté la canción que la ayudaba a conciliar el sueño. Cuando estuve segura de que su sueño era profundo por la respiración pausada y las vueltas escasas, me senté en la silla y cerré los ojos. Soñé que bajaba hasta la puerta, salía y desde afuera rompía la chapa a golpes fuertes con un bate de criquet que papá le había regalado a Mariana, tanto tiempo atrás que lo había olvidado. El hombre me miraba desde el otro lado de la calle, esperaba. Cuando terminé de hacer pedazos la chapa, él vino y cruzó conmigo el umbral. Me pidió, con una voz suave fingida gruesa, que le entregara el bate. Se lo di. Fuimos juntos hasta la habitación de la niña. Él sonreía. Los mechones de pelo largo enmarcaban su cara y ensombrecían sus ojos en medio de la poca luz. Quise retener en el recuerdo esos detalles: pelo largo, voz femenina forzada a parecer más masculina.
Asestó el primer golpe sobre su cabeza recostada de medio lado en la almohada. Yo fui a sentarme en la silla. El segundo, el tercero, el cuarto, el quinto… con esa forma vacía de sentimiento que recordaba al troquel, que recordaba esa vez que metió sus ojos en mis ojos en el cementerio del sueño.

EL TARRO DE CONSERVA

19 julio 2014

En el piso cuarto del edificio E-4 vive Santiago. Tiene 42 años, un gato amarillo llamado Mateo, un corazón duro y una soledad que no le estorba. Su apartamento es tan común que no vale la pena describirlo. Quizás lo único que llame la atención a sus esporádicas visitantes sea un tarro redondo, lleno hasta el borde de formol, donde duerme encorvado su único hijo. Un hijo tan lejano que a veces olvida el nombre que pudo tener. Tan ajeno que suele confundirlo con parte del austero decorado; un mueble más que trastea de lado a lado sin sobresaltarse por el ruido submarino de su cuerpecito tieso chocando contra las paredes de vidrio. Tan suyo que ni consigo mismo comparte el recuerdo de qué útero lo formó o a qué amor perteneció. Una pertenencia confusa, difícil de definir con claridad o de unirla a una situación real de sus días. Santiago olvida fácil… y en eso, dice, está el secreto de la felicidad.

Si un día usted, lector, tropezara con Santiago, si su hombro chocara contra su hombro, notaría poco su presencia en el instante. Luego, lejos ya del choque, no conseguiría evadirse de su recuerdo. En eso radica el éxito de su felicidad: en hacerse invisible y ciego, en permanecer como estela ineludible. Sí, no hay duda, Santiago sería el hombre más feliz con el que tuviera el infortunio de tropezar. Santiago es, cuando pasa, el hombre que todos quisieran ser. Si se le mira con atención puede uno reconocer en la forma de sus formas el sueño colectivo de la felicidad. Aún así, no hay nada que dé menos ganas de mirar que un hombre feliz. En su estela sólo es posible el desprecio. Un desprecio visceral, ininteligible. Echaría usted una mirada rencorosa por encima del hombro, confundido por el sentimiento naciente, irracional, de regresar a romperle la sonrisa con tres golpes brutales y un par de patadas cobardes, a las costillas, indefenso en el suelo. Pensaría usted en él camino a su casa. Le contaría a alguien el encuentro significativamente casual, sin conseguir explicar que el odio que lo carcome no es otra cosa sino la envidia de su completud, la de Santiago.

Nunca se le ocurría pensar que ese hombre bien vestido, cuyo aroma recuerda a los hombres de los comerciales de perfumes, que va peinado con el descuido de los guapos, llega todas las tardes a su apartamento, después de subir cuatro arduos pisos, después de responder 100 correos y firmar 100 papeles y se recuesta en un sofá barato, se sirve un vaso de whisky barato, se enciende un cigarrillo común y mira complacido su edad sin nadie, su hogar lleno de cosas anodinas. Pasa ahí las tres horas antes de dormir, ve la televisión sin verla y luego se mete puntual a las ocho bajo las cobijas para dormir un sueño sin sueños. Un sueño calmo y reparador.

No es posible pensar que alguien como Santiago no tenga una esposa hermosa para recibirlo, noche a noche, inútilmente acicalada. La primera imagen que se viene a la cabeza es la de dos niños, niño y niña, sonrosados y hermosos que corren efusivos para darle un abrazo a papá; quizás para enseñarle un dibujo donde papá y mamá sostienen sus manos y un sol brilla feliz en la esquina superior de la hoja. No cabe en la apariencia suponer que Santiago no fijará su atención en las manos entrelazadas y sabrá, con esa minucia, que para sus hijos no existe más protección que la ofrecida por un papá y una mamá que sonríen de rojo bajo el tibio rayo de un sol que comparte sus alegrías. No, eso no. Ha de haber un beso amoroso. La tensión de una noche de sexo enamorado cuando duerman los niños. El enredo de dos cuerpos perfectos que nunca van al gimnasio. Los orgasmos prolijos, gérmenes de un sueño lleno de sueños. Un despertar cálido al abrigo de una taza de café en el momento justo de la somnolencia. El olor del desayuno que flota hogareño por la casa invitando a desdeñar de la tragedia que representa ir a trabajar cuando lo único perfecto sería meterse los cuatro en la cama y ver las caricaturas.

Sin embargo.

En la mañana Santiago se levanta solo, hace años no le es necesaria una alarma. Despierta con tiempo de sobra. Baja, pone la cafetera a borbotear. Espera el café recostado contra la lavadora. Se toma el café caliente fumando un cigarrillo de pie. No piensa en nada, no tiene en qué. El trabajo sólo existe para él en el instante de sentarse en su escritorio; desaparece cuando cruza el umbral del edificio y dice «Buena tarde» al portero que le abre. No tiene deudas porque nunca ha necesitado nada que no pueda pagar. No hay una mujer de quien suponga una infidelidad ni cuyo cuerpo añore en la erección infaltable de la mañana. Lava el pocillo, lo devuelve a su sitio en el cajón. Sube. Saca el cronómetro de la ducha. Lo activa y cepilla sus dientes por cuatro minutos exactos. Se desnuda. Devuelve el cronómetro dentro de la poceta. Lo activa otra vez y se baña usando quince minutos de la mañana, ni un segundo más, ni un segundo menos. Ata la toalla a su cintura. Plancha una camisa. Escoge una corbata, un traje que haga juego. Se pasa los dedos por el pelo mojado y sale a trabajar. Todos los días con una precisión que desequilibraría el mundo si se moviera un segundo. Si les es difícil de creer, pueden preguntar al dueño de la tienda y esa vez que no lo vio salir y todo salió mal… pero eso es otra historia.

