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EL TARRO DE CONSERVA

19 julio 2014

En el piso cuarto del edificio E-4 vive Santiago. Tiene 42 años, un gato amarillo llamado Mateo, un corazón duro y una soledad que no le estorba. Su apartamento es tan común que no vale la pena describirlo. Quizás lo único que llame la atención a sus esporádicas visitantes sea un tarro redondo, lleno hasta el borde de formol, donde duerme encorvado su único hijo. Un hijo tan lejano que a veces olvida el nombre que pudo tener. Tan ajeno que suele confundirlo con parte del austero decorado; un mueble más que trastea de lado a lado sin sobresaltarse por el ruido submarino de su cuerpecito tieso chocando contra las paredes de vidrio. Tan suyo que ni consigo mismo comparte el recuerdo de qué útero lo formó o a qué amor perteneció. Una pertenencia confusa, difícil de definir con claridad o de unirla a una situación real de sus días. Santiago olvida fácil… y en eso, dice, está el secreto de la felicidad.

Si un día usted, lector, tropezara con Santiago, si su hombro chocara contra su hombro, notaría poco su presencia en el instante. Luego, lejos ya del choque, no conseguiría evadirse de su recuerdo. En eso radica el éxito de su felicidad: en hacerse invisible y ciego, en permanecer como estela ineludible. Sí, no hay duda, Santiago sería el hombre más feliz con el que tuviera el infortunio de tropezar. Santiago es, cuando pasa, el hombre que todos quisieran ser. Si se le mira con atención puede uno reconocer en la forma de sus formas el sueño colectivo de la felicidad. Aún así, no hay nada que dé menos ganas de mirar que un hombre feliz. En su estela sólo es posible el desprecio. Un desprecio visceral, ininteligible. Echaría usted una mirada rencorosa por encima del hombro, confundido por el sentimiento naciente, irracional, de regresar a romperle la sonrisa con tres golpes brutales y un par de patadas cobardes, a las costillas, indefenso en el suelo. Pensaría usted en él camino a su casa. Le contaría a alguien el encuentro significativamente casual, sin conseguir explicar que el odio que lo carcome no es otra cosa sino la envidia de su completud, la de Santiago.

Nunca se le ocurría pensar que ese hombre bien vestido, cuyo aroma recuerda a los hombres de los comerciales de perfumes, que va peinado con el descuido de los guapos, llega todas las tardes a su apartamento, después de subir cuatro arduos pisos, después de responder 100 correos y firmar 100 papeles y se recuesta en un sofá barato, se sirve un vaso de whisky barato, se enciende un cigarrillo común y mira complacido su edad sin nadie, su hogar lleno de cosas anodinas. Pasa ahí las tres horas antes de dormir, ve la televisión sin verla y luego se mete puntual a las ocho bajo las cobijas para dormir un sueño sin sueños. Un sueño calmo y reparador.

No es posible pensar que alguien como Santiago no tenga una esposa hermosa para recibirlo, noche a noche, inútilmente acicalada. La primera imagen que se viene a la cabeza es la de dos niños, niño y niña, sonrosados y hermosos que corren efusivos para darle un abrazo a papá; quizás para enseñarle un dibujo donde papá y mamá sostienen sus manos y un sol brilla feliz en la esquina superior de la hoja. No cabe en la apariencia suponer que Santiago no fijará su atención en las manos entrelazadas y sabrá, con esa minucia, que para sus hijos no existe más protección que la ofrecida por un papá y una mamá que sonríen de rojo bajo el tibio rayo de un sol que comparte sus alegrías. No, eso no. Ha de haber un beso amoroso. La tensión de una noche de sexo enamorado cuando duerman los niños. El enredo de dos cuerpos perfectos que nunca van al gimnasio. Los orgasmos prolijos, gérmenes de un sueño lleno de sueños. Un despertar cálido al abrigo de una taza de café en el momento justo de la somnolencia. El olor del desayuno que flota hogareño por la casa invitando a desdeñar de la tragedia que representa ir a trabajar cuando lo único perfecto sería meterse los cuatro en la cama y ver las caricaturas.

Sin embargo.

En la mañana Santiago se levanta solo, hace años no le es necesaria una alarma. Despierta con tiempo de sobra. Baja, pone la cafetera a borbotear. Espera el café recostado contra la lavadora. Se toma el café caliente fumando un cigarrillo de pie. No piensa en nada, no tiene en qué. El trabajo sólo existe para él en el instante de sentarse en su escritorio; desaparece cuando cruza el umbral del edificio y dice «Buena tarde» al portero que le abre. No tiene deudas porque nunca ha necesitado nada que no pueda pagar. No hay una mujer de quien suponga una infidelidad ni cuyo cuerpo añore en la erección infaltable de la mañana. Lava el pocillo, lo devuelve a su sitio en el cajón. Sube. Saca el cronómetro de la ducha. Lo activa y cepilla sus dientes por cuatro minutos exactos. Se desnuda. Devuelve el cronómetro dentro de la poceta. Lo activa otra vez y se baña usando quince minutos de la mañana, ni un segundo más, ni un segundo menos. Ata la toalla a su cintura. Plancha una camisa. Escoge una corbata, un traje que haga juego. Se pasa los dedos por el pelo mojado y sale a trabajar. Todos los días con una precisión que desequilibraría el mundo si se moviera un segundo. Si les es difícil de creer, pueden preguntar al dueño de la tienda y esa vez que no lo vio salir y todo salió mal… pero eso es otra historia.

Yo, lector, ni desde mi posición de narradora omnisciente, soy diferente. Cuento esta historia, hago este retrato porque también yo supuse un idilio abotagado. También quise ser como él desde la primera vez que lo vi. Ser a su lado, juntos. Debo confesar que no me importó romper un hogar perfecto. Ahora que han pasado los años puedo, sin temor a equivocarme, aseverar mis esfuerzos solapados por destruirlo todo. Soy, como usted, una mujer que no soporta la felicidad, que se va de frente contra la perfección para hacerla tan ajada como la miseria propia. Debo confesar que amé a Santiago, aún en la certeza de su realidad que le quedó estrecha a mis suposiciones. Me complicó los días y las noches hasta el punto de que el amor se transformó de repente en frustración enamorada. Quise alterar su rutina, borrarle de la cara esa sonrisa vacía de necesidades. Yo, frente a él, como si pudiera.

Es cierto que logré meterme en su cama. Creía, como cualquier mujer, que desde ella otear el amplio espacio de las ausencias se me haría más fácil. Era un amante excelente, dedicado, dulce o violento según lo exigiera el silencio de mi cuerpo. Supe entonces de las demás mujeres, a las que solo recibía los sábados después de las seis.  Mujeres cualquieras, sin importancia para él, que regresaban sin que se los pidieran, turnándose los sábados como quien hace una fila en el banco. Supe además que antes de todo, solía bañarse el pene con jabón detergente, esperando tres minutos con la espuma sobre él; que se bañaba las manos al ritmo del cronómetro doce veces al día, que no me tocaba si antes no bañaba mi vagina con el mismo jabón y le enseñaba el resultado de los exámenes que me obligaba a tomar cada dos semanas. No exigía fidelidad, solo exámenes médicos, desde la primera hasta la última vez.

No valió la sensación de ofensa que tuve cuando me extendió la tarjeta del laboratorio clínico y me dijo, con su tranquilidad de siempre, que si no iba allá, no podría recibirme en su apartamento. El muy cretino, el muy confiado. Pudieron más la curiosidad y mis ganas de terminar con su familia perfecta que hasta ese momento suponía existente. Fui a su cama con la férrea convicción de no desviar mi objetivo, facilísimo desde su desnudez dominada por la mía. La dominada fui yo y entendí por qué todas regresaban.

Santiago no se enamoró de mí, yo sí de él. Para él, el amor era una cosa tranquila sin espacio para el extrañamiento, sin lugar para las dudas ni las necesidades; una excusa con muchas palabras para explicar que eso que llamaba amor, aunque no era amor, valía la pena esforzarse por convencerme de que sí era. Tonterías de hombres-niño, pensé. De entre todas las cosas que hacía, la que más me irritaba era su impasibilidad ante mis ataques, mis reclamos y mi amor. No levantaba la voz así lo gritara hasta las bofetadas. Sonreía tierno, como quien oye a un niño pedir con rabietas que le compren un unicornio arcoíris.

Ocho años estuve a su lado cada tres semanas, no me recibió otro día que no fuera el sábado, no dejó que me quedara nunca a dormir. Ocho años sin que tuviera un detalle de amor directo, pero sí muchas insinuaciones que tú tomabas del modo que más necesitara tu desesperación enamorada. Ocho años siguiendo su vida a la distancia, esperando frente a su edificio para verlo entre semana, a la salida de su trabajo para olerlo de soslayo. Viendo los sábados el desfile de mujeres que me precedían en el intento de atisbar los límites de su perfección, sin conseguir descolocarlo ni un milímetro. Ocho años tristes en los que perdí mi objetivo, donde me confundí en su indiferencia y en ese trato que te hacía dudar de si su indiferencia era real o sólo te estabas portando como una loca.

El día que me fui de su casa, después de hacer el amor, después de tiempo insistiendo por algo más verdadero, me llevé conmigo el cuerpo encorvado de su hijo eterno por el formol. Ahí sigue, flotando sobre la repisa, sin que Santiago haya llamado siquiera a pedirle de regreso, aunque yo misma lo llamé a decirle que lo había robado. Cinco años esperando a que me busque por el tarro y poder, ahora sí que ha pasado el tiempo, fraguar mi plan, cumplir mi objetivo del que estúpidamente me olvidé en su cuerpo. Su cuerpo. Su cuerpo.

LOS DÍAS Y LAS HORAS

15 julio 2014

Hay horas más tediosas que otras. Todas lo son, a su manera, para la mayoría de las personas. El tedio es la quietud pretenciosa, la sensación de que se espera algo aunque no se vea. Así lo siento yo. No me importa si para los otros es más. Yo soy yo, aunque no me baste para la evasión. Quise entretener las mañanas; trotar cuando hace frío y al cielo lo encapotan las nubes. Tomar un jugo de naranja, exhausto, en una caseta que rápido se me hizo familiar. El hielo se amistó con mis pulmones. Los tenis se amansaron y trotar tomó la forma de lo que se repite, igual.

