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The Angriest Man In Brooklyn*

15 septiembre 2014

Esa tarde vieron una película triste. Apenas si se tocaban las manos, hasta que él besó sus sienes en la escena más profunda, cuidándose de no hacer evidente el consuelo. Nunca antes  había visto sus ojos llorosos. Ambos fingieron desconocer el verdadero motivo, tanto del llanto esbozado como del beso inusual. Ella pensaba en su papá, con esfuerzo contenía las lágrimas y rascaba el borde interno de su dedo pulgar con la uña del otro, hasta hacerlo sangrar.

Las escenas se sucedieron entre lo hilarante y lo trágico. De tanto en tanto confundían el recuerdo, mezclaban ficción y realidad inventando una esperanza donde hace apenas unos días ella había sepultado otra. Aún así, llevaban tanto tiempo lejos, que ninguno quería dañar el reencuentro, o un posible renacer del amor, con comentarios de muerte y de dolores espesos.

Se miraban de reojo desde sus sillas para buscar en el otro un gesto en medio de la oscuridad, una señal minúscula desde donde les fuera posible comenzar a hablar de las razones que hacían tan significativa a la película. Pero nada, solo el ruido vetusto de la cinta corriendo en el proyector.

Él haló su mano hacia su cuerpo, ella no se resistió. Le besó el dorso con una ternura parecida a la de las sienes; apretó con suavidad y la dejó libre. Sin verse siguieron viendo a la pantalla: insinuaron llantos que no se hicieron completos; rieron hasta llorar plenos. A veces se tocaban con descuido simulado. Se decían con las manos.

Al encenderse las luces se secaron las lágrimas con naturalidad, restando importancia al vaivén emocional.

—¡Me gustó! —dijo ella, se pasó las yemas por los ojos.

—De sentimientos conflictivos —dijo él.

Caminaron por entre las butacas. En la escalera adornada con luces, él estiró su mano como hacía antes cuando aún estaban juntos; más por la fuerza de la costumbre que porque hubiese olvidado el cómo de su presente. Ella la tomó. Entrelazó los dedos con los suyos y se dejó llevar escaleras abajo. Cuando fueron conscientes del tacto del otro, se soltaron sin aspavientos, sin sobresaltos ni vergüenzas.

—Sabes que aún te quiero —dijo él cuando estuvieron afuera de la sala, junto a la máquina de dulces y el dispensador de gaseosa. —Estoy para ti, siempre. Sólo dime.

—¿Sabes bailar?

—Poco… pero me esfuerzo.

—Yo te puedo enseñar, como me enseñó papá —se echó a llorar como nunca antes la había visto.

Su llanto era profuso y silencioso, inmune a los besos en las sienes a los apretones de manos y a los amores nacientes.

*Se recomienda ver la película para una comprensión completa.

UN DESTINO COMÚN

7 septiembre 2014

I

 

Durante los últimos dos años había tropezado con ella. Frecuentemente se encontraban por la calle, a la salida del trabajo, en bares y cafés; o en lugares tan inverosímiles como en un ascensor, dentro de un edificio al que no iba nunca. Un par de veces esperaron el bus juntos, ella su lado, muy cerca. Hubo otra vez, una mañana, en que él, hastiado del trancón, bajó del bus y echó a caminar buscando alcanzar un sitio donde fluyera el tráfico. Para su sorpresa, ella, vestida con un traje gris, medias negras y zapatos de tacón, se paró a su lado sin verlo. Él quiso disimular, mirar el horizonte de buses, carros y camiones quietos, esperar que la casualidad tomara el rumbo que les era común; pero la vio tan ansiosa porque ningún bus avanzaba, porque los taxis llegaban todos ocupados, que pensó mejor entretenerla, decirle algo sobre el clima o sobre el trancón. No quería perder una vez más la oportunidad que le ofrecía el destino.

Dudó. Tomó fuerzas de donde nunca había tenido. Las mujeres siempre le habían sido lejanas. No le era posible entablar el juego del cortejo. La conquista, y todo lo que de indigno asumía en ella, le generaba una sensación de ira, desasosiego y estupidez que lo arrastraban a un silencio odioso, casi ofensivo. Sensibles, como decía eran ellas, rápido notaban su actitud, la tomaban por rechazo o por una soberbia apabullante y con alguna excusa, huían de él. Esa mañana tampoco pudo decir algo. La sola imagen de él acercándose, profiriendo una tontería para llamar su atención, lo llevó a replantear las dinámicas culturales que lo obligaban a dar el primer paso. Si estamos en la época de la liberación femenina, debería ser ella quien tomara la iniciativa, pensaba. Estaba seguro de que las casualidades no podrían haberle pasado indiferentes. Ella sabía de su existencia, no tenía duda. Muchas veces se quedó mirándolo con el mismo gesto con el que él la veía.

Frente a él, un taxi se detuvo. Bajó un hombre de traje y corbata. Ella estaba a unos metros atrás y ambos corrieron en dirección a la puerta abierta. Sus manos se rozaron sobre el techo amarillo. Se miraron en silencio. Cada uno esperando una palabra del otro. Ella lo reconoció y disimuló el miedo. No dijo o hizo algo, recordaba que como con las fieras, cualquier movimiento en falso terminaría mal.