Yo, lector, ni desde mi posición de narradora omnisciente, soy diferente. Cuento esta historia, hago este retrato porque también yo supuse un idilio abotagado. También quise ser como él desde la primera vez que lo vi. Ser a su lado, juntos. Debo confesar que no me importó romper un hogar perfecto. Ahora que han pasado los años puedo, sin temor a equivocarme, aseverar mis esfuerzos solapados por destruirlo todo. Soy, como usted, una mujer que no soporta la felicidad, que se va de frente contra la perfección para hacerla tan ajada como la miseria propia. Debo confesar que amé a Santiago, aún en la certeza de su realidad que le quedó estrecha a mis suposiciones. Me complicó los días y las noches hasta el punto de que el amor se transformó de repente en frustración enamorada. Quise alterar su rutina, borrarle de la cara esa sonrisa vacía de necesidades. Yo, frente a él, como si pudiera.

Es cierto que logré meterme en su cama. Creía, como cualquier mujer, que desde ella otear el amplio espacio de las ausencias se me haría más fácil. Era un amante excelente, dedicado, dulce o violento según lo exigiera el silencio de mi cuerpo. Supe entonces de las demás mujeres, a las que solo recibía los sábados después de las seis.  Mujeres cualquieras, sin importancia para él, que regresaban sin que se los pidieran, turnándose los sábados como quien hace una fila en el banco. Supe además que antes de todo, solía bañarse el pene con jabón detergente, esperando tres minutos con la espuma sobre él; que se bañaba las manos al ritmo del cronómetro doce veces al día, que no me tocaba si antes no bañaba mi vagina con el mismo jabón y le enseñaba el resultado de los exámenes que me obligaba a tomar cada dos semanas. No exigía fidelidad, solo exámenes médicos, desde la primera hasta la última vez.

No valió la sensación de ofensa que tuve cuando me extendió la tarjeta del laboratorio clínico y me dijo, con su tranquilidad de siempre, que si no iba allá, no podría recibirme en su apartamento. El muy cretino, el muy confiado. Pudieron más la curiosidad y mis ganas de terminar con su familia perfecta que hasta ese momento suponía existente. Fui a su cama con la férrea convicción de no desviar mi objetivo, facilísimo desde su desnudez dominada por la mía. La dominada fui yo y entendí por qué todas regresaban.

Santiago no se enamoró de mí, yo sí de él. Para él, el amor era una cosa tranquila sin espacio para el extrañamiento, sin lugar para las dudas ni las necesidades; una excusa con muchas palabras para explicar que eso que llamaba amor, aunque no era amor, valía la pena esforzarse por convencerme de que sí era. Tonterías de hombres-niño, pensé. De entre todas las cosas que hacía, la que más me irritaba era su impasibilidad ante mis ataques, mis reclamos y mi amor. No levantaba la voz así lo gritara hasta las bofetadas. Sonreía tierno, como quien oye a un niño pedir con rabietas que le compren un unicornio arcoíris.

Ocho años estuve a su lado cada tres semanas, no me recibió otro día que no fuera el sábado, no dejó que me quedara nunca a dormir. Ocho años sin que tuviera un detalle de amor directo, pero sí muchas insinuaciones que tú tomabas del modo que más necesitara tu desesperación enamorada. Ocho años siguiendo su vida a la distancia, esperando frente a su edificio para verlo entre semana, a la salida de su trabajo para olerlo de soslayo. Viendo los sábados el desfile de mujeres que me precedían en el intento de atisbar los límites de su perfección, sin conseguir descolocarlo ni un milímetro. Ocho años tristes en los que perdí mi objetivo, donde me confundí en su indiferencia y en ese trato que te hacía dudar de si su indiferencia era real o sólo te estabas portando como una loca.

El día que me fui de su casa, después de hacer el amor, después de tiempo insistiendo por algo más verdadero, me llevé conmigo el cuerpo encorvado de su hijo eterno por el formol. Ahí sigue, flotando sobre la repisa, sin que Santiago haya llamado siquiera a pedirle de regreso, aunque yo misma lo llamé a decirle que lo había robado. Cinco años esperando a que me busque por el tarro y poder, ahora sí que ha pasado el tiempo, fraguar mi plan, cumplir mi objetivo del que estúpidamente me olvidé en su cuerpo. Su cuerpo. Su cuerpo.

LOS DÍAS Y LAS HORAS

15 julio 2014

Hay horas más tediosas que otras. Todas lo son, a su manera, para la mayoría de las personas. El tedio es la quietud pretenciosa, la sensación de que se espera algo aunque no se vea. Así lo siento yo. No me importa si para los otros es más. Yo soy yo, aunque no me baste para la evasión. Quise entretener las mañanas; trotar cuando hace frío y al cielo lo encapotan las nubes. Tomar un jugo de naranja, exhausto, en una caseta que rápido se me hizo familiar. El hielo se amistó con mis pulmones. Los tenis se amansaron y trotar tomó la forma de lo que se repite, igual.

Abrí entonces un libro. Uno nuevo, recientemente escrito. Leí despacio, asesinando horas largas en cada línea. La historia; la historia comienza donde comienzan todas las historias: por una frase lírica y contundente, extendida profesionalmente hasta elongar su contundencia por doce renglones mazacotudos de ansiedad. El medio muestra un conflicto inclinado más al cine y a sus treinta minutos de proyección. El final es un final que se cierra por debajo y se abre por arriba, como un explorador ártico que horada la cima del iceberg hemingwayniano para otear desde ahí las profundidades abismales y blancas del subtexto: una metáfora de situación tan compleja, que pretender comprenderla se hace tan odioso como optar por el vacío semántico. Connotar, denotar; a los puntos y seguido, a las frases cortas, a las imágenes complejas, todo le está permitido. Semíramis, la poeta reina, ya inventó eso. Después todos los libros se hicieron iguales. Hasta Homero aplicaba metáfora de situación, Deux ex machina, lo mismo. Aunque también puede ser que sea un imbécil, yo. Aunque también pueda ser que sea un crítico, yo. Aunque también podría ser mejor yo, aunque no me baste. Ser ella. Ser yo. Mejor.

Lo bueno: el libro adolecía completamente de ínfulas esnobistas. Inicio, nudo, desenlace y un clímax tímido, evidentemente intencional; palabras claras, albures graciosos. Reí un par de veces leyendo, eso ya es mucho. El tedio no obvia la risa. El tedio disfruta la risa, más cuando la origina el albur. La risa espontánea activa la memoria. Un clic deja libre un recuerdo, te detienes, retiras los ojos de las letras, te embelesas en las formas iridiscentes del pasado. Extiendes tu mano hacia al frente, pero no tocas más que el espacio vacío del presente. Hay lo mismo; como el jugo, como el hielo de la mañana, como los tenis que me van sueltos así hale hasta deshilachar los cordones. Esta hora es más tediosa que los días, ésta en específico, para mí que sigo esperando algo que ya no veré pero se siente. Nunca.