Abrí entonces un libro. Uno nuevo, recientemente escrito. Leí despacio, asesinando horas largas en cada línea. La historia; la historia comienza donde comienzan todas las historias: por una frase lírica y contundente, extendida profesionalmente hasta elongar su contundencia por doce renglones mazacotudos de ansiedad. El medio muestra un conflicto inclinado más al cine y a sus treinta minutos de proyección. El final es un final que se cierra por debajo y se abre por arriba, como un explorador ártico que horada la cima del iceberg hemingwayniano para otear desde ahí las profundidades abismales y blancas del subtexto: una metáfora de situación tan compleja, que pretender comprenderla se hace tan odioso como optar por el vacío semántico. Connotar, denotar; a los puntos y seguido, a las frases cortas, a las imágenes complejas, todo le está permitido. Semíramis, la poeta reina, ya inventó eso. Después todos los libros se hicieron iguales. Hasta Homero aplicaba metáfora de situación, Deux ex machina, lo mismo. Aunque también puede ser que sea un imbécil, yo. Aunque también pueda ser que sea un crítico, yo. Aunque también podría ser mejor yo, aunque no me baste. Ser ella. Ser yo. Mejor.

Lo bueno: el libro adolecía completamente de ínfulas esnobistas. Inicio, nudo, desenlace y un clímax tímido, evidentemente intencional; palabras claras, albures graciosos. Reí un par de veces leyendo, eso ya es mucho. El tedio no obvia la risa. El tedio disfruta la risa, más cuando la origina el albur. La risa espontánea activa la memoria. Un clic deja libre un recuerdo, te detienes, retiras los ojos de las letras, te embelesas en las formas iridiscentes del pasado. Extiendes tu mano hacia al frente, pero no tocas más que el espacio vacío del presente. Hay lo mismo; como el jugo, como el hielo de la mañana, como los tenis que me van sueltos así hale hasta deshilachar los cordones. Esta hora es más tediosa que los días, ésta en específico, para mí que sigo esperando algo que ya no veré pero se siente. Nunca.

Entonces quise lavar, limpiarlo todo hasta que se hiciera traslúcido de tanto frotarlo. Quise hacer de mi casa un museo de vidrios; la inmanencia de muchos espejos en potencia, presentes en cada rincón, inútiles en cada rincón. Reflejos difusos de los contornos de los enseres. Imágenes desteñidas de las sombras de los objetos. Olvidé la medida ínfima de mis manos, mis músculos endebles de tanto estar quieto queriendo correr. Olvidé qué instrumento era pertinente y acabé sentado en el suelo, vencido, rodeado de fracasos con una esponja común deshecha entre las dos manos. Regresé cada objeto a su lugar, menos la fotografía de los dos que seguí tallando insistentemente con los jirones de esponja amarilla húmedos de solvente; se borraron los rasgos, las líneas que dibujaban sus labios; desapareció la ligereza de su pelo eternizado por la cámara. No pasó así con su nombre ni con la textura de su voz que de niño sentía clara en el cuerpo y que con los años fue haciéndose un susurro escaso sobre la piel; no así con su ausencia solidificada y pesada. Regresé la fotografía a su lugar. Pretendí redibujar lo borrado a fuerza de imaginación, con los ojos cerrados, no hubo más que la oscuridad rosa de mi sangre corriendo.

Abro, la luz vuelve, miro el fracaso de mi casa de espejos. Hay una ventana abierta al otro lado de la casa. Así ha estado los últimos diez años. Yo mismo soldé los barrotes para que nadie entrara. Nadie entró. Diez años hacen de toda ventana, por más significativa que sea en el recuerdo, solo una ventana que da a una calle siempre vacía cuando la miras. Desde ella la altura parece menor. Los barrotes cumplen bien su función de inhibidores del inconsciente, quiebran con suficiencia los ímpetus necesarios para volar en picada. Hay días en que quieres volar, mamá sabía de eso, hay horas donde los barrotes sobran.

Mamá dijo… no, aquí no habrá analepsis. Los flashbacks son para hombres con tiempo de sobra para desperdiciar volando en reversa. Mamá nunca dijo nada, así está mejor.

Decidí entonces romper un vidrio, y rompí el vidrio con toda la fuerza de mis brazos que no corren. Los fragmentos volaron separándose hacia afuera. Nacieron con mi puño. La gravedad los haló, los desperdigó y cayeron meciéndose como plumas en el espacio vacío del presente; vacío de mamá y sus ímpetus desinhibidos. Vacío del estruendo que no me sacó del sueño ni me dejó solo porque más era imposible. Diez años. El tedio es que nada suene como sonaba cuando tenía sentido. Un estruendo de vidrios es pesadamente significativo en el espacio iridiscente del pasado, luego sólo es un estruendo de vidrios.

Entonces decidí escribir, como quería mamá.

Escribí:

« Hay horas más tediosas que otras. Todas lo son, a su manera, para la mayoría de las personas. El tedio es la quietud pretenciosa, la sensación de que se espera algo aunque no se vea. Así lo siento yo. No me importa si para los otros es más. Yo soy yo, aunque no me baste para la evasión.»

Y seguí escribiendo hasta que escribí que «decidí escribir, como quería mamá»; me retracto, corrijo: como lo hacía mamá…

Entiendo entonces lo fácil que pierden sentido las palabras. Cada trazo finalizado, cada vez que separo el lápiz del papel, la palabra se ahoga en la falta de oxígeno del presente vacío. Nada permanece realmente. Agradezco —para mí mismo, escribiéndolo por encima o insinuándolo por debajo— los barrotes que le faltaron a mamá el día en que entendió, también, que todas sus palabras murieron huérfanas de inmortalidad y prefirió mejor volar en picada que escribir.

Hay días que te recuerdo, mamá; hay horas donde no quiero escribir.