LA CONQUISTA

3 septiembre 2014

Muchos años después, frente a tu cuerpo desnudo, sólo pude mirar tus manos.
«Me encantan», te dije mientras paseabas vestida con un traje de esos que inventó la moda para revivir pasiones muertas. Una escasa tela de encaje, que apenas tapaba tus pezones que yo recordaba completos de un tiempo mejor y ya ido. Te acercaste y acariciaste mi pelo.
Atrás tuyo, reflejadas en el espejo, vi tus nalgas redondas divididas por la línea negra que se extendía por tus caderas y te hacía regalo perfecto para mis fetiches. Y tus manos, tus manos que se habían separado de mí para posarse en ti y decirme que toda tú me habías extrañado.
Yo me senté al borde de esa cama extraña que tantos cuerpos soportó antes. Dentro de esa habitación donde el amor tiene el precio del tiempo necesario para la comunión. Jugueteabas conmigo como un gato con las hilachas de una colcha mal cocida.
Te dije me encantas, me encanta tu juego, me encanta tu boca y tu voz.
Te alejaste para que te viera. Regresaste taconeando como una actriz porno sobre tus botas largas. Te arrodillaste a la altura de mis piernas desnudas, las separaste y empezaste a lamer, a besar y a succionar. Estar dentro en tu boca fue lo más parecido a materializar los recuerdos para usarlos a beneficio del dolor. Te agarré del pelo con fuerza, tu pelo que aún estaba húmedo del baño de la mañana, te atraje, me hundí más en ti.
Los recuerdos y sus tristezas seguían ahí, al borde de tu lengua inquieta; enredados en el pelo que yo alborotaba más en el paroxismo de tu lengua.
«¿Te gusto?», pregunté.
«Sabe delicioso», dijiste separándote de mí.
«No ¿Te gusto? ¿Yo?», aclaré.
«Claro», respondiste sin mirarme a los ojos, volviendo indiferente a la tarea que te ocupaba.
Sabía, sé aún ahora, que todo estaba relacionado con la culpa. Todas las cosas del mundo están relacionadas con la culpa. Sabía que sólo estabas allí ese día, que sólo habías venido a mí para librarte de las pesadillas: esas donde seguías apuñalándome, escupiéndome a la cara hastiada por la súplica. Creías que eso, toda la parafernalia sexo-afectiva a favor de la nostalgia, podía convertirse en un confesionario al que vas de rodillas, con gesto arrepentido, para beber la semilla del perdón.
Y tú conmigo en tu boca, en la punta de tu lengua como una palabra olvidada, como todas esas palabras que te dije, que te escribí en hojas blancas; primero para que nunca olvidaras que te quería, luego desesperadamente para que te quedaras. Esas hojas que eran tú, que eran yo, que éramos los dos cuando el mundo no nos había mandado tan lejos uno del otro. Antes, hace ya mucho tiempo.
Sin embargo.
Pasaba mis manos por tu cintura. Acariciaba tu espalda hasta abajo, hasta el lugar donde aún estaba intacto, vivo, el tatuaje que te hice muchos años atrás, por la misma época de las cartas de amor y los dibujos de amor y los actos de amor. Te halé del pelo hacia arriba. Lamías tan bien que no soporté más. Una sonrisa estúpida e involuntaria se estacionó en mi rostro.
«¿Olvidaste?», me preguntaste sonriendo.
«¡Nunca!», grité.
Giraste, hiciste a un lado la tanga, y con las piernas apretadas, dándome la espalda, quisiste sentarte sobre mí, sobre mi bandera enhiesta en la tozudez de no olvidar. Claro, ahora decir «bandera» parece una ridiculez, aunque sea lo que más ajusta a la posesión vinculada al amor carnal. La posesión, lo toma, la conquista. Yo quería someterte como un reino que ha dado batalla mucho tiempo. Un reino que no sé cómo soportó tanto el hambre de mis puertas bloqueadas. Del que esperaba se entregara con todos sus ímpetus por el suelo. Por eso no te deje sentar. Tomé tu cintura, te lancé de bruces a la cama. Levanté fuerte tus piernas separándolas. Toda tú quedaste apoyada en las rodillas.
«Pon la mejilla contra la cama», te ordené.
Sonreíste y me miraste torciendo mucho el cuello. Obedeciste, parando más las nalgas. Me fui todo en ti, digo todo porque casi pude sentir tu cuerpo hasta el cuello. Me fui las veces que exigía mi espera, mi tristeza y mis ganas de conquistarte como una tierra altamente fértil que necesito para alimentar mis días.
«Siempre he sido tuya y siempre lo seré», me dijiste cuando estaba en silencio, recostado en la cama acariciando tu cabeza puesta en mi pecho, y pensaba que tampoco esta vez había logrado dominarte, que todo fue una treta para que te pasara comida antes de que murieras de hambre. Tu hambre que no era de mi cuerpo sino de lo que guarda mi corazón.
Ahora tú, me habías dominado siendo mía, para que fuera tuyo otra vez.
«Me encantan tus manos», pensé mientras besabas las mías y me quedaba dormido.

PROMESAS

21 agosto 2014

—Dame seis meses, no te mates. Si nada ha cambiado de aquí hasta allá, te mato yo —dijo sin atisbo de súplica.

—Pero mátame de un balazo —suplicó ella.

—No. A lo pobre: ahogada o a cuchilladas.

—¡Uy!, así no —abrió los ojos.

—Lo siento, soy pobre —su voz sonó sincera.

—Entonces, consigo uno con plata que me mate —también ella fue sincera.

—No seas cabrona, no me quites el privilegio.

—Es que duele mucho —se puso de pie. Fue hasta la ventana.

—Ahora me saliste remilgosa para morirte —el reproche le sonó tierno.

—De otra forma, ¿sí? —suplicó ella fijándose en un punto negro, diminuto, sobre la acera. Tuvo que entrecerrar los ojos para entender que era un perro escarbando la basura.

—Golpes, no me alcanza para más —le dijo como si fuera la opción más sensata dadas las circunstancias.

—No… —dudó.

—La mejor idea sería que no te mataras.

—Yo sé…

—¿Pero…? —él sabía cuánto detestaba que le interrumpiera las frases.

—De un balazo o vuelvo a la idea inicial y me suicido —dijo sentándose en el alféizar, mirándolo fumar acostado en la cama.

—¿Cómo?, las balas cuestan. No tenemos plata.

—¿Entonces? —preguntó consciente de su estupidez.

—¡Cuélgate!

—Duele mucho —puso involuntariamente su mano derecha alrededor de su cuello.

—¿Te ahorco mientras hacemos el amor? —sonrió entusiasmado. Se sentó en la cama y sacudió la ceniza larga entre un vaso de agua amarilla.

—Duele mucho.

—No tengo para una pistola —dijo disculpándose.