Entonces quise lavar, limpiarlo todo hasta que se hiciera traslúcido de tanto frotarlo. Quise hacer de mi casa un museo de vidrios; la inmanencia de muchos espejos en potencia, presentes en cada rincón, inútiles en cada rincón. Reflejos difusos de los contornos de los enseres. Imágenes desteñidas de las sombras de los objetos. Olvidé la medida ínfima de mis manos, mis músculos endebles de tanto estar quieto queriendo correr. Olvidé qué instrumento era pertinente y acabé sentado en el suelo, vencido, rodeado de fracasos con una esponja común deshecha entre las dos manos. Regresé cada objeto a su lugar, menos la fotografía de los dos que seguí tallando insistentemente con los jirones de esponja amarilla húmedos de solvente; se borraron los rasgos, las líneas que dibujaban sus labios; desapareció la ligereza de su pelo eternizado por la cámara. No pasó así con su nombre ni con la textura de su voz que de niño sentía clara en el cuerpo y que con los años fue haciéndose un susurro escaso sobre la piel; no así con su ausencia solidificada y pesada. Regresé la fotografía a su lugar. Pretendí redibujar lo borrado a fuerza de imaginación, con los ojos cerrados, no hubo más que la oscuridad rosa de mi sangre corriendo.

Abro, la luz vuelve, miro el fracaso de mi casa de espejos. Hay una ventana abierta al otro lado de la casa. Así ha estado los últimos diez años. Yo mismo soldé los barrotes para que nadie entrara. Nadie entró. Diez años hacen de toda ventana, por más significativa que sea en el recuerdo, solo una ventana que da a una calle siempre vacía cuando la miras. Desde ella la altura parece menor. Los barrotes cumplen bien su función de inhibidores del inconsciente, quiebran con suficiencia los ímpetus necesarios para volar en picada. Hay días en que quieres volar, mamá sabía de eso, hay horas donde los barrotes sobran.

Mamá dijo… no, aquí no habrá analepsis. Los flashbacks son para hombres con tiempo de sobra para desperdiciar volando en reversa. Mamá nunca dijo nada, así está mejor.

Decidí entonces romper un vidrio, y rompí el vidrio con toda la fuerza de mis brazos que no corren. Los fragmentos volaron separándose hacia afuera. Nacieron con mi puño. La gravedad los haló, los desperdigó y cayeron meciéndose como plumas en el espacio vacío del presente; vacío de mamá y sus ímpetus desinhibidos. Vacío del estruendo que no me sacó del sueño ni me dejó solo porque más era imposible. Diez años. El tedio es que nada suene como sonaba cuando tenía sentido. Un estruendo de vidrios es pesadamente significativo en el espacio iridiscente del pasado, luego sólo es un estruendo de vidrios.

Entonces decidí escribir, como quería mamá.

Escribí:

« Hay horas más tediosas que otras. Todas lo son, a su manera, para la mayoría de las personas. El tedio es la quietud pretenciosa, la sensación de que se espera algo aunque no se vea. Así lo siento yo. No me importa si para los otros es más. Yo soy yo, aunque no me baste para la evasión.»

Y seguí escribiendo hasta que escribí que «decidí escribir, como quería mamá»; me retracto, corrijo: como lo hacía mamá…

Entiendo entonces lo fácil que pierden sentido las palabras. Cada trazo finalizado, cada vez que separo el lápiz del papel, la palabra se ahoga en la falta de oxígeno del presente vacío. Nada permanece realmente. Agradezco —para mí mismo, escribiéndolo por encima o insinuándolo por debajo— los barrotes que le faltaron a mamá el día en que entendió, también, que todas sus palabras murieron huérfanas de inmortalidad y prefirió mejor volar en picada que escribir.

Hay días que te recuerdo, mamá; hay horas donde no quiero escribir.