PREOCUPACIONES DE UN HOMBRE RETIRADO

14 julio 2014

Ayer comencé a hacer cuentas. Conté en silencio, multipliqué. Me confundí por partes, no fue fácil, la cuenta es grande, deprimente. Hoy es miércoles, ayer era martes. Pocos saben que los martes son los mejores días para la aritmética. Creo que ha de haber algún estudio en una universidad con nombre impronunciable, en un país improbable, que respalde mi aseveración. Hoy es miércoles, la cuenta se extendió desde ayer en la noche, pudo haber sido antes, pero hubo una complicación. La complicación me hizo perder tiempo, pero nada trascendente, relevante. Veinticuatro horas haciendo cuentas, llenando hojas, recordando. Eso les dará una idea de la magnitud de mis cuentas.
Soy reacio a la tecnología. Aprendí la aritmética en un ábaco, como se aprendía en mi época; entonces, se aprendía bien, no como ahora. Fue difícil, han pasado muchos años desde que escribí el primer número. La cuenta de los números me llevó a la consciencia de todos los años que han pasado. Aquí los anoté, al final: 38 años. Treintaiocho años es tiempo, mucho tiempo; no tanto como la magnitud de mi cuenta. Veinticuatro horas frente al escritorio; papel, lápiz, el ábaco que me regaló mi abuelo, el recuerdo evasivo de los números, los años que esconden la certeza.
No fue fácil. Tuve que inventar un método. Como no conseguí recordar el primer número, créanme que lo intenté pero fue inútil. Como no pude recordar el primer número que dibujé en la primera de las muchas hojas blancas donde los escribiría a lo largo de los 38 años, me dije, Marquitos, así me decía mi mamá, Marquitos, no quiera meter un dos de bastos para sacar un as de oros. La verdad, aquí, ahora, después de lo que pasó, con vergüenza debo aceptar que no entendí.
Suelo hablarme a mí mismo con metáforas que no entiendo. Eso no sería problema si yo fuera un hombre diferente. Un hombre más tranquilo. Soy matemático, las metáforas para mí son enigmas intangibles. Tristemente, los enigmas exigen resolución, al menos para los hombres como yo. Ese es el problema, el verdadero, al menos para los hombres de mi clase. Perdí mucho tiempo, eso fue el martes, en la mañana. Perdí tiempo resolviendo lo de la baraja española. Lo sencillo estaba por arriba. Hay que ser un completo idiota para no saber que el dos de bastos es una carta de menor valor junto al as de oros que, supongo, nunca he sido jugador, a excepción de esa vez que creí poder contar cartas, es la carta más valiosa de todas. Partiendo de eso podría sacarse una conclusión: mi yo metaforizador quería darme a entender que no apostara a lo menos para querer ganar lo más de lo más. En el plano de lo denotativo no había complicación, el enredo se presentaba en lo connotativo. Se le adhería otro problema, otro más al enigma: el problema del martes.
Los martes son los mejores días para aritmética, razón que me impedía desperdiciar mi martes resolviendo enigmas lingüísticos, literarios, no sé. Me hice un sólo temblor. Un mar de sudores ansiosos ante la barrera, en ese momento, infranqueable de lo connotación. Cuanto más imposible se me hacía resolver la verdad de la frase, más imposible se me hacía agarrar el lápiz, despejar los términos de esa ecuación de palabras. El sudor caía a goterones sobre el papel, obligándome a desecharlo cuando el grafito no pegaba a la hoja mojada y abultada en círculos desiguales, crecientes. Respiré profundo. Solté el lápiz. Pasé mis manos trémulas por la superficie escamosa de mi cabeza pelada. Miré el reloj puesto al lado izquierdo de mi escritorio. Los segundo se marcaban ruidosos; atronador el avance del minutero.
Eran las ocho de la mañana, la hora de entrada al colegio. «Quince minutos, Marquitos», decía Luis, mi jefe, que me veía enmarañado en el orden de mis carpetas, en la limpieza de las escuadras, en el repaso de los cursos del día y de todos los nombres de los alumnos de mi primera clase. «Marquitos, es hora», Luis me tocaba el hombro y decía: «claro, claro, voy», pero algo quedaba fuera de lugar, no recordaba el segundo apellido del código 33, no encontraba mi pluma, la tiza azul, necesaria para trazar las tangentes; la tiza roja, indispensable para los radios de las circunferencias. Regresaba a mi escritorio. En la nueva búsqueda, lo ordenado cambiaba de lugar, me veía otra vez enredado en lo de hacer, en lo importante para que todo saliera perfecto, la única manera válida para todo. «Marquitos, ¿qué pasó?», Luis; «¡voy, voy!», yo; «Acaban de tocar la campana. La clase terminó», me palmeó el hombro. Una sensación devastadora me embargaba, tenía ganas de llorar ante la certeza de haber arruinado mis esfuerzos por hacerlo todo bien. Rota la perfección que pretendía, me sentaba en el escritorio y lloraba, bajito para que nadie me oyera, para no levantar lastimas que favorecieran consuelos incómodos y llenos de manos.
La sensación punzaba más si era un martes del día del fracaso. Los martes son los mejores días para las matemáticas en general.
El ruido del minutero alcanzando el palito coronado con un cinco me recordó el tiempo, el martes. Me sequé la frente. Respiré profundo. Ya estaba muy viejo para ponerme a llorar como me pasaba de niño. De niño lloraba mucho cuando debía hacer un resumen, o cuando debía decir cuál era el sujeto y cuál el predicado o cuando la maestra nos leía, de un libro forrado en cuero café, La Celestina y yo no lograba entender ni una sola de sus frases. Poco importaba qué lugar fuera: el salón de clases o el parque de juegos, ante la confusión y la perfección imposible, lloraba. Arrugué la hoja, la lancé a la papelera. Sacudí fuerte la cabeza de forma horizontal queriendo espantar los abrojos de la ansiedad, creyendo que así, con vigor, con decisión, la solución al enigma se despejaría como se abre el cielo azul después de un ventarrón inesperado. Sequé mi frente, otra vez.
Tomé el lápiz y escribí la frase en la parte superior de la hoja con letras cuidadosas, redondas. No quería descartar ninguna vía, ni siquiera esa que apelaba al trazado de las letras. Debajo escribí: «DENOTATIVO:», a renglón seguido eso que sabía, lo del menor valor frente al mayor valor. Puse un punto final, remarcado y profundo. Esperé leyendo voz alta la frase, mi primer paso de los muchos que me llevarían a la solución. Por no desesperar, escribí: «CONNOTACIÓN:». Sostuve el lápiz en el aire. Le saqué punta con sacapunta metálico. Una gota cayó sobre la hora, una gota más delgada que las anteriores, una gota que no era de sudor.
Respiré, profundo.
Estrujé la hoja, la lancé a la papelera, escribí otra vez en una hoja nueva sosteniendo la mano libre bajo mi mentón. Mi palma rápidamente se llenó de lágrimas. El minutero llegó al palito coronado con el número quince, veloz hasta el treinta, inquisidor al cincuentaicinco. Una hora perdida por mi incapacidad de resolver lo que yo mismo me dije. ¡Qué estupidez! El horario avanzó, se posó sobre el nueve con una sutileza contraria a la estridencia de las otras manecillas.
Lamenté que no me casé. Una mujer habría sido de gran ayuda. Las mujeres tienen cerebros prácticos. Habría necesitado solo grita: «¡Martha! —por ejemplo— ¿qué quiere decir esto?», y ella, con una facilidad pasmosa pero ya no sorpresiva, diría: «Marquitos, tú sí eres bobo… eso es fácil, quiere decir…» y listo, podría ocuparme de lo importante. Pero no había nadie, nunca lo hubo, sólo yo y mi otro yo quien con crueldad guardaba silencio.
Sequé mi mano contra el pantalón. La regresé al mismo lugar, bajo el mentón, acunada como un cuenco. La sequé muchas veces más, las necesarias para la humedad, hasta que el segundero dio tres mil seiscientas vueltas, el minutero sesenta y el horario avanzó otro número.
Junto a la sutileza de otra hora, la frase escrita en el papel se desgajó letra a letra. Cayeron hasta el fondo, apilándose una sobre otra contra el borde inferior de la página. Desordenadas, sin sentido. Un montón de letras que no decían nada. Un montículo de trazos insignificantes que unos segundos después formaron una pirámide, luego un círculo perfecto, una parábola sobre una hoja milimétrica. Líneas hechas de letras solas, desprovistas de la fuerza que solo conseguían reunir en manada, como los delincuentes. Letras ladronas, mafiosas. No mentiré, eso tampoco ayudó a mis deseos. Si bien, hay que ser sensatos, las letras se habían dispuesto en signos que me eran familiares, no saqué más que aumentar mi zozobra y mi desesperación en el fracaso de la supuesta esperanza de que ahora sí, de ese modo, me sería más fácil desentrañar la verdad de la frase. El malestar regresó con vehemencia. Antes tenía el aliciente del lenguaje ajeno, pero ya conocía los símbolos y fracasé.
La solución llegó del mismo modo como se propició la confusión. No de mi voz metafórica, muda, divertida por la imagen de mi yo real hecho una piltrafa, sino de mi condición de hombre del tipo que soy. Repasé, como no había logrado hacerlo, cada uno de los pasos que desembocaron en la pretensión de resolver un enigma. Redacté dos párrafos de ocho líneas por cada evento, comenzando con el recuerdo evasivo del primer número que escribí, hasta llegar a la transformación de la frase en símbolos matemáticos. Una hoja pulcra para cada evento. Un punto final, preciso para cada acontecimiento; incluidos los avances del tiempo, las lágrimas y el sudor. El martes iba terminando. El reloj marcó las cinco de la tarde cuando puse el ultimísimo punto final. Las seis y media cuando releí con atención página a página. Las siete cuando al fin, luego de mirar quieto la pared blanca de mi estudio, entendí a qué se refería mi otro yo con su broma literaria.
Preparé la estrategia de conteo agradecido en parte con mi yo interno por ofrecerme una frase tan certera, cuya ausencia habría hecho imposible la estructuración del método de mi memoria. No debía pretender recordar el primer número (mi dos de bastos) sino debía arrancar por el más próximo; echar para atrás en los nombres, en los trabajos, comenzando por el último año que ejercí. En retrospectiva, desde lo más fresco hasta los más añejo. Los números se sucedieron con fluidez. El esfuerzo de la memoria fue innecesario. Bajo los números que indicaban el año, aparecieron con rapidez los demás. Escribí: «Año 2000»; a renglón seguido: «Grado Undécimo»
«Cuarto periodo»
«Zarate Pamplona Lina Marcela».
«3.5 – 4.5 – 3.5 – 5.0».
«Tercer Periodo».
«4.5 – 4.5 – 3.5 – 2.5».
«Segundo Periodo».
«1.0 – 2.5 – 5.0 – 5.0».
«Primer periodo».
«3.0 -3.0 – 4.5 – 5.0».
«Vanegas Maldonado Juan De La Cruz».
«Primer Periodo».
«3.0 – 3.0 -2.0 – 2.0».
«…»
De ese modo hasta que llegué, tres plumas con sus tintas después, a primero de primaria del año 1962, a esa primera nota esquiva que le puse a Aponte Cárdenas Sara Estela por una suma simple. Veinticuatro horas después, sin parar ni para ir al baño, había logrado recordarlo todo. La sensación de orgullo es indescriptible. La felicidad se me hacía un gesto estúpido en la cara. Un poco menos de dos millones de números, doscientos cincuenta mil nombres, cursos, códigos, algunos rasgos distintivos de cada estudiante, todo escrito en papel blanco y a pulso de memoria. Quince resmas de papel después, al fin encontraba mi as de oros.
El próximo martes me concentraré en una nueva tarea, un nuevo conteo, como ya se me ha hecho costumbre en los últimos años. Me ha impresionado mucho todo lo que nunca contamos, todos los números que nos rodean sin que nos percatemos de su importancia. Hay que dejar registros, un día serán útiles para resolver un enigma, quizás. Me hace falta papel. Mucho papel. El papel es bueno… y silencio, falta silencio. Siempre lo he dicho: los martes son los mejores días para las matemáticas, no importa cuán tarde empieces o te embrolles, los martes. Si tuviera una esposa, ya no me haría falta papel.

UNA SOLA PALABRA Y UN HOMBRE CUALQUIERA

17 junio 2014

«Eres hermosa», le dijo. Se sintió estúpido. «Solo los estúpidos evidencian lo obvio», recordó a su mamá. Pero era hermosa, se llamaba Cristina. «Cristina», fue lo único que ella le dijo y le dio la espalda y caminó hasta el otro lado de la calle y se alejó sin mirar atrás. Él la vio irse, moverse bonito, ondear el pelo al viento; «es hermosa», pensó.

La buscó, le fue muy fácil encontrarla. Ella no se sorprendió —no era la primera vez que le pasaba— y acostumbrada como estaba, actúo: se quedó callada, lo miró con desprecio, se dio la vuelta y lo dejó solo. Por veinte años intentó conquistarla. Día y noche pensaba en ella. Abandonó su trabajo porque el ensueño de sus ojos se le atravesaba en la vigilia, lo condenaba a una somnolencia paralizante; dejó de dormir porque la certeza de su ausencia se le metía en los sueños, confundiéndose con la soledad real de su casa sin ella.

La buscaba; la inventaba cuando no la encontraba. Soñaba con su boca, con su pelo, con sus manos y con su sonrisa. Recordaba su voz, que parecía haberse grabado en algún lugar de su cerebro.

«Cristina», decía mirando al cielo. «Cristina», decía mientras su casa se tornaba más oscura. «Cristina», repetía.

Le llevaba flores, plantas, catálogos de ropa y zapatos, le ofrecía viajes que no podía pagar, le escribió poemas, le compuso canciones, pero ella nunca más le habló, lo rechazó siempre, lo miró con desprecio siempre; entonces él le perdonó sus errores, le toleró a sus amantes y un día, diciendo «Cristina», repitiendo «Cristina», se suicidó.