—Mmm…

—Morirse igual duele mucho, mi amor —dio una última calada al cigarrillo, lo echó asqueado entre el agua. Escupió en el suelo. Fue hasta ella. Su olor era el aroma cálido de quien recién despierta. Se metió entre sus piernas y rodeó su cintura con los brazos metiendo la cara entre su pecho.

—Habrá algo fácil —dijo ella acariciándole la nuca.

—Un balazo. Pero no me alcanza —la voz sonó ahogada entre sus senos.

—¿Y si busco que me atraquen y me hago la que forcejea? —haló su cabeza para mirarlo a los ojos, quería transmitirle el amor que le significaba librarlo de matarla.

—Ya no te mataría yo, se rompería el trato.

—Tienes razón. Y … —sabía que no funcionaría pero debía intentarlo— ¿si mejor no te suicidas ni te mato?

—No puedo, ya se lo prometí a mamá. Ya sabes cómo se pone con eso de las promesas.

—Tu mamá es una cabrona —metió otra vez la cabeza entres sus senos.

—Lo sé, pero promesa es promesa, más cuando es hecha a mi mamá, más después de lo que hice. Prometí devolverle el agravio y para ella, al parecer, muerte se paga con muerte.

—¡Bah!, tu hermano igual ya iba mal. Debió agradecerte que lo mataras —meditó con el gesto de quién suma en la cabeza—. Es que no tengo plata… ni para el bus de mañana, en serio.

—Entonces, ¿cómo me vas a matar?

—Sé que te prometí ayudarte, pero no tengo para un revólver y nada te sirve, jodes mucho para morirte. Pero… promesa es promesa, ¿cierto?

—Cierto.

Él se separó de su pecho, la miró a los ojos y le sonrió. Se acercó despacio hasta sentir en sus labios el calor de su respiración, el olor cálido de quien acaba de despertar. La besó. Ella quiso agarrarse a él rodeándole la cintura con las piernas.

—Promesa es promesa, mi amor. —pero ella ya no estaba.

Por amor a Mary

10 agosto 2014

La sala de paredes blancas. Frente al sillón de cuero negro, una fotografía inmensa: una pareja, hombre y mujer, se abrazaban contra un fondo de atardecer playero.

—No seremos la primera pareja que atienda —dice Mary.

La fotografía cambia: dos hombres se besaban en medio de las calles de una ciudad de pantallas y luces estridentes.

—Hay muy buenas referencias —continua Mary sin mirarlo. Hojea una revista.

Julio tamborilea con los pies —primero uno, luego el otro— sobre el suelo de baldosín blanco. Entrelaza las manos. Mira al suelo.

—¿Recuerdas a Carolina?

—¿La prima de tu tía? —levanta la cabeza. Sí recuerda a Carolina y a Mary en las anteriores veces; fracasos. A Mary la ama.

—No, esa no. La Carolina que vivió con nosotros hasta los veinte.  

—La que se metió con tu hermano.

—Sí, esa. Ella dijo que el señor es bueno. ¿La viste la semana pasada que fue? Está regia, hermosa y feliz —continuó sin esperar respuesta. —Ella me contó que todo es muy fácil, que casi ni se siente y las cosas resultan bien. ¿Trajiste las piedras? —mira hacia el costado de Julio, a sus manos entrelazadas.

Julio ve la fotografía cambiar: dos mujeres corren por entre un campo de margaritas amarillas. Las mariposas azules y lilas revolotean muy cerca de sus cuerpos.

—¿Cuántas eran?

—Cinco… azules con visos tornasolados.

—No, perdón, las olvidé.

—¿Y si las olvidaste para qué preguntas que cuántas eran? —cierra la revista y la pone sobre la mesa enana de centro. Agarra otra. —No sé qué digas tú o qué creas. No sé si, de pronto, es que la idiota soy yo… pero eso no tiene ningún sentido, Julio. Es una estupidez que preguntes cosas que no tienen sentido. ¿Qué opinas tú?

—Que es idiota olvidarlas, no preguntar cuántas eran —se levanta de la silla. Va hasta la ventana. En la acera un hombre pasea a su cerlín llevándolo de apéndice azul que cuelga sano bajo su mentón izquierdo. Es aún un bebé, no alcanza a medir ni dos metros —Cuando yo era joven paseábamos perros, así uno conseguía citas.

—¿A qué viene ese comentario tan idiota? En ti no se puede confiar ni para traer unas piedras. Aún así dices que me amas, que estás conmigo, que bla, bla, bla. ¡Ni unas piedras, Julio! —su tono es limpio, impersonal; aún cuando sube la voz.

—Ya solo nos queda apostar al milagro —Julio va hasta la fotografía, ya no hay dos mujeres sino una pareja de Lintores que rodean sus extremidades posteriores con sus orejas largas. —«A través de los mundos» —lee Julio en voz alta.

—¿Me escuchas, Julio?

—Claro, mi amor, te escucho. Siempre te escucho, no puedo hacer más. Aunque quizás te escuche mal, como siempre, como todo lo que hago —Julio sigue mirando la fotografía, le intriga saber qué aparecerá —Mary, ¿de dónde son los Lintores?

—No sé, creo que de alguna parte entre alguna parte y otra parte cerca de otra parte a algunas partes de distancia —responde con desinterés pasando la hoja de la revista.

—Eso creí —vuelve a sentarse. —¿A qué hora dijo que nos atendía?

—En quince minutos.

—Ya vamos diecisiete —inventa.

—Las cosas buenas toman tiempo, Kar’ama no transformó el mundo en siete días.

—Dios, ¿recuerdas a Dios? Luego de que llegaran ellos todos olvidaron a Dios.

—Ellos traían la verdad, Julio. Nos mostraron al dios verdadero, no a ese dios insípido que inventaron los hombres. ¿Estás dudando del tiempo? El tiempo lo ha hecho todo.

—No, sólo me dio nostalgia del Dios que murió por tercera vez en la historia. ¿Sabías que por el siglo…

—… Julio, no tengo ganas de oír tus clases de historia, en serio, qué pereza tanta bobada y cosa muerta quitándonos tiempo.