PREOCUPACIONES DE UN HOMBRE RETIRADO

14 julio 2014

Ayer comencé a hacer cuentas. Conté en silencio, multipliqué. Me confundí por partes, no fue fácil, la cuenta es grande, deprimente. Hoy es miércoles, ayer era martes. Pocos saben que los martes son los mejores días para la aritmética. Creo que ha de haber algún estudio en una universidad con nombre impronunciable, en un país improbable, que respalde mi aseveración. Hoy es miércoles, la cuenta se extendió desde ayer en la noche, pudo haber sido antes, pero hubo una complicación. La complicación me hizo perder tiempo, pero nada trascendente, relevante. Veinticuatro horas haciendo cuentas, llenando hojas, recordando. Eso les dará una idea de la magnitud de mis cuentas.
Soy reacio a la tecnología. Aprendí la aritmética en un ábaco, como se aprendía en mi época; entonces, se aprendía bien, no como ahora. Fue difícil, han pasado muchos años desde que escribí el primer número. La cuenta de los números me llevó a la consciencia de todos los años que han pasado. Aquí los anoté, al final: 38 años. Treintaiocho años es tiempo, mucho tiempo; no tanto como la magnitud de mi cuenta. Veinticuatro horas frente al escritorio; papel, lápiz, el ábaco que me regaló mi abuelo, el recuerdo evasivo de los números, los años que esconden la certeza.
No fue fácil. Tuve que inventar un método. Como no conseguí recordar el primer número, créanme que lo intenté pero fue inútil. Como no pude recordar el primer número que dibujé en la primera de las muchas hojas blancas donde los escribiría a lo largo de los 38 años, me dije, Marquitos, así me decía mi mamá, Marquitos, no quiera meter un dos de bastos para sacar un as de oros. La verdad, aquí, ahora, después de lo que pasó, con vergüenza debo aceptar que no entendí.
Suelo hablarme a mí mismo con metáforas que no entiendo. Eso no sería problema si yo fuera un hombre diferente. Un hombre más tranquilo. Soy matemático, las metáforas para mí son enigmas intangibles. Tristemente, los enigmas exigen resolución, al menos para los hombres como yo. Ese es el problema, el verdadero, al menos para los hombres de mi clase. Perdí mucho tiempo, eso fue el martes, en la mañana. Perdí tiempo resolviendo lo de la baraja española. Lo sencillo estaba por arriba. Hay que ser un completo idiota para no saber que el dos de bastos es una carta de menor valor junto al as de oros que, supongo, nunca he sido jugador, a excepción de esa vez que creí poder contar cartas, es la carta más valiosa de todas. Partiendo de eso podría sacarse una conclusión: mi yo metaforizador quería darme a entender que no apostara a lo menos para querer ganar lo más de lo más. En el plano de lo denotativo no había complicación, el enredo se presentaba en lo connotativo. Se le adhería otro problema, otro más al enigma: el problema del martes.
Los martes son los mejores días para aritmética, razón que me impedía desperdiciar mi martes resolviendo enigmas lingüísticos, literarios, no sé. Me hice un sólo temblor. Un mar de sudores ansiosos ante la barrera, en ese momento, infranqueable de lo connotación. Cuanto más imposible se me hacía resolver la verdad de la frase, más imposible se me hacía agarrar el lápiz, despejar los términos de esa ecuación de palabras. El sudor caía a goterones sobre el papel, obligándome a desecharlo cuando el grafito no pegaba a la hoja mojada y abultada en círculos desiguales, crecientes. Respiré profundo. Solté el lápiz. Pasé mis manos trémulas por la superficie escamosa de mi cabeza pelada. Miré el reloj puesto al lado izquierdo de mi escritorio. Los segundo se marcaban ruidosos; atronador el avance del minutero.
Eran las ocho de la mañana, la hora de entrada al colegio. «Quince minutos, Marquitos», decía Luis, mi jefe, que me veía enmarañado en el orden de mis carpetas, en la limpieza de las escuadras, en el repaso de los cursos del día y de todos los nombres de los alumnos de mi primera clase. «Marquitos, es hora», Luis me tocaba el hombro y decía: «claro, claro, voy», pero algo quedaba fuera de lugar, no recordaba el segundo apellido del código 33, no encontraba mi pluma, la tiza azul, necesaria para trazar las tangentes; la tiza roja, indispensable para los radios de las circunferencias. Regresaba a mi escritorio. En la nueva búsqueda, lo ordenado cambiaba de lugar, me veía otra vez enredado en lo de hacer, en lo importante para que todo saliera perfecto, la única manera válida para todo. «Marquitos, ¿qué pasó?», Luis; «¡voy, voy!», yo; «Acaban de tocar la campana. La clase terminó», me palmeó el hombro. Una sensación devastadora me embargaba, tenía ganas de llorar ante la certeza de haber arruinado mis esfuerzos por hacerlo todo bien. Rota la perfección que pretendía, me sentaba en el escritorio y lloraba, bajito para que nadie me oyera, para no levantar lastimas que favorecieran consuelos incómodos y llenos de manos.
La sensación punzaba más si era un martes del día del fracaso. Los martes son los mejores días para las matemáticas en general.
El ruido del minutero alcanzando el palito coronado con un cinco me recordó el tiempo, el martes. Me sequé la frente. Respiré profundo. Ya estaba muy viejo para ponerme a llorar como me pasaba de niño. De niño lloraba mucho cuando debía hacer un resumen, o cuando debía decir cuál era el sujeto y cuál el predicado o cuando la maestra nos leía, de un libro forrado en cuero café, La Celestina y yo no lograba entender ni una sola de sus frases. Poco importaba qué lugar fuera: el salón de clases o el parque de juegos, ante la confusión y la perfección imposible, lloraba. Arrugué la hoja, la lancé a la papelera. Sacudí fuerte la cabeza de forma horizontal queriendo espantar los abrojos de la ansiedad, creyendo que así, con vigor, con decisión, la solución al enigma se despejaría como se abre el cielo azul después de un ventarrón inesperado. Sequé mi frente, otra vez.
Tomé el lápiz y escribí la frase en la parte superior de la hoja con letras cuidadosas, redondas. No quería descartar ninguna vía, ni siquiera esa que apelaba al trazado de las letras. Debajo escribí: «DENOTATIVO:», a renglón seguido eso que sabía, lo del menor valor frente al mayor valor. Puse un punto final, remarcado y profundo. Esperé leyendo voz alta la frase, mi primer paso de los muchos que me llevarían a la solución. Por no desesperar, escribí: «CONNOTACIÓN:». Sostuve el lápiz en el aire. Le saqué punta con sacapunta metálico. Una gota cayó sobre la hora, una gota más delgada que las anteriores, una gota que no era de sudor.
Respiré, profundo.
Estrujé la hoja, la lancé a la papelera, escribí otra vez en una hoja nueva sosteniendo la mano libre bajo mi mentón. Mi palma rápidamente se llenó de lágrimas. El minutero llegó al palito coronado con el número quince, veloz hasta el treinta, inquisidor al cincuentaicinco. Una hora perdida por mi incapacidad de resolver lo que yo mismo me dije. ¡Qué estupidez! El horario avanzó, se posó sobre el nueve con una sutileza contraria a la estridencia de las otras manecillas.
Lamenté que no me casé. Una mujer habría sido de gran ayuda. Las mujeres tienen cerebros prácticos. Habría necesitado solo grita: «¡Martha! —por ejemplo— ¿qué quiere decir esto?», y ella, con una facilidad pasmosa pero ya no sorpresiva, diría: «Marquitos, tú sí eres bobo… eso es fácil, quiere decir…» y listo, podría ocuparme de lo importante. Pero no había nadie, nunca lo hubo, sólo yo y mi otro yo quien con crueldad guardaba silencio.
Sequé mi mano contra el pantalón. La regresé al mismo lugar, bajo el mentón, acunada como un cuenco. La sequé muchas veces más, las necesarias para la humedad, hasta que el segundero dio tres mil seiscientas vueltas, el minutero sesenta y el horario avanzó otro número.
Junto a la sutileza de otra hora, la frase escrita en el papel se desgajó letra a letra. Cayeron hasta el fondo, apilándose una sobre otra contra el borde inferior de la página. Desordenadas, sin sentido. Un montón de letras que no decían nada. Un montículo de trazos insignificantes que unos segundos después formaron una pirámide, luego un círculo perfecto, una parábola sobre una hoja milimétrica. Líneas hechas de letras solas, desprovistas de la fuerza que solo conseguían reunir en manada, como los delincuentes. Letras ladronas, mafiosas. No mentiré, eso tampoco ayudó a mis deseos. Si bien, hay que ser sensatos, las letras se habían dispuesto en signos que me eran familiares, no saqué más que aumentar mi zozobra y mi desesperación en el fracaso de la supuesta esperanza de que ahora sí, de ese modo, me sería más fácil desentrañar la verdad de la frase. El malestar regresó con vehemencia. Antes tenía el aliciente del lenguaje ajeno, pero ya conocía los símbolos y fracasé.
La solución llegó del mismo modo como se propició la confusión. No de mi voz metafórica, muda, divertida por la imagen de mi yo real hecho una piltrafa, sino de mi condición de hombre del tipo que soy. Repasé, como no había logrado hacerlo, cada uno de los pasos que desembocaron en la pretensión de resolver un enigma. Redacté dos párrafos de ocho líneas por cada evento, comenzando con el recuerdo evasivo del primer número que escribí, hasta llegar a la transformación de la frase en símbolos matemáticos. Una hoja pulcra para cada evento. Un punto final, preciso para cada acontecimiento; incluidos los avances del tiempo, las lágrimas y el sudor. El martes iba terminando. El reloj marcó las cinco de la tarde cuando puse el ultimísimo punto final. Las seis y media cuando releí con atención página a página. Las siete cuando al fin, luego de mirar quieto la pared blanca de mi estudio, entendí a qué se refería mi otro yo con su broma literaria.
Preparé la estrategia de conteo agradecido en parte con mi yo interno por ofrecerme una frase tan certera, cuya ausencia habría hecho imposible la estructuración del método de mi memoria. No debía pretender recordar el primer número (mi dos de bastos) sino debía arrancar por el más próximo; echar para atrás en los nombres, en los trabajos, comenzando por el último año que ejercí. En retrospectiva, desde lo más fresco hasta los más añejo. Los números se sucedieron con fluidez. El esfuerzo de la memoria fue innecesario. Bajo los números que indicaban el año, aparecieron con rapidez los demás. Escribí: «Año 2000»; a renglón seguido: «Grado Undécimo»
«Cuarto periodo»
«Zarate Pamplona Lina Marcela».
«3.5 – 4.5 – 3.5 – 5.0».
«Tercer Periodo».
«4.5 – 4.5 – 3.5 – 2.5».
«Segundo Periodo».
«1.0 – 2.5 – 5.0 – 5.0».
«Primer periodo».
«3.0 -3.0 – 4.5 – 5.0».
«Vanegas Maldonado Juan De La Cruz».
«Primer Periodo».
«3.0 – 3.0 -2.0 – 2.0».
«…»
De ese modo hasta que llegué, tres plumas con sus tintas después, a primero de primaria del año 1962, a esa primera nota esquiva que le puse a Aponte Cárdenas Sara Estela por una suma simple. Veinticuatro horas después, sin parar ni para ir al baño, había logrado recordarlo todo. La sensación de orgullo es indescriptible. La felicidad se me hacía un gesto estúpido en la cara. Un poco menos de dos millones de números, doscientos cincuenta mil nombres, cursos, códigos, algunos rasgos distintivos de cada estudiante, todo escrito en papel blanco y a pulso de memoria. Quince resmas de papel después, al fin encontraba mi as de oros.
El próximo martes me concentraré en una nueva tarea, un nuevo conteo, como ya se me ha hecho costumbre en los últimos años. Me ha impresionado mucho todo lo que nunca contamos, todos los números que nos rodean sin que nos percatemos de su importancia. Hay que dejar registros, un día serán útiles para resolver un enigma, quizás. Me hace falta papel. Mucho papel. El papel es bueno… y silencio, falta silencio. Siempre lo he dicho: los martes son los mejores días para las matemáticas, no importa cuán tarde empieces o te embrolles, los martes. Si tuviera una esposa, ya no me haría falta papel.