Cristina nunca se enteró.

Así no se vale, Muerte

14 mayo 2014

Faltaban dos semanas para que cumpliera cuarenta años cuando le vino por primera vez «la enfermedad», como había dado en llamarla al no encontrar un nombre mejor y más exacto para sus añicos. «La puta vejez», pensó. Pero era tan punzante, tan repentina y tan extraña, que mejor se dijo que la muerte lo había agarrado de conejillo de indias para una terrible y novedosa manera de cumplir con su tarea. Un experimento que incluía un infierno personal, único e intransferible, padecido en vida.

Aún lo recordaba claro, a pesar de que ya habían pasado treinta años desde ese día:

Salió de la universidad en la que era profesor de historia y bajó la calle empinada buscando dónde comprar un cigarrillo. Una mano entre el bolsillo y la otra asida a la manija de su maletín atiborrado de ensayos por calificar. Eran las diez de la mañana de un día lluvioso del mes de mayo. Dos meses antes, su madre había muerto fulminada por un ataque al corazón que la dejó tiesa sobre la silla de consulta, escuchando desde el más allá la perorata de amor perdido que su paciente recitó sin tara hasta que se le cumplió la hora, pagada por adelantado, de su derecho a ser oído y asentido. Con esa muerte, se quedó completamente solo. Nunca se casó ni tuvo hijos. El amor para él no era otra cosa que el sexo de una hora, pagado por adelantado, en el que se concentraba en retardar la eyaculación lo más que podía, mientras una mujer, demasiado hermosa como para no cobrar por su cuerpo, se contoneaba salvajemente sobre él, ajado y poco atlético. Era inútil. Su amante, que en los últimos cuatro años y por el resto de su vida, dos veces al mes, fue la misma, conocía de sobra el oficio y las mañas precisas para sacarle el mayor provecho a los ciento cincuenta mil pesos que le pagaba por una hora de amor, que se reducía a quince extenuantes minutos.

Cruzó la avenida entre los carros lentísimos que subían. Compró un paquete de diez cigarrillos en una chaza callejera, a una mujer vestida como una indigente pero que por sus manos y por su pelo tan bien cuidado, se le notaba que quizá ganara más que él. Cruzó de regreso. Siguió calle abajo, hacia el café de la esquina. Caló su cigarrillo, y el estómago se le revolvió de tal modo que supuso perdida, para siempre, la dignidad en una descarga involuntaria de mierda líquida que lo perseguiría hasta el final de sus días. Siguió caminando. Botó el cigarrillo, no sin antes calarlo profundo por última vez en su vida.

El desbarajuste iba en aumento. Se metió al baño del café. Un baño adornado elegantemente con las meadas incontables de hombres del tipo que detestan las mujeres y que eran, aparentemente, inmunes a la presencia del orinal erigido solemnemente junto a la taza, bajo el letrero motivador e inútilmente instructivo de «Orine aquí».

El retorcijón, de muerte.

Buscó, acosado por el dolor, el sitio en el que debía encontrar el papel y solo vio el carrete de cartón cilíndrico, vacío y solitario. Abrió su maletín. Sacó unas hojas escritas a máquina y revisó con prisa los nombres. Fue colocando alrededor de la taza los ensayos de aquellos estudiantes que suponía escribían lo justo para una nota mediocre; los supuso, porque por más que miró y le dio vueltas a las hojas, no pudo encontrar los nombres donde debían estar los nombres, después de la palabra «Nombre:» escrita grande al inicio de la hoja.

La descarga fue ruidosa, olorosa y nada placentera. Entre más salía, más fuertes se hacían los dolores. Al fin, luego de quince agónicos minutos, se sintió con la fuerza suficiente para ponerse en pie y usar más hojas mecanografiadas para limpiarse mal, caminar hasta el lavamanos con el pantalón en las rodillas, llenarse las manos de jabón y terminar con la fetidez. Sin embargo, al salir, sintió un temblor en las manos y la frente húmeda y fría. Con torpeza alcanzó la silla, se sentó. Metió la cabeza entre sus manos secándose la frente y respirando profundo. Ya no le dolía el estómago, pero sí le dolía el resto del cuerpo. La visión se le nubló. Cerró los ojos. Una punzada en el pecho lo estremeció y le contrajo los músculos. En la oscuridad de sus párpados se proyectó la imagen de una luz al fondo de un túnel desde la que escuchaba las voces, como si fueran una sola, de todas las personas que amó y que ya estaban muertas, llamándolo con empalago.

Se levantó con estrépito apretándose el pecho en el lugar donde creía estaba el corazón. Puso su mano ahí aunque el dolor era una presión que se extendía por todo el cuerpo, tan intensa que se fue de bruces llevándose por delante la mesa, el maletín que al caer se abrió regando las hojas que le quedaban de su incursión sanitaria.

… Y fue ahí cuando comenzó todo.

Extendió la mano buscando ayuda, pero solo encontró un montón de ojos que lo miraban perplejos e inútiles. Procurando levantarse, recoger sin razón lógica el desorden de papeles, agarró uno de los ensayos y leyó el título, empujado por la costumbre de leer cuando una hoja se le ponía en frente, y se le aclaró la vista. Siguió leyendo, a cada palabra iba recuperando las fuerzas. Leyó de chorro los cuatro primeros párrafos, pasó la página y con el punto final, se sintió completamente sano, capaz de correr hasta la punta de la loma donde se levantaba la universidad.

Le costó entender la latencia de tiempo que impedía las crisis. Probó en su casa, sentado en el escritorio, con un cronómetro a su lado que marcaba invisibles las milésimas y lerdos los segundos. Tan pronto sentía los retorcijones en el estómago, se metía al baño, siempre con algo para leer a la mano. Esperando. Cuando aparecía el dolor en el pecho, con la vista enmarañada, comenzaba a leer y todo desparecía del mismo modo inexplicable en el que había llegado. Calculó de 25 a 30 minutos de tranquilidad, pues cuando se iban cumpliendo, sentía regresar a la muerte, a la enfermedad.

Pasó algunas noches en vela, atemorizado ante la zozobra de que dormido lo atacara la enfermedad. Vencido por el cansancio a la tercera noche despierto, descubrió una inquietante condición: al parecer la noche lo hacía inmune a la etiología de su padecimiento. Pero, tan pronto amanecía, los dolores los sacaban del sueño, justo veinte o veinticinco después de que el solo saliera por completo. De cierto modo, la condición le pareció buena, y le confirmó que su enfermedad no era más que un juego de La Muerte, un experimento atroz; un castigo del que no recordaba el delito; un infierno tan bien concebido que no dejaba de lado la esperanza, tan necesaria para que los infiernos rueden aceitados.

Se lo contó a la puta, quien se rió del él y le dijo que para estar tan joven, era extraño que ya fuera senil, y lo besó con ternura de abuela en los labios. Fue al médico quien le recetó dos sesiones a la semana con el psiquiatra, pues los estudios lo traicionaban con resultados tan buenos como de cuando tenía veinte años. Quiso decirle que si esperaba media hora, podría ver por él mismo los efectos mortales de su enfermedad. El médico, amablemente, le dijo que con gusto esperara afuera y que cuando se estuviera muriendo volviera a tocar. Tenía prohibido, so pena de multas y despido, estar con un paciente más de quince minutos «… y los suyos… ya terminaron, profe».

Regresó a su rutina, a sus clases donde por suerte, debía leer bastante y conseguía eludir los síntomas sin mayores atenciones. Se tranquilizó, era muy sencillo: sólo debía leer cada veinte o veinticinco minutos por el resto de su vida; no le molestaba.

Mientras fue profesor, la enfermedad se mantuvo a raya. Los años fueron desapareciendo tras una rutina metódica y cuidadosa, ante la que Kant, amante de pasear por el mismo parque y comer a la misma hora, se hubiera sonrojado; hasta admirado, quizás. Leyó todos los libros que tenía en su casa. Los libros que iba comprando hasta que ya no encontró en ninguna librería algo que no hubiera leído. Entonces habló con Aristides, un antiguo compañero de estudio de la universidad y que en realidad casi no pudo acordarse de él, cuando se le paró frente al mesón de la biblioteca más grande del país y le dijo que necesitaba leer mucho, que por favor le fuera pasando los libros, desde el más antiguo hasta el más reciente, en orden alfabético y por el resto de su vida. Aristides dijo que bueno, sin preguntar más.

Todos los días, por veinte años, salió de sus clases y se metió en la biblioteca hasta que la cerraban. No habló a nadie de su enfermedad, no tenía con quién. Las pocas personas que le quedaban, la única persona que le quedaba: la puta, no le creía nada. Y aunque siguió viéndola, regularmente, hasta que ya no funcionó más y terminaron siendo buenos amigos por la mitad del valor que antes pagaba por sexo, optó por guardarse el secreto.

Cuando se pensionó, cuando ya se sintió cómodo y dejó la peregrinación por librerías ante la tranquilidad logística que le proporcionaba la biblioteca, asistió religiosamente, de domingo a domingo, a la apertura que hacía Aristides entre risas y bromas de viejo loco, que él secundaba con buen ánimo; hasta el cierra que también hacía Aristides en compañía de los guardias de seguridad. Su rutina era tan precisa, que planeó una ruta, una fija, desde la avenida a la biblioteca. Esa ruta, midió con cronómetro, era la más rápida y por ende, la más segura. Treinta años pasando por los mismos lugares, sentándose en la misma mesa, leyendo libros hasta que le daba hambre o le entraba la urgencia del cuerpo y comía con la misma prisa con la que cagaba.

Luego del primer año, siendo profesor aún y temeroso de un descuido, se hizo con una dotación de libretas en las que anotaba la hora en la que paraba de leer y las páginas que le faltaban para terminar el libro. Eso le permitía programar sus idas al baño, sus caminatas cortas para estirar los músculos, el tiempo del que disponía para pedir un nuevo libro sin riesgo de que una eventual tardanza de Aristides significara un riesgo.