—Ok, perdón. ¿Y las piedras?

—Ya. Ya me las mandan por el teléfono. Menos mal se me ocurrió empacar el itinerante, si no, perderíamos la cita. ¿Tú sabes cuánto se esforzó Karin para que no la dieran? No me quiero imaginar lo que tuvo que hacer. Esto es exclusivo, Julio, no todos pueden venir…

—… Y carísimo —la interrumpe sin mirarla. Ella sigue pasando sus hojas fingiendo no haberlo oído.

Julio se escurre sobre el sofá de cuero. Cruza los brazos atrás de su cabeza. Se pone a mirar el techo. Cierra los ojos. El ruido del itinerante imprimiendo las piedras lo hace mirar a Mary. Mary se apura. Pone las manos por el sitio en donde en pocos segundos se abrirá la boquilla que dejará caer las piedras recién hechas. Mary tiene 79 años y Julio piensa en esa época cuando la gente envejecía y se moría porque le tocaba y no de aburrimiento. «Setenta y nueve lozanos y adolescentes años», piensa.

—Es hermosa —susurra— ¿Cuántos años tenías cuando nos conocimos Mary? —Julio sabe la respuesta.

—Tenía veintidós. ¿Hasta eso olvidaste? —termina de recoger la última piedra. El itinerante da las gracias.

—¿No estás cansada? —salta con la mirada por las líneas grises que cruzan el techo. Imagina que es un escalador aferrado a las líneas para no caer al precipicio del sofá negro.

—¿Cansada de qué? —guarda las piedras y por primera vez desde que esperan, lo mira.

—De que nos amemos.

—El tiempo todo lo puede.

—Sí… hasta permitir que no nos amemos. Yo no te quiero amar, pero te amo. No es justo.

—«Lo justo es solo el valor que da el deseo al tiempo» —cita Mary  con solemnidad.

De una puerta blanca, imperceptible en medio del blanco de la sala, aparece una mujer vestida muy a la moda como para que sea un uniforme de trabajo. La mujer se acerca a Mary y le tiende la mano a modo de saludo.

—Soy yo —dice.

—¿Usted quién? —pregunta Mary.

—No le pasan los años —dice Julio tranquilo. Se pone de pie y le sonríe.

—Ahora es más fácil fingirlos. Antes se fingían, ahora se viven en retroceso —dice la mujer y mira a Julio buscando en su actitud algún gesto que le permita intuir los recuerdos, su error. Pero Julio finge bien.  

Mary se pone de pie como un resorte, le da la mano y se inclina insinuando una venia de la que se arrepiente.

—Mary —dice Mary.

—Hola Mary —dice la mujer sonriendo.

Atraviesan la puerta y frente a ellos se abre un salón blanco sin ningún mueble. Un salón tan largo que casi podría suponerse la existencia de un horizonte inalcanzable a los ojos.

—¡Qué reluciente! —dice Julio entrecerrando los ojos.

—Es muy sencillo —dice la mujer — solo deben decir que sí.

—¡Sí! —dice Mary.

Julio duda, mira a la mujer que ha sido su esposa durante los últimos 50 años. Recuerda todas las veces que se ha enamorado de ella. «¿Cómo será ahora?», se pregunta en silencio.

—¡Sí! —dice Julio.

El blanco lo llena todo. Se extiende como un manto caliente que les cae encima.

Mary entra al salón de clases. Julio es su profesor. Ella tiene 22 años, él una edad indeterminada entre 88 y 145 años. Julio se enamora de Mary, Mary de él. Es inevitable.

Se casan. No pueden tener hijos. El hastío. Las peleas que son siempre culpa de él y cuando no, Mary dice que también son su culpa.

—¿No estás cansada? —pregunta Julio cuando siente el aroma del perfume de Carolina sutil en la presencia de Mary. Carolina tampoco recuerda el tiempo en el que estuvo casada con Julio. Julio sí, siempre lo ha recordado todo, no importa cuántas veces ni con quién entre al salón blanco. Se supone que debe olvidar, pero no sabe por qué siempre lo recuerda y le da miedo decirle a la mujer vestida a la moda que para él no funciona, que siempre recuerda, que todos los intentos siempre fallan.

—Carolina me habló de un lugar buenísimo. No es un terapeuta, pero me dijo que era milagroso para recomponer matrimonios. Y sí, estoy cansada, Julio. Tú no ayudas y yo ya no sé. ¿Te gustaría intentar arreglar lo nuestro?

—Te amo, tú lo sabes.

—¿Entonces vamos?

—Sí, vamos.

—Debemos llevar cinco piedras azules tornasoladas. Ya le pedí a Karin, que sí tiene contactos, que nos ayude con la cita. Es costoso, pero lo vale, el amor lo vale, el tiempo juntos lo vale.

—El tiempo lo vale, tienes razón.  

La sala de paredes blancas. Frente al sillón de cuero negro, una fotografía inmensa: una pareja, hombre y mujer, se abrazaban contra un fondo de atardecer playero.

Mary lee una revista.

«¿Cómo será esta vez?», piensa Julio, tamborilea en el suelo con los pies, entrelaza sus manos, mira al suelo y luego recuerda que como todas las anteriores veces, olvidó traer las piedras azules.

—¿Recuerdas a Carolina? —pregunta Mary

«¡Las putas piedras azules!», se reprende Julio.

«¡Las putas piedras azules!»

—¿La prima de tu tía?

Esta es la décima vez. «El diez es un buen número. La décima es la vencida», se dice Julio esperanzado de que esta vez sí funcione.

 «¡Las putas piedras azules!», piensa.