UNA SOLA PALABRA Y UN HOMBRE CUALQUIERA

17 junio 2014

«Eres hermosa», le dijo. Se sintió estúpido. «Solo los estúpidos evidencian lo obvio», recordó a su mamá. Pero era hermosa, se llamaba Cristina. «Cristina», fue lo único que ella le dijo y le dio la espalda y caminó hasta el otro lado de la calle y se alejó sin mirar atrás. Él la vio irse, moverse bonito, ondear el pelo al viento; «es hermosa», pensó.

La buscó, le fue muy fácil encontrarla. Ella no se sorprendió —no era la primera vez que le pasaba— y acostumbrada como estaba, actúo: se quedó callada, lo miró con desprecio, se dio la vuelta y lo dejó solo. Por veinte años intentó conquistarla. Día y noche pensaba en ella. Abandonó su trabajo porque el ensueño de sus ojos se le atravesaba en la vigilia, lo condenaba a una somnolencia paralizante; dejó de dormir porque la certeza de su ausencia se le metía en los sueños, confundiéndose con la soledad real de su casa sin ella.

La buscaba; la inventaba cuando no la encontraba. Soñaba con su boca, con su pelo, con sus manos y con su sonrisa. Recordaba su voz, que parecía haberse grabado en algún lugar de su cerebro.

«Cristina», decía mirando al cielo. «Cristina», decía mientras su casa se tornaba más oscura. «Cristina», repetía.

Le llevaba flores, plantas, catálogos de ropa y zapatos, le ofrecía viajes que no podía pagar, le escribió poemas, le compuso canciones, pero ella nunca más le habló, lo rechazó siempre, lo miró con desprecio siempre; entonces él le perdonó sus errores, le toleró a sus amantes y un día, diciendo «Cristina», repitiendo «Cristina», se suicidó.

Cristina nunca se enteró.

Así no se vale, Muerte

14 mayo 2014

Faltaban dos semanas para que cumpliera cuarenta años cuando le vino por primera vez «la enfermedad», como había dado en llamarla al no encontrar un nombre mejor y más exacto para sus añicos. «La puta vejez», pensó. Pero era tan punzante, tan repentina y tan extraña, que mejor se dijo que la muerte lo había agarrado de conejillo de indias para una terrible y novedosa manera de cumplir con su tarea. Un experimento que incluía un infierno personal, único e intransferible, padecido en vida.

Aún lo recordaba claro, a pesar de que ya habían pasado treinta años desde ese día:

Salió de la universidad en la que era profesor de historia y bajó la calle empinada buscando dónde comprar un cigarrillo. Una mano entre el bolsillo y la otra asida a la manija de su maletín atiborrado de ensayos por calificar. Eran las diez de la mañana de un día lluvioso del mes de mayo. Dos meses antes, su madre había muerto fulminada por un ataque al corazón que la dejó tiesa sobre la silla de consulta, escuchando desde el más allá la perorata de amor perdido que su paciente recitó sin tara hasta que se le cumplió la hora, pagada por adelantado, de su derecho a ser oído y asentido. Con esa muerte, se quedó completamente solo. Nunca se casó ni tuvo hijos. El amor para él no era otra cosa que el sexo de una hora, pagado por adelantado, en el que se concentraba en retardar la eyaculación lo más que podía, mientras una mujer, demasiado hermosa como para no cobrar por su cuerpo, se contoneaba salvajemente sobre él, ajado y poco atlético. Era inútil. Su amante, que en los últimos cuatro años y por el resto de su vida, dos veces al mes, fue la misma, conocía de sobra el oficio y las mañas precisas para sacarle el mayor provecho a los ciento cincuenta mil pesos que le pagaba por una hora de amor, que se reducía a quince extenuantes minutos.