Ese día, el día de su muerte, el mismo en el que lo recordara todo como empujado por la esperanza y la felicidad que sentía, no prestó la suficiente atención al nombre del autor ni al título del libro que leía. Ese día, el día de su muerte, su amiga, la puta, que ya iba pasando largo por los cincuenta y que había abandonado el oficio de manera profesional para dedicarse solo a los clientes de abolengo, se quedaría esperando la llamada en la que programarían la siguiente cita. Una semana después, la puta, que se llamaba Marisol, iría a buscarlo y nadie le daría razón de él.

Eran las diez de la mañana del día de su muerte. Leía tardando mucho, despacio, con la misma parsimonia con la que pasaba las hojas y que a los ojos de los demás lectores, lo hacían lucir como un sacerdote en el momento de la homilía. Miró su reloj de pulsera: «10:00. Página 236, a 11 para terminar», anotó bajo una larga lista de horas, páginas y las palabras «para terminar» como si hiciera una plana colegial. Tomó un papel y escribió: «No levantar. Ya regreso», y lo puso sobre el libro cerrado, cubriendo el título y el nombre del autor. Levantó la libreta, la guardó en el bolsillo delantero del saco y salió de la sala número cuatro. La aparición de una vieja alumna, de una alumna vieja, lo retrasó en su intención de subir al baño, tomarse un café y regresar antes de que su plazo de tiempo se cumpliera.

¡Y cómo no retrasarse!

¡Cómo  no prestar atención a esa beldad madura que le decía, con las mejillas sonrojadas, que desde que él fue su profesor, se enamoró perdidamente de la historia como único bálsamo viable para el acabose que era el presente.

¡Cómo no abandonarse, por unos minutos bien gastados, a la magnificencia de una amor de antaño y secreto que se le aparecía de repente, justo cuando más falta le hacía recordarse como un hombre que un día fue atractivo, al que las chiquillas miraban, así él no lo notara en su obsesión por evadir la latencia zumbadora de la enfermedad!

Y ella habló de todo: de cuando llegaba en las mañana y ella lo esperaba a la entrada de la universidad, fingiendo unos encuentros muy frecuentes como para que un hombre cualquiera los tomara por casualidades. Y él habló: le dijo que qué lástima el tiempo, los añicos de los años, ese collage de cegueras que era el pasado; todas las premoniciones del futuro, para las que él no tenía tiempo ni cabeza para prestar atención en sus innumerables y pequeñitas obsesiones tan necesarias para protegerse del a muerte.

Las manos nerviosas que se tomaban paralelas a sus manos nerviosas y arrugadas.

Las miradas adolescentes que se lanzaban de soslayo para no caer en el ridículo del paroxismo producto del reencuentro, en la emoción de la evidente emoción de cruzarse al fin, de suponerse destinados desde siempre  a una compañía de los últimos años.

Su olor que era como recordaba el olor del amor aunque nunca hubiera sabido qué era el amor. La fragancia almizclada de la madurez, de la estabilidad, de la compañía y de la soledad saltando por el balcón de la casualidad, del destino, mientras en su caída iba dejando la estela de ese perfume que sintió completo cuando su alumna vieja, su vieja alumna, se acercó con unos pasos y con la punta de sus dedos hermosos, con los filos de las uñas pintadas de rojo, retiró alguna mota, alguna hilacha que, en su descuido de anciano, se había pegado a la solapa de su saco.

Y ella posó su mano abierta sobre su pecho expectante, luego puso la otra mano junto a la anterior, a la altura de sus pectorales, las bajó al mismo tiempo desde la solapa hasta los faldones del su saco y lo sostuvo de la cintura, hablándole dos minutos cálidos, recitándole como un poema musical, como los poemas que ya no había, las vicisitudes y los triunfos de su trabajo como curadora del Museo Nacional de documentos de la época colonial.

Y como un conjuro que disipara los pájaros y el perfume de flores, cuando la oyó decir que debía regresar a la oficina porque ya llevaba más de media hora afuera, su obsesión se abrió paso a empujones por entre la tibieza de los cuerpos y de los corazones que él sentía latir sincopados entre los pechos ansiosos,  y le preguntó la hora, y sacudió la mano y miró su reloj de pulsera sin esperar respuesta y se alejó con toda la prisa que le permitía treinta años sentado en la misma silla, en la misma mesa, todos los días. En la carrera alcanzó a sosegar el desconcierto de su amada recién nacida, con un «ven a las ocho, solo a las ocho, siempre estoy aquí», que ella recibió bien, segura de que un hombre como él, tan brillante y atractivo, tendría algunos pasados para rescatar de las garras del olvido.

A las ocho, ella regresó. Eran tal para cual. Esa vez, no lo perdería en pudores de género. Le diría todo lo que venía sintiendo los últimos años, le diría que ya que no había podido, a su tiempo, morir de amor por él, ahora estaba dispuesta a que el amor se les acabara con la muerte. Pero él nunca más apareció, ni por la biblioteca ni por la universidad ni por las calles por donde sabía caminaba y esperaba volverlo a encontrar casualmente. Años después, no muchos, acosada por la pestilencia, una vecina la encontraría con la calavera blanca expuesta, con los dedos en el puro hueso, rodeada de la hediondez de la descomposición y de cuatro gatos perezosos que se relamían los hocicos, satisfechos del hambre gracias a su ama, que bien había sabido, desde el más allá, seguir alimentando a sus hijos, como los llamaba cuando estuvo viva.

Caminó hasta el ascensor. Tardaba mucho. Subió por la escalera. La costumbre lo llevaba a usar el baño del quinto piso. Ese baño estaba siempre vacío, justo a la medida de sus prisas. Llegó fatigado por el esfuerzo de los veintidós escalones, que iba contando a cada paso. Bajó su cremallera. Sacó su pene, tan exiguo como la orinada lenta y profusa, acumulada durante dos horas de lectura ininterrumpida. Era la primera vez en muchos años, en la que orinaba con una esperanza dibujada a modo de sonrisa en la cara. Se sacudió. Miró el reloj: 10:10. «Ocho minutos son suficientes», pensó. «Quizás tenía hasta diez», se dijo.

Regresó por la escalera. Contó otra vez los pasos. Fue hasta su mesa, tomó el libro. Sonriendo. Feliz en la posibilidad de un amor verdadero, como no había tenido nunca. Recordó la primera vez que le viniera la enfermedad, cuando salió de la universidad en la que era profesor de historia y bajó la calle empinada buscando dónde comprar un cigarrillo…

Leyó el nombre en la solapa y el título sin prestar mucha atención: «Zaire Zabala. Para una conclusión de lo posmoderno».

«¿Viviremos en su casa o en la mía?», pensaba.

«¿Vivirán sus padres?», dudaba.

«Hacer el amor», suspiraba.

Leyó unas páginas. Miró el reloj. Con el libro abierto puesto sobre sus manos, caminó hasta la fila donde se pedían los libros. Levantó la mirada viendo en los estantes, puestos a lado y lado del mesón de despacho, los libros ordenados, uno junto al otro con los lomos uniformes, verdes, sobre los que no se veía ninguna letra impresa, ni de título ni de autor. Desvió la mirada sin prestarle la atención necesaria, la atención obligada, pues en esos lomos, La Muerte le anticipaba la regla que cuarenta minutos después, exigiera en su intento por leer algo.

—Aristides, ¿cómo vas?

—Bien, bien.

—Pásame el que sigue, por favor.

Aristides se dio la vuelta, consultó la pantalla del computador.

—¡Ve, Juan, qué alegría, ya no queda más. El de Zabala era el último. Voy a llenar un formulario para que te den una placa o algo por ser la primera persona que se lee completa la biblioteca, la primera y la última, imagino.

Juan leyó las últimas palabras de la última página y cerró el libro.

—No jodás, Aristides, ¿ya?

—Sí, señor. Treinta años, Juan, eso es tiempo.

Según sus cálculos, tenía de veinte a veinticinco minutos de gracia.

—¿Dónde queda la biblioteca más cercana?

—La Arturo Marrón, pero no creo que tenga algún libro que no hayas leído, viejo. Esa es la mitad de esta. Mañana nos llegan como cien nuevos títulos, es que te agarró el inventario y tenían bloqueada la entrada de libros. Algo del sistema, yo de eso no entiendo mucho. Con esos cien tienes para un tiempito. Pero eso van llegando. No te imaginas cuánta basura se publica.

—Sí, lo imagino. Pero, ve, Aristides, es que para mañana ya es tarde, los necesito ya. ¿Cuánto me demoro hasta la Marrón?

—¿En bus o en taxi?

—En taxi, taxi… taxi, sí, taxi.

—Eso son veinte minutos si agarras la Panamericana derecho, a esta hora es suave el tráfico.

—Está lejos, no alcanzo. Pásame un libro cualquier, uno que tengas ahí a la mano. No, mejor déjame releo este y ahora me cuadras uno de los primeritos que leí. ¿Listo?

—Como siempre.

Salió de la fila. Regresó a la mesa. Miró el reloj: 10:22. Se sentó y abrió el libro por la primera página, con la misma parsimonia de siempre…

… hojas blancas, totalmente vacías. Recordó los lomos y desde de la mesa, volvió a verlos lisos, sin palabras…

Pasó ansioso, frustrado, cada una de las páginas y solo encontró papel blanco. Un abultado bloc de hojas sin letras.

El taxista contó que el anciano subió apurado y le pidió ir a la Biblioteca Arturo Marrón. Que estaba pálido y se agarraba el estómago y que un olor a mierda le llegó desde la silla del pasajero. Dijo a los hombres vestidos de blanco y con caretas verdes, que lo vio por el espejo retrovisor sacar una libreta y escribir en ella con un bolígrafo, luego con rabia dejó de rayar y le pidió que le escribiera algo en la libreta pasándosela desde atrás por el encima del hombro. El taxista, convencido de que había recogido a un loco, abrió la puerta y le pidió amablemente que se cagara afuera. Pero el anciano solo seguía balbuceando incoherencias de que le escribiera en la libreta, decía algo de una lista de mercado, contó. Fue ahí, dijo, cuando se agarró el pecho y echó la cabeza para delante como cuando da un paro cardíaco, gimiendo con la respiración entrecortada. Los hombres de blanco y caretas verdes que habían ido a hacer el levantamiento del cadáver, tomaban nota en sus libretas.