«¡Las putas piedras azules tienen la culpa»

SEPULTURERO HONORARIO

25 julio 2014

Diariamente, hacia la una de la tarde, llegaba a mi casa después de pasar por el cementerio. La visita era una rutina autoimpuesta, de la que nadie preguntaba, de la que no se pretendían razones más allá de las obvias. Pocos se atreven a preguntar y los que sí, se dan por bien servidos si agacho la cabeza, finjo un gesto de dolor y hago como que contengo las lágrimas. En eso me escudaba. Quería mantener mis motivaciones reales lejos del juzgamiento moral, fácil entre quienes creen conocerte. El cementerio era mi obsesión desde un tiempo antes de que me arrebataran a Mariana. Igual, explicar me habría tomado más energía de la que estaba dispuesta a desperdiciar en gente tonta, convencida de su importancia en la falsa preocupación, en esa forma de la caridad lastimera que es siempre el afán por el luto ajeno.
Antes de caminar el sendero de piedras que conducía a mi puerta, me gustaba detenerme ante la verja. Desde ahí podía verse su habitación: la ventana de la izquierda, mirando de frente a la casa. No quisiera decir que esperaba ver su cara atrás de las cortinas, pero sí, así era. Mariana volvía del colegio al mediodía. Los últimos tres meses antes de su muerte, la encontraba llorando porque me tardaba más de lo normal. Me esperaba angustiada, llorando desesperada, creyendo que quizás yo había muerto, o no sé. Es un sentimiento muy común entre los niños. De niña también yo lloraba cuando mi papá tardaba y debía quedarme sola imaginando miedos donde había sombras, recreando escenas macabras aprendidas de tanto ver la televisión. Sin empujar la verja, levantaba la cabeza, miraba con atención unos minutos. La cortina permanecía quieta, sin siluetas.
Había días en los que me era imposible soportar el silencio. El sonido de las llaves puestas sobre la mesa se magnificaba en el vacío del eco. Podía sentirlo vivo inundando todo, recorriendo cada esquina de la casa, haciendo tangible, con su inmanencia lerda, a la ausencia. Esos días prefería sentarme en el comedor. Prefería pensar en lavar la ropa limpia o en cambiar de lugar los muebles por quinta vez en ese mes mientras oía música con todo el volumen. Sin embargo, sólo entrelazaba mis dedos, dejaba las manos quietas sobre la mesa, pasaba la mirada por los muros limpios en donde antes hubo fotografías de las dos y que por sugerencia médica, tuve que descolgar. Por más que rogué para mantenerlas en su lugar, ante mis aportes a la búsqueda del asesino, los psiquiatras sugirieron —a su manera amenazante— que si no las descolgaba se verían forzados a recluirme en la clínica, por mi bien, enfatizaron. Aunque me callé y descolgué todo, me llevaron aún así por dos meses.
Sé quién mató a mi hija. Lo siento aquí adentro. Lo supe tres meses antes de que él lo hiciera. Haber dejado las fotos en su lugar no habría cambiado mi certeza. Se asume que los objetos guardan dolor. Psicólogos, psiquiatras y demás mercenarios de la soledad, insisten con ahínco en que ante la pérdida, el duelo sólo comienza cuando vacías tu espacio de sombras nocivas. Como si haber regalado su ropa me borrara del corazón la imagen de su vestido azul. Como si descolgar el cuadro que nos pintó papá anulará el tacto de su cuerpo sobre mis piernas y el olor de su pelo en mi nariz. Como si entender que el asesino fue sólo una esquizofrenia momentánea de mi dolor, tal cual la nombraron, regresará el tiempo para que no tuviera que levantarla de su cama hecha un amasijo sanguinolento de piel y huesos. Es muy fácil teorizar sobre el dolor ajeno. Si de la pared de tu oficina cuelga un papel que te acredita como experto en la psique, tienes el todo el derecho para revestirte de indolencia, para asentir maquinalmente y proferir insanias cómodas. Falsamente empáticos, te dicen sin vergüenza que lo que te destruye es muy normal, que no te preocupes, que gritar y romper los vidrios de tu casa o rasgar enceguecida sus notas de ti sobre el escritorio, es sólo una etapa en el largo camino de la aceptación y la feliz resignación. Impasibles como espantapájaros conformes de estar hechos sólo de paja, te acusan de loca, de desequilibrada, con razón, y desvirtúan con nombres extranjeros tu necesidad de verdad y justicia.
Mi único error fue guardar silencio cuando debí haberlo dicho todo, quizás también dormirme cuando más debí estar despierta. Pero ¿quién me iba a creer? Los sueños son sólo sueños. No tenía pruebas reales. Me era fácil reconocer el espacio del sueño. Había demasiados indicios: las lápidas, las cruces, el cortejo fúnebre que se repetía noche a noche. Las primeras veces, cuando aún no entendía nada, tomé por una pesadilla muy molesta al sueño recurrente. Conforme se repetía, la bruma de lo onírico se disipaba, permitiéndome ver cada vez más claro. Comencé a anotar todo lo que recordaba antes de que saliera por completo de la somnolencia. Escribía en automático en un cuaderno que dejé sobre mi mesa de noche. Horas después leía, extraía imágenes claras y las ponía en limpio en la hoja final del cuaderno. Así fui viendo que me encontraba en el cementerio central, era evidente por la estatua de la parca que adornaba la entrada. Pude leer los rostros de quienes caminaban atrás del ataúd, medir a cálculo el tamaño del cajón. Mi papá era quien lo llevaba, abrazado, él solo sobre sus antebrazos a manera de cuna. Un coro de niños de uniforme escolar cantaban una canción de despedida entre lágrimas. Muchas personas que no recordaba pero sabía había visto antes, cuchicheaban entre asombradas y apesadumbradas. Yo camina junto a papá: los ojos refundidos en el paso siguiente, viendo sin ver, ciega de tristeza.
La noche en que logré armar todo el rompecabezas, tres meses antes de que la mataran, un hombre bajo, vestido de overol ocre me alcanzó en la cabeza de los dolientes. Llevaba en sus manos la pala, caminaba tranquilo. Mi yo del sueño estaba concentrado en rumiar la muerte. Hasta ese momento no lograba confirmar de quién era, pero mantenía la estúpida esperanza de que el tamaño del ataúd no fuera el de Mariana. El hombre, dentro del sueño, todo esto pasó dentro del sueño, dio un salto frente a mí, blandió su pala amenazante. No me sobresalté en la realidad del sueño. Bajó la pala ante mi falta de respuesta. La soltó con un ruido pesado, como si en vez de pala dejara caer al suelo un cuerpo pequeño y hueco. Abrió sus abrazos, me rodeó con ellos acercando su boca a mi oído: «Siempre ha valido la pena el riesgo…» dijo, «… No se imagina, señora, lo bonito que le cuidaré la muertica. La voy a hacer gemir el doble, el triple de lo que gimió cuando la maté». Me sostenía entre sus brazos. A mi alrededor nadie se percataba de lo que pasaba, todos avanzaban en el cortejo mientras yo me esforzaba por gritar, ahogada en su abrazo.