Cruzó la avenida entre los carros lentísimos que subían. Compró un paquete de diez cigarrillos en una chaza callejera, a una mujer vestida como una indigente pero que por sus manos y por su pelo tan bien cuidado, se le notaba que quizá ganara más que él. Cruzó de regreso. Siguió calle abajo, hacia el café de la esquina. Caló su cigarrillo, y el estómago se le revolvió de tal modo que supuso perdida, para siempre, la dignidad en una descarga involuntaria de mierda líquida que lo perseguiría hasta el final de sus días. Siguió caminando. Botó el cigarrillo, no sin antes calarlo profundo por última vez en su vida.

El desbarajuste iba en aumento. Se metió al baño del café. Un baño adornado elegantemente con las meadas incontables de hombres del tipo que detestan las mujeres y que eran, aparentemente, inmunes a la presencia del orinal erigido solemnemente junto a la taza, bajo el letrero motivador e inútilmente instructivo de «Orine aquí».

El retorcijón, de muerte.

Buscó, acosado por el dolor, el sitio en el que debía encontrar el papel y solo vio el carrete de cartón cilíndrico, vacío y solitario. Abrió su maletín. Sacó unas hojas escritas a máquina y revisó con prisa los nombres. Fue colocando alrededor de la taza los ensayos de aquellos estudiantes que suponía escribían lo justo para una nota mediocre; los supuso, porque por más que miró y le dio vueltas a las hojas, no pudo encontrar los nombres donde debían estar los nombres, después de la palabra «Nombre:» escrita grande al inicio de la hoja.

La descarga fue ruidosa, olorosa y nada placentera. Entre más salía, más fuertes se hacían los dolores. Al fin, luego de quince agónicos minutos, se sintió con la fuerza suficiente para ponerse en pie y usar más hojas mecanografiadas para limpiarse mal, caminar hasta el lavamanos con el pantalón en las rodillas, llenarse las manos de jabón y terminar con la fetidez. Sin embargo, al salir, sintió un temblor en las manos y la frente húmeda y fría. Con torpeza alcanzó la silla, se sentó. Metió la cabeza entre sus manos secándose la frente y respirando profundo. Ya no le dolía el estómago, pero sí le dolía el resto del cuerpo. La visión se le nubló. Cerró los ojos. Una punzada en el pecho lo estremeció y le contrajo los músculos. En la oscuridad de sus párpados se proyectó la imagen de una luz al fondo de un túnel desde la que escuchaba las voces, como si fueran una sola, de todas las personas que amó y que ya estaban muertas, llamándolo con empalago.

Se levantó con estrépito apretándose el pecho en el lugar donde creía estaba el corazón. Puso su mano ahí aunque el dolor era una presión que se extendía por todo el cuerpo, tan intensa que se fue de bruces llevándose por delante la mesa, el maletín que al caer se abrió regando las hojas que le quedaban de su incursión sanitaria.

… Y fue ahí cuando comenzó todo.

Extendió la mano buscando ayuda, pero solo encontró un montón de ojos que lo miraban perplejos e inútiles. Procurando levantarse, recoger sin razón lógica el desorden de papeles, agarró uno de los ensayos y leyó el título, empujado por la costumbre de leer cuando una hoja se le ponía en frente, y se le aclaró la vista. Siguió leyendo, a cada palabra iba recuperando las fuerzas. Leyó de chorro los cuatro primeros párrafos, pasó la página y con el punto final, se sintió completamente sano, capaz de correr hasta la punta de la loma donde se levantaba la universidad.

Le costó entender la latencia de tiempo que impedía las crisis. Probó en su casa, sentado en el escritorio, con un cronómetro a su lado que marcaba invisibles las milésimas y lerdos los segundos. Tan pronto sentía los retorcijones en el estómago, se metía al baño, siempre con algo para leer a la mano. Esperando. Cuando aparecía el dolor en el pecho, con la vista enmarañada, comenzaba a leer y todo desparecía del mismo modo inexplicable en el que había llegado. Calculó de 25 a 30 minutos de tranquilidad, pues cuando se iban cumpliendo, sentía regresar a la muerte, a la enfermedad.

Pasó algunas noches en vela, atemorizado ante la zozobra de que dormido lo atacara la enfermedad. Vencido por el cansancio a la tercera noche despierto, descubrió una inquietante condición: al parecer la noche lo hacía inmune a la etiología de su padecimiento. Pero, tan pronto amanecía, los dolores los sacaban del sueño, justo veinte o veinticinco después de que el solo saliera por completo. De cierto modo, la condición le pareció buena, y le confirmó que su enfermedad no era más que un juego de La Muerte, un experimento atroz; un castigo del que no recordaba el delito; un infierno tan bien concebido que no dejaba de lado la esperanza, tan necesaria para que los infiernos rueden aceitados.

Se lo contó a la puta, quien se rió del él y le dijo que para estar tan joven, era extraño que ya fuera senil, y lo besó con ternura de abuela en los labios. Fue al médico quien le recetó dos sesiones a la semana con el psiquiatra, pues los estudios lo traicionaban con resultados tan buenos como de cuando tenía veinte años. Quiso decirle que si esperaba media hora, podría ver por él mismo los efectos mortales de su enfermedad. El médico, amablemente, le dijo que con gusto esperara afuera y que cuando se estuviera muriendo volviera a tocar. Tenía prohibido, so pena de multas y despido, estar con un paciente más de quince minutos «… y los suyos… ya terminaron, profe».

Regresó a su rutina, a sus clases donde por suerte, debía leer bastante y conseguía eludir los síntomas sin mayores atenciones. Se tranquilizó, era muy sencillo: sólo debía leer cada veinte o veinticinco minutos por el resto de su vida; no le molestaba.

Mientras fue profesor, la enfermedad se mantuvo a raya. Los años fueron desapareciendo tras una rutina metódica y cuidadosa, ante la que Kant, amante de pasear por el mismo parque y comer a la misma hora, se hubiera sonrojado; hasta admirado, quizás. Leyó todos los libros que tenía en su casa. Los libros que iba comprando hasta que ya no encontró en ninguna librería algo que no hubiera leído. Entonces habló con Aristides, un antiguo compañero de estudio de la universidad y que en realidad casi no pudo acordarse de él, cuando se le paró frente al mesón de la biblioteca más grande del país y le dijo que necesitaba leer mucho, que por favor le fuera pasando los libros, desde el más antiguo hasta el más reciente, en orden alfabético y por el resto de su vida. Aristides dijo que bueno, sin preguntar más.