«¿Algo más, señor», preguntaron.

«Pues algo, algo… no».

El taxista, un tipo joven, vestido a la moda y con arete en la oreja, como quien dice algo quizás trascendental para los familiares del viejo, con la tristeza sincera por la muerte, dijo que de quedarse muerto había dicho: «¿Mamá? Cállate y escribe aquí esa canción que me cantabas cuando era niño».

Luego el taxista se sentó en el mismo café donde se sentara Juan, treinta años atrás. Esperando que el taxi quedara libre para llevarlo a lavar. Los hombres de careta recogieron la libreta que llevaba el muerto. Cuando la abrieron corroboraron la insania mental del occiso. Página tras página de horas y números y una plana de palabras repetidas. Dos columnas extensas que solo se rompían bajo la última anotación a las diez de la mañana, donde, con letras temblorosas, se leía:

«Muerte puta, puta… no se vale, muerte, así no. No se vale obviar las reglas, muerte puta. Muerte…»

Las palabras finalizaban con unos rayones desordenados, como si quien escribiera hubiera olvidado cómo escribir… o como si comprobara que el bolígrafo aún tenía tinta.  

MÉNAGE À TROIS

6 mayo 2014

Contrariada, incómoda y avergonzada, la tomé de la cintura, pesaba más de lo que suponía, la llevé  hasta la cama donde Felipe ya lo había dispuesto todo. A cada paso, la incomodidad crecía y una sensación como de estar en el lugar equivocado me decía que debía salir corriendo de allí, pero lo amaba, quería complacerlo. Intentaba que mis movimientos fueran sensuales, sinuosos sobe los tacones altos que llevó para que usara. Vestía una tanga negra pequeñita que él compró y que me puse solo porque aún tenía la marquilla del fabricante; aunque no podía dejar de suponer, que quizás también ella la había usado y dármela fue uno más de los pasos del juego.

La recosté sobre la cama, con delicadeza. Felipe nos miraba desde el sillón, convenientemente ubicado junto a la cama. Sobaba su pene erecto, tan duro como hacía meses no lo veía, y casi podía sentir sus ojos clavados en mí, en nosotras. Debo decir que me molestaba la certeza de que ella lo excitaba más que yo. Al fin y al cabo, ella vivía en su casa, la tenía siempre a disposición y por su apariencia, era obvio que los problemas que habíamos tenido por su culpa, se debían a que a ella sí la penetraba a diario, quizá varias veces al día. Al ponerla sobre la cama, procuré parar el culo, abrirlo para él viera mis nalgas desnudas, delineadas por la tira delgada de la tanga que se metía un poco entre mi vagina.

—Sí, así —lo oí decir, aunque no sé si por mí o por ella.

Tomé las cuerdas y las dejé cerca. Unas cuerdas de fique, gruesas, que lucían artesanales, hechas a mano. Seis cuerdas de algo más de metro y medio, enrolladas como boas sobre las sábanas blancas, debían ser blancas. Felipe me había dicho que solo ese tipo de cuerda y ese color de sábanas construían el efecto visual que lo excitaba. Las cuerdas eran costosas, tan difíciles de conseguir, que desde el día en que me propuso el juego, hasta ese momento, había pasado casi un año, el mismo tiempo que pasó desde que me enteré de todo y por poco terminamos.

Me arrodillé sobre la cama, mis movimientos eran largos y abiertos, como si actuara una obra de teatro para un público muy especial… «Especial», esa fue la palabra que se me ocurrió cuando Felipe me contó todo. Puse mis labios sobre sus labios y, debo admitir ahora, me excitó la idea de que su pene había estado metido en esa boca, de que esa boca era la medida de su infidelidad, como un niño que traicionara a su mascota paseando un perro robótico por la sala de su casa, mientras el perro real bate la cola y sostiene una pelota insistiendo en que juegue con él. Sus labios tenían sabor a brillo labial cereza grasosa y un regusto a látex que aparecía unos segundos después, en el fondo de la garganta. Me puse a horcajadas sobre ella, sin apoyar por completo mi cuerpo. Estaba fría y pensé en cuando de niña me sentaba sobre un flotador para no ahogarme en la piscina.

—¡Tócala!

Pasé mis manos por sus senos. Las uniones burdas del caucho que pretendían dar la ilusión de redondez, se palpaban ásperas. Me incliné sobre ella, sin hacer presión, pues me daba miedo que me explotara en la cara. Me incliné, apreté esos pezones duros e hinchados con mis labios, los lamí, los mordí sintiendo con más fuerza el sabor, ya no a látex, sino a caucho llano que se confundía con el olor de un perfume dulzón que, sin duda, Felipe había rociado sobre ella antes de comenzar.

La trajimos entre una maleta desde la casa de Felipe. En la maleta también venían las cuerdas, la ropa interior que ella usaba, la tanga que yo tenía y los zapatos de tacón. Fuimos a un motel porque él me dijo que quería que el juego se alimentara de lo clandestino; como si le pagara a dos putas, a dos amantes que al fin se conocen y deciden amar al mismo hombre excitadas por la traición, me dijo antes de salir señalándome con los ojos su erección turgente que empujaba entre su pantalón.

Preguntarse por qué una mujer hermosa, sana, inteligente como yo, accedía a tal… no sabría cuál es la palabra justa, una que no implique enfermedad… diré: perversión, es preguntarse por qué una mujer accede, por ejemplo, a recibir el semen en la boca, cuando todas sabemos que su textura, su sabor ni su olor, son precisamente un manjar. La respuesta es simple: complacer. A mí, personalmente, me provoca mucho placer ver el estertor que precede al orgasmo masculino, cuando soy yo la que lo procura. Esa como agonía de un hombre que se retuerce, que olvida dónde poner las manos, que se destruye dentro de mí y se va rearmando de a pocos cuanto más se descarga en mi cuerpo, es tan placentera como una sucesión de orgasmos construidos con la boca. Accedí también por eso: por complacerlo; además porque lo amaba y porque la idea de su orgasmo multiplicado por diez, me excitaba terriblemente; sin embargo, la decisión de hacerlo tenía de atrás un problema más profundo.

Más allá del orgasmo que le proporcionaría, existía la intención de recuperar su deseo que ya llevaba tiempo en decadencia. Felipe y yo llevábamos cuatro años, teníamos planes de irnos a vivir juntos, de formar una familia, y era obvio que una relación donde el sexo esté muerto, es una relación condenada al fracaso. Noté su bajón sexual una tarde en la que mis papás nos dejaron solos y aproveché para insinuármele. Ese día Felipe me ayudaba con un trabajo de la universidad, estábamos en el estudio. Yo tenía puesto un vestido de flores, uno strapless, vaporoso. Me quité la tanga, saqué mis senos por encima del vestido y me recosté sobre el escritorio ofreciéndome a Felipe con toda la sensualidad de la que era capaz. Él se puso atrás, me lamió, metió sus dedos, y cuando esperaba que me penetrara, tardó. Siguió lamiendo, ansioso, tardando, hasta que le dije, frustrada, que no importaba, que estaría cansado, que eso pasaba… y él, sin demostrar mayor interés, se sentó frente al computador, siguió escribiendo y dijo que sí, que quizá estaba cansado.

Se repitió varias veces. No se le paraba y cuando conseguía algo, era una erección blanda que daba a lo mucho para dos o tres minutos antes de que decayera sin que ni él ni yo alcanzáramos un orgasmo. No hay necesidad de ahondar en cómo me hacía sentir su imposibilidad. Las primeras veces quise convencerme de que era normal, de que no era la primera vez que a un hombre le pasaba, ya sea por ansiedad o por miedo… pero luego, cuánto más frecuente se hacía la situación, más fea me sentía, más flácida, más gorda. La idea de que ya no le gustaba a Felipe, o peor, de que ya no me amaba, me entristecía; me puse irascible en la suposición de que me mentía, de que alguien más se estaba llevando las erecciones que me correspondían por derecho de antigüedad. Fue entonces, cuando me quedé desnuda y alborotada, otra vez, que lo confronté; ya no soportaba más.

Él se echó a llorar, me juró que me amaba. Lo hostigué tanto, lo amenacé con tanto convencimiento de conseguirme otro que sí pudiera culearme como me merecía, que terminó por confesarme lo de la otra, mi enemiga: su muñeca inflable. Se había vuelto adicto a ella, me dijo, la penetraba firmemente mientras yo debía conformarme con sus dedos y su lengua. Si quisiera dedos y lengua, me consigo una vieja, le grité. Él se disculpó, me pidió que no lo abandonara, que si yo se lo pedía él tomaba asistencia psicológica pero que no terminara nuestra relación. Ese día me vestí y lo eché de mi casa, de mi cama. Me senté a llorar sintiéndome confusamente traicionada.

¿Es traición cuando tu novio, al que amas y con el que planeas un futuro, se quita las ganas con un objeto? ¿Es traición usar un consolador? ¿Es traición que se masturbe viendo una porno mientras tú, en tu casa, intentas dormir o te cepillas los dientes? ¿Le quita trascendencia a la falla que sea consigo mismo el sexo? Pensaba mucho en cuál sería la decisión correcta: abandonarlo, cuando lo amaba y tenía la certeza de que él a mí, me parecía estúpido, además de que me hubiera dolido mucho perderlo, era un buen hombre. Pero me sentía traicionada, burlada; en las noches lo imaginaba copulando con su amiga, mientras yo lloraba y me sentía sola. Si seguíamos, tendría que soportar una relación en la que el sexo se daba lejos de mí, sin mi participación activa y yo debía, si quería que las cosas funcionaran, conformarme con un hombre cuyo pene era inútil.