Desperté llorando. Corrí al cuarto de Mariana, ella dormía tranquila. Me senté en su cama, le quité el pelo enredado en el sudor de su frente y la besé en los labios, feliz de que sólo hubiese sido una pesadilla. Bajé hasta la puerta, me aseguré de que todo estuviera cerrado. Coloqué en la aldaba del pasador un candado grande que no recordaba tener, pero que encontré entre algunos juguetes, trastes, herramientas, y regalos que papá le había dado a Mariana sin que los usara nunca. Volví, confiada del candado y mi revisión, me senté en la silla, me quedé viéndola dormir hasta que amaneció y abrió sus ojos y me preguntó que qué hacía y le dije que nada. Ese día no la mandé al colegio. Por una semana estuvimos juntas bajo las cobijas viendo caricaturas y comiendo helado, temerosa de separarme de ella. El sueño parecía al fin desaparecido. Lentamente volvimos a la rutina, olvidé la premonición tomándola por un mal sueño, quizás activado por alguna noticia que no recordaba o por alguna película que pasaron en la televisión mientras dormía. Mariana volvió al colegio y con eso también volvió el sueño, continuando donde había quedado la última vez.
Luego de que lograra soltarme de su abrazo, el hombre de overol clavaba sus ojos amarillos en los míos. «Mirada de lechuza», recuerdo haber escrito en el cuaderno. Como si proyectara desde ellos, en la parte trasera de mi cerebro se recreó el asesinato, tal cual sucedería después. No conseguía, sin embargo, ordenar la sucesión de los hechos con coherencia, no al despertar. Lo único que permaneció nítido fue el movimiento repetido de algo que parecía ser la pala pero que lucía más pequeño y menos pesado. El objeto se estrellaba mecánico en la cabeza de Mariana, animado por una mano desprovista de todo sentimiento, de furia o ansiedad, tan solo como una máquina que hace su trabajo; un troquel, por ejemplo. Le conté a papá. Escéptico como fue siempre, me pidió tranquilizarme, no entrar en histerias innecesarias. Me ofreció, para mi tranquilidad, llevar él mismo a la niña al colegio y recogerla en la tarde. A la mañana siguiente a su ofrecimiento, el cual acepté, inicié la rutina que aún hoy conservo amparada por el tiempo que me liberaba papá. Él vino temprano, la llevó, me llamó para decirme que todo estaba bien. Aproveché para irme al cementerio, caminar durante varias horas y preguntar por los sepultureros, a quienes vi sin reconocer en ninguno al hombre de ojos amarillos. Eran hombres comunes, pobres y amables. Nada en ellos dejaba entrever a un pederasta o a un asesino. Sin embargo volví todas las mañanas, algo no había visto, algo se me escapaba. Llevaba diariamente regalos queriendo así ganarme su confianza: pan, galletas, café, dulces, etc. Pronto me encontré sentada en la bodega de herramientas, charlando con los sepultureros que no preguntaron mis motivos, domeñados como estaban por mi amabilidad. Intentaba escrutar con preguntas casuales sus vidas. Preguntaba por sus hijos, por esposas, mascotas y sueños. Nada estaba fuera de lo normal. Nada indicaba comportamientos distintos al de hombres trabajadores. Regresaba a las doce a mi casa, después de vivir una mañana como sepulturera honoraria, cargando también yo palas y usando, algunas veces, el overol ocre característico.
Mariana me esperaba en la ventana, luego de que papá la dejara en casa y se fuera a la galería, casi todos los días. Apenas si se quedaba sola media hora, tiempo suficiente para que la encontrara llorando angustiada, pues le costaba entender por qué ya no la llevaba al colegio o la esperaba al regreso. Le mentí con que tenía un nuevo trabajo, uno que debía hacer fuera de casa a diferencia del verdadero que hacía en el estudio, en su compañía: yo en el computador, ella a mi lado haciendo sus tareas escolares. Sé que ella sabía la mentira, aunque no tuviera aún las palabras para expresar el sentimiento derivado de su certeza. El sueño se repitió unas noches sí, otras noches no. Ya no me daba tanto miedo. Lo mejor era soñar, así podría encontrar las señas que me faltaban. Quería detenerlo.
Llevé conmigo al cementerio el cuaderno de sueños. Dibujé las facciones de los hombres en él, valiéndome de un talento heredado de papá, aunque con más carencias que talento. Copié bajo sus caras sus nombres, teléfonos, direcciones y algunas señas que, si llegara el caso, me servirían para identificarlos en la oscuridad, previniendo así cualquier evento nefasto, creía. Entonces sí recibí preguntas, las resolví fácil argumentando ser pintora y hacer unos esbozos para una exposición, además les di pequeñas cantidades de dinero por sus trabajos de modelos. El asesino seguía sin revelarse. Dejé de dormir velando el sueño de Mariana. Me sentaba en la silla justo cuando ella dormía y me iba al amanecer, antes de que despertara. No quería asustarla. Las noches corrían en completa quietud, solo alteradas por el murmullo suave de su respiración y por las vueltas de su sueño.
Una noche ya no supe cuántas noches llevaba sentada en la silla. La mañana la usaba para ir al cementerio. En las tardes me esforzaba por trabajar siéndome muy difícil la concentración de tan cansada que estaba. Por momentos, sobre todo anocheciendo, mi cerebro se desconectaba. Lo entendí como un mecanismo de defensa contra el cansancio, siestas involuntarias de no más de cinco o diez minutos cada tres o cuatro hora, de las que salía con asustada para buscar con los ojos muy abiertos a Mariana. El último mes dejé por completo de lado el trabajo, no así las idas al cementerio. Me obsesioné con rastrear pequeñeces que quizás hubiera olvidado en mi toma de notas. Leí con detenimiento las anotaciones del sueño que, por no dormir, ya no tenía. Buscaba entre líneas detalles necesarios para dibujar un retrato fiel del asesino. Todo era inútil.
¡Qué estúpida fui!, ahora puedo decirlo sin vergüenza; ya no hay quien me culpe, más que yo misma. La obsesión se enraizó de tal manera que supuse, cretinamente, que si dormía lo suficiente para alcanzar a soñar nuevo conseguiría ver bien las facciones del hombrecito que buscaba y podría dibujarlas al despertar. Llevé a Mariana a su cama. Le canté la canción que la ayudaba a conciliar el sueño. Cuando estuve segura de que su sueño era profundo por la respiración pausada y las vueltas escasas, me senté en la silla y cerré los ojos. Soñé que bajaba hasta la puerta, salía y desde afuera rompía la chapa a golpes fuertes con un bate de criquet que papá le había regalado a Mariana, tanto tiempo atrás que lo había olvidado. El hombre me miraba desde el otro lado de la calle, esperaba. Cuando terminé de hacer pedazos la chapa, él vino y cruzó conmigo el umbral. Me pidió, con una voz suave fingida gruesa, que le entregara el bate. Se lo di. Fuimos juntos hasta la habitación de la niña. Él sonreía. Los mechones de pelo largo enmarcaban su cara y ensombrecían sus ojos en medio de la poca luz. Quise retener en el recuerdo esos detalles: pelo largo, voz femenina forzada a parecer más masculina.
Asestó el primer golpe sobre su cabeza recostada de medio lado en la almohada. Yo fui a sentarme en la silla. El segundo, el tercero, el cuarto, el quinto… con esa forma vacía de sentimiento que recordaba al troquel, que recordaba esa vez que metió sus ojos en mis ojos en el cementerio del sueño.