Todos los días, por veinte años, salió de sus clases y se metió en la biblioteca hasta que la cerraban. No habló a nadie de su enfermedad, no tenía con quién. Las pocas personas que le quedaban, la única persona que le quedaba: la puta, no le creía nada. Y aunque siguió viéndola, regularmente, hasta que ya no funcionó más y terminaron siendo buenos amigos por la mitad del valor que antes pagaba por sexo, optó por guardarse el secreto.

Cuando se pensionó, cuando ya se sintió cómodo y dejó la peregrinación por librerías ante la tranquilidad logística que le proporcionaba la biblioteca, asistió religiosamente, de domingo a domingo, a la apertura que hacía Aristides entre risas y bromas de viejo loco, que él secundaba con buen ánimo; hasta el cierra que también hacía Aristides en compañía de los guardias de seguridad. Su rutina era tan precisa, que planeó una ruta, una fija, desde la avenida a la biblioteca. Esa ruta, midió con cronómetro, era la más rápida y por ende, la más segura. Treinta años pasando por los mismos lugares, sentándose en la misma mesa, leyendo libros hasta que le daba hambre o le entraba la urgencia del cuerpo y comía con la misma prisa con la que cagaba.

Luego del primer año, siendo profesor aún y temeroso de un descuido, se hizo con una dotación de libretas en las que anotaba la hora en la que paraba de leer y las páginas que le faltaban para terminar el libro. Eso le permitía programar sus idas al baño, sus caminatas cortas para estirar los músculos, el tiempo del que disponía para pedir un nuevo libro sin riesgo de que una eventual tardanza de Aristides significara un riesgo.

Ese día, el día de su muerte, el mismo en el que lo recordara todo como empujado por la esperanza y la felicidad que sentía, no prestó la suficiente atención al nombre del autor ni al título del libro que leía. Ese día, el día de su muerte, su amiga, la puta, que ya iba pasando largo por los cincuenta y que había abandonado el oficio de manera profesional para dedicarse solo a los clientes de abolengo, se quedaría esperando la llamada en la que programarían la siguiente cita. Una semana después, la puta, que se llamaba Marisol, iría a buscarlo y nadie le daría razón de él.

Eran las diez de la mañana del día de su muerte. Leía tardando mucho, despacio, con la misma parsimonia con la que pasaba las hojas y que a los ojos de los demás lectores, lo hacían lucir como un sacerdote en el momento de la homilía. Miró su reloj de pulsera: «10:00. Página 236, a 11 para terminar», anotó bajo una larga lista de horas, páginas y las palabras «para terminar» como si hiciera una plana colegial. Tomó un papel y escribió: «No levantar. Ya regreso», y lo puso sobre el libro cerrado, cubriendo el título y el nombre del autor. Levantó la libreta, la guardó en el bolsillo delantero del saco y salió de la sala número cuatro. La aparición de una vieja alumna, de una alumna vieja, lo retrasó en su intención de subir al baño, tomarse un café y regresar antes de que su plazo de tiempo se cumpliera.

¡Y cómo no retrasarse!

¡Cómo  no prestar atención a esa beldad madura que le decía, con las mejillas sonrojadas, que desde que él fue su profesor, se enamoró perdidamente de la historia como único bálsamo viable para el acabose que era el presente.

¡Cómo no abandonarse, por unos minutos bien gastados, a la magnificencia de una amor de antaño y secreto que se le aparecía de repente, justo cuando más falta le hacía recordarse como un hombre que un día fue atractivo, al que las chiquillas miraban, así él no lo notara en su obsesión por evadir la latencia zumbadora de la enfermedad!

Y ella habló de todo: de cuando llegaba en las mañana y ella lo esperaba a la entrada de la universidad, fingiendo unos encuentros muy frecuentes como para que un hombre cualquiera los tomara por casualidades. Y él habló: le dijo que qué lástima el tiempo, los añicos de los años, ese collage de cegueras que era el pasado; todas las premoniciones del futuro, para las que él no tenía tiempo ni cabeza para prestar atención en sus innumerables y pequeñitas obsesiones tan necesarias para protegerse del a muerte.

Las manos nerviosas que se tomaban paralelas a sus manos nerviosas y arrugadas.

Las miradas adolescentes que se lanzaban de soslayo para no caer en el ridículo del paroxismo producto del reencuentro, en la emoción de la evidente emoción de cruzarse al fin, de suponerse destinados desde siempre  a una compañía de los últimos años.

Su olor que era como recordaba el olor del amor aunque nunca hubiera sabido qué era el amor. La fragancia almizclada de la madurez, de la estabilidad, de la compañía y de la soledad saltando por el balcón de la casualidad, del destino, mientras en su caída iba dejando la estela de ese perfume que sintió completo cuando su alumna vieja, su vieja alumna, se acercó con unos pasos y con la punta de sus dedos hermosos, con los filos de las uñas pintadas de rojo, retiró alguna mota, alguna hilacha que, en su descuido de anciano, se había pegado a la solapa de su saco.

Y ella posó su mano abierta sobre su pecho expectante, luego puso la otra mano junto a la anterior, a la altura de sus pectorales, las bajó al mismo tiempo desde la solapa hasta los faldones del su saco y lo sostuvo de la cintura, hablándole dos minutos cálidos, recitándole como un poema musical, como los poemas que ya no había, las vicisitudes y los triunfos de su trabajo como curadora del Museo Nacional de documentos de la época colonial.

Y como un conjuro que disipara los pájaros y el perfume de flores, cuando la oyó decir que debía regresar a la oficina porque ya llevaba más de media hora afuera, su obsesión se abrió paso a empujones por entre la tibieza de los cuerpos y de los corazones que él sentía latir sincopados entre los pechos ansiosos,  y le preguntó la hora, y sacudió la mano y miró su reloj de pulsera sin esperar respuesta y se alejó con toda la prisa que le permitía treinta años sentado en la misma silla, en la misma mesa, todos los días. En la carrera alcanzó a sosegar el desconcierto de su amada recién nacida, con un «ven a las ocho, solo a las ocho, siempre estoy aquí», que ella recibió bien, segura de que un hombre como él, tan brillante y atractivo, tendría algunos pasados para rescatar de las garras del olvido.