Empujada por la nostalgia, lo llamé, le pedí que habláramos. Él se mostró interesado, animado, feliz. Cuando vino me dijo que no quería perderme y bla, bla, bla… yo no quería insinuarle nada, esperaba que él mismo se ofreciera a deshacerse de la muñeca, pero no lo hizo. Le comenté que si no había sexo, no había nada; no porque el sexo me pareciera lo único, sino porque es tonto decir que no es importante, pues las dinámicas que se tejen a su alrededor afectan la autoestima y la percepción del amor y del enamoramiento. Sin sexo, la idea del amor erótico, de pareja, se transforma en amor filial, de hermanitos y en mí, el deseo no estaba para fraternizar de ese modo, pues estaba tan vivo como en los inicios de nuestro noviazgo, cuando las cosas sí funcionaban bien. Contemplar una relación sin sexo era triste, por más que nos amáramos. Felipe dijo, otra vez, que podía tomar terapia, o… dudó, agachó la cabeza avergonzado… intentar los tres.

Sé que no soy la primera mujer a quien su novio le propone un trío. Conozco varias que, incluso, lo han propuesto a sus parejas: invitan una amiga a la casa, una amiga previamente informada y concertada, beben unos tragos, inventan un juego de esos diseñados para perder  y tener una excusa para quedarse desnudos de a pocos… y luego, la novia le pone de penitencia hacerle sexo oral al novio mientras ella mira; luego, él le pone como penitencia besar a la amiga, lamerle las tetas y de un momento a otro, ya deshinibidos por el alcohol, él penetra a la amiga, la novia la besa en la boca, en los pezones, le acaricia la espalda y entonces, él se aleja, las observa juguetear y regresa y así… hasta que terminan, les gusta tanto, y lo hacen un par de veces más… y creo que eso habría sido hasta normal: que Felipe me dijera que si no tenía una amiga chévere para cumplirle una fantasía y quizás sí, la hubiera tenido, o me la busco y lo hubiéramos hecho, tranquilos, confiados en el amor que nos unía y yo lo hubiera disfrutado, me habría dado placer… pero su propuesta con la muñeca venía cargada de ridiculez.

Sin embargo, lo vi tan apenado, con tantas ganas de que en verdad funcionara, que me enterneció, me alborotó el amor y entonces, su idea ya no me parecía tan enferma. Pensé que sería lo mismo que si yo le pidiera usar un consolador… dos objetos muertos que ayudan de igual manera al placer. Y dije que sí, que probáramos a ver cómo me sentía. Un consolador, una muñeca, eran lo mismo.

Unos días después, la propuesta fue torciéndose más. Ya no solo quería trío, sino que también, como si se tratara de un asesino en serie que se perfecciona con cada homicidio, mi respuesta afirmativa desató tal maremágnum de perversiones que me sentí anonadada, no ante su imaginación, sino ante la certeza de que no conocía ni un ápice de quién era Felipe, triste ante la certeza de que Felipe era un mentiroso tan preciso como peligroso. Me habló de las cuerdas, del látigo, de su fantasía… pero volvamos al motel, eso explicará mejor.

Lamí los pezones plásticos, enredé mis manos en su pelo que se sentía tan natural, que me estremecí con la idea de que algún día hubiera pertenecido a alguien vivo. Bajé por su esternón hecho de uniones pegadas al calor en alguna máquina en China, llegué hasta su pubis que los fabricantes hicieron lampiño siguiendo la moda de higiene de las mujeres contemporáneas. Separé sus labios, se sentían falsamente carnosos en los dedos, pues eran más como si se hubiera enrollado un condón, o dos, y luego se hubiera inflado. Recordé la solemnidad con la que Felipe había puesto sus labios en la boquilla para inflarla, tenía la apariencia de un sacerdote en el momento de beber de la copa la sangre de Cristo. Chupé su vulva cauchosa, quise jugar con ese clítoris artificial e inútil, pero la ausencia de gemidos me hizo desistir. Imaginaba un cuerpo de mujer real contoneándose por la acción de mi boca, eso hubiese sido excitante y motivador para jugar con un clítoris, pero lamer ese artilugio de plástico que simulaba el centro de placer femenino, me pareció el colmo del sinsentido.

Felipe se levantó de la silla y me besó los labios. Acercó su pene y lo chupé. Estaba tan duro que pensé que se le reventaría. Rápidamente lo sacó de mi boca y lo metió en el gesto de letra O que hacía la muñeca y me acarició los senos. Antes de retirarse, dio la vuelta a la muñeca poniéndola con la cara contra la almohada y regresó al sillón a frotar su pene durísimo y venoso.

—Dale, las cuerdas.

Le até las manos a los bordes de la cama, bajo el colchón. Le até las piernas, dobladas hacía arriba, al cuello, por los tobillos. Pasé otra cuerda por el medio de sus piernas hasta sus hombro, cuidando bien que se metiera entre la vagina de la muñeca, tal como me explicó Felipe. Hice lo mismo con la otra cuerda. Me paré junto a la cama, sentí que él me tomaba de la cintura, me acercaba de espaldas a su pene erecto y me penetraba ofreciéndome el látigo que estaba junto a la muñeca.

—¡Azótala! Es una perra que te quita lo tuyo. ¡Castígala por zorra!

No alcancé a dar tres golpes, que sonaron huecos y vacíos, sobre la piel color piel de la muñeca cuando sus manos se aferraron con fuerza a mi cadera, lo escuché gemir ahogado, su cuerpo temblar y sentí dentro de mí su semen caliente. Y ahí, con su eyaculación precoz, confirmé con tristeza que no, que no había modo de salvar nada. De seguir con él, aún con todo lo que lo amaba, cambiaría un impotente por un precoz. Terminé su juego, sin él.

ESE DÍA, EN ESPECÍFICO

2 mayo 2014

Levantó la cabeza, miró al cielo, se puso de pie. Se sacudió un poco el sueño con movimientos vigorosos, horizontales. Miró a lado y lado de la acera. Esperó a que la multitud de piernas cesara su prisa y emprendió con pasos cortos el camino memorizado por la costumbre. Iba con la cabeza inclinada buscando algo de comer, algún descuido que le llenara la panza y le sumara carne a su pecho huesudo. Caminó, sin distraerse, sin prisa, aún tenía suficiente tiempo.

Nadie entendía cómo hacía para saber las horas, el momento exacto en el que debía partir. Sin importar cuán lejos estuviera, conseguía llegar a tiempo a la puerta de la escuela, justo cuando las clases terminaban e Ilona ya lo esperaba. Aunque eran pocos los que conocían su rutina, se asombraban de su dedicación y se enternecían al verlo llegar. La niña quiso explicar muchas veces las razones que lo llevaban a estar puntual de lunes a viernes, pero las personas la escuchaban con la condescendencia estúpida que se da a los niños cuando su discurso parece una fabulación viciada de televisión.

A Ilona no le importaba lo sucio o andrajoso que estuviera, ni si olía a calle o a la basura en la que se procuraba comida; ella salía, lo buscaba entre las mamás que recogían a sus hijos y lo encontraba levantando la mirada por entre el tumulto, atento como un papá más. La maestra Carmen, parada en la puerta, pendiente de que ningún niño se le saliera, lo conocía y cuando la niña se acercaba, la dejaba salir sin decir nada. La primera vez que lo vio venir, se sorprendió. Hubo discusiones con las directivas respecto a la pertinencia de dejarla ir con él, pero al verlo llegar todas las mañanas en su compañía, no pudo más que convencerse de que no había nada de qué preocuparse, de que quizás, con nadie estaría más segura. Además, ya la psicóloga del escuela le había dicho que Ilona no tenía a nadie más, que nunca había conocido a su papá y su mamá había muerto el año anterior, dejándola bajo el cuidado de una abuela prisionera de un tanque de oxígeno.

La maestra le permitió salir. Ella, como lo hacía todos los días, lo abrazó por el cuello mugroso, le dio un beso en la frente. Luego de buscar en su maleta, le entregó el pan que le guardaba del recreo y se lo entregó. Él se lo comió con voracidad, de un solo mordisco. Ilona lamentó no tener más; en la noche, tal vez, podría darle un plato de comida de la que preparaba para su abuela, sólo si la anciana se dormía temprano, cosa que rara vez pasaba.

—Cuando lleguemos, me esperas en el andén de enfrente. Yo miro y si sí, te quedas conmigo. Ahí te doy comida, ¿vale?

Caminaron las doce calles que separaban la casa de la escuela. Cruzaron avenidas mirando a los dos costados y al semáforo en rojo. Ilona hablaba de su mamá, él la escuchaba levantando de vez en vez para verle la cara y cerciorarse de que no llorara. No sabía cómo comportarse cuando ella lloraba.

—Si no se hubiera muerto, seguirías viviendo con nosotras. Viniendo los tres a la escuela. Mi abuela no es como mi mamá.

Cuando la abuela aparecía en la conversación, la niña le prometía que tan pronto terminara la escuela, se irían juntos, arrendarían una casa grande y vivirían los dos, solos. Ilona trabajaría en una empresa, como su mamá, y la abuela ya no podría meterse en nada ni impedirles estar juntos, la vida volvería a ser como cuando su mamá estaba viva. Le decía que se harían viejitos juntos y él sería como su esposo, se cuidarían mutuamente hasta que se murieran y vivieran en el cielo los tres, como antes.

—¿Recuerdas? —le preguntó suspirando.

Él caminaba con los ojos fijos al frente, observando a quienes pasaban junto a ellos, cuidándola de cualquier cosa. Conocía lo peligrosa que era la calle, lo intempestivamente violentas que podían ponerse las personas sin ninguna razón. Ese día, en específico, le dolía el costado, en el lugar donde aquel hombre, solo porque sí, lo había pateado mientras dormía en la acera. Ese día, en específico, sus instintos estaban más alertas y un odio chiquito e inservible le crecía adentro, llenándole el pecho de una fuerza contraria al hambre y a la debilidad. Se sentía viejo, famélico, cansado de ir por ahí cuando antes tenía un hogar y a la señora y a la niña que lo querían y no lo trataban mal. Pero eso no era impedimento para que, si se diera la situación, defendiera a muerte a Ilona, quien desde su perspectiva, lucía tan frágil e indefensa, tan pequeñita, desarmada y sola.