EL TARRO DE CONSERVA

19 julio 2014

En el piso cuarto del edificio E-4 vive Santiago. Tiene 42 años, un gato amarillo llamado Mateo, un corazón duro y una soledad que no le estorba. Su apartamento es tan común que no vale la pena describirlo. Quizás lo único que llame la atención a sus esporádicas visitantes sea un tarro redondo, lleno hasta el borde de formol, donde duerme encorvado su único hijo. Un hijo tan lejano que a veces olvida el nombre que pudo tener. Tan ajeno que suele confundirlo con parte del austero decorado; un mueble más que trastea de lado a lado sin sobresaltarse por el ruido submarino de su cuerpecito tieso chocando contra las paredes de vidrio. Tan suyo que ni consigo mismo comparte el recuerdo de qué útero lo formó o a qué amor perteneció. Una pertenencia confusa, difícil de definir con claridad o de unirla a una situación real de sus días. Santiago olvida fácil… y en eso, dice, está el secreto de la felicidad.

Si un día usted, lector, tropezara con Santiago, si su hombro chocara contra su hombro, notaría poco su presencia en el instante. Luego, lejos ya del choque, no conseguiría evadirse de su recuerdo. En eso radica el éxito de su felicidad: en hacerse invisible y ciego, en permanecer como estela ineludible. Sí, no hay duda, Santiago sería el hombre más feliz con el que tuviera el infortunio de tropezar. Santiago es, cuando pasa, el hombre que todos quisieran ser. Si se le mira con atención puede uno reconocer en la forma de sus formas el sueño colectivo de la felicidad. Aún así, no hay nada que dé menos ganas de mirar que un hombre feliz. En su estela sólo es posible el desprecio. Un desprecio visceral, ininteligible. Echaría usted una mirada rencorosa por encima del hombro, confundido por el sentimiento naciente, irracional, de regresar a romperle la sonrisa con tres golpes brutales y un par de patadas cobardes, a las costillas, indefenso en el suelo. Pensaría usted en él camino a su casa. Le contaría a alguien el encuentro significativamente casual, sin conseguir explicar que el odio que lo carcome no es otra cosa sino la envidia de su completud, la de Santiago.

Nunca se le ocurría pensar que ese hombre bien vestido, cuyo aroma recuerda a los hombres de los comerciales de perfumes, que va peinado con el descuido de los guapos, llega todas las tardes a su apartamento, después de subir cuatro arduos pisos, después de responder 100 correos y firmar 100 papeles y se recuesta en un sofá barato, se sirve un vaso de whisky barato, se enciende un cigarrillo común y mira complacido su edad sin nadie, su hogar lleno de cosas anodinas. Pasa ahí las tres horas antes de dormir, ve la televisión sin verla y luego se mete puntual a las ocho bajo las cobijas para dormir un sueño sin sueños. Un sueño calmo y reparador.

No es posible pensar que alguien como Santiago no tenga una esposa hermosa para recibirlo, noche a noche, inútilmente acicalada. La primera imagen que se viene a la cabeza es la de dos niños, niño y niña, sonrosados y hermosos que corren efusivos para darle un abrazo a papá; quizás para enseñarle un dibujo donde papá y mamá sostienen sus manos y un sol brilla feliz en la esquina superior de la hoja. No cabe en la apariencia suponer que Santiago no fijará su atención en las manos entrelazadas y sabrá, con esa minucia, que para sus hijos no existe más protección que la ofrecida por un papá y una mamá que sonríen de rojo bajo el tibio rayo de un sol que comparte sus alegrías. No, eso no. Ha de haber un beso amoroso. La tensión de una noche de sexo enamorado cuando duerman los niños. El enredo de dos cuerpos perfectos que nunca van al gimnasio. Los orgasmos prolijos, gérmenes de un sueño lleno de sueños. Un despertar cálido al abrigo de una taza de café en el momento justo de la somnolencia. El olor del desayuno que flota hogareño por la casa invitando a desdeñar de la tragedia que representa ir a trabajar cuando lo único perfecto sería meterse los cuatro en la cama y ver las caricaturas.