A las ocho, ella regresó. Eran tal para cual. Esa vez, no lo perdería en pudores de género. Le diría todo lo que venía sintiendo los últimos años, le diría que ya que no había podido, a su tiempo, morir de amor por él, ahora estaba dispuesta a que el amor se les acabara con la muerte. Pero él nunca más apareció, ni por la biblioteca ni por la universidad ni por las calles por donde sabía caminaba y esperaba volverlo a encontrar casualmente. Años después, no muchos, acosada por la pestilencia, una vecina la encontraría con la calavera blanca expuesta, con los dedos en el puro hueso, rodeada de la hediondez de la descomposición y de cuatro gatos perezosos que se relamían los hocicos, satisfechos del hambre gracias a su ama, que bien había sabido, desde el más allá, seguir alimentando a sus hijos, como los llamaba cuando estuvo viva.

Caminó hasta el ascensor. Tardaba mucho. Subió por la escalera. La costumbre lo llevaba a usar el baño del quinto piso. Ese baño estaba siempre vacío, justo a la medida de sus prisas. Llegó fatigado por el esfuerzo de los veintidós escalones, que iba contando a cada paso. Bajó su cremallera. Sacó su pene, tan exiguo como la orinada lenta y profusa, acumulada durante dos horas de lectura ininterrumpida. Era la primera vez en muchos años, en la que orinaba con una esperanza dibujada a modo de sonrisa en la cara. Se sacudió. Miró el reloj: 10:10. «Ocho minutos son suficientes», pensó. «Quizás tenía hasta diez», se dijo.

Regresó por la escalera. Contó otra vez los pasos. Fue hasta su mesa, tomó el libro. Sonriendo. Feliz en la posibilidad de un amor verdadero, como no había tenido nunca. Recordó la primera vez que le viniera la enfermedad, cuando salió de la universidad en la que era profesor de historia y bajó la calle empinada buscando dónde comprar un cigarrillo…

Leyó el nombre en la solapa y el título sin prestar mucha atención: «Zaire Zabala. Para una conclusión de lo posmoderno».

«¿Viviremos en su casa o en la mía?», pensaba.

«¿Vivirán sus padres?», dudaba.

«Hacer el amor», suspiraba.

Leyó unas páginas. Miró el reloj. Con el libro abierto puesto sobre sus manos, caminó hasta la fila donde se pedían los libros. Levantó la mirada viendo en los estantes, puestos a lado y lado del mesón de despacho, los libros ordenados, uno junto al otro con los lomos uniformes, verdes, sobre los que no se veía ninguna letra impresa, ni de título ni de autor. Desvió la mirada sin prestarle la atención necesaria, la atención obligada, pues en esos lomos, La Muerte le anticipaba la regla que cuarenta minutos después, exigiera en su intento por leer algo.

—Aristides, ¿cómo vas?

—Bien, bien.

—Pásame el que sigue, por favor.

Aristides se dio la vuelta, consultó la pantalla del computador.

—¡Ve, Juan, qué alegría, ya no queda más. El de Zabala era el último. Voy a llenar un formulario para que te den una placa o algo por ser la primera persona que se lee completa la biblioteca, la primera y la última, imagino.

Juan leyó las últimas palabras de la última página y cerró el libro.

—No jodás, Aristides, ¿ya?

—Sí, señor. Treinta años, Juan, eso es tiempo.

Según sus cálculos, tenía de veinte a veinticinco minutos de gracia.

—¿Dónde queda la biblioteca más cercana?

—La Arturo Marrón, pero no creo que tenga algún libro que no hayas leído, viejo. Esa es la mitad de esta. Mañana nos llegan como cien nuevos títulos, es que te agarró el inventario y tenían bloqueada la entrada de libros. Algo del sistema, yo de eso no entiendo mucho. Con esos cien tienes para un tiempito. Pero eso van llegando. No te imaginas cuánta basura se publica.

—Sí, lo imagino. Pero, ve, Aristides, es que para mañana ya es tarde, los necesito ya. ¿Cuánto me demoro hasta la Marrón?

—¿En bus o en taxi?

—En taxi, taxi… taxi, sí, taxi.

—Eso son veinte minutos si agarras la Panamericana derecho, a esta hora es suave el tráfico.

—Está lejos, no alcanzo. Pásame un libro cualquier, uno que tengas ahí a la mano. No, mejor déjame releo este y ahora me cuadras uno de los primeritos que leí. ¿Listo?

—Como siempre.

Salió de la fila. Regresó a la mesa. Miró el reloj: 10:22. Se sentó y abrió el libro por la primera página, con la misma parsimonia de siempre…

… hojas blancas, totalmente vacías. Recordó los lomos y desde de la mesa, volvió a verlos lisos, sin palabras…

Pasó ansioso, frustrado, cada una de las páginas y solo encontró papel blanco. Un abultado bloc de hojas sin letras.

El taxista contó que el anciano subió apurado y le pidió ir a la Biblioteca Arturo Marrón. Que estaba pálido y se agarraba el estómago y que un olor a mierda le llegó desde la silla del pasajero. Dijo a los hombres vestidos de blanco y con caretas verdes, que lo vio por el espejo retrovisor sacar una libreta y escribir en ella con un bolígrafo, luego con rabia dejó de rayar y le pidió que le escribiera algo en la libreta pasándosela desde atrás por el encima del hombro. El taxista, convencido de que había recogido a un loco, abrió la puerta y le pidió amablemente que se cagara afuera. Pero el anciano solo seguía balbuceando incoherencias de que le escribiera en la libreta, decía algo de una lista de mercado, contó. Fue ahí, dijo, cuando se agarró el pecho y echó la cabeza para delante como cuando da un paro cardíaco, gimiendo con la respiración entrecortada. Los hombres de blanco y caretas verdes que habían ido a hacer el levantamiento del cadáver, tomaban nota en sus libretas.

«¿Algo más, señor», preguntaron.

«Pues algo, algo… no».

El taxista, un tipo joven, vestido a la moda y con arete en la oreja, como quien dice algo quizás trascendental para los familiares del viejo, con la tristeza sincera por la muerte, dijo que de quedarse muerto había dicho: «¿Mamá? Cállate y escribe aquí esa canción que me cantabas cuando era niño».

Luego el taxista se sentó en el mismo café donde se sentara Juan, treinta años atrás. Esperando que el taxi quedara libre para llevarlo a lavar. Los hombres de careta recogieron la libreta que llevaba el muerto. Cuando la abrieron corroboraron la insania mental del occiso. Página tras página de horas y números y una plana de palabras repetidas. Dos columnas extensas que solo se rompían bajo la última anotación a las diez de la mañana, donde, con letras temblorosas, se leía:

«Muerte puta, puta… no se vale, muerte, así no. No se vale obviar las reglas, muerte puta. Muerte…»

Las palabras finalizaban con unos rayones desordenados, como si quien escribiera hubiera olvidado cómo escribir… o como si comprobara que el bolígrafo aún tenía tinta.  

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