Y caminaba altivo, ensanchando el pecho, levantando la cabeza como si fuera un Pitbull rabioso. Estaba orgulloso de que a pesar de sus carencias, cumplía completa la misión que le encomendara la señora poco antes de no volverla a ver. La señora, consciente de que Ilona quedaría al cuidado de su mamá, le había tomado del cuelo, lo había mirado directamente a los ojos y le había dicho cuál era su función, qué esperaba de él. Y aunque él no pudo responder nada, le devolvió la mirada queriendo confirmarle que sí, que él la cuidaría toda la vida. La señora pareció entenderlo y le sonrió. Le sirvió comida, por primera vez, de la que ellas mismas comían y en un plato de los que ellas usaban.

Se sentó a su lado mientras él comía, y le contó cuán despreciable era la mujer que la parió. Le dijo cosas que nunca le había dicho a nadie: como que su mamá solía amarrarla desnuda a un tubo junto al lavadero, rociarla con el agua fría de una manguera que luego usaba para pegarle hasta que le sangraban las costillas, las piernas y las manos. O también que cuando ya se le formó el cuerpo, le salieron senos y se le ensanchó la cadera, con apenas trece años, su mamá la había llevado en un bus hasta la calle de las putas, la había dejado allí vestida con un vestido muy corto y muy adulto, y le había dicho que no regresara hasta que no hubiera conseguido lo de pagar su comida por la semana entera. La señora, le dijo, se quedó parada sin entender qué era lo que debía hacer ni cómo era que conseguiría el dinero. La señora se puso a llorar recordando eso, se secó las lágrimas y le dijo que no él no se imaginaba, si es que acaso podía imaginar, lo miserable y sucia que se sintió cuando un viejo barrigón y sucio, le ofreció doscientos pesos por ir a quitarse la ropa para él en su casa. Ella no sabía nada de nada, lo del sexo lo vino a entender muchos años después cuando conoció al papá de Ilona. Pero algo, un instinto, la empujó a correr el largo trayecto de regreso a su casa. Allí recogió sus cosas y se fue para no volver. Trabajó como sirvienta en una casa de una señora que la trataba bien, hasta que tuvo veinte y una vecina la llamó preocupada a contarle que su mamá estaba en la pobreza, casi en la indigencia. Entonces regresó, de visita, le pasó plata, le presentó a Carlos, su novio, el papá de Ilona, y la anciana fingió tratarla mejor, sentirse orgullosa de tener una hija tan buena como ella mientras contaba los billetes.

Cuando terminó de comer, se recostó a los pies de la señora, le ofreció lo único que tenía para ofrecerle: su calor, que ella recibió bien acariciándole el pelo. Le pidió, de nuevo, que cuidara a la niña, en un intento desesperado por suplir su ausencia, segura de que ya no estaría más. Él no entiende cuánto tiempo pasó después de eso, lo que sí entendió fue que a la señora no la vio más.

Se murió la señora e Ilona lloró y él se recostó a sus pies y la niña se abrazó a él y siguió llorando, todos los días, sin que él encontrara forma de consolarla.

La abuela lo echó a la calle, no le sirvieron las súplicas que Ilona le hacía llorando y aferrándose a su amigo. Para la abuela era suficiente tener que mantener a una bastarda, para también ocuparse de él, les dijo. Le lanzó patadas, pero como no tenía la fuerza necesaria para separarlos, quiso obligarla a golpes de bastón. Él se interpuso, amenazó a la abuela y recibió un par de bastonazos hasta que un vecino, que sí tenía la fuerza necesaria, lo alzó por las axilas y lo tiró a la calle entre forcejeos y el barullo de una lucha desigual. Ahí, adolorido, sintió que podía destruir esa casa con la fuerza de su cuerpo. Y dio vueltas, fue y regresó, y de tanto oír que Ilona lloraba dentro de la casa, terminó por sosegarse, necesitaba ser su fuerza, no dejarse cegar por la rabia y arriesgarse a perderla.

No se fue. Se quedó en el pórtico esperando a Ilona, cuidándola. La abuela le lanzaba agua desde la ventana, y como él permanecía inmutable, una mañana le lanzó un baldado de agua caliente que él esquivó con poco esfuerzo. Ese último ataque le dio a entender que lo mejor era no estar tan cerca, porque si algo llegara a pasarle, Ilona quedaría sola. Y regresó, todas las veces, todos los días, todas las mañanas a irse con Ilona para la escuela, como lo hacían cuando la señora vivía. Y la esperó, la llevó de regreso, todas las tardes, de lunes a viernes, como lo hacían los tres cuando la señora estaba viva.

Comenzó a dormir en la acera del frente. Muchas veces oyó a la abuela gritar a Ilona, decirle que no era más que un estorbo, que ojalá tuviera el corazón para echarla a la calle, lo que era justo hacer con una sanguijuela como ella, le decía; y él oía desde al frente sin poder hacer nada porque no podía atravesar los muros y defenderla como era su deber. Ilona no respondía más que un triste: «Sí, abuela», repetitivo, sumiso. Y como los muros, la puerta cerrada, le impedían defenderla, él intentaba ser lo más alegre que podía en las mañanas, demostrarle la felicidad que le daba verla, jugar a hacerla reír, solo para alejarla de la tristeza de vivir sin nadie, en esa casa donde no había sino gritos, rabias y olor a muerte.

Voltearon la esquina. Cuando ya estaban cerca de la casa, él se pasó a la acera de enfrente y caminó siguiéndola con la mirada, paralelo a ella. Era mejor que no los vieran llegar juntos, que la anciana no se enterara de que seguía a su lado. Ilona metió la llave en la chapa, le hizo un gesto con la palma abierta de que esperara. Él se sentó en el suelo y esperó. Ilona salió y lo llamó con la cabeza. Él cruzó la calle despacio, llegó hasta la puerta y atisbó dentro de la casa. Un fuerte olor a enfermo, fármacos y a anciana lo embebía todo con un aire de miseria.

—Ven, la abuela está dormida.

La siguió, pisando suave para no hacer ruido. Ella lo llevó hasta el fondo de la casa donde estaba lo que hacía las veces de su habitación: un espacio estrecho que compartía con objetos y muebles viejos, la escoba, el recogedor y el trapero. En un rincón estaba su cama pegada a la pared. Unos muñecos de peluche se apilaban en el suelo. Dentro olía distinto que en el resto de la casa, olía a limpio y parecía existir una barrera que impedía que el hedor se metiera ahí. A pesar de todas esas cosas mohosas y de la mancha ocre de humedad que se dibujaba sobre la cabecera de la cama, él se sentía a gusto en ese cuarto. Todo estaba tan apretado que casi no se podía caminar sin pisar algo o tropezar con alguna parte de algún objeto atravesado en el suelo. La ropa de Ilona estaba colgada de puntillas clavadas en la pared opuesta a la entrada, que no tenía puerta sino una sábana colgada del dintel.

—shhh… no hagas ruido. Voy a preparar la comida. Recuéstate, calladito.

Obedeció, se acomodó como pudo junto a un cajón de madera que hacía las veces de mesita de noche. Se enroscó y vio a Ilona salir y luego escuchó el ajetreo de platos y cuchillos, el chasquido del fósforo, el rumor de la llama y el tintineo de la olla, en la que hervía agua, golpeando contra el fogón al rojo vivo. Le llegó el olor a cebolla, a tomate, a condimentos y la sutileza de carne que despedía el aceite de palma al calentarse y que se transformaba en un olor vegetal cuando se doraba el arroz y cuando sonaban las pequeñas explosiones de la cebolla friéndose. La escuchó musitar una canción que cantaba la señora cuando cocinaba, una canción sin letra que ellas hacían sonar con la garganta mientras se movían de un lado para el otro en la cocina, sobre el mesón, probando aquí y allá, echando cosas en cosas, frías en calientes, construyendo un mundo exquisito de sonidos, olores y sabores que le excitaban en el estómago… se durmió pensando en esa única vez que la señora le dio de comer de lo mismo que comían ellas y en Ilona, que cantaba tan dulce y tan suave…

Lo despertaron los gritos de la anciana, el ruido de un plato que se rompía y la llovizna como de papel mojado de la comida cayendo al suelo, al otro lado del zaguán. Escuchó que la anciana gritaba que era una inútil, que para qué le servía de eso si ella sabía que no podía comerlo porque le hería las encías. Oyó a Ilona decir que sí, abuela. No le fue necesario ver para saber qué pasaba, pues los sonidos eran tan claros que era imposible no hacerse una imagen fiable de la escena.

La imagen:

La vieja se levanta de su cama. Agarra el bastón. Lo empuña como una maza y asesta un golpe firme y certero en la cabeza de la niña.

Ilona tambalea, se agarra la frente. Se desploma, inconsciente en el suelo entre los pedazos del plato y los restos de comida.

La abuela grita: «¡Inútil, muerta sirve más!» y vuelve a soltar la madera contra el cuerpo incosciente de la niña… dos, tres, cuatro veces…

… hasta que el dolor de la mordida en su mano, la obligan a soltar el bastón.

Ahí está él, asido con todos sus dientes a la muñeca huesuda de la vieja que se intenta defender pero está muy agitada y ahogada por el esfuerzo de los golpes, por el esfuerzo de darle un golpe más a la niña antes de que él le suelte la muñeca. Gruña. Se ponga sobre sus cuatro patas, incline la cabeza en posición de ataque y gruña otra vez.

La vieja se agarra la muñeca intentando parar la sangre. Un espacio que él, cumpliendo su misión, aprovecha para lanzarse de un brinco y morder el cuello de piel escurrida de la anciana.

La sangre en su boca le exacerba el instinto y sacude, horizontalmente, todo su cuerpo.

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