Sin embargo.

En la mañana Santiago se levanta solo, hace años no le es necesaria una alarma. Despierta con tiempo de sobra. Baja, pone la cafetera a borbotear. Espera el café recostado contra la lavadora. Se toma el café caliente fumando un cigarrillo de pie. No piensa en nada, no tiene en qué. El trabajo sólo existe para él en el instante de sentarse en su escritorio; desaparece cuando cruza el umbral del edificio y dice «Buena tarde» al portero que le abre. No tiene deudas porque nunca ha necesitado nada que no pueda pagar. No hay una mujer de quien suponga una infidelidad ni cuyo cuerpo añore en la erección infaltable de la mañana. Lava el pocillo, lo devuelve a su sitio en el cajón. Sube. Saca el cronómetro de la ducha. Lo activa y cepilla sus dientes por cuatro minutos exactos. Se desnuda. Devuelve el cronómetro dentro de la poceta. Lo activa otra vez y se baña usando quince minutos de la mañana, ni un segundo más, ni un segundo menos. Ata la toalla a su cintura. Plancha una camisa. Escoge una corbata, un traje que haga juego. Se pasa los dedos por el pelo mojado y sale a trabajar. Todos los días con una precisión que desequilibraría el mundo si se moviera un segundo. Si les es difícil de creer, pueden preguntar al dueño de la tienda y esa vez que no lo vio salir y todo salió mal… pero eso es otra historia.

Yo, lector, ni desde mi posición de narradora omnisciente, soy diferente. Cuento esta historia, hago este retrato porque también yo supuse un idilio abotagado. También quise ser como él desde la primera vez que lo vi. Ser a su lado, juntos. Debo confesar que no me importó romper un hogar perfecto. Ahora que han pasado los años puedo, sin temor a equivocarme, aseverar mis esfuerzos solapados por destruirlo todo. Soy, como usted, una mujer que no soporta la felicidad, que se va de frente contra la perfección para hacerla tan ajada como la miseria propia. Debo confesar que amé a Santiago, aún en la certeza de su realidad que le quedó estrecha a mis suposiciones. Me complicó los días y las noches hasta el punto de que el amor se transformó de repente en frustración enamorada. Quise alterar su rutina, borrarle de la cara esa sonrisa vacía de necesidades. Yo, frente a él, como si pudiera.

Es cierto que logré meterme en su cama. Creía, como cualquier mujer, que desde ella otear el amplio espacio de las ausencias se me haría más fácil. Era un amante excelente, dedicado, dulce o violento según lo exigiera el silencio de mi cuerpo. Supe entonces de las demás mujeres, a las que solo recibía los sábados después de las seis.  Mujeres cualquieras, sin importancia para él, que regresaban sin que se los pidieran, turnándose los sábados como quien hace una fila en el banco. Supe además que antes de todo, solía bañarse el pene con jabón detergente, esperando tres minutos con la espuma sobre él; que se bañaba las manos al ritmo del cronómetro doce veces al día, que no me tocaba si antes no bañaba mi vagina con el mismo jabón y le enseñaba el resultado de los exámenes que me obligaba a tomar cada dos semanas. No exigía fidelidad, solo exámenes médicos, desde la primera hasta la última vez.

No valió la sensación de ofensa que tuve cuando me extendió la tarjeta del laboratorio clínico y me dijo, con su tranquilidad de siempre, que si no iba allá, no podría recibirme en su apartamento. El muy cretino, el muy confiado. Pudieron más la curiosidad y mis ganas de terminar con su familia perfecta que hasta ese momento suponía existente. Fui a su cama con la férrea convicción de no desviar mi objetivo, facilísimo desde su desnudez dominada por la mía. La dominada fui yo y entendí por qué todas regresaban.

Santiago no se enamoró de mí, yo sí de él. Para él, el amor era una cosa tranquila sin espacio para el extrañamiento, sin lugar para las dudas ni las necesidades; una excusa con muchas palabras para explicar que eso que llamaba amor, aunque no era amor, valía la pena esforzarse por convencerme de que sí era. Tonterías de hombres-niño, pensé. De entre todas las cosas que hacía, la que más me irritaba era su impasibilidad ante mis ataques, mis reclamos y mi amor. No levantaba la voz así lo gritara hasta las bofetadas. Sonreía tierno, como quien oye a un niño pedir con rabietas que le compren un unicornio arcoíris.

Ocho años estuve a su lado cada tres semanas, no me recibió otro día que no fuera el sábado, no dejó que me quedara nunca a dormir. Ocho años sin que tuviera un detalle de amor directo, pero sí muchas insinuaciones que tú tomabas del modo que más necesitara tu desesperación enamorada. Ocho años siguiendo su vida a la distancia, esperando frente a su edificio para verlo entre semana, a la salida de su trabajo para olerlo de soslayo. Viendo los sábados el desfile de mujeres que me precedían en el intento de atisbar los límites de su perfección, sin conseguir descolocarlo ni un milímetro. Ocho años tristes en los que perdí mi objetivo, donde me confundí en su indiferencia y en ese trato que te hacía dudar de si su indiferencia era real o sólo te estabas portando como una loca.

El día que me fui de su casa, después de hacer el amor, después de tiempo insistiendo por algo más verdadero, me llevé conmigo el cuerpo encorvado de su hijo eterno por el formol. Ahí sigue, flotando sobre la repisa, sin que Santiago haya llamado siquiera a pedirle de regreso, aunque yo misma lo llamé a decirle que lo había robado. Cinco años esperando a que me busque por el tarro y poder, ahora sí que ha pasado el tiempo, fraguar mi plan, cumplir mi objetivo del que estúpidamente me olvidé en su cuerpo. Su cuerpo. Su cuerpo.